Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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viernes, 18 de marzo de 2022

El Chesterton argentino

 [https://www.elimparcial.es/noticia/236814/opinion/el-chesterton-argentino.html]


miércoles 16 de marzo de 2022, 19:40h

Roberto Alifano

Escritor y periodista


Nadie puede negar que el jesuita Leonardo Castellani fue un hombre de la literatura. Nos dejó una obra digna de ser frecuentada. La mayoría de esos textos, como sucede, ignorados por el gran público lector. Desde Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas (1939) hasta Su majestad Dulcinea (1956), sus libros de ficción, pasando por su poesía, con títulos como El libro de las oraciones (1951) y La muerte de Martín Fierro (1953), hasta El evangelio de Jesucristo (1957), uno de sus ensayos fundamentales, trabajo de investigación religiosa que nos introduce en algunas cuestiones imprescindibles para la correcta comprensión de la Palabra, donde las fechas, los apócrifos, el canon, los cuatro evangelistas, la cuestión sinóptica, la autocrítica escrita y su autenticidad, lo muestran como un gran erudito. A esto se suma una Cronología de la Vida de Cristo y una tabla de correspondencia con los ciclos actuales, que según los especialistas ha cobrado vigencia.

Hijo de un periodista, dirigente del Radicalismo provincial, Leonardo Luis Castellani nació en 1899 en Reconquista, un pueblo de la provincia de Santa Fe. Su primera formación transcurrió en el Colegio de la Inmaculada, donde descubrió su vocación religiosa y, más tarde en Córdoba, ingresando al noviciado jesuita en 1918. Prosiguió sus estudios hasta ser admitido en el Colegio del Salvador de Buenos Aires, del que egresó como profesor, empezando una intensa labor docente en dicha institución; a la vez que simultáneamente daba clases de literatura en el Seminario de Villa Devoto. En esta época escribió las fábulas para su primer libro, que soporta el título de Bichos y personas (Camperas, 1931). Como recompensa por sus trabajos literarios y por su aporte al estudio de los Evangelios, la orden jesuita hizo que en 1929 viajara a Roma para continuar su formación.

En aquella ciudad del catolicismo fue ordenado sacerdote, en 1930, en la iglesia de San Ignacio de Loyola en Campo Marzio. Allí, el padre Castellani estudió Filosofía y Teología en la Universidad Gregoriana; viajó luego a París para doctorarse en psicología en la Sorbona, donde conoció personalmente a Jacques Maritain y Paul Claudel (este poeta, que regía una suerte de tertulia a la que asistió, cariñosamente lo menciona con el apodo de le petit prêtre argentin (el pequeño curita argentino). También viajó por Austria, Alemania y el Reino Unido, donde se interesó por la educación y la psicología. De Londres, atesoraba en su memoria un encuentro con su admirado Gilbert Keith Chesterton.

En 1935 “la nostalgia por la patria” lo hizo volver a la Argentina, donde retomó su actividad como docente, escritor y periodista. En aquellos años redactó artículos en varias publicaciones religiosas como la revista Estudios y el semanario Criterio y en los diarios La Nación y La Prensa; en todos ellos, como diría Borges, escudado bajo el pseudónimo de “Jerónimo del Rey”. En Tribuna, en cambio, un medio más marginal, firmó sus polémicos escritos como “Militis Militorum”. Durante esos días La Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires publicó su ensayo San Agustín y Descartes, y otro sobre Medicina y religión, a cargo de la Universidad de La Plata; texto que incluye un trabajo de avanzada en el Análisis sobre psicología cartesiana.

Devino rápidamente en un referente del catolicismo de orientación anti-liberal y cultivó amistades en esos ámbitos con notables personajes del nacionalismo como Ernesto Palacio, Juan Queraltó y Ramón Doll. En las elecciones de 1946, a pedido de sus amigos y sin permiso de sus superiores jesuitas, fue candidato a diputado por la Alianza Libertadora Nacionalista, una organización de derecha que luego se unió al Peronismo, de la que afirmó, años más tarde: “La gente se confundió en ese momento. Yo no soy nacionalista como muchos creen y menos un referente de esa corriente; esencialmente porque aquello fue algo circunstancial y no he querido meterme en política nunca más. No la he entendido tampoco y hasta me produce náuseas”.​

Por éstos y otros motivos, como la publicación de las llamadas Cartas Provinciales, la relación con su orden se tornó conflictiva siendo amonestado por el severo Obispo Tomás Travi, con el que lejos de someterse, polemizó. A fines de 1946 viajó por propia iniciativa a Roma “para liberarme de la asfixia y explicarme ante el Jefe General de la Compañía de Jesús, Jean-Baptiste Janssens”, pero fue mal recibido e intimado a recluirse en un hospicio en Manresa (España). Lo aceptó como una experiencia religiosa más y estuvo allí durante casi dos años, “que no me fueron incómodos; sino que, por el contrario, me ayudaron a meditar y entender otras cosas -justificaría- y, a la vez, me permitieron formarme una idea polémica sobre ciertas verdades indiscutibles de la Iglesia, hasta que decidí fugarme para volver a la Argentina”.

A poco de llegar, el 18 de octubre de 1949, fue formalmente expulsado como jesuita y suspendido a divinis en su ministerio sacerdotal. Todo este episodio resultó extremadamente traumático para Castellani, e influyó mucho en su pensamiento y obra posterior. Por esa época, se decidió por la literatura como una forma de enfrentar las convenciones que lo habían abrumado y condenado. Fueron sus años más críticos. Las ideas de mi tío cura, Decíamos ayer, Un país de jauja, El ruiseñor fusilado y las conferencias San Agustín y nosotros, obraron como respuestas de su condena.

En 1950 fue acogido por el obispo de Salta, “el comprensivo hombre santo Monseñor Roberto José Tavella -recordaba- y viví en esa ciudad por casi tres años”. El escritor santafesino Horacio Caillet-Bois fue entonces su camarada más cercano. En 1953 se instaló en Buenos Aires, en un departamento de Constitución donde vivió hasta su muerte asistido en muchos casos por sus amigos, a raíz del escaso dinero que le daban sus artículos, libros y conferencias. Durante la segunda mitad de la década del 50 colaboró con el semanario Rebeldía, dirigido por Hernán Benítez, el polémico sacerdote peronista, publicación que fue varias veces censurada por el régimen dictatorial del general Aramburu, el segundo presidente de facto que sucedió a Perón y finalmente clausurada, lo que le valió a Castellani una implacable persecución.​ En 1956, tras varias presiones pudo viajar a España, aunque no se exilió.

El final de la década del 50’ fue amable con Castellani; podemos decir, que el período más difícil de su vida había pasado, y aunque las heridas acaso no cerrarían nunca, empezó a ordenar sus papeles e inició una nueva etapa en su producción literaria, que se revelaría aún más productiva y profunda que la primera. Lugones. Sentir la Argentina (1964), Decíamos ayer (1968) y Nueva crítica Literaria (1970), junto a cuentos y novelas serían sus volúmenes más representativos de ese tiempo. También por aquellos años escribió obras religiosas como El apocalipsis de San Juan, ¿Cristo vuelve o no vuelve?, El místico, Los papeles de Benjamín Benavidez y El evangelio de Jesucristo de Cristo.

En 1961, un cura de pueblo, Héctor Herráez, jugándosela y por propia iniciativa, le permitió celebrar misa en su parroquia y después lo hizo en la Iglesia del Tránsito de la Santísima Virgen cuando Herraéz fue trasladado. Entre 1962 y 1963, Ediciones Paulinas publicó algunos de sus libros. Finalmente, en 1966 se le restituyó el ministerio sacerdotal en pleno, sin condiciones, reservas o retractaciones. En 1971, libre de culpa y cargos, la Compañía de Jesús decretó la reintegración del padre Castellani, pero él declinó en razón del estado de su salud y la edad; aunque, sin duda, animado en el fondo por un antiguo resentimiento, como confesó a sus más cercanos amigos.

“Durante esos años reincidí en lo que más me reconfortaba y no dejé de escribir libros de temática religiosa, además de poemas, novelas, cuentos policiales y ensayos”, se alegraría. Inquieto observador de la realidad, también publicó artículos periodísticos en las revistas Mayoría, Dinámica Social, Azul y Blanco y Verbo, y dictó numerosos cursos y conferencias, en lugares tan disímiles como la Universidad Nacional de Tucumán, el Teatro del Pueblo de Leónidas Barletta o la Librería Huemul.

En 1967 fundó la polémica revista Jauja y la dirigió durante sus tres años de existencia. Castellani, sin dejar de ser un referente entre los sectores más tradicionales del catolicismo y una figura destacada, se complacía en negar sus disidencias. Sin embargo, aunque volcado a la interioridad religiosa, no descuidó su tarea de investigador. “La literatura es siempre secuencia, hasta en aquellos que quieren romper con todo. Toda creación sigue a otra, la adiciona algo, es un más”, aclara, apoyado en las opiniones del vate español Pedro Salinas.

Es la etapa que redescubre y profesa su cuasi devoción por el filósofo luterano Soren Kierkegaard, a quien dedica el volumen De Kierkegaard a Tomás de Aquino; considerado como el ensayo más sobresaliente de la última etapa de su vida. En el poema “Jauja”, con octosílabos camperos al estilo Martín Fierro, expone su resultado de las lecturas y de compenetración que hace hacia las ideas del filósofo danés:

Y en esto la boca mía

Es de la verdá la fuente

un poeta nunca miente

Ni en lo más imaginao

Y esto todo es inventao

Y no hay cosa que yo invente…

Ernesto Sabato, uno de sus más entrañables lectores, lo llamó “el Chesterton argentino”; coincido con la comparación. En asuntos como el de la Religión Católica se hubiera entendido de maravillas con el británico; compartieron, además, el amor por la palabra y la paradoja, que Chesterton cultivara con maestría y que Castellani utilizará después con eficacia. El novelista Juan Luis Gallardo, uno de los estudiosos de su obra, afirma que “A ello se puede sumar la valentía intelectual de ambos, que los llevó a difundir sus ideas a despecho de las corrientes de pensamiento en boga por entonces”. En “Historias del Norte Bravo” y “Las Muertes del Padre Metri”, sus dos libros de cuentos policiales, el protagonista es un cura que recuerda mucho al “Padre Brown” de Chesterton.

Cuando publicó la revista Jauja, con el poeta Miguel Ángel Bustos nos reunimos con él en un café de la calle Corrientes y nos encomendó la tarea de entrevistar a Borges y a Marechal. Ya en la década del ’70, con el recordado Jorge Caillava, que también perteneció a la orden jesuita y fue uno de sus discípulos y amigos más cercanos, lo visité en su modesto departamento del barrio de Constitución, donde vivía austeramente rodeado de libros y recuerdos. Hablamos de su obra literaria y de su hondo amor a las palabras. Lo evoco encendiendo constantemente su pipa y conversando en un tono ameno, aunque menos tranquilo que apasionado, siempre didáctico y sabio en sus pareceres.

El 19 de mayo de 1976 fue invitado, junto con Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Horacio Ratti, a un controvertido almuerzo en la Casa Rosada con el dictador Jorge Rafael Videla, presidente de facto de la Argentina tras el golpe militar, que buscaba un apoyo cultural para blanquear las atrocidades que estaban perpetrando. Allí, con decisión y valentía, el padre Castellani pidió por la vida de Haroldo Conti, un escritor que había sido recientemente secuestrado y estaba desaparecido. Fue en vano. Días después Conti fue sórdidamente asesinado.

La obra del padre Castellani es muy rica y abarca diversos géneros con igual intensidad. En España, el talentoso escritor Juan Manuel de Prada, le ha dedicado varios trabajos y ha revelado al público lector de esos ámbitos su existencia como escritor y pensador.

Hace 41 años, un 15 de marzo de 1981, muy pobre de bienes materiales, con dificultades para conseguir editores, prolijamente ignorado por los voceros de la cultura oficial y casi silenciado por el establishment de los medios de comunicación, el padre Leonardo Luis Castellani se sumó a los más. Era un gran místico e intelectual, pero también un hombre bueno y honesto. Es cierto, se lo empieza a reconocer, pero aún espera que su obra sea reeditada en la misma medida.

martes, 23 de marzo de 2021

Recuerdan al genial padre Castellani a 40 años de su fallecimiento

 Noticias Interés General

  • 15 de marzo, 2021
  • Buenos Aires (AICA)
Se cumplen hoy 40 años del fallecimiento del escritor y sacerdote Leonardo Castellani, de prolífica obra y profundo sentido apostólico y profético.

“Los que recuerdan el nacimiento celebran la aparición poco pulcra de un informe y desvalido embrión humano, que no se sabe si durará y qué dará de sí; los que festejan la muerte celebran la madurez de un alma inmortal, que rompe un cuerpo gastado hasta la cuerda”, escribió el propio Leonardo Castellani, sacerdote, brillante escritor y un lúcido pensador, que un 15 de marzo de 1981, hace hoy 40 años, moría en Buenos Aires, dejando una prolífica obra que enorgullece a las letras argentinas.

“Hoy se celebra un nuevo aniversario de la partida a la Casa del Padre del querido Padre Leonardo Castellani de feliz memoria”, recuerda Manuel Outeda Blanco, director de la Exposición del Libro Católico.

“A lo largo de su vida fecunda se destacó como sacerdote escritor y patriota, dando testimonio con su pluma siempre para honrar a Dios y demostrar su amor al prójimo”, expresó a AICA Outeda.

Y añadió: “En el marco de la Exposicion del Libro destacamos y honramos su trayectoria de notable e ilustre escritor con la entrega anual de la Estatuilla que lleva su nombre. La recibieron hombres y mujeres que siguieron sus pasos como monseñor Octavio Derisi, el profesor Enrique Mayocchi, el padre Cayetano Bruno, la doctora Lila Archideo, el doctor Alberto Caturelli, monseñor Juan Carlos Rutta, el doctor Pedro Luis Barcia y el profesor José María Castiñeira de Dios. “Todos ellos conocieron y se enriquecieron del genio del padre Castellani”, afirmó Manuel Outeda.

“Castellani se destaca en todos los géneros y ciencias sagradas y profanas hasta crear como decía el cardenal Quarracino 'un género propio’”, destacó por su parte el doctor Rafael Breide Obeid, director de la Revista Gladius y propagador de la obra del Padre Castellani.

“Su prosa -añade Breide Obeid- es genial. Fluye diáfana y cristalina integrando todos los saberes. Es plenamente católico es decir universal, y por su unión con Nuestro Señor Jesucristo con Él, es rey, sacerdote y profeta”.

“Sus sesenta libros son el tesoro más grande de la Argentina. Que más se enriquece cuanto más se difunde”, indicó el director de Gladius.

El Padre Castellani
“Es la mente más brillante que dio la Argentina en el siglo XX”, supo decir Jorge Luis Borges sobre este hombre nacido en Reconquista, provincia de Santa Fe, un 16 de noviembre de 1899.

Terminó el bachillerato en Santa Fe y en 1918 ingresó al noviciado jesuita de Córdoba. Estudió letras, filosofía y teología en Santa Fe, luego en Buenos Aires y comenzó a escribir (Camperas), luego fue enviado en 1929 a Europa a proseguir sus estudios, en 1931 fue ordenado sacerdote y estudió Filosofía y Teología en la Gregoriana de Roma. Después estudió Psicología en la Sorbona de París. Tras unos meses en Alemania, en 1935 volvió a la Argentina.

Había egresado de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma con las más altas notas obteniendo el Título de “Doctor Sacro Universal” en Teología y Filosofía, lo que lo habilitaba a escribir con notas propias sobre las Sagradas Escrituras, sin previa autorización del Vaticano, lo que sólo pudieron hacer muy pocos hombres en la milenaria historia de la Iglesia Católica. El título obtenido se conoce vulgarmente como “Doctor de la Iglesia”.

Luego partió a Francia a estudiar durante tres años en La Sorbona la carrera Superior de Filosofía, Sección Psicología. Luego pasó a Alemania para profundizar los estudios y la práctica con enfermos mentales.

Publicó 56 obras tanto religiosas como poéticas, fábulas campestres, relatos, y luego de una serie de conflictos con su Orden (Jesuitas), fue expulsado de la misma soportando dos años de prisión en Manresa (España), de la cual puede escapar con ayuda de amigos en un estado físico y mental deplorable. Tampoco pudo ejercer su ministerio sacerdotal durante varios años. Pero nunca dejó de escribir tanto libros como artículos periodísticos en diarios y revistas.

No solo fue un docente responsable y bien preparado, sino también un periodista nato, y un iniciador de la crítica literaria seria en la Argentina, con no menos de veinte seudónimos colaboró en publicaciones diversas editadas en la ciudad de Buenos Aires como Estudios, revista El Salvador, Criterio, Revista de la Universidad de Buenos Aires, Nuestro tiempo, Verbo, Cabildo (sobre todo), Dinámica social, Patria libre, entre otras,

Firmó cerca de 500 artículos y dirigió dos revistas: Estudios, de la Academia Literaria del Plata y Jauja, fundada por él mismo. La gran mayoría de sus libros editados hasta ahora son colecciones de artículos, lo cual no quita nada a su originalidad y solidez doctrinaria. En el último tramo de su vida se dedicó a la exégesis bíblica, preocupado, sobre todo, en el tema de la segunda venida de Cristo.

El año 1975 marcó el reconocimiento de los argentinos a este ciudadano ilustre: la Universidad de Buenos Aires le otorga el grado de “Doctor Honoris Causa” y el Gobierno Nacional le otorga el premio “Consagración Nacional”.

En 2004 sus restos fueron trasladados, en un significativo acto, al cementerio de Reconquista, al “Panteón de la Ciudad”, lugar donde descansan “los restos mortales de aquellos ciudadanos que se hayan destacado en algún aspecto de la vida social”. 

El presbítero Francisco Avellá Chafer, historiador del clero porteño y alumno del padre Castellani, describía así a su antiguo profesor: “En grado eminente, se daban en él tres requisitos esenciales: memoria firme, fantasía fértil e ingenio agudo, cualidades que lo elevaron a niveles de genio”.+

[https://aica.org/noticia-recuerdan-al-genial-padre-castellani-a-40-anos-de-su-fallecimiento]

 

 

viernes, 19 de marzo de 2021

Leonardo Castellani, el gran escritor y profeta argentino ausente en el canon de nuestras letras

 

[https://www.infobae.com/cultura/2021/03/15/leonardo-castellani-el-gran-escritor-y-profeta-argentino-ausente-en-el-canon-de-nuestras-letras/]

Incansable en su prédica contra la decadencia nacional, este sacerdote jesuita rebelde, fallecido hace 40 años, dejó una prolífica obra ignorada por la historia oficial de la literatura argentina, por estar sembrada de incómodas verdades que muchos no quieren escuchar

autor

PorIciar Recalde

Leonardo Castellani, sacerdote, filósofo, teólogo, ensayista, novelista, periodista y polemista, murió hace 40 años, el 15 de marzo de 1981
Leonardo Castellani, sacerdote, filósofo, teólogo, ensayista, novelista, periodista y polemista, murió hace 40 años, el 15 de marzo de 1981

El 15 de marzo de 1981 partió hacia la inmortalidad el sacerdote Leonardo Castellani. Con él desaparecía uno de los más lúcidos pensadores católicos del siglo XX.

Este hombre, que sintió arder dentro de sí la misión providencial de hacer Verdad, “una verdad por la cual se pueda vivir y morir (...) una verdad viva y vital” (San Agustín y Nosotros), había nacido en San Jerónimo del Rey, luego ciudad de Reconquista, en la provincia de Santa Fe, el 16 de noviembre de 1899. Hijo del florentino Luis Héctor Castellani, fundador del diario El Independiente, asesinado por la policía en medio de las luchas electorales de 1906, cuando Castellani era aún un niño, y de Catalina Contepomi.

En una Argentina intelectualmente desarmada, donde los hombres vivían de prestado, pidiendo al extranjero ojos, oídos, conciencia y sensibilidad, Castellani comenzó a forjar en la levadura del talento un estilo único y hondamente argentino, que tempranamente fuera ponderado en su autenticidad por Hugo Wast en el prólogo a Camperas (1931) y ratificado por Hernán Benítez como “género propio” en el Estudio Preliminar a Crítica Literaria (1945).

Castellani fue uno de los principales forjadores del género policial argentino, reconocido exclusivamente por la voz solitaria de Rodolfo Walsh
Castellani fue uno de los principales forjadores del género policial argentino, reconocido exclusivamente por la voz solitaria de Rodolfo Walsh

Evitado esmeradamente al día de hoy por las historias de la literatura, fue sin embargo uno de los principales forjadores del género policial argentino, reconocido exclusivamente por la voz solitaria de Rodolfo Walsh. Legó una obra crítica inmensa: 48 libros publicados en vida en editoriales sumergidas en el olvido y cientos de artículos de acentos huracanados esparcidos en los múltiples periódicos en los que participó. En la huella de Miguel de Cervantes y José Hernández, sintetizó el dominio del idioma con una destreza tal que le permitió peregrinar por todos los géneros existentes sin perder un ápice la preocupación teológica que está en el corazón de todos y cada uno: poesía, novela, fábula, cuentos, teatro, ensayos políticos, filosóficos, pedagógicos, psicológicos, crítica literaria, exégesis. Como está en el corazón de todos y cada uno el amor y la defensa de la Patria, cuyos dramas comprendió y combatió como pocos hombres de su tiempo, con el todo admonitor y el acento rudo de los profetas.

En 1913 ingresó como pupilo en el colegio de “La Inmaculada” perteneciente a la Compañía de Jesús en Santa Fe, donde se recibió de bachiller en 1917. Un año después, pasó al Noviciado de los Jesuitas en Córdoba y en 1923 ingresó en el Seminario porteño de Villa Devoto. Entre 1924 y 1927 enseñó en el Colegio del Salvador y comenzó a publicar sus primeros cuentos y fábulas. En 1928 inició sus estudios de Teología y al año siguiente fue enviado a Roma a completarlos en la Universidad Gregoriana, donde se ordenó sacerdote. En 1932 se instaló en Francia por dos años y obtuvo el diploma de Estudios Superiores en Filosofía en la Sorbona.

Promediando la década infame, regresó al país donde continuó la labor docente que alternó con el ministerio sacerdotal, el periodismo y la publicación de sus primeros libros: Sentir la Argentina, (1938), La Reforma de la enseñanza y Martita Ofelia (1939), Conversación y crítica filosófica (1941), Las nueve muertes del Padre Metri y El nuevo gobierno de Sancho (1942),entre otros.

En 1945 integró la lista por la Alianza Libertadora Nacionalista como candidato a diputado nacional para las elecciones de febrero de 1946, acontecimiento que ofició de preludio de un largo y tortuoso suceder de desventuras con el Provincial de su Orden que se ahondaron tras la publicación de las cartas “Dic Ecclesiae”, en donde Castellani esbozó una serie de críticas a la Compañía de Jesús, en las que ya comenzaba a asomar el audaz polemista fustigador del fariseísmo. Se lo conminó, entonces, a abandonar la Orden voluntariamente, se rehusó y viajó a Europa con el objetivo infructuoso de exponer su caso. Fue confinado dos años en Manresa, de donde escapó en 1949 para regresar a la Argentina. Expulsado definitivamente de la Orden, se refugió temporalmente en la diócesis de Salta, donde subsistió como docente. Recién en 1952 le fueron devueltas sus cátedras en Buenos Aires, tres años después se lo rehabilitó para decir misa y en 1966 arregló su situación con la Iglesia, de la que jamás apostató y a la que sirvió en su fe hasta sus últimos días: “De modo que la primera parte deste protocolo consistiría en quejarme que la Iglesia me ha perseguido y la Patria me ha pospuesto y postergado; y de ahí concluir que hay un estrato de vitriolo en el fondo de la Iglesia y un gusano inmortal en el seno de la Patria. Pero después deso tendré que confesar que la Patria me ha dejado vivir- lo cual no es poco- y la Iglesia me ha enseñado la fe de Cristo” (Seis ensayos y tres cartas).

Castellani sobre los "partidos": “No había diferencia esencial alguna en los 'programas' (ni) en las 'doctrinas'. Lo cual no quiere decir no hubieran brutales diferencias en las codicias ('quítate tú que me pongo yo')"
Castellani sobre los "partidos": “No había diferencia esencial alguna en los 'programas' (ni) en las 'doctrinas'. Lo cual no quiere decir no hubieran brutales diferencias en las codicias ('quítate tú que me pongo yo')"

Los crímenes del Liberalismo

Castellani golpeó como puños premiosos contra las puertas del liberalismo como causa fundante de los males del país: “Lo más conducente entre nosotros para probar que el liberalismo es pecado, es examinar los efectos del liberalismo en la Argentina. Son tan feos que sólo pueden proceder de un pecado. ‘Por sus frutos los discerniréis’. He aquí los diez crímenes (…) El liberalismo exterminó al indio. El liberalismo arruinó la educación argentina. El liberalismo relajó la familia argentina. El liberalismo esterilizó la inteligencia argentina. El liberalismo nos infundió un ánimo abatido (…) un complejo de inferior. El liberalismo mutiló a la Nación de su territorio natural histórico. El liberalismo empequeñeció a la Iglesia argentina. El liberalismo creó gratis el problema judío. El liberalismo nos enfeudó al extranjero. El liberalismo rompió la concordia y creó la división espiritual de los argentinos que actualmente se encamina a una crisis dolorosa” (Sentencias y aforismos políticos).

La Argentina era en consecuencia “como un cigarro fumado a la vez por las dos puntas” (Jauja, 1969), cuya norma era la “propensión a entregarse del todo al extranjero” (La religión y la libertad, 1956). La riqueza producida por el sudor del trabajador argentino sangraba hacia afuera y encadenaba al país a ser una semicolonia económicamente raquítica y espiritualmente vencida: “La cuestión económica y la política exterior, es decir, los dos problemas polos de todo gobierno REAL (...) nos eran dados hechos desde fuera; y para que nos creyésemos Nación, nos dejaban divertirnos, afanarnos y matarnos con los triquitraques sórdidos de la ‘política interna’”. O sea, la farsa demoliberal que consistía “en el llamado JUEGO DE LOS PARTIDOS, instrumento artificial de una pseudodemocracia, que tiene poquísimo de política real (…) consiste simplemente, al final del proceso del régimen liberal, en que NO HAY PARTIDOS. No hay una cosa realmente partida -a no ser la concordia y el bien común de la Nación-, hay una sola cosa real (...) Los partidos liberales (…) tienden a convertirse en una clase de hombres homogéneos moral, intelectual y hasta caractéricamente, que se adjudican como prebenda la función de gobernar, y luchan continuamente (…) por el poder; en el cual, si las cosas marchan como deben, lo justo es que se vayan turnando”, y dice más: “no había diferencia esencial alguna en los «programas» (…) ni en las «doctrinas». Lo cual no quiere decir no hubieran brutales diferencias en las codicias («quítate tú que me pongo yo»), obcecadas diferencias en los ánimos («nosotros somos los buenos, nosotros ni más ni menos; los otros son unos potros, comparados con nosotros»)” (Seis Ensayos y Tres Cartas).

Leonardo Castellani fue un precursor de la novela policial argentina
Leonardo Castellani fue un precursor de la novela policial argentina

Así, los dirigentes del liberalismo “cayeron en la tentación que ahora llaman «progresismo»; o sea, de vender el alma al diablo y las riquezas del país a los Malditos, a cambio de un aparatoso progreso técnico, al cual pagamos escandalosamente caro y no conseguimos entero, pues todavía estamos subdes, según nos echan en cara” (Jauja, 1969). El fundamento de que una Nación rica y con sobradas condiciones de convertirse en potencia hubiese aceptado tan indigno vasallaje, o sea, la capitulación política y el expolio de la riqueza nacional, para Castellani estaba directamente ligado a la colonización espiritual del país: “Si caímos en redes de foráneos mercaderes, fue porque primero escuchamos silbos de foráneos masones, y el miasma sutil de la herejía había contaminado entre nosotros los intelectos. El Liberalismo antes de ser un mal sistema político y un mal método económico, es una mala teología, es una herejía, una cosa espiritual, que no se puede conjurar del todo sino en su propio centro, que es la región de la estratósfera donde combaten invisiblemente los espíritus” (Crítica Literaria). Por tanto: “La Argentina (…) No será del todo independiente mientras no sepa pensar sola” (La Reforma de la Enseñanza).

Palabras que parecen escritas hoy como azotes a la “idolatría” de lo políticamente correcto que viene imponiendo hace décadas una nueva “fe” donde prima el relativismo radical y la “libertad de opinión” por sobre la búsqueda de una verdad trascendente, cuyo corolario al decir de Castellani es el “chillar los ineptos hasta acallar al sabio” (El nuevo gobierno de Sancho). Pensamiento que postula que todas las opiniones valen lo mismo, que todo es discutible hasta el derecho sagrado a la vida sobre el que se asientan el resto de los derechos, junto al consignismo vacuo anudado a reclamos histéricos de más derechos sin ninguna obligación del pensamiento progresista cuyos valores son los valores elementales del liberalismo que bajo ropajes variados mantiene su esencia: globalismo y cosmopolitismo, ataque a la tradición, tecnocracia y economía de libre mercado, individualismo y hedonismo, destrucción de la persona humana, de la familia y de la comunidad, democracia como el dominio de las minorías sobre las mayorías. Guerra sin cuartel contra la nacionalidad en el suelo que lo único que produce para sus hijos es hambre, pobreza y dolor: “No son la Patria los que actualmente y desde hace mucho tiempo mangonean el país a su gusto o a gusto del diablo (…) No es la Patria la ideología liberal, la plutocracia mercantil ni el imperialismo extranjero; esas cosas no se pueden consagrar al Corazón de María. (…) ¡Cómo va a ser la Patria esta inmensa laguna en que andamos braceando con desesperación, nadando contra corriente y empantanándonos sin poder ir ni atrás ni adelante; esta casona derruida donde respiramos aire gastado, comemos pan duro, estamos inundados de mentiras y pamplinas, leemos o vemos cada días que nos dan en rostro, estamos vejados por el cretinismo ambiente y creciente, soportamos vergüenzas nacionales!” (Seis ensayos y tres cartas).

Leonardo Castellani (a la derecha en segundo plano)
Leonardo Castellani (a la derecha en segundo plano)

En defensa de la Tradición y la Cristiandad que reintegrasen a la Argentina su fisonomía católica e hispánica limpiándola de elementos extranjerizantes -“El eje permanente de la historia argentina es la pugna entre la tradición hispánica y el liberalismo foráneo, bajo cuyo signo nacimos a la ‘vida libre’”-, Castellani formuló la necesidad de restauración de un principio de autoridad y de un orden moral justo. El país debía entrar en “la etapa de la inteligencia”, como elemento unificador de la vida afectiva comunitaria. La Nación dependía de “muchos factores, algunos materiales como la geografía, la economía y la raza; otros formales como la religión, un ideal histórico común, y la lengua, que los une a todos”, que actúan como plataforma fundante de un ideal trascendente, elemento espiritual que hace posible la unidad nacional: “Una creencia común, que por trascendental cubra las diferencias contingentes individuales es el cemento indispensable de una sociedad que se concreta en un ideal nacional capaz de proponer una empresa conjunta con alcance universal” (Dinámica Social, 1951), porque “toda Nación para existir decentemente debe tener una misión en el mundo, una idea trascendental que realizar, llamada «el ideal nacional», porque así como el hombre no es fin de sí propio, tampoco las naciones” (Decíamos Ayer).

Es por eso que, a la par de la espera consoladora del único dogma del Credo aún no cumplido, el Venturus est, el regreso de Cristo a poner la justicia y el bien a la Tierra, llamó al despertar aunque más no sea de un puñado de argentinos dispuestos al sacrificio: “Y mientras ellos existan, aunque sea como generación sacrificada, la redención de la Argentina es posible” (Seis ensayos y tres cartas). Que así sea.