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martes, 23 de marzo de 2021

Recuerdan al genial padre Castellani a 40 años de su fallecimiento

 Noticias Interés General

  • 15 de marzo, 2021
  • Buenos Aires (AICA)
Se cumplen hoy 40 años del fallecimiento del escritor y sacerdote Leonardo Castellani, de prolífica obra y profundo sentido apostólico y profético.

“Los que recuerdan el nacimiento celebran la aparición poco pulcra de un informe y desvalido embrión humano, que no se sabe si durará y qué dará de sí; los que festejan la muerte celebran la madurez de un alma inmortal, que rompe un cuerpo gastado hasta la cuerda”, escribió el propio Leonardo Castellani, sacerdote, brillante escritor y un lúcido pensador, que un 15 de marzo de 1981, hace hoy 40 años, moría en Buenos Aires, dejando una prolífica obra que enorgullece a las letras argentinas.

“Hoy se celebra un nuevo aniversario de la partida a la Casa del Padre del querido Padre Leonardo Castellani de feliz memoria”, recuerda Manuel Outeda Blanco, director de la Exposición del Libro Católico.

“A lo largo de su vida fecunda se destacó como sacerdote escritor y patriota, dando testimonio con su pluma siempre para honrar a Dios y demostrar su amor al prójimo”, expresó a AICA Outeda.

Y añadió: “En el marco de la Exposicion del Libro destacamos y honramos su trayectoria de notable e ilustre escritor con la entrega anual de la Estatuilla que lleva su nombre. La recibieron hombres y mujeres que siguieron sus pasos como monseñor Octavio Derisi, el profesor Enrique Mayocchi, el padre Cayetano Bruno, la doctora Lila Archideo, el doctor Alberto Caturelli, monseñor Juan Carlos Rutta, el doctor Pedro Luis Barcia y el profesor José María Castiñeira de Dios. “Todos ellos conocieron y se enriquecieron del genio del padre Castellani”, afirmó Manuel Outeda.

“Castellani se destaca en todos los géneros y ciencias sagradas y profanas hasta crear como decía el cardenal Quarracino 'un género propio’”, destacó por su parte el doctor Rafael Breide Obeid, director de la Revista Gladius y propagador de la obra del Padre Castellani.

“Su prosa -añade Breide Obeid- es genial. Fluye diáfana y cristalina integrando todos los saberes. Es plenamente católico es decir universal, y por su unión con Nuestro Señor Jesucristo con Él, es rey, sacerdote y profeta”.

“Sus sesenta libros son el tesoro más grande de la Argentina. Que más se enriquece cuanto más se difunde”, indicó el director de Gladius.

El Padre Castellani
“Es la mente más brillante que dio la Argentina en el siglo XX”, supo decir Jorge Luis Borges sobre este hombre nacido en Reconquista, provincia de Santa Fe, un 16 de noviembre de 1899.

Terminó el bachillerato en Santa Fe y en 1918 ingresó al noviciado jesuita de Córdoba. Estudió letras, filosofía y teología en Santa Fe, luego en Buenos Aires y comenzó a escribir (Camperas), luego fue enviado en 1929 a Europa a proseguir sus estudios, en 1931 fue ordenado sacerdote y estudió Filosofía y Teología en la Gregoriana de Roma. Después estudió Psicología en la Sorbona de París. Tras unos meses en Alemania, en 1935 volvió a la Argentina.

Había egresado de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma con las más altas notas obteniendo el Título de “Doctor Sacro Universal” en Teología y Filosofía, lo que lo habilitaba a escribir con notas propias sobre las Sagradas Escrituras, sin previa autorización del Vaticano, lo que sólo pudieron hacer muy pocos hombres en la milenaria historia de la Iglesia Católica. El título obtenido se conoce vulgarmente como “Doctor de la Iglesia”.

Luego partió a Francia a estudiar durante tres años en La Sorbona la carrera Superior de Filosofía, Sección Psicología. Luego pasó a Alemania para profundizar los estudios y la práctica con enfermos mentales.

Publicó 56 obras tanto religiosas como poéticas, fábulas campestres, relatos, y luego de una serie de conflictos con su Orden (Jesuitas), fue expulsado de la misma soportando dos años de prisión en Manresa (España), de la cual puede escapar con ayuda de amigos en un estado físico y mental deplorable. Tampoco pudo ejercer su ministerio sacerdotal durante varios años. Pero nunca dejó de escribir tanto libros como artículos periodísticos en diarios y revistas.

No solo fue un docente responsable y bien preparado, sino también un periodista nato, y un iniciador de la crítica literaria seria en la Argentina, con no menos de veinte seudónimos colaboró en publicaciones diversas editadas en la ciudad de Buenos Aires como Estudios, revista El Salvador, Criterio, Revista de la Universidad de Buenos Aires, Nuestro tiempo, Verbo, Cabildo (sobre todo), Dinámica social, Patria libre, entre otras,

Firmó cerca de 500 artículos y dirigió dos revistas: Estudios, de la Academia Literaria del Plata y Jauja, fundada por él mismo. La gran mayoría de sus libros editados hasta ahora son colecciones de artículos, lo cual no quita nada a su originalidad y solidez doctrinaria. En el último tramo de su vida se dedicó a la exégesis bíblica, preocupado, sobre todo, en el tema de la segunda venida de Cristo.

El año 1975 marcó el reconocimiento de los argentinos a este ciudadano ilustre: la Universidad de Buenos Aires le otorga el grado de “Doctor Honoris Causa” y el Gobierno Nacional le otorga el premio “Consagración Nacional”.

En 2004 sus restos fueron trasladados, en un significativo acto, al cementerio de Reconquista, al “Panteón de la Ciudad”, lugar donde descansan “los restos mortales de aquellos ciudadanos que se hayan destacado en algún aspecto de la vida social”. 

El presbítero Francisco Avellá Chafer, historiador del clero porteño y alumno del padre Castellani, describía así a su antiguo profesor: “En grado eminente, se daban en él tres requisitos esenciales: memoria firme, fantasía fértil e ingenio agudo, cualidades que lo elevaron a niveles de genio”.+

[https://aica.org/noticia-recuerdan-al-genial-padre-castellani-a-40-anos-de-su-fallecimiento]

 

 

jueves, 18 de marzo de 2021

Padre Castellani, «excelencia argentina decapitada»

 

[https://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=40048]

Se cumplen 40 años de la muerte del recordado jesuita (+ Buenos Aires, 15 de marzo de 1981); y hoy son cada vez más las noticias sobre el creciente conocimiento y valoración de su obra, en Argentina y en el exterior.

Cuenta un sacerdote argentino que, en su Seminario, vio al padre Leonardo Castellani leer con fruición un libro, mientras caminaba por las galerías. Se acercó, y le preguntó sobre la obra que tanto estaba disfrutando. Las Últimas Noticias, fue la respuesta contundente. ¡Pero si es un libro, y no un diario!, descerrajó para retrucar. Son las Últimas Noticias. ¡Estoy leyendo el Apocalipsis!, concluyó el religioso. ¡Castellani puro y lúcido, como tantas otras veces! Le bastaron pocas palabras para dar una clase de Esjatología; y si se quiere, también, de periodismo…

Se cumplen 40 años de la muerte del recordado jesuita (+ Buenos Aires, 15 de marzo de 1981); y hoy son cada vez más las noticias sobre el creciente conocimiento y valoración de su obra, en Argentina y en el exterior. No han faltado, justo es reconocerlo, en esta tierra del fin del mundo, corajudos e inteligentes discípulos y admiradores suyos que, contra viento y marea, en una soledad cubierta de hostigamientos, hicieron casi heroicamente lo imposible por divulgar su legado. Valga citar, por ejemplo, al recordado Cardenal Antonio Quarracino, Arzobispo de Buenos Aires, y primado de la Argentina, entre 1990 y 1998. Y por supuesto, también, al padre Alfredo Sáenz, SJ, quien fuera hermano del padre Castellani, en la Compañía de Jesús; y que le ha dedicado importantes páginas en sus numerosos libros. Y, en las filas de los seglares, a Sebastián Randle, autor de dos voluminosos tomos de lo que constituye, hasta el presente, su biografía más completa; Jorge Ferro, y los organizadores de la Exposición del Libro Católico, entre otros. Pero, como ocurrió con el tango, que primero triunfó en París y, luego, en nuestras pampas, vale reconocer que gracias al escritor Juan Manuel de Prada, y otros intelectuales españoles y de otros puntos de Europa, la obra del sacerdote santafecino se va descubriendo, con nueva fuerza, en este arrabal del globo terráqueo…

Jamás imaginé que daría una clase magistral sobre Castellani, en una universidad europea; y que sería aplaudido de pie, confesó hace un tiempo uno de sus alumnos, padre de un Sacerdote. No pude dejar de comentarle, entonces, lo que me tocó vivir, en 1999, con motivo del Centenario del nacimiento de Jorge Luis Borges, y del propio Castellani. Los homenajes oficiales, no oficiales, paraoficiales; de intelectuales de brillo, y de mercenarios metidos a intelectuales, se multiplicaban como los hongos después de la lluvia. Toneladas de papel, y ríos de tinta, aquí y allá, ostentaban ditirambos a la figura de Borges. De Castellani, ni una palabra por ningún lado. Seis años después, ya en el Seminario, Mons. Miguel Ángel Irigoyen, me contó que Borges –más allá de la obcecación agnóstica, con que se pretendió y aun se pretende etiquetarlo- murió como hijo fiel de la Iglesia. Y que fue su gran amigo, Mons. Daniel Keegan, entonces Rector de la Catedral de Buenos Aires, quien viajó especialmente a Ginebra para darle, en 1986, la Unción de los Enfermos. No puedo dejar de imaginar la intercesión de Castellani para que su colega, cinco años después de su partida para el Juicio del Eterno Padre –y no, claro está, de la crítica literaria-, muriese con los auxilios de la Santa Religión Católica.

Alternaba yo, en aquel final del siglo XX, mi labor periodística con la enseñanza en colegios secundarios. Y cuando intenté incluir en los tributos centenarios la figura de Castellani, obtuve como resultado expresiones de asombro –por el total desconocimiento de su obra, incluso por parte de profesores de Literatura-, conmiseración, indiferencia e, incluso, de desprecio. Desafiando, entonces, la ignorancia supina y el rechazo, empecé con sus cuentos policiales, para llegar a los adolescentes. Desfilaron, así, por las aulas, Las nueve muertes del padre Metri, y El crimen de Ducadelia y otros cuentos del trío. Colegas y autoridades de esos establecimientos me hicieron sentir, de mil y un modos, su desdén. Los jóvenes, en su gran mayoría, quedaron fascinados. Incluso, varios años después, cuando me encontraban por la calle me gritaban, ¡Gracias, ‘profe’ por habernos hecho conocer a Castellani!...

Providencialmente, a través de mi gran amigo Alejandro Bilyk, propietario de Editorial Vórtice, el Señor ha querido que leyese, en este accidentado verano plandémico, la nueva edición de Cristo y los fariseos; que publicaron, conjuntamente, la propia Vórtice Jauja. Fue un huracán de frescura que, como ocurre con todas las páginas de Castellani, me sirvió una vez más para interpretar las siempre fugaces noticias, a la luz de las Últimas Noticias… Baste tan solo una cita de Castellani, que hace Eduardo Allegri, en la Introducción, para vislumbrar la esencia del libro: El fariseísmo es esencialmente homicida y deicida. Da muerte a un hombre por lo que hay en él de Dios. Instintivamente, con más certidumbre y rapidez que el lebrel huele la liebre, el fariseo huele y odia la religiosidad verdadera. Es el contrario de ella, y los contrarios se conocen. Siente cierto que, si él no la mata, ella lo matará.

En el capítulo titulado, El dulce Nazareno, se recoge este planteo de Castellani:

  • ¿Una pateadura puede salvar un alma?
  • No- es la respuesta corriente. Pero si una pateadura no pudiese salvar un alma, Cristo no hubiese dado pateaduras. Y el Evangelio nos relata dos formidables pateaduras por lo menos, dadas por Cristo a los mercaderes del Templo.

Suprimid la indignación viril en Cristo y suprimís su virilidad. La indignación viril queda borrada de la lista de las virtudes cristianas. Y la indignación justa, con todos sus gestos y sus efectos, es una virtud.

Dejo, también, aquí, otra expresión que me impactó hondamente: Sólo el fariseísmo puede devastar a la Iglesia por dentro, sin lo cual ninguna persecución externa le haría mella, como vemos por su historia, pues ‘la sangre de los mártires es semilla de cristianos’. Si la Iglesia está pura y limpia, es hermosa, y atrae, no repele. Atrae prodigiosamente, como se vio ya en su asombrosa propagación entre dificultades sin cuento, muertes y martirios.

No es mi propósito hacer una recensión de la obra. Dejo esa labor para quienes puedan realizarla. Traje, tan solo, algunas de sus frases emblemáticas, para alentar el interés por leer o releer a Castellani. Si alguno de los lectores de esta nota lo hace, me sentiría más que satisfecho. Ni qué hablar si algún profesor de colegio secundario se anima a desafiar al sistema, al Estado profundo, como se lo llama ahora; y aun exponiéndose a perder su trabajo, decide incluir sus obras en las clases…

Vuelvo, por un momento, al querido e inolvidable Cardenal Quarracino. Como decíamos más arriba, a él se le debe en gran medida que el padre Castellani fuera rescatado del olvido e, incluso, de la cultura de la cancelación; como se denomina, actualmente, a los despiadados hostigamientos, contra quienes se animan a desafiar el totalitario pensamiento único. En 1996, a quince años de la muerte de Castellani, el purpurado enfatizaba, en un homenaje: Vivimos en un tiempo, en una sociedad, en un país muy proclive al olvido y muy reacio a admitir y reconocer las excelencias y las gratitudes… Alguna vez definí a la Argentina como el país de las oportunidades perdidas, y añadí de manera un tanto pedante, el país de las excelencias decapitadas. A veces da la impresión de que, si alguien sobresale, de inmediato le rompen la cabeza. Entre esas excelencias decapitadas hay que ubicar la figura del padre Castellani.

No se equivocó, por cierto, el valiente primado. Estas palabras, tranquilamente, podrían decirse hoy; 25 años después. Me viene a la memoria, de cualquier modo, aquello que otro poeta argentino, Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte); ciertamente, desde otros ámbitos, escribió en Piu avantiNo te des por vencido ni aún vencido, no te sientas esclavo, ni aún esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo, y arremete feroz ya mal herido… ¡Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo, tu cabeza!

Quisieron decapitar a Castellani, y solo lograron multiplicar su legado. Él mismo lo intuyó: Los profetas vivos dan disgustos; los profetas muertos dan dinero. Aunque en eso se quedó corto. Además de plata dan, por todas partes, una riqueza mucho mayor; desbordante de anticipos de eternidad…

 

+ Padre Christian Viña

jueves, 6 de diciembre de 2018

Vieja conferencia de Juan Luis Gallardo


RECUERDO Y VALORACIÓN DE LEONARDO CASTELLANI

Conferencia a pronunciar en la Exposición del Libro Católico el 14 de septiembre del 2006.


[Tomado de http://www.juanluisgallardo.info/Recuerdo%20y%20valoracion%20de%20Leonardo%20Castellani.html]

Estamos dentro del año en que se ha cumplido el vigésimo quinto aniversario del fallecimiento de Leonardo Castellani. Y un cuarto de siglo resulta un lapso adecuado para evocar su figura y valorar su obra, cosa que se me ha pedido hacer esta tarde. Tarea que acepté con gusto, pese a las dificultades que supone.

Pues, en efecto, no resulta fácil cumplir este cometido ante un público como el que conforman ustedes, conocedores de la trayectoria del cura hasta tornar petulante la pretensión de aportar algún dato que no conozcan ya o alguna opinión más o menos original a su respecto. Pretensión a la cual he renunciado de antemano pues, por considerarla fuera de mi alcance, lo que pienso hacer, sencillamente, es desgranar algunas evocaciones y formular ciertas opiniones que, muy posiblemente, les resulten familiares, por parecerse más a las de un admirador como cualquiera de ustedes que a las de un crítico aséptico y erudito.

Porque ocurre que el transcurso del tiempo y las mutaciones sufridas por el país y el mundo en estos veinticinco años, me han llevado a lamentar de manera muy especial la ausencia del pensamiento esclarecedor de Castellani, apto para guiar el nuestro a través de las complejas y cada vez más ingratas situaciones que nos presenta la actualidad. Y no creo equivocarme al presumir que a ustedes les ha de estar sucediendo algo parecido, emparejando nuestro estado de ánimo ante el recuerdo compartido.

No sé si será éste el efecto más notable que la ausencia de Castellani produce en nuestro espíritu. Pero es el primero que me viene a la cabeza. Pues el cura tenía la virtud de encarar problemas que no podíamos pasar por alto y que imponían tomar partido a su respecto pero que, a veces, resultaban difíciles de entender y, por ende, difíciles de encasillar. Entonces, aparecía el libro esperado o el artículo oportuno del cura presentando lúcida y honestamente el problema para, luego, formular con relación al mismo su juicio fundado y honesto.

Y esta capacidad suya, orientadora, resultaba un verdadero servicio a la inteligencia, que no puedo menos que añorar en momentos en que se nos ofrecen múltiples e intrincadas opciones en los planos más variados.

Días pasados, en el Instituto de Filosofía Práctica, oía al padre Biestro –eminente conocedor del tema– hablar sobre el padre Castellani. Y una de las cosas que dijo fue que había sido uno de los pocos espíritus universales con que contó la Argentina. Observación certera, por cierto, y que comparto hasta el punto de hacerla mía. Pero que, sin embargo, no se refiere al aspecto del cura que acabo de mencionar y que añoro. Pues, si bien es cierto que aprecio en toda su importancia ese espíritu universal que mencionaba Biestro, lo que estoy echando de menos es el enfoque argentino con que Castellani observaba los asuntos universales y nacionales.

Estoy echando de menos esa característica tan suya de mirar las cosas “desde la Argentina” y “desde lo argentino”. Y la estoy echando de menos justamente cuando, aparentemente, se registra un sarampión de nacionalismo estrecho, despojado en absoluto de ese afán de proyectarse hacia lo universal que caracterizó al buen nacionalismo de Carlos Ibarguren, de Hugo Wast o de Ignacio Braulio Anzoátegui.

Estoy echando de menos la capacidad de Castellani para enlazar el escándalo de la Coordinación de los Transportes con el pensamiento de Platón o la renovación de los contratos de la CHADE con la filosofía de Santo Tomás. Estoy echando de menos su inteligencia poderosa, su formación teológica, su información filosófica, sus conocimientos literarios aplicados a las celebraciones y los dramas que afectaban cotidianamente a sus compatriotas. Quienes, sin ese auxilio que nos prestaba, andamos bastante despistados. Hasta el punto que la reacción de un pueblo disconforme puede ser capitalizada hoy día por un señor, seguramente bien intencionado pero de alcances tan modestos como el ingeniero Blumberg.

***

En otra oportunidad, dentro de este mismo marco, ofrecido por la Exposición del Libro Católico, presentaba yo una reedición largamente demorada de “Su Majestad Dulcinea”, una novela de Castellani particularmente dramática y particularmente actual. De manera que, dada la coincidencia de escenarios, no quisiera repetir lo expresado entonces. Pero, pese a ello, reiteraré alguna cosa ya dicha, al menos para dar razón de mi presencia aquí esta tarde.

Y, con tal propósito, volveré a informar que tuve el privilegio de haberlo conocido y tratado al cura en virtud de circunstancias que paso a explicar. Lo vi de lejos, por primera vez, cuando, en calidad de simple feligrés porque tenía “suspendida la misa”, cumplía con el precepto dominical en la iglesia de Pirovano, mi pueblo, a fines de 1955. Ocurrió que había sido invitado por mi tío Ignacio Pirovano a pasar una temporada en su estancia Cume Co, en busca de la tranquilidad requerida para terminar de escribir, precisamente, “Su Majestad Dulcinea”.

Acababa yo de hacer la conscripción y a Castellani lo vi de lejos, en un rincón de la iglesia y con un aspecto bastante impresionante. No lo saludé pues, por una parte, a la fecha yo sabía poco de él y, por otra, papá escurrió el bulto pues su ortodoxia inflexible le llevaba a soslayar el trato con sacerdotes inmersos en conflictos disciplinarios.

La influencia de Franci Seeber y mi matrimonio con Mariquita Ibarguren, hija de Carlitos, me aproximaron a Castellani, ya que Franci era un entusiasta de su obra y Federico Ibarguren, tío de Mariquita, gran amigo del cura, que solía pasar algún tiempo en su campo durante el verano. Por tales motivos no sólo leí yo sus libros sino que, recién regularizada su situación canónica, fue él quien bautizó a mi hijo mayor, hoy también sacerdote. Por otra parte, establecida una excelente relación, fue a comer alguna vez a casa y, más tarde, lo tuvimos como cliente en el estudio jurídico que abrimos con Santiago Estrada. Y debo a su generosidad juicios muy favorables referidos a mis primeras novelas, alguno de los cuales apareció en el suplemento literario de “Clarín”.

Por estas u otras razones, en algún momento me pidieron que escribiera un estudio preliminar para la “Nueva Crítica Literaria” de Castellani, editada por Dictio en 1976. Acepté el encargo con una audacia que hoy me estremece. Y que quedó de manifiesto al meterme yo en honduras filosóficas, francamente superiores a mis conocimientos, que ahora, con la prudencia conferida por los años, hubiera soslayado cuidadosamente.

Cuando me propusieron dar esta charla recordé aquel prólogo. Y me suscitó curiosidad comprobar qué opinaba yo de Castellani hace treinta años. Pude comprobar así que, en esa época, no sólo era mayor mi audacia sino que, además, mi manera de escribir era más elaborada que actualmente. Pero observé a la vez que hoy podría suscribir los cuatro apartados en que dividí la valoración del cura formulada entonces. Tanto es así que los repetiré esta tarde, si bien fundados de manera diferente.

***

En primer lugar dije entonces que Castellani era un aristócrata del alma y del espíritu, formulando una distinción filosóficamente endeble entre aquélla y éste. Pero me quedo no obstante con el núcleo de esa afirmación y, a tres décadas de distancia, repito que Castellani era un aristócrata, en el correcto sentido del término.

Hablar de aristocracia no está de moda. Antes bien, decir de alguien que es un aristócrata podría llegar a resultar descalificatorio. Se trata sin embargo de un elogio, de un gran elogio, una vez aclarado qué es, verdaderamente, un aristócrata.

Cuando hablo de aristocracia no me remito al Gotha ni al Libro Azul de las Damas del Divino Rostro. Hablo de selección, de excelencia. Y el producto de una selección resulta por lo general de buena calidad. Aunque hoy día la tarea de seleccionar sea tenida como discriminatoria. Daré un ejemplo para que se vea la cosa con claridad.

Según cabe inferir de mi referencia al pueblo de Pirovano, yo me crié en el campo, quinientos kilómetros al sudoeste de Buenos Aires. Allí mi padre tuvo la originalidad de criar ovejas, pese a tratarse de tierras aptas para la agricultura y para invernar vacunos. Y, como criaba ovejas, dos veces por año llegaba a casa la “comparsa” de esquiladores para realizar su tarea. Conjunto de hombres sencillos, criollos casi todos, que cumplían duras jornadas. Al final de las cuales alguno de ellos, junto al fogón, empuñaba la guitarra para cantar una milonga o un estilo conservado por tradición oral. Y ese hombre, sencillo como dije, analfabeto a veces, que, no obstante, se destacaba entre sus compañeros por haber aprendido a rasguear en la guitarra y por haber tenido interés en aprender y recordar viejas melodías de la llanura argentina, era, sin duda, un aristócrata. Un hombre superior y diferente, que se destacaba de entre sus pares, tal como lo fue Leonardo Castellani. Aunque su apellido no figurara en la Guía Social.

***

Escribí en segundo término que el cura era un representante cabal del compromiso bien entendido. Señalando no obstante que me molestaba la tendencia imperante, entonces y ahora, a considerar “comprometidos” sólo a los comprometidos con la izquierda. Así, un escritor comprometido será, habitualmente, un escritor bolchevique. Circunstancia que no invalida la bondad del compromiso.

Porque comprometerse es algo bueno, aunque un escritor comprometido resulte sospechoso. Y, si no es con la izquierda ¿con qué ha de comprometerse un intelectual que no admita la medianía de una cómoda neutralidad? En mi prólogo lo decía: con la verdad y con la belleza.

Les pido me disculpen ofrecerles una conclusión quizá demasiado altisonante. Demasiado altisonante pero imposible de evitar pues, en efecto, el compromiso bien entendido de un intelectual no puede ser otro que con la verdad y con la belleza. Cosa que sostengo aunque hacerlo implique seguir formulando afirmaciones actualmente objetables. En efecto, acabo de defender la selección y la aristocracia, o sea la discriminación y el elitismo. Y, ahora, defiendo el compromiso con la verdad y la belleza, haciéndome quizá pasible de fundamentalismo. Mal andamos esta noche.

Y ocurre que el padre Castellani estaba realmente comprometido con la verdad y con la belleza. Compromiso patente en el primer caso y menos manifiesto en el segundo, según estimo.

El compromiso del cura con la verdad saltaba a la vista e, incluso, le jugaba en contra. Y le jugaba en contra porque su afán por hallar la verdad en cada dilema que abordaba, le llevaba a presentar con tal franqueza e imparcialidad las distintas soluciones posibles que, con frecuencia, las posturas distintas o contrarias a la suya podían aparecer como más atrayentes que ésta.

Por ejemplo, en el lamentable conflicto que lo enfrentó con su orden, Castellani, defendió apasionadamente su posición (demasiado apasionadamente, diría yo) pero, a la vez, no distorsionó la de sus ocasionales oponentes. Hasta el punto que, como dije, después de conocer los términos de la controversia a través del propio Castellani, uno se termina por preguntar si la razón no la tendrían quienes confrontaba con él.

En este aspecto, el cura batalló por convencer a sus lectores y oyentes que le asistía la razón pero, a la vez, es fácil de advertir que los argumentos que acumula están también encaminados a convencerse a sí mismo, dentro de esa insoslayable necesidad que lo aquejaba en el sentido de determinar quién tenía razón en el diferendo, o sea dónde se hallaba la verdad en litigio.

Si esto era así cuando estaba personalmente comprometido en un asunto, menor esfuerzo le significaría ser ecuánime al abordar cuestiones que lo afectaban de modo menos directo.

En cualquier caso, para respaldar lo que vengo diciendo en este aspecto, es oportuno recordar que, llegado el momento de precisar cuál era el cometido del nacionalismo argentino, Castellani fue categórico al señalar: el nacionalismo debe hacer verdad. Frase que mis amigos y yo hicimos imprimir en un cartel donde se publicitaba un periódico que escribíamos y que se llamaba De Este Tiempo.

En cuanto a su compromiso con la belleza, ejercerlo le supuso ciertas dificultades pues carecía de buen gusto. Cosa que se manifiesta en muchos pasajes de sus obras, desprolijos, despeinados, malsonantes. Y hasta en el aspecto con que solía andar. Lo cual no quita que la lectura de otros pasajes de sus obras nos proporcione un auténtico placer estético, cosa que ocurre con algunos de las Camperas, algunos de las Parábolas Cimarronas y varios de sus comentarios al Evangelio. Pero, sobre todo, la de Castellani es una toma de posición a favor de la belleza, atributo de Dios al fin de cuentas.

También escribí en aquel prólogo que el cura representaba debidamente el justo equilibrio entre las ideas y las cosas. ¿Y a qué me refería cuando escribí esto? Me refería a que, poseyendo una formidable capacidad especulativa, nunca se desentendió de las realidades cotidianas y concretas. Y, a la inversa, que su interés por estas realidades no supuso un obstáculo para ejercitar aquella capacidad. Sobre el particular apunté:

Un hombre como Leonardo Castellani está expuesto, gravemente expuesto, a exilarse de la realidad. Sus condiciones más notables, precisamente, le impulsan a ello. Intelectual, estudioso, leído y escribido, talentoso, sería natural se retrajera hacia un mundo interior ajeno al acontecer de todos los días, donde discurre el hombre común. Pero Castellani no sólo eludió ese riesgo sino que, por el contrario, miró con interés profundo la vida que pasaba frente a su ventana. Y no se redujo a observarla: participó de ella con calidez, con apasionamiento de protagonista. Así fueron amigos suyos hombres cuya única notoriedad es la que les reportó la mención de sus nombres –reales o embozados– en algunas obras de Castellani. Supo recordar las sentencias de entrecasa del peluquero habitual y valorar la sabiduría que encerraban. Tomó en cuenta las opiniones recogidas en el subterráneo y citó las quejas de la vecina de enfrente.

Escribí por último de Castellani que era la inteligencia de una Argentina posible. Porque el cura, pese a advertir con claridad y crudeza la situación en que se hallaba su país, siempre buscó obstinadamente alguna razón para justificar la esperanza. Una esperanza contra viento y marea, una esperanza desesperada –valga la paradoja– pero, a la vez, una esperanza que ofreciera algún atisbo de viabilidad.

La primera novela que publiqué se llamó Frida y pinto en ella a la Argentina sumida en una crisis terminal, a raíz de la cual el país es rematado en pública subasta. Pero sucede que ese remate tiene un final feliz, para hacer posible el cual concurren la aparición de un conductor providencial, la formulación de una convocatoria poética, el esfuerzo de un pueblo unido y el hallazgo de la mítica Ciudad de los Césares. Pues bien, uno de los primeros ejemplares de esa novela se lo mandé a Castellani, que me lo agradeció con una carta inolvidable (aunque desmesurada) que, en uno de sus párrafos, dice:
Hay muchas cosas admirables, mas la que me impresiona mayormente es que haya sabido llevar en medio de esa zarabanda de fantasías un hilo lógico y un final plausible, aunque imposible por ahora.
Y creo que ese por ahora refleja cabalmente la esperanza desesperada de Castellani, que acabo de mencionar. A la cual también me refiero en el prólogo que vengo citando cuando digo:
Castellani indagó la realidad argentina, desentrañó sus virtudes profundas y, con ese material, contribuyó a edificar una Argentina ideal, pero posible, que ofreció a la esperanza de sus compatriotas. Magnífica tarea, por cierto.

***

Carlitos Ibarguren, un hombre encantador, representante cabal de cierto tipo de argentino en vías de extinción, dividía a los nacionalistas en dos categorías, los catos y los curdos. Catos eran los integrantes de esa estupenda floración intelectual que fueron los Cursos de Cultura Católica. Curdos, en cambio, eran los viejos muchachos, trasnochadores y trompeadores, herederos intuitivos de los Carlés y la La Liga Patriótica. Y decía Carlitos –quien se consideraba curdo, en contraposición a su hermano Federico, Peco, al cual calificaba como cato– que uno de los méritos de Castellani había sido atraer a los curdos hacia la práctica del catolicismo. Atracción que habría tenido por causa la experiencia, para ellos sorprendente, de ver actuar en sus filas a un sacerdote combativo, patriota y sin pelos en la lengua (o en la pluma). Expresión típica de esta singular forma de apostolado fue el caso de Eduardo Muñiz, Nenucho, caricaturista temible “El Fortín” y “La Maroma”, escéptico en materia religiosa, pero que acudía puntualmente a la misa dominical que celebraba el cura en la iglesia del Tránsito a fin de grabar sus homilías.

Me ha parecido oportuno traer también a colación este aspecto de la personalidad de Castellani, que no cabe omitir en una noche de reconocimientos y evocaciones.

***

En 1996, la Secretaría de Cultura de la Nación, a través de la Dirección de Promoción del Libro, tuvo la buena idea de publicar un pequeño folleto titulado Homenaje al Padre Castellani en el XV Aniversario de su fallecimiento. Autor de ese folleto era el cardenal Antonio Quarracino.

Y me ha parecido oportuno traerlo a cuento por varias razones, a saber:

Primera: para añorar el hecho de que una repartición pública rindiera homenaje a Castellani, cosa que parece casi inimaginable en los tiempos que corren.

Segunda: para señalar que el funcionario a cargo de aquella repartición era Manuel Outeda Blanco, impulsor de la iniciativa y factotum de la Exposición del Libro Católico.

Tercero: para darme el gusto de mencionar aquí al autor del opúsculo, el cardenal Quarracino, a quien tanto se debe en lo que se refiere a reivindicar la figura del padre Castellani. Reivindicación que sintetiza el siguiente párrafo del trabajito:
A mí no me cabe la menor duda que siempre fue ortodoxo, cien por cien, y si me apuran un poco, diría que fue tan ortodoxo que en los últimos tiempos padecía de un conservadorismo discutible, de tan ortodoxo que era.

Dice también el cardenal que, en 1937, leyó un poema de Jerónimo del Rey, dedicado a la Virgen de Luján. El cual rastreó luego hasta encontrarlo y reproducirlo en el folleto que nos ocupa.

Y me parece a mí que las últimas dos décimas de aquel poema constituyen el mejor cierre para la presente evocación, vinculada con un aniversario de la muerte del padre Castellani. Dicen así esas estrofas.

Reina del Plata, Señora
del pobre criollo olvidado,
techo que nos ha quedado
contra esta lluvia invasora,
estrellita pa’ la hora
de la tormenta feroz
mirá que te vuelve a vos
mi alma que no desconfía
porque si sos madre mía
sos también Madre de Dios.

Madre de Dios, madre mía
y no quiero saber más
haceme morir en paz
con Dios y con vos María,
al filo de mi agonía
no recordés mis reveses
recordá, en vez, cuantas veces
y ya desde muy gauchito
yo te he rezado el bendito,
la Salve y los cinco dieces.