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martes, 23 de marzo de 2021

Recuerdan al genial padre Castellani a 40 años de su fallecimiento

 Noticias Interés General

  • 15 de marzo, 2021
  • Buenos Aires (AICA)
Se cumplen hoy 40 años del fallecimiento del escritor y sacerdote Leonardo Castellani, de prolífica obra y profundo sentido apostólico y profético.

“Los que recuerdan el nacimiento celebran la aparición poco pulcra de un informe y desvalido embrión humano, que no se sabe si durará y qué dará de sí; los que festejan la muerte celebran la madurez de un alma inmortal, que rompe un cuerpo gastado hasta la cuerda”, escribió el propio Leonardo Castellani, sacerdote, brillante escritor y un lúcido pensador, que un 15 de marzo de 1981, hace hoy 40 años, moría en Buenos Aires, dejando una prolífica obra que enorgullece a las letras argentinas.

“Hoy se celebra un nuevo aniversario de la partida a la Casa del Padre del querido Padre Leonardo Castellani de feliz memoria”, recuerda Manuel Outeda Blanco, director de la Exposición del Libro Católico.

“A lo largo de su vida fecunda se destacó como sacerdote escritor y patriota, dando testimonio con su pluma siempre para honrar a Dios y demostrar su amor al prójimo”, expresó a AICA Outeda.

Y añadió: “En el marco de la Exposicion del Libro destacamos y honramos su trayectoria de notable e ilustre escritor con la entrega anual de la Estatuilla que lleva su nombre. La recibieron hombres y mujeres que siguieron sus pasos como monseñor Octavio Derisi, el profesor Enrique Mayocchi, el padre Cayetano Bruno, la doctora Lila Archideo, el doctor Alberto Caturelli, monseñor Juan Carlos Rutta, el doctor Pedro Luis Barcia y el profesor José María Castiñeira de Dios. “Todos ellos conocieron y se enriquecieron del genio del padre Castellani”, afirmó Manuel Outeda.

“Castellani se destaca en todos los géneros y ciencias sagradas y profanas hasta crear como decía el cardenal Quarracino 'un género propio’”, destacó por su parte el doctor Rafael Breide Obeid, director de la Revista Gladius y propagador de la obra del Padre Castellani.

“Su prosa -añade Breide Obeid- es genial. Fluye diáfana y cristalina integrando todos los saberes. Es plenamente católico es decir universal, y por su unión con Nuestro Señor Jesucristo con Él, es rey, sacerdote y profeta”.

“Sus sesenta libros son el tesoro más grande de la Argentina. Que más se enriquece cuanto más se difunde”, indicó el director de Gladius.

El Padre Castellani
“Es la mente más brillante que dio la Argentina en el siglo XX”, supo decir Jorge Luis Borges sobre este hombre nacido en Reconquista, provincia de Santa Fe, un 16 de noviembre de 1899.

Terminó el bachillerato en Santa Fe y en 1918 ingresó al noviciado jesuita de Córdoba. Estudió letras, filosofía y teología en Santa Fe, luego en Buenos Aires y comenzó a escribir (Camperas), luego fue enviado en 1929 a Europa a proseguir sus estudios, en 1931 fue ordenado sacerdote y estudió Filosofía y Teología en la Gregoriana de Roma. Después estudió Psicología en la Sorbona de París. Tras unos meses en Alemania, en 1935 volvió a la Argentina.

Había egresado de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma con las más altas notas obteniendo el Título de “Doctor Sacro Universal” en Teología y Filosofía, lo que lo habilitaba a escribir con notas propias sobre las Sagradas Escrituras, sin previa autorización del Vaticano, lo que sólo pudieron hacer muy pocos hombres en la milenaria historia de la Iglesia Católica. El título obtenido se conoce vulgarmente como “Doctor de la Iglesia”.

Luego partió a Francia a estudiar durante tres años en La Sorbona la carrera Superior de Filosofía, Sección Psicología. Luego pasó a Alemania para profundizar los estudios y la práctica con enfermos mentales.

Publicó 56 obras tanto religiosas como poéticas, fábulas campestres, relatos, y luego de una serie de conflictos con su Orden (Jesuitas), fue expulsado de la misma soportando dos años de prisión en Manresa (España), de la cual puede escapar con ayuda de amigos en un estado físico y mental deplorable. Tampoco pudo ejercer su ministerio sacerdotal durante varios años. Pero nunca dejó de escribir tanto libros como artículos periodísticos en diarios y revistas.

No solo fue un docente responsable y bien preparado, sino también un periodista nato, y un iniciador de la crítica literaria seria en la Argentina, con no menos de veinte seudónimos colaboró en publicaciones diversas editadas en la ciudad de Buenos Aires como Estudios, revista El Salvador, Criterio, Revista de la Universidad de Buenos Aires, Nuestro tiempo, Verbo, Cabildo (sobre todo), Dinámica social, Patria libre, entre otras,

Firmó cerca de 500 artículos y dirigió dos revistas: Estudios, de la Academia Literaria del Plata y Jauja, fundada por él mismo. La gran mayoría de sus libros editados hasta ahora son colecciones de artículos, lo cual no quita nada a su originalidad y solidez doctrinaria. En el último tramo de su vida se dedicó a la exégesis bíblica, preocupado, sobre todo, en el tema de la segunda venida de Cristo.

El año 1975 marcó el reconocimiento de los argentinos a este ciudadano ilustre: la Universidad de Buenos Aires le otorga el grado de “Doctor Honoris Causa” y el Gobierno Nacional le otorga el premio “Consagración Nacional”.

En 2004 sus restos fueron trasladados, en un significativo acto, al cementerio de Reconquista, al “Panteón de la Ciudad”, lugar donde descansan “los restos mortales de aquellos ciudadanos que se hayan destacado en algún aspecto de la vida social”. 

El presbítero Francisco Avellá Chafer, historiador del clero porteño y alumno del padre Castellani, describía así a su antiguo profesor: “En grado eminente, se daban en él tres requisitos esenciales: memoria firme, fantasía fértil e ingenio agudo, cualidades que lo elevaron a niveles de genio”.+

[https://aica.org/noticia-recuerdan-al-genial-padre-castellani-a-40-anos-de-su-fallecimiento]

 

 

sábado, 30 de marzo de 2019

La biosfera, Leonardo Castellani, una especie que espera

16/03/2019


La Patria son ustedes. ¿Entonces la Patria real es muy chica?
No lo sé, puede que sí, puede que no. Pero la Patria son ustedes.
Leonardo Castellani
 
La vida siempre te da razones para sorprenderte. Y una de esas razones fue descubrir paso a paso al reconquistense sacerdote, pensador y escritor Leonardo Castellani. Corría la década de 1980 y la Biblioteca Popular General Manuel Obligado comenzaba a respirar otra vez y con ella un anhelo que comenzaba a redireccionar algunas lecturas. Creo que fue casi al mismo tiempo cuando sucedió, tan sólo como una circunstancia inesperada, ese viaje con el escritor e historiador Don Manuel Roselli a Santa Fe. No recuerdo los pormenores del por qué compartí ese viaje pero fue en mi caso un despertar. Asistiríamos a un Panel que organizaba la Universidad Católica de Santa Fe con motivo de uno de los aniversarios del escritor reconquistense y, en el que uno de los expositores, el crítico literario santafesino y rector de la Universidad en ese momento, Osvaldo Valli, hablaría de este autor, el Castellani jesuita, polémico por su activismo ante problemáticas religiosas de la orden a la que pertenecía, pero por sobre todas las cosas, un escritor prodigioso, reconocido internacionalmente y puesto bajo la lámpara en medio del Panel anunciado. 

Leonardo Castellani surgiría en mi vida cargada de simplezas como un faro que atraería mi atención a pesar de no imponerse, un atractivo que nunca abandonaría en tiempos transcurridos. No fue la lectura de su obra, en mi caso, una especialidad considerable pero sí, ella fue como un despertar glorioso a la posibilidad de escribir, leer y leer en segundas y terceras líneas, desde lo propio y colectivo con definitivo asombro. 

Dice Edelweis Serra: “Leonardo Castellani se inserta, a través de lo regional, dentro del marco de la narrativa nacional. Potenciado por una capacidad oratoria envolvente instala una situación comunicativa teñida de instancias juglarescas donde, a pesar de mediar la letra escrita, persiste el tono peculiar de la oralidad; una tendencia original dentro de la narrativa regional y nacional de su momento“
 
Hice algunos recorridos conversando con sacerdotes locales que tenían una idea muy vaga de este cura sorprendente lo que me confirmaba un silenciamiento sobre su existencia y accionar. Castellani experimento la persecución de la iglesia y fue excomulgado, a pesar de haber recibido como muy pocos hombres en la historia el diploma Ad Gradum, que exige la especialización en temas tan complejos que ningún hombre de nuestro continente lo había recibido, y nadie del mundo desde el siglo XVI. 

Indudablemente su vida contenía suficiente material para la realización de un film exitoso, así lo fui constatando en cada lectura sobre su vida. Entre hechos conmovedores es común recuperar el relato sobre aquella mesa de escritores junto al Dictador de turno en un almuerzo, sobre el que Vicente Zito Lema recuerda de esta manera en la entrevista de Daniel Dussex. 

“Cuando el secuestro de Haroldo Conti, y a los pocos días del mismo, Borges, Sábato y el Padre Castellani fueron llamados a almorzar con el dictador Videla. Yo por entonces, compartía con Eduardo Galeano la dirección de la revista Crisis y Haroldo era parte de nuestra revista. Lo llamé a Borges, lo llamé a Sábato… y los dos con burlas y con malos tratos se negaron a aceptar el pedido que yo les hacía, cuando yo tenía relación tanto con Borges como con Sábato que publicaban habitualmente en nuestra revista. Bueno, la realidad concreta es que cuando salen del almuerzo, están los archivos y están las cámaras de entonces, Borges y Sábato dicen que había sido una conversación y un almuerzo espléndido en el que intercambiaron ideas. Cuando le preguntan al Padre Castellani, como tercero, aunque parecía que la prensa no tenía nada que preguntarle, Castellani dice “fue realmente una farsa, yo le hablé de los desaparecidos, de los escritores y especialmente de Haroldo Conti, como me pidieron sus compañeros de Crisis, y el General Videla se negó siquiera a contestarme.”
 
Sobre esta anécdota hay otras versiones, pero concluyen en un mismo acto que nos dice muy a las claras quién era Leonardo Castellani. 

Por éstas y otras actuaciones, en un contexto dado, se supone que su presencia en el canon literario nacional, regional y local careciera de real trascendencia. Sin embargo, en nuestra débil biosfera, recuerdo que en algunas aulas de la escuela normal y promovido por la Profesora Delia Ittig de Vasallo, en ese mismo tiempo, Camperas ocupaba un lugar en los programas de estudio de la Escuela Secundaria. También recuerdo nítidamente, como caso único, el haber presenciado la “clase modelo”, práctica de una estudiante de la carrera de Literatura, basada en el género policial que incluía un cuento de Castellani. Desde entonces fui forjando una probabilidad audaz y crítica. Consideré al autor como un pionero de este género en la Literatura Nacional pero entendiendo que su definición y activismo político como “nacionalista” entre otras rebeliones y procedimientos ya descriptos no propiciaban su aceptación en los grupos de intelectuales argentinos, políticos tradicionales, sectoriales y mucho menos en el “orden” de “la orden jesuítica.” 

Castellani en toda su obra literaria y filosófica, según E. Serra, expresa una voluntad seleccionadora en el manejo funcional del lenguaje. La oralidad dinamiza, dentro del discurso, el papel de una profunda función emotiva. Hay un emisor poderosamente imbuido de la necesidad de su mensaje. Es muy clara la idea ilusoria de un destinatario que experimente una excitante atención ante lo dicho en sus textos. Castellani deseaba convocar a un lector partícipe, a través de formas interrogativas y exclamativas, asegurando la función fática de la comunicación donde era posible que la narración de un ”hecho y sus consecuencias” constituyeran en su mensaje implícito un desafío a la razón que podía, inesperadamente, disolverse y desplazarse todo el hecho como sus consecuencias hacia un orden absolutamente natural y trascendente, propio de la vida, propio de la humanidad que tanto desconcierta, concede, amenaza, acepta, naturaliza o rinde un homenaje cósmico inquietante sobre nuestra existencia. 

Así, paso a paso, es posible acceder a un aspecto esencial de Castellani. Su actitud dialógica que se plasma una y otra vez con el “otro” ya sea ese otro el Mal o el Bien, a través de dos tipos de recursos: unos, propios de la técnica literaria que operan como excitantes para el lector, reforzando lo más poderoso de su estilo, el tono conversacional. Otros, extraídos de la lengua oral, plasmando fuertemente su estilo coloquial en la enunciación, proyectando genuina cercanía en un mismo saber y naturaleza. 

Este Castellani, nada inocente, estaba, indudablemente, abriendo la puerta “a un otro” diverso, distinto, o espejo de sí mismo, en esa tendencia al diálogo con el lector, con un total arrojo, virtualmente presente en toda su obra , particularmente, poniendo luz sobre problemáticas sociales, políticas, religiosas y hasta psicológicas de alta carga significativa. En este terreno, no resulta difícil para él, proclamar un “lector amigo” con extraordinario ingenio para la causa que lo motiva como maestro, sociólogo, filósofo, sacerdote, político, literato, ya que lo supone lector sabio, sensible, social, estratégico. Es más, necesita este tipo de lector porque su mensaje urge, en medio de la anécdota y la sentencia y todas las sombras a iluminar a pesar del dolor o una eficaz ironía. 

Reconquista, extrañamente, tal vez por la resistencia a su figura extravagante, a su decir incisivo, a su pensamiento nacionalista, a su genuina entrega religiosa, a su desmedida didáctica, o por el escenario de un crimen impune que lo antecede en su escritura, establece con el autor, ciertas y escasas conversaciones. Entre ellas recuperamos algunas tácitas o implícitas establecidas con Castellani a través del Certamen Nacional de Cuentos que lleva su nombre, a través de sus textos en la Biblioteca Popular General Obligado, los que fueran oportunamente gestionados en casas académicas para que pueblen sus estantes. 

Con tímida voluntad colectiva Reconquista ha logrado reconquistar sus restos que descansan en el Panteón de la Ciudad en el Cementerio Municipal y le ha ofrendado una Comisión Homenaje Permanente. Pero no es suficiente. Leonardo Castellani es una especie que espera en esta Biosfera reconquistense, lugar cuyas interrelaciones le dieron vida y hoy , albergan su muerte. 

Pienso en quienes deseen sumarse a estas conversaciones interrumpidas tantas veces, con el autor trashumante, pero jamás clausuradas porque se percibe por algún rayo de luz el valor de su talla internacional que prestigia nuestro patrimonio literario y filosófico. Hoy convoco a estudiantes en general a considerar un campo de investigación como lo es su vida y obra. Hoy promuevo su nombre a pesar de todos los silencios que lo amordazan injustificadamente. 

Es hora de permitirnos ser la pequeña patria que nos toca, ser nosotros mismos, pertenecernos en un encuentro sin prejuicios, continuar o iniciar conversaciones que nos impregnen de revelaciones castellanianas o no, revelaciones al fin, de viejos o nuevos enigmas que asolan a los unos y otros de este terruño inigualable.

jueves, 21 de junio de 2018

Actualización Faja de Honor “P. Leonardo Castellani” 2018


30 de JUNIO de 2018
Cierra la recepción de libros editados durante el año 2017
24ª Entrega Faja de Honor
“Padre Leonardo Castellani” - 2018


El Comité Ejecutivo del Libro Católico, anunció que hasta el 30 de junio próximo se podrán presentar libros a fin de participar en el 24ª Entrega Faja de Honor que lleva su nombre, destinada a premiar obras publicadas durante el año 2017 en su primera edición.

Dicha Faja tiene, además, la finalidad de alentar a los autores argentinos cuyas obras merezcan tal aliciente y estimular a quienes continúen con su labor la línea vigorosamente sostenida por el padre Castellani a lo largo de toda su vida, al servicio de la Iglesia y de la Patria.

Deberán presentar cuatro ejemplares por cada título a participar, sin obligación, por parte de los organizadores, de devolver los ejemplares.

El jurado está integrado por el doctor Juan Luis Gallardo, el presbítero doctor José Ignacio Ferro Terrén y el doctor Horacio Sánchez de Loria.

Lugar de Presentación: Las obras deberán ser presentadas personalmente o remitidos por correo postal a nombre de: Faja de Honor “Padre Leonardo Castellani”, Tte. Gral. Juan Domingo Perón 1281, (1038) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el horario de lunes a viernes de 10 a 18 hs.

Informes: (011) 15-4-470-7734; info@librocatolico.com.ar; www.librocatolico.com.ar; @LibroCatolico; www.facebook.com/exposiciondellibro.catolico; y https://exposicionlibrocatolico.blogspot.com.ar.

BASES COMPLETAS EN: https://issuu.com/exlica/docs/bases_certamenes-2018

viernes, 25 de noviembre de 2016

El micrófono de Dios

En alguna oportunidad, Castellani se refiere al P. Riccardo Lombardi S.J., quien fuese apodado "il Microfono di Dio".
[Sobre el estado actual de la Iglesia] ya ha hablado el padre Lombardi, en un librote titulado Pío XII: Per un mondo migliore que está en nuestras manos; el cual Lombardi, "il microfono di Dio", aunque no esea santo de nuestra devoción, "propala" aquí varias cosas excelentes, entre ellas una amplia revisión del armazón externo de la Iglesia, que parece —y está— hoy día carcomido en tantas partes.

"La introducción más y más larga y directa de los laicos en la ciudadela eclesiástica, tan celosa hasta hoy de la exclusividad de sus poderes", exclama el orador italiano, tesis que tiene por autor primero al excelso poeta francés Paul Claudel. En suma, en vez de que los sacerdotes se "entren" de obreros, que los obreros hagan un poco de sacerdotes, en ese gran "senado de católicos" que él propicia. También él hace notar que el manejo impersonal de los asuntos eclesiásticos por una burocracia mecánica y ciega puede producir males espantosos, como produjo el resentimiento y la caída reciente de una gran teólogo alemán ¡y no uno solo a osadas!, idea que en sus dos librotes Pío XII per un mondo migliore y Per un mondo nuovo propala el porvenirista "il microfono di Dio", con bastante malhumor de la prelatura vaticana, pero con el auspicio directo de Pío XII, según leemos en periódicos italianos. ["Los curas proletarios", Dinámica Social, nº 45 (Bs. As.: mayo de 1954); reproducido en Seis ensayos y tres cartas (Bs. As.: Dictio, 1978).]
En su curso sobre Psicología Humana, sigue diciendo Castellani:
El temor que cubre nuestra época se desahoga a ratos en espasmos de euforia y de esperanza, basadas en la superstición. Prosperan los pseudo-profetas, los profetas eufóricos, sacerdotes o no sacerdotes; y sacerdotes de la religión o sacerdotes de la Ciencia, que es hoy día la verdadera religión de las masas. Por aquí anduvo un sacerdote muy elocuente y afamado, el P. Lombardi, a quien yo tengo por pseudo-profeta, que tiene grandes éxitos en las masas italianas predicándoles un siglo de paz, de dicha y de bienandanza basado en el democristianismo, en la bondad o en la bondadosidad (que no es la caridad) y en el Primado de Italia, “il primato italiano”; nación según él elegida por Dios para dominar al mundo, por lo menos en lo religioso. [En cuanto a Lombardi, si macaneó aquí todo lo que quiso, fue porque yo no estaba: o si estaba, estaba sin los medios de ladrar. Yo soy el perro guardián para estos casos; el perro de la Iglesia Argentina por lo menos (Tachado en el original).] 
Y más adelante,
Cuando yo estaba en Roma en 1947, el P. Lombardi proponía una Cruzada de la Bondad aplaudida por todas las revistuchas y diaruchos de Europa, que haría él con otros doce Apóstoles, elegidos de todas las razas y lenguas del mundo, vestidos de blanco y en un aeroplano blanco con un piloto negro. Recorrerían todos los Luna Park del mundo predicando la bondad, todo lo cual se inició con una gran colecta; y terminó lo mismo que la ascensión a la estratósfera del P. Puig y el Mayor Olivera, y la gran colecta de los 10.000 pilotos, y otras grandes colectas. Esto es romanticismo religioso, y como en el mundo hay muchos vivos, siempre hay alguno que se aprovecha del tango de modo contante y sonante.” [Psicología Humana, (Mendoza: Jauja, 1996).] 
Pero donde se despacha realmente es en Los Papeles de Benjamín Benavides, donde lo llama Milanesi.
Leyó el folleto L’Italia di rimpetto ai nuovi tempi del padre Milanesi —creo que este apellido que don Benya usa es, en realidad, Lombardi— y escuchó por radio a este célebre orador dos veces. Organizaron en el camp una solemne audición para todos los prisioneros y asistió el teniente italiano, el capellán y todos los guardias. Éste era un predicador que “hacía furor” en este tiempo en Italia, recorría Italia y llenaba de oyentes los teatros. Al viejo no le gustó nada. En el cuaderno que tengo hay dos fragmentos, del 27 de febrero y del 2 de marzo de 1947 que voy a copiar y que expíe san con todo desenfado la impresión y el juido que le mereció. ¿Qué mal puede hacer ya ahora a don Benya el que eso se conozca?
Sigue luego en Los Papeles un largo comentario sobre el panfleto, calificando a "Milanesi" de pseudoprofeta por prometer el triunfo temporal de la Iglesia y, finalmente, continúa con una digresión sobre la democracia cristiana.

En una carta del 9 de mayo de 1951, en los fragmentos reproducidos en Psicología Humana por el P. Biestro, Castellani vinculaba a Lombardi con Teilhard de Chardin y, agrega, "es muy posible que el Lombardi lo haya ayudado con su prestigio en Roma, pues el francés fue llamado a Roma por Janssens (el entonces General de los jesuitas y salió triunfante." 

Finalmente, en "El centenario de un libro", en Nueva Crítica Literaria, sale en defensa de Kirkegor contra Sciacca, Lombardi y otros muchos.



Pero, ¿quién era el Padre Lombardi? 

Riccardo Lombardi nació en Nápoles el 28 de marzo de 1908. Cuando nace Riccardo, su padre el ingeniero piamontés Luigi Lombardi era profesor titular de Física Técnica en Nápoles. Su madre, por otra parte, era fundadora del movimiento "Bimbi di Via" (para niños de la calle) y del "Apostolato della Culla" (para niñas madres). Posteriormente, en 1922 se mudarán a Roma, donde el padre será docente de electrotécnica en la Real Escuela de Ingeniería y, más tarde, senador del Reino, y la madre presidente de la rama femenina de la Acción Católica. Allí, el joven Riccardo estudió en el Liceo Clásico Torquato Tasso y luego en la Facultad de Jurisprudencia. Pero tras una breve crisis psicológica, entra en el noviciado jesuita de Frascati en 1926.

Lombardi se graduó en filosofía en la Universidad de Roma con una tesis sobre Santo Tomás de Aquino y el pensamiento crítico. Ordenado sacerdote en 1936, pasa a Florencia y, luego, a Roma, inscribiéndose en la Gregoriana. Se destacó como orador y argumentador, y el general de la Compañía de Jesús, Ledochówski, lo sumó a la redacción de la Civiltà Cattolica.

Tras graduarse en teología en la Gregoriana en 1943, tuvo a su cargo la crítica de los filósofos contemporáneos para la afamada revista de los jesuitas italianos. Allí, en 1944, en tres números, publicó su reseña sobre Kierkegaard y el Exitencialismo a que se refiere Castellani más arriba.

También sus superiores le encargaron tournées de conferencias. En Lucca, en aquellos años, conoció a Gilda Maggiorini, hermana secular del instituto Regnum Christi, carismática y de fama taumatúrgica, que influyó no poco en el Padre Lombardi.

En 1945, desde La Civiltà Cattolica, sostuvo una polémica con el P. Togliatti quien imaginaba un acuerdo entre comunistas y católicos para la reconstrucción moral y material de la Italia de postguerra. Sus artículos "anti comunistas" fueron reproducidos y repartidos por toda Italia en números inmensos. Incansable, recorrió teatros e iglesias por todo el país, hablando contra el comunismo, lo que le ganó gran popularidad. Y fue, sin duda, instrumental en la victoria de la democracia cristiana en las elecciones generales del 2 de junio de 1946.


A partir de ese momento, quedaría ligado al movimiento de la "Terza Via" que, siguiendo los lineamientos sociales de la enseñanza de Pío XII, buscaba desarrollar un programa social y político equidistante del capitalismo y del comunismo. 

El 11 de enero de 1947, pocos días después de la llegada de Castellani a Italia, Lombardi fue recibido en audiencia privada por el Papa. Le presentó un plan de movilización general de los católicos que fue aprobado por el Sumo Pontífice. Al mes, el jesuita-orador comenzó sus transmisiones radiales. El fuego de su oratoria, intercalada con la frase "Gesù mi ha detto", lo hizo conocido con el sobrenombre irónico de "il microfono di Dio".

En febrero de 1948 comenzó la Crociata della Bontà, coordinada entre Lombardi y la Acción Católica Italiana. Lombardi, con su discípulo, el también jesuita Virginio Rotondi, predicaron en toda la Península contra el comunismo. En marzo, en Milán, en la plaza de la catedral, llegó a reunir más de un cuarto de millón de personas.

 

Su actividad radiofónica, así como sus "misiones" de predicación, tuvieron indudable influencia en la victoria demócrata cristiana del 18 de abril de 1948. El 5 de mayo es recibido en audiencia por el Papa. Su biógrafo, el P. Rotondi S.J., afirma que Lombardi expresó al Papa, en tono profético, que si éste quería detener una revolución comunista sangrienta en Italia, debería renovar pacíficamente la Iglesia. Una semana después, el P. Lombardi presentó a la Curia un "Proyecto de Renovación de la Iglesia".

Pocos días después, en un discurso en Ara Coeli, se refirió a los excesos y venganzas cometidas por algunos exponentes de la resistencia antifascista. Fue querellado por la Associazione Nazionale Partigiani d'Italia, pero aunque ésta fue archivada, la polémica en la prensa fue demasiado importante. En diciembre del '48, el general jesuita Janssens lo intima por orden del Papa a no volver a referirse a cuestiones políticas, no ocuparse del comunismo y limitarse a tratar argumentos religiosos.

Entre 1949 y 1951, la Cruzada de la Bondad estuvo de gira por el extranjero, en Europa, los Estados Unidos y América Latina (a ese viaje se refiere Castellani). Pero, mientras tanto, en Italia, era alejado de la redacción de La Civiltà Cattolica, donde su tono "apocalíptico y populista", había cosechado muchos rechazos.

A su regreso a Italia, trabajó en un "Plan para Italia", al que sumó políticos como Medi, Giordani, Pastore, Gonella, Gedda, Dossetti y (hasta) De Gasperi. En ocasión de la proclamación del dogma de la Asunción de la Virgen María, predicó ante unos 400 de los 622 obispos de todo el mundo que se habían congregado en Roma.


Parece que el Papa pensaba en consagrarlo obispo y nombrarlo sucesor de Marchetti-Selvaggiani como vicario de Roma. Pero el libro de que habla Castellani más arriba, Per un mondo nuovo (Roma: 1951), donde proyectaba una reforma integral de la Iglesia y de la sociedad, provocó que se alzasen voces en contra en el mismo Vaticano.

En 1952 estuvo trabajando en la formación de una alianza electoral entre los democristianos, los monárquicos y el neofascista Movimento Sociale Italiano con la candidatura del viejo dirigente católico Luigi Sturzo. La "operación Sturzo" falló y Pío XII pidió a Lombardi que era tiempo de dejar su lugar.

Sin embargo, Pío XII seguía "encantado" y, contra la recomendación de los superiores jesuitas, bendice la fundación del Istituto "Per un Mondo Migliore" en la villa Mondragone, cerca de Frascati. 

Según el P. Rotondi, Lombardi participó en el "complot" que provocó el alejamiento de M. Rossi de la presidencia de la Acción Católica y de Montini de la Curia romana, favorables a un acuerdo entre católicos y socialistas.

Por aquellos años, su instituto comenzó a preparar a misioneros focolares que, según los proyectos de Chiara Lubich, se infiltrarían en los países comunistas. Simultáneamente, Lombardi y su obra se mudaron a Rocca di Papa, al norte de Albano.

Con Juan XXIII, Lombardi cayó en desgracia. En 1960 le exigió perentoriamente la explicación de las fuentes de financiamiento del instituto, el movimiento y sus misiones con su movimiento millonario de dinero. A fines del año siguiente, tuvo una audiencia con el Papa que no fue buena; sólo pudo entregarle una copia de su proyecto de reforma eclesiástica para que fuese tenido en cuenta en el Concilio próximo.

El proyecto fue impreso como libro, Concilio: Per una riforma nella carità, y distribuido entre obispos de todo el mundo con una nota donde se hacía creer que el mismo coincidía con las ideas del Papa. La Compañía de Jesús secuestró el libro e impidió su traducción, y el maestro del Sacro Palacio, Ciappi, publicó un artículo (Verso il Concilio in unione col Romano Pontefice, 11/I/1962) donde afirma que el escrito de Lombardi no tiene ningún valor más que el de una opinión privada y personal.

A pesar de lo que pensaba, Lombardi no fue convocado como perito al Concilio. Apenas electo, Pablo VI nombró al cardenal Antoniutti como interventor del Istituto Per Un Mondo Migliore y en 1965 será puesto bajo la autoridad directa de los superiores jesuitas (y en 1975 fue cedido al sacerdote español Juan Pedro Cubero).

Por aquellos años, Lombardi viajó por América Latina y el Lejano Oriente, predicando misiones. Murió en Rocca di Papa, en la sede del Mondo Migliore, el 14 de diciembre de 1979.









viernes, 21 de noviembre de 2014

Colección de Castellani en revistas...

Castellani en revistas

[Tomado del blog Esperando Nacer, 10 de noviembre de 2014.]

Sólo a modo de coleccionista-exhibicionista, y porque creo que no se encuentran en Internet, algunas referencias a Castellani de unas revistas que tengo:

1. “El gato negro”, revista argentina de narrativa policial y de misterio, dedicó el número 7 (diciembre de 1996) a Castellani: una nota de Juan José Delaney sobre el cura como escritor de ficción, y una bibliografía meritoria hecha por Pedro Luis Barcia.


2. En la revista Gente (enero de 1976), se menciona su inclusión en un “Premio consagración nacional”, que habría recibido -junto con Sábato y otros- a fines de 1975. Sólo como curiosidad, va también la página opuesta.


3. En la revista argentina “Vigencia” (marzo de 1980 – director: Avelino J. Porto) hay una entrevista realizada en febrero de aquel año. Su contenido no es muy jugoso, pero la foto principal tiene lo suyo. Castellani tenía entonces 80 años, y moriría un año después.

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 # | hernan | 10-noviembre-2014 | comentarios |   Twitter Facebook

viernes, 14 de marzo de 2014

El cuento

Número 76 año VII (marzo de 1928) de la revista mensual Ichthys del Centro de Estudios Religiosos para Señoras y Señoritas, dirigida por Delfina Bunge de Gálvez, donde el P. Castellani, bajo el seudónimo Jerónimo del Rey, publicó el ensayo "El Cuento".

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El verbo salvífico de Leonardo Castellani



Bajo el título Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI se acaba de publicar en España una selección de artículos escritospor Leonardo Castellani [1]. La edición, el prólogo y las notas sonde Juan Manuel de Prada.

¿Qué significa sobrevivir intelectualmente? ¿Qué es lo amenazado? ¿Cuáles son las amenazas? ¿Es este conjunto de artículos de Leonardo Castellani (Santa Fe, Argentina, 1899-1981) un manual de supervivencia? ¿Para quién? Supervivencia, ¿en qué territorio hostil?

Juan Manuel de Prada es contundente en su apasionada introducción: «En esta antología el lector descubrirá que nada humano le era ajeno a Castellani, precisamente porque nada humano hay que no cobre sentido expuesto a la luz divina; y descubrirá también en su lectura algo adictivo, que impulsará su inteligencia por caminos nunca antes transitados, robusteciéndola frente al chillido aturdidor de los ineptos, que en estos albores del siglo XXI se pavonean triunfantes. Que Leonardo Castellani sea desvelado hoy al lector español por Libros Libres demuestra, sin embargo, que el triunfo de los ineptos no es definitivo; y, por cada lector que este libro alcance, ese triunfo será más inseguro. Ojalá pronto las obras de Castellani, a despecho de los repartidores de las bulas que manejan el cotarro cultural, sean conocidas por el público español; será un síntoma de que aún no todo estará perdido.»

¿Quiénes son los ineptos que chillan y aturden? ¿Qué es eso que aún no está del todo perdido? Las respuestas a estas dos preguntas se muestran nítidas, sin fisuras, dentro de esta antología: no estaría perdida, del todo, la verdad católica, y la completa regeneración individual y social que promete ese verbo; que sería el verbo: la única verdad, la única esperanza para el ser humano y para la humanidad entera. Esa verdad habría sido revelada por Dios en los Evangelios, óptimamente racionalizada por Santo Tomás de Aquino, entendida en su pureza por Leonardo Castellani y recibida, con gozo, con fervorosa convicción, por Juan Manuel de Prada: «Después de leer a Castellani, tenemos la impresión de ser más inteligentes; y, desde luego, la impresión no es un mero espejismo, pues su verbo ya habita en nosotros».

Los ineptos que aturden con sus chillidos serían, supongo, aquellos que dejan que otros verbos habiten en ellos: verbos que, por no ser el católico -tal y como lo entendió Leonardo Castellani- estarían fuera de la Verdad -con mayúscula-, enturbiándola, molestándola, ensuciándola y, lo que es peor, aturdiendo a los que sí quieren oírla y sí quieren ser regenerados en ella.

Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. ¿Cómo? ¿Con las ideas de Leonardo Castellani que Juan Manuel de Prada ha seleccionado en esta antología? Eso parece. Y las ideas básicas que permitirían esa supervivencia se muestran claras, desafiantes, honestas -no lo dudo- y sin demasiadas anfibologías, a pesar de la gran variedad y complejidad de los temas tratados, agrupados por el editor en seis grupos: política, España (con su guerra civil), el canon occidental (Joyce, H. G. Wells y Nietzsche, entre otros), la ortodoxia cristiana (de la cual quedaría excluido Teilhard de Chardin, tras ser descalificado previamente como científico y como persona), la educación (en un artículo Castellani reclama que la teología se introduzca en la universidad y que, a la vez, la universidad se introduzca en la teología) y un último grupo de artículos agrupados bajo el título «Digamos la verdad»; ahí encontramos un cuento sobre la imprenta; artefacto éste que, como objeto, es magistralmente descrito por Castellani, para luego demonizarlo en boca de Carlos V.

En el Tratado Teológico-Político Spinoza afirmó que el Estado, por su propia seguridad, por su propia supervivencia, debe garantizar la libertad de pensamiento y de expresión de pensamiento. Más allá de su inquietante estatalismo esta idea sigue siendo un bonito desafío: a la mente, al corazón, a la capacidad de ambos de expandirse, de cobijar. De amar si se quiere. Las ideas de Castellani exigen un enorme esfuerzo de tolerancia, de generoso «cobijo» mental y cordial; precisamente porque no son tolerantes: porque no respetan ese paradigma de la democracia que, al menos en teoría -y, seamos justos, algo más que en la teoría-, estaría basado en la libertad de pensamiento y de sentimiento, en la libertad de culto y de no culto, y, sobre todo, en el respeto, absoluto, irrenunciable, a ese ser inefable, frágil, que es el humano. Todos los seres humanos.

Pero para Leonardo Castellani la democracia es, en realidad, demogresca: una especie de desviación política inspirada en el libro de «un renegado neurótico»: Rousseau. Se trataría, la democracia, de un sistema corrupto «porque yace en un error de fondo». ¿Cuál? La respuesta la encontramos en un artículo sobre Nietzsche: los hombres inferiores se han puesto por encima de los hombres que, por naturaleza, son superiores. ¿Qué régimen político, según Castellani, sí estaría a favor de la naturaleza? Las monarquías cristianas. En ellas se habría producido una especie de equilibrio biológico: «El mandatario supremo venía al trono con la naturalidad de la fruta al árbol a su tiempo. Los hubo de todas clases, desde el santo al malvado; pero raramente el incompetente. [...] Esta fue la sociedad que, malgrado pecados y crímenes, hizo las catedrales y las epopeyas, tanto las escritas como las tácitas; la que hizo las Cruzadas y la Conquista, después de haber hecho la Reconquista. No es añoranza inútil. No es tampoco idealización. Ahí están sus frutos». Quizás habría podido haber considerado Castellani, como creyente en la omnipotencia y bondad divinas, que Dios fuera capaz de participar también en la intrincada red de psiquismos que vibran en una democracia -en una «demogresca»- y que un gobernante electo por soberanía popular lo fuera también por soberanía celestial.

Pero lo menos soportable de la democracia para Castellani fue, probablemente, que permitiera, que consagrara, la -para cualquiera- aturdidora pugna entre los verbos; que quieren serlo todo en el todo del hombre. Pugna: guerras de verbos -de mundos en definitiva- que quieren el todo de la mente y el todo del corazón del hombre; cuyo cuerpo -más frágil, más sensible, que cualquier palabra, aunque sea poética- puede terminar abandonado, despreciado, entre el barro y la sangre. Las opiniones de Castellani sobre la guerra civil española que se han recogido en esta antología son muy desagradables. Pero hay que leerlas, sin prejuicios, abriéndonos a la posibilidad de que nos hagan reconsiderar nuestra mirada; siempre dogmática, cuidado, como aseguró Popper. El caso es que aquella sangre fue «reclamada ante Dios por una gran pirámide de pecados previos contra el pobre, de pecados contra el hermano, de pecados contra el débil, de pecados contra Dios. [...] Y no me parece imposible que en esa mole de pecados que ahora se lava en sangre estuviesen también representados algunos de los que ahora más vociferan: ¡Guerra santa, guerra santa, guerra santa!» Castellani afirma estar a favor de Franco, de su golpe de estado, porque los problemas «no se atajan con gobernantes cortos y caducos que sean excelentes personas privadas, incapaces de matar una mosca. El buen gobernante, que no es igual que el gobernante bueno, debe ser capaz de matar a un hombre, solía decir mi tío». Hay además, para Castellani, un modo «teológico» de ver la guerra civil española: Cristo «Dos veces por lo menos, al principio y al fin de su heroica campaña, hizo manifestación de violencia, no se detuvo ante las vías de hecho».

Si ni Cristo amó siempre, ¿cómo exigir a Castellani, su servidor, que lo haga? Amar y respetar son palabras que se confunden. La falta de respeto por las personas -por algunas, al menos- que muestra Castellani llega a extremos alarmantes, tristes, en un artículo que dedica a Ramón Pérez de Ayala después de haber leído su novela A.M.D.G., o La vida en los colegios de los jesuítas. Castellani escribe cosas así: «¡Qué cochinadas tiene que leer uno en esta vida!»; «¡Qué ignominia de hombre! ¡Cómo se puede ser criminal con la pluma... y obtener honores con ello!»; «Este es un villanazo con alma de Judas». El final de ese inelegante artículo tiene, sin embargo, cierto olor a genialidad y mucha gracia (de la humana me refiero): «Yo ya no soy jesuíta, no tengo cuarto a partir con ellos, no me pagan por defenderlos, más bien me deben plata y aun creo que si me escrudiñaran psicoanalíticamente los retorcidos recovecos de mi pobre subconsciencia, no aseguraré que no se halle por allí un deseo vago de que a los jesuítas -a algunos por lo menos- les encajen un soberano garrotazo en el occipucio. Caritativamente. Para que sean más veraces. Y más honrados.»

El manual de supervivencia intelectual que ha editado Juan Manuel de Prada -«deslumbrado», como él mismo asegura en el prólogo- contiene textos escritos con virtuosismo, con momentos de genialidad, valientes, respetables por tanto; pero no respetuosos. No obstante esa falta de respeto, Castellani parece que fue intelectualmente honesto; si por honestidad intelectual entendemos la expresión del pensamiento sin atención a los beneficios o perjuicios -materiales, sociales, etc.- que esa expresión puede propiciar. La paradoja es que las ideas de Castellani pueden publicarse y leerse en España gracias a la libertad -sí, libertad- imperante en esta aturdidora «demogresca»: a que se ha creado, con mucho esfuerzo, un espacio social gigantesco, casi prodigioso, para que se muestren todos los verbos: todos Verdad con mayúscula desde dentro: todos falsos si se miran desde otro «dentro».

Todos esos verbos quieren ser una prisión para la mente: todos quieren ser un «Matrix» -Juan Manuel de Prada, en su prólogo, hace varias referencias, aunque no explícitas, a la filosófica película de los hermanos Wachowsky-. Y todos, desde su ceguera, desde su ansiedad, desde su miedo, confunden la libertad con la abolición definitiva de los obstáculos que impiden el despliegue infinito de su algoritmo lógico. El gran malo de Matrix -Smith- al ser preguntado por Neo qué es lo que quiere, responde: todo. Lo dice, sorprendentemente, con ojos de miedo. Creo que es el miedo lo que explica el título elegido para esta antología: Como sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. Pero creo también que ese miedo es de buena fe. Como todos los miedos. Como todos los verbos; que componen, juntos, un fabuloso arco iris. C

[1] Leonardo Castellani: Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI, Libros Libres, Madrid, 2008.

FUENTE: Cuadernos Hispanoamericanos, nº 707 (Madrid: Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, mayo de 2009). http://www.cervantesvirtual.com/descargaPdf/cuadernos-hispanoamericanos-42/











martes, 7 de agosto de 2012

Conti habla de Castellani



ERA NUESTRO ADELANTADO

Por Haroldo Conti
Se publicó como recuadro junto al reportaje que Guillermo Gutiérrez hizo al P. Castellani, con notas y selección de textos del mismo Gutiérrez, y que fue publicado como “Padre Castellani: Un oficio parecido al deshollinador”, en la revista Crisis, nº 37, Buenos Aires, Mayo de 1976, p. 43. Lamentablemente no hemos podido dar con la "famosa" fotografía.

Conocí al padre Castellani y en cierta forma conviví con él, pues de hecho vivíamos bajo un mismo techo, en el Seminario Metropolitano Conciliar de Villa Devoto, que en ese tiempo estaba en manos de los jesuitas. Yo era amigo, en realidad, del padre Hernán Benítez, que entonces editaba una revista llamada Solidaridad. Yo dibujaba las tapas de esa revista y recuerdo que me costaba una barbaridad pronunciar claramente la palabra. Por lo general decía solidariedad [sic].



Bueno, el caso es que como Benítez era muy compinche de Castellani a veces tenía oportunidad de verlo de cerca. Nada más que eso. En general Castellani era un lejano y legendario fantasma que transitaba por los pasillos penumbrosos del seminario provocando gestos y cuchicheos entre nosotros que lo admirábamos más bien de oídas. Concretamente yo, que en esa época vivía impresionado por Chesterton, había leído apenas Las nueve muertes del padre Metri. Después leí sin entender demasiado La crítica de Kant, en colaboración con Joseph Maréchal S.J., de quien se decía que era su continuador. Creo que lo que más me llegó fue su estilo, sobre todo en el rebate a Gar-Mar, porque por primera vez observé que se podía expresar cualquier cosa con un lenguaje argentino. Imagínense ustedes ver citar a Culacciati y al vigilante de la esquina en un trabajo sobre Kant e incluso encontrar en ese mismo trabajo frases como esta: “¡Hua’ tigre viejo grandote potí!”.



Los tres grandes en aquel tiempo eran para nosotros, pichones de cuervos, el padre Benítez que, como los magistas, era tan importante que no se notaba, y Leonardo Castellani, un gigante de ojos saltones que caminaba por los pasillos rumbo a sus grandezas bamboleándose como un barco, dentro de una sotana corta, con una mano encajada en la faja de jesuita y a veces un bonete francés y creo que con un par de botas que asomaban por debajo de la sotana. Su Crítica literaria en ediciones Penca de 1945 fueron [sic] mi primera reflexión seria sobre literatura, algún tiempo después. Traía un Prólogo justamente del padre Benítez con el rebuscado título, que aún recuerdo, de Palique preliminar. A Benítez le gustaba usar palabras del diccionario. Allí se hablaba de mis devociones de entonces: Chesterton, Hugo Wast, Paul Claudel. Entonces se me pasaron de largo Lugones, Ponferrada, Jacobella, Jorge Guillén y otras figuras más cercanas que Castellani trataba de introducir en nuestro reducido mundo que incluía, muy vagamente, presuponía tan solo, a la Argentina. En resumen, era nuestro adelantado, pero no nos dimos cuenta.


Viñeta aparecida en el reportaje que le hiciera esta misma revista en su número 39.


jueves, 26 de julio de 2012

"Los Duques" (de Chesterton)


Original traducción del P. Castellani a Dukes de Gilbert Keith Chesterton. He aquí la traducción de 1940, recopilada en Crítica literaria:

El duque de Chambertin-Pommard era la minúscula pero vivaz reliquia de una familia realmente aristocrática, cuyos miembros fueron casi ateos hasta el tiempo de la Revolución Francesa, pero desde este suceso, tan benéfico en algunos aspectos, eran extremadamente devotos. El Duque era un realista, un nacionalista y un patriota acendrado-dése estilo que consiste en predicar constantemente que la patria está no tanto en peligro cuanto del todo arruinada. Escribía chispeantes articulemos en la prensa maurrasiana titulados: El Fin de Francia o La última alerta y todo eso, y estaba dando la última mano a un cuadro del Kaiser galopando sobre una alfombra de postrados parisienses, con un fulgor de patriótica exultación. Era sumamente pobre y hasta sus amigos y relaciones eran impechables. Paseaba vivazmente hasta una modesta fondita para sus diarias comidas y allí tenía el aspecto de uno cualquiera. 
Viviendo en una comarca donde no existe aristocracia tenía una alta opinión de ella. Añoraba las espadas y las estatuarias maneras de los Pommards antes de la Revolución-muchos de los cuales habían sido (en teoría) republicanos. Pero todavía con más práctica afición se volvía hacia una región de Europa donde la tricolor nunca llegó a flotar y los hombres nunca fueron torpemente igualados delante la ley. La miel y el consuelo de su vida era Inglaterra, que toda Europa mira como la única pura aristocracia sobreviviente. Tenía además un vago gusto por el deporte y criaba un dogo inglés, creyendo que el inglés era una raza de dogos, de heroicos hidalgos y corajudos mesnaderos, porque leía todo eso en los diarios ingleses conservadores, escritos por exhaustos tinterillos semitas. Pero su principal lectura era desde luego en los diarios conservadores franceses, y fue allí donde se enteró del horrible asunto del Budget. Allí leyó la confiscatoria revolución planteada por el Gran Lord Guardasellos, el siniestro Lloyd Georges. También leyó cuán caballeroso el Príncipe Sir Arturo Balfour de Burleigh había desafiado a este demagogo, apoyado por Austen el Lord Chamberlain y el gayo y agudo Walter Lang. Y siendo un listo partidario y un periodista capaz, decidió hacer una visita a Inglaterra y reportar a su periódico acerca de la batalla. 
Rodó por una eternidad en campo abierto, entre hermosos bosques, con, en el bolsillo, una presentación a un Duque que debía presentarlo a otro Duque. Las interminables innumerables galerías de azarosos pinares le daban la extraña impresión de ser transportado por los incontables corredores de un sueño. Pero el vasto silencio y la frescura curaban su irritación contra la inquietud y fealdad urbana. Parecía un propio escenario para el retorno de la caballería. En tal foresta podía un Rey con corte y todo perderse cazando, o un andante caballero perecer sin más compañía que Dios. El mismo castillo donde abordó era un poco más reducido de lo esperado, pero lo hechizó con su perfil almenado y romántico. Iba ya a saltar, cuando alguien abrió dos enormes valvas a un lado y el vehículo rodó rápido adentro. 
-¿No es la casa? -preguntó al cochero.
-No, señor -dijo el cochero controlando una sonrisa-, es el puesto.
-Ah, sí -dijo el Duque de Chambertin-Pommard-. Aquí es donde comienza la tierra del Duque.
-¡Oh, no! -dijo el hombre, enteramente boleado-. Hemos estado en tierras de Su Alteza todo el día. 
El francés agradeció y se reclinó en el carruaje, sintiendo como si toda cosa fuese inmensamente vasta y grande, como Gulliver en el país de los Gigantes. 
Aportaron al frente de una larga fachada de un edificio más bien severo, y un hombrecillo negligente en cazadora y bombacha descendió rápido los escalones. Llevaba flojos bigotes rubios y azules opacos aniñados ojos: sus facciones eran vulgares, pero su acogida extremadamente amable y hospital. Era el Duque de Aylesbury, quizá el terrateniente mayor de Europa, y conocido sólo como gran criador de caballos antes que empezara a escribir cartitas a los diarios acerca del Budget. Condujo arriba al Duque francés, parlando nonadas con cordialidad, y allí le presentó otro más importante oligarca inglés, que se alzó de un escritorio con un elance levemente senil. Tenía calva luciente y anteojos, media cara enmascarada con una corta barba oscura, que no escondía una sonrisa de agrado, no desprovista de rigor. Pendía un poco al caminar, como un viejo empleado o cajero; y aun sin el talonario de cheques en su mesa, habría dado la impresión de un negociante o mercader. Vestía un ligero terno gris. Era el Duque de Windsor, el gran estadista conservador. Entre estos dos amigables compinches, el pequeño galo estaba erguido en su levitón negro, con la monstruosa gravedad de la ceremonia francesa. Esta rigidez llevó al Duque de Windsor a ponerlo cómodo (como a un subalterno) y a decir, frotando las manos: 
-Encantado con su carta... encantado. Muy satisfecho si puedo proporcionar a usted... este... algunos detalles.
-Mi visita -dijo el francés- difícilmente permitirá el metódico agote del detalle. Voy detrás de la idea. La idea, que es siempre la cosa inmediata. 
-Exactamente -dijo el otro enseguida-, exactamente... la idea.
Sintiendo vagamente que era su turno (el inglés habiendo dicho todo lo que se podía esperar), Pommard continuó: 
-Quiero decir, la idea de aristocracia. Yo consideró ésta como la última gran batalla por la idea. La aristocracia, como todo lo demás, debe justificarse ante la humanidad. La aristocracia es algo bueno, porque mantiene una pintura de la dignidad humana en un mundo en que tal dignidad está por todo ofuscada por serviles menesteres. Sólo la aristocracia mantiene una alta reticencia de cuerpo y alma, una cierta noble reserva entre los sexos, por ejemplo. 
El Duque de Aylesbury, que tenía un nebuloso recuerdo de haber chuflado un sifón de soda descote abajo de una Condesa la noche antes, parecía un poco mohino, como si lamentara el espíritu teórico de la raza. El Duque más viejo se rió cordialmente y dijo: 
-Bien, bien, usted sabe: nosotros ingleses somos horriblemente prácticos. Para nosotros la gran cuestión es la tierra. Aquí en el campo... ¿conoce usted esta parte? 
-Sí, sí -dijo el francés vivamente-. Comprendo lo que dice. ¡El campo! ¡La antigua vida simple de la humanidad! ¡Una cruzada contra las sucias apretadas urbes! ¿Qué derecho tienen esos anarquistas para atacar vuestras sólidas y prósperas campañas? ¿Acaso todo no ha prosperado bajo vuestra dirección? ¿Y acaso las aldeas inglesas no devienen día a día más grandes y alegres bajo la entusiasta conducción de vuestros dinámicos Squires? ¿No existen las Fiestas Mayas? ¿No existe la Gaya Inglaterra? 
El Duque de Aylesbury hizo un ruido en la glotis y luego dijo distintamente: 
-Todos se van a Londres.
-¿Todos se van a Londres? -repitió Pommar con mirada absorta-. ¿Por qué? 
Esta vez nadie respondió y Pommard tuvo que partir de nuevo. 
-El espíritu de aristocracia es esencialmente opuesto a la codicia de las grandes ciudades industriales. Sin embargo, hay hoy día en Francia uno o dos nobles tan viles como para mercantear carbón o tejidos y mercantear fuerte. 
El Duque de Windsor miró la alfombra. 
El Duque de Aylesbury fue y miró afuera de la ventana. Al fin el último dijo: 
-Vea, eso es medio duro. Uno tiene también que rebuscárselas en la ciudad.
-¡No diga eso! -gritó el pequeño francés irguiéndose-. Yo les aseguro que toda Europa es una viva batalla entre el negocio y el honor. Si no luchamos por el honor ¿quién luchará? ¿Qué otro derecho tenemos nosotros patudos pecadores a títulos y cuarteles en el escudo, anoser el que estamos mal que bien sosteniendo en el mundo cierta idea de dar cosas que no pueden exigirse y evitar cosas que no pueden castigarse? Nuestra única obligación es que somos una valla en toda la Cristiandad, contra el judío prendero y mercachifle, contra los Goldstein y los... 
El Duque Aylesbury se volvió redondo, las manos en los bolsillos. 
-Oh, pucha -dijo-; usted ha estado leyendo a Lloyd George. Nadie si no es un chancho comunista puede decir una palabra contra Goldstein. 
-Y yo no puedo permitir por cierto -dijo el Duque viejo lamentándose medio temblón- que el respetado nombre de Lord Goldstein... 
Quería ser impresionante; pero había algo en los ojos del francesilla que no es fácilmente impresionable: brillaba allí ese acero vivo que es el alma de Francia. 
-Caballeros -dijo-, me parece que ahora tengo los detalles. Habéis regido Inglaterra por cuatrocientos años. Por confesión propia, habéis vuelto la campaña inglesa invisible a hombres. Por confesión propia, habéis ayudado al triunfo de la urbe, del humo y de la confusión. Por confesión propia sois carne y uña con esos prestamistas y esos aventureros, que tenerlos a raya es la única misión y justificación en este mundo del caballero. Yo no sé lo que hará con vosotros vuestro pueblo. Mi pueblo os daría muerte. 
Algunos minutos después estaba fuera de la casa ducal; y algunas horas luego fuera de la hacienda ducal.
 

martes, 10 de julio de 2012

En el día de la patria


El disparate de nuestros “próceres” anti tradicionalistas nos vino de España misma: aunque el modelo que se tomó aquí (después de Rivadavia) fue “la Francia” o los Estados Unidos: para desmadrarnos. En la España de Carlos III y sucesores se dio por muerto al pasado, y como ideal, la creación de una nación NUEVA, sobre la base de una “ideología”, el iluminismo. (…) Nuestros “próceres” no partieron tan siquiera a buscar una patria que tenían delante: partieron a buscar una ideología.

Notas a caballo de un país en crisis.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Problema

Si yo fuera un pagano, querido,
mi copero mayor y mi grey
llenarían mi vaso de plata
de Falerno, de Chipre y Jerez...
Pero Hirt es pagano, pagano,
y sus siervos le dan de beber
¡tres tazones de leche por día
y espinacas cocidas con té!

Si yo fuera pagano, pagano,
besaría unos labios de miel,
en mi alcoba do raudas volaran
danzarinas de lúbrico pie...
Pero Hirt es pagano, pagano,
y sus tías preparan con él
conferencias pro Ley de Divorcio
¡y son viejas solteras, pardiez!

Si yo fuera pagano, pagano,
tumbaría de Ortiz (*) el poder
y hollaría los pueblos limítrofes
con mis huestes y mi palafrén ...
Pero Hirt es pagano, pagano,
y se afana con pluma y papel
por poder prestar plata a los pobres
¡y dejarlos más pobres después!

Si yo fuera pagano, pagano,
cuando se ha morir una vez
moriría entre el fuego y la pólvora,
sable en mano, luchando con diez...
Pero Hirt es pagano, pagano,
y se apesta con purgas de hiel
para hacerse un atroz vejestorio
¡que ni el mismo fogón crematorio
va a hacer algo inodoro con él!

Te regalo el problema, querido.
Si eres brujo podrás resolver
cómo hay seres que a Dios han perdido
y lo pierden al diablo también.
Yo me he roto la testa pensando
y ya he dado mi brazo a torcer
cómo hay tipos que viven sin Cristo
y no tienen tampoco el placer.

Gilbert Keith Chesterton
Traducción (¿adaptación?) de Leonardo Castellani, reproducida en Crítica Literaria.





(*) Ortiz: Roberto Marcelino Ortiz, fue presidente de la República Argentina entre 1938 y 1942.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Nueva edición de "Lugones"

Ediciones de la Biblioteca Nacional, para su Colección "Los Raros", acaba de publicar Lugones del P. Leonardo Castellani, con Estudio Preliminar de Diego Bentivegna.



De la contratapa,


La obra de Leonardo Castellani (Reconquista, 1899 - Buenos Aires, 1981) atraviesa el siglo XX argentino; en cuyas polémicas estéticas, culturales, políticas y teológicas participa de manera lúcida y visceral. Sacerdote jesuita en conflicto con las autoridades eclesiásticas, poeta, exégeta notable de las escrituras cristianas, controvertido publicista político del campo nacionalista, puntal del relato policial argentino. Castellani practica la crítica literaria desde sus años de seminario como un ejercicio en el que el mapa de la cultura se configura como un espacio donde los textos chocan entre sí, exhiben sus zonas de tensión y de fuga, derivan a través de constelaciones conflictivas, se abren hacia sentidos laterales e inesperados.

Desde el momento mismo de su suicidio en 1938, la figura de Leopoldo Lugones es, para Leonardo Castellani y para su generación, una presencia que aqueja. Publicado por primera vez en 1964, el Lugones de Castellani representa un momento particularmente álgido de la escritura crítica del jesuita argentino. Es este libro la evocación de un "fantasma sangriento" cuyas palabras, como las del propio Castellani, se obstinan en no apagarse; como la escucha de una voz que, suspendida entre el mundo de los vivos y el reino de los muertos, interroga los puntos constitutivos de la Argentina contemporánea.