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jueves, 11 de agosto de 2022

El P. Jorge Luis Hidalgo profundiza sobre su libro La obediencia en Castellani

Por Javier Navascués

[https://elcorreodeespana.com/hispanidad-y-geopolitica/600690884/El-P-Jorge-Luis-Hidalgo-profundiza-sobre-su-libro-La-obediencia-en-Castellani-Por-Javier-Navascues.html]

P. Jorge Luis Hidalgo. Nació en la ciudad de la Santísima Trinidad, el día de la primera aparición de la Virgen de Fátima, durante la guerra justa que Argentina libró contra Inglaterra por las Islas Malvinas. Estudió en Ingeniero Luiggi, La Pampa, Argentina. Ingresó al Seminario San Miguel Arcángel, de "El Volcán", San Luis. Fue ordenado sacerdote el día 20 de marzo de 2009, por cercanía a la fiesta de San José. Luego de distintos destinos como sacerdote, actualmente es vicario parroquial en la parroquia San Juan Bosco, de Colonia Veinticinco de Mayo, La Pampa, desde el 6 de mayo de 2017. Desde el día de la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América, del año 2017 es Licenciado en Educación Religiosa, por la Universidad de FASTA.

¿Por qué decidió escribir un libro sobre Castellani?

El año pasado, 2021, participé en el Curso de Posgrado “La Filosofía Política de Leonardo Castellani”, dictado en la Facultad de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales, perteneciente a la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, que tiene su sede en Tucumán (Argentina). Un justo homenaje a uno de los más grandes sacerdotes, desde el punto de vista intelectual y espiritual, que ha dado mi patria, junto con el Padre Julio Meinvielle. Un homenaje, además, que se debía, dado que habitualmente las altas Casas de Estudio promueven cipayos extranjerizantes o gente de poca valía.

Para aprobar dicho curso era necesario elaborar un trabajo intelectual sobre una materia desarrollada por nuestro autor. Luego de aprobado dicho seminario, y de hacerle al trabajo algunas modificaciones posteriores, hoy ve la luz esta obra ya editada.

Por último, se le ha agregado a la obra un apéndice, compuesto por el Padre Federico Highton, sacerdote misionero en Malawi, acerca de los pecados del fariseismo, ofensas que el Padre Castellani ha fustigado siempre de modo particular. Como dice el Dr. Castaño en el prólogo del libro: «Leonardo Castellani ha sido el mayor teólogo católico del fenómeno tumoral del fariseísmo religioso».

Además lo hizo sobre el tema de la obediencia, que es muy importante en aras a hacer la voluntad de Dios.

Efectivamente, el tema de la obediencia es crucial, para cualquier sociedad, máxime si se refiere a la Iglesia. Hoy asistimos a un equívoco respecto a este concepto. Un equívoco que, por cierto, tiene varios siglos de historia, incluso entre grandes maestros de la espiritualidad cristiana. 

Como consecuencia de ello, se quiere coaccionar, tanto a la sociedad civil como a los fieles cristianos, a aceptar cualquier imposición, cuando muchas veces la autoridad que manda no está subordinada a la causa eficiente principal de todo acto de gobierno, que es Dios.

Es por ello que cuando se deja de ver la subordinación de las causas segundas a la principal, es decir, las autoridades humanas dejan de considerar que ellos gobiernan en lugar de Dios, se ven graves problemas en cualquier sociedad. A nuestro juicio, gran parte de estas dificultades quedan al menos iluminadas al clarificar esta importante virtud.

 

Al tratarse de uno de los grandes intelectuales católicos y de recta doctrina, su opinión en la materia tiene mucho peso.

Sin duda, el p. Castellani es un autor al cual, gracias a Dios, se le da cada vez más importancia en los ambientes tradicionales. En España, por ejemplo, está siendo ampliamente conocido gracias a la labor de Juan Manuel de Prada. Acerca de p. Castellani, el Padre Pío dijo alguna vez: «El Padre Castellani es un santo y hay que ayudarlo.»

Si uno lee la biografía que sobre él escribió Sebastián Randle, uno podrá darse cuenta que el Cura argentino fue malinterpretado e incluso echado de la Compañía de Jesús por ser considerado desobediente. Particularmente importantes son las Cartas que él dirigió a los jesuitas, donde acusa a los hijos de San Ignacio de graves desórdenes; todas ellas compendiadas en su obra Cristo y los Fariseos.

Por esta razón, lo que se intenta hacer en el libro que ahora es editado es demostrar que el concepto de la virtud de la obediencia que tiene el Padre Castellani responde a la Tradición de la Iglesia, en particular a lo enseñado por Santo Tomás. Por ende, las acusaciones de desobediencia que le hicieron carecen de fundamento.

Padre Castellani en esto, como en otras cosas, es también un profeta para nuestro tiempo. Muchos sacerdotes, consagrados y fieles son tratados por sus superiores como desobedientes, cuando en realidad intentan seguir y cumplir las normas de la Tradición de la Iglesia. Esta pequeña obra, entonces, puede ayudarnos a evitar los problemas de conciencia que pueden llegar a surgir en los subordinados al ser constantemente acusados por estos mismos motivos.

Afirma Sergio Castaño en el prólogo que en torno de la obediencia se ha operado dentro de la Iglesia un proceso histórico-espiritual deletéreo y sorprendente, que afecta no sólo la conciencia de los fieles sino hasta la misma incolumidad de la Fe católica.

Sergio Castaño, Doctor en Ciencias Políticas y Doctor en Filosofía, fue quien dictó el citado Curso de Posgrado. Él sostiene, en la introducción, que también el concepto de obediencia fue deformado por algunos grandes exponentes de la tradición espiritual de la Iglesia.

En una parte de la obra comentada, subtitulada “La obediencia en la historia de la espiritualidad”, se van colocando distintos textos de Castellani como jalones de la deformación de esta virtud. Luego se explican los distintos pasos, en base a la enseñanza de Santo Tomás.

En síntesis, lo mismo que ocurre en la filosofía con el nominalismo, que en la corriente de espiritualidad de la época se llamó devotio moderna, fue trastocando el concepto de la obediencia, y por ende su práctica. Las etapas que analiza Castellani son: las filosofías franciscanas del siglo XIV, en particular de Ockham; y algunos grandes exponentes de la Contrarreforma, en particular San Ignacio de Loyola y la filosofía de Francisco Suárez.

Todo ello se acrecentó con el liberalismo, el cual, al negar que la autoridad es recibida de Dios, se creyó que la autoridad humana era la única que establecía, en concreto, la referencia a la moralidad de las acciones. De este modo se fue negando paulatinamente el carácter rector de la virtud de la prudencia, la cual es el «auriga de las virtudes», no solo para quien manda, sino también para quien obedece. En este último sentido, la pérdida del Niño Jesús en el Templo es aleccionadora: a pesar de tener los mejores padres del mundo, en ese momento concreto el Señor siguió otros criterios, por otras razones más elevadas y superiores. 

Por lo tanto nos encontramos ante un tema de extrema trascendencia.

El tema, sin duda, es crucial. Es necesario que se vuelva a jerarquizar adecuadamente la vida espiritual. En este sentido, Castellani, citando a Santo Tomás, dice que la obediencia no es una virtud teologal, sino cardinal. Desde esta posición, se percibe claramente que las virtudes que tienen su origen, su ejemplo y su término en Dios, tales como la fe, la esperanza y la caridad, son superiores a la obediencia.

Además, también la virtud de la prudencia, como ya fue dicho, es superior a la obediencia, permaneciendo, empero, como inferior a las virtudes teologales. En este sentido, recordamos también que el sujeto de la virtud de la obediencia es la voluntad. Y que la inteligencia es más noble que la tendencia intelectual. Razón por la cual también por este motivo la prudencia es superior a la voluntad.

«Sapientis est ordinare». Con esta idea, Santo Tomás comienza la Summa contra Gentiles. «Del sabio es ordenar». Del recto orden de las virtudes se sigue cómo debe obrar el ser humano, para no verse confundido, particularmente en este tiempo de confusión.

¿Cómo concibe Castellani la obediencia?

Ante todo, es necesario aclarar que el concepto obediencia puede tomarse en dos sentidos: uno general y otro particular: en sentido general se refiere a toda virtud, y en sentido particular nos referimos a la virtud específica que nos atañe. Esta distinción también es fundamental para aclarar los conceptos.

Hablando de la virtud en especial, Castellani define la obediencia diciendo que es la «oblación razonable firmada por voto de sujetar la propia voluntad a otro para sujetarla a Dios y en orden a la perfección.» Para ser precisos, se inspira en el Doctor Angélico, el cual dice que «la obediencia apronta la voluntad del hombre para el cumplimiento de la voluntad ajena, o sea del que manda.»

En esta definición del sacerdote argentino queda de manifiesto que el fin último objetivo que ha de buscar el alma con la obediencia es el servicio de Dios, y el fin último subjetivo es realizar en sí mismo la perfección de la vida espiritual. Nuevamente, con esta definición se ordena a la virtud en su perfección propia, sin infravalorarla, pero tampoco sin exaltarla más allá de lo justo. La perfección en los seres humanos sujetos a la virtud de la obediencia no puede ser la de ser hechos todos iguales, como realizados en serie. Es posible que en algunos ambientes, bajo capa de obediencia, se quite la racionabilidad y la prudencia de los súbditos, elemento que, evidentemente, no me hace más humano, ni por ende más perfecto a los ojos de Dios.

¿Cuáles serían para él las principales deformaciones de la obediencia?

Castellani, siguiendo a Santo Tomás, enumera dos pecados contra la virtud de la obediencia: la desobediencia y la obsecuencia o el obediencialismo.

Nuestro autor deplora que tenga que hablar más acerca de lo segundo que de lo primero. En El ruiseñor fusilado dice: «Escribir sobre las excepciones es odioso. ¡Dichosos los que en este mundo tienen la misión de escribir acerca de las reglas y no de las excepciones!»

La desobediencia es, en definitiva, la rebelión contra Dios o contra el constituido en su nombre para regir en la materia que le es propia.

Esta última aclaración viene respecto a las distintas sociedades que hay en la comunidad política, donde cada una de ellas aparece dirigida por una autoridad distinta. El mismo Jesucristo distingue entre la potestad civil y eclesiástica al decir: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.» En base a este texto, Castellani analiza las distintas jurisdicciones que hay, la civil y la eclesiástica, y cómo una potestad no debe inmiscuirse en los asuntos de la otra.

 

Esto último cobra hoy especial relevancia, dado, por ejemplo, el cierre de los lugares de culto que se ha sufrido en muchos lugares, donde dictatorialmente las autoridades civiles han determinado si se debe abrir o no los templos, e incluso el modo de celebración y de expresión de la Fe de los feligreses. Muchos Pastores, lamentablemente, no hicieron valer su derecho de auténtica libertad en el fuero eclesiástico, siendo acomodaticios con el poder mundano.

¿Cómo relaciona Castellani el obediencialismo con la papolatría?

Como dice Santo Tomás, seguido por Castellani, obedecer «a quien no debe o en lo que no debe» tampoco puede ser considerado virtud. Es lo que se llama servilismo u obediencialismo. Este defecto de la virtud de la obediencia no solo se limita a obedecer a mi superior inmediato cuando me manda hacer un pecado, sino también al obrar cada subordinado contra su recta razón, condenándose a sí mismo con su mismo accionar. Como ya hemos dicho, la prudencia es la virtud rectora del cristiano, no solo para la autoridad, sino también para los súbditos. Cada persona debe ver de qué modo ejecuta lo imperado por su superior. Por ende, no existe la llamada «obediencia de entendimiento», tan repetida por algunos autores.

En el prólogo, el Dr. Castaño afirma: «El obediencialismo se retroalimenta con la papolatría.» P. Leonardo Castellani, en Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, sostiene: «La Contrarreforma aumentó el sacramentalismo y disminuyó la predicación; rebajó la contemplación y la caridad en apologética y beneficencia –las cuales no son malas, pero no son sumas–; alejó más y más a los fieles del Poder eclesiástico –lo que llaman “La Jerarquía”– haciendo de la Iglesia la sociedad más totalitaria que existe; y se entregó desaforadamente a la “propaganda”.»

Con ello, se ve que la sobredimensión de la figura papal tuvo su inicio en esta época. Sin duda, en el siglo XVI era una forma de diferenciar al católico del protestante. Pero esto puede repercutir negativamente a lo largo del tiempo dando a cada palabra y a cada gesto de cualquier Sumo Pontífice un aura de santidad y misticismo, como si fuera Palabra de Dios cada cosa que saliera desde Roma. Evidentemente, como dice Castellani en la obra citada, «la Infalibilidad del Papa que Dios ha hecho, es una cosa milagrosa; pero no es tan milagrosa como la infalibilidad del Papa que algunos protestantes han hecho.»

Igualmente denuncia el voluntarismo como consecuencia del nominalismo.

El voluntarismo es consecuencia del nominalismo de la filosofía de Duns Scoto, y, sobre todo de Ockham. Sin duda, es el origen de la concepción errática de obediencia a la cual asistimos en muchos ambientes, no solo el eclesiástico.

Así asistimos a la promulgación de leyes civiles que atentan contra el orden moral, las cuales no solo protegen lo delictivo y lo pecaminoso, sino que hacen verdadera violencia contra los súbditos, por recta conciencia y recta razón, se oponen a colaborar con lo aprobado. En este aspecto, debemos recordar la enseñanza de San Pedro: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».

Cuando, por ejemplo, se amenaza a los profesionales de la salud o de la educación a realizar tal práctica o dar tal contenido educativo, bajo coacción, so pena de perder el trabajo, asistimos a una negación del ejercicio de la virtud de la prudencia en los súbditos, avasallando incluso la libertad de su propia conciencia. Se observa allí con claridad la negación de la ley natural y, por ende, de la moralidad inscrita íntimamente en determinados objetos morales, que los hace semper et pro semper malos, independientemente de lo que determine la ley de turno o la autoridad del momento.

Por esta razón desarrollamos los conceptos clásicos de “resistencia a la autoridad” y el de “paciencia”, siguiendo siempre, de modo particular, al p. Castellani.

¿Cómo puede ayudar este libro al católico de hoy en día?

Por todo lo hasta aquí dicho, se ve con claridad la importancia de tener una recta cosmovisión de la obediencia, la que está de acuerdo con el orden natural y cristiano.

Este concepto adecuado es necesario tanto para el orden civil como el eclesiástico. Se requiere para que los súbditos se formen adecuadamente, para cultivar rectamente la virtud de la prudencia, y evitar injerencias indebidas de la autoridad, que van incluso a querer determinar el fuero interno, con toda la manipulación de conciencias que eso conlleva, abriendo las puertas para otros abusos, incluso los de índole sexual.

Por último, todos conocemos por propia experiencia las consecuencias de la concupiscencia, que permanece en el corazón de cada hombre después del santo Bautismo. Esto dificulta en concreto la auténtica obediencia, pues dadas las diversas órdenes injustas de quienes mandan en distintos campos es más difícil, a nuestro juicio, que cada persona sepa hasta dónde seguir el mandato de la autoridad, hasta dónde tener paciencia, y desde dónde resistirlo y oponerse tenazmente a lo injusto.

Por todos estos motivos, nos ha parecido fundamental la publicación de este libro. Le agradezco a Ud. la iniciativa por esta entrevista.

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de enero de 2013

Hernández, Castellani y la obediencia



MIÉRCOLES, 2 DE ENERO DE 2013

Desobediencia


...

Castellani habló de este asunto casi directamente en una fábula conocida de Camperas, que se llama, precisamente, Mandar mal y que está en el capítulo breve de fábulas salteñas.

“-¡Qué animales son estos animales!”.
“-Pero estos hombres son más brutos que nosotros!”.

Yo supe tener una yegua que hablaba –naturalmente, como todo animal de fábula- y hablaba con las orejas.

Una vez la Chuncha tuvo que haberme matado y no me mató por pura consideración. La llevé a beber en el Río Grande de Salta –llamado también Arias y Santa María-, jornada y media de Cafayate, y era una temeridad, como supe luego. La obligué a entrar; y es que el animal caballar es sonso para el peligro; es demasiado obediente, no es como el mular, desconfiado. Era febrero, el agua venía como ariete y la arena floja. Para mejor, ese agua no sirve para abrevar, por el salitre. No me fijé que hundía en la arena cada vez más los vasos; y cuando noté que temblaba y resoplaba creí la mareaba la velocidad del agua, que yo mismo tenía que mirar lejos. “Bebé, animal imbécil”. Cabeceó con furia. Entonces la dejé salir. Pisó un lugar de ciénaga, hundió toda la mano, se debatió para sacarla, y hundió la zurda; y entonces se tiró de lado, pero con todo cuidado a fin de no hacerme un Sargento Cabral. Gracias a eso saqué de abajo la pierna y el pie con tiempo; que si me lo agarra entre su cuerpo y una piedra, lo hace salame.

Le pegué una paliza al salir –pues con la ira me parecía entonces que era toda la culpa de ella- diciendo: “¡Qué animales estos animales!”. La yegua contestó con las orejas la respuesta que puse arriba.

Hicimos las paces al rato; y entonces yo, con serena intención de instruirla, le empecé a decir los siguientes versos:
El que está sujeto a otro
nunca tuvo suerte blanda,
pero su soberbia agranda
el rigor de que padece.
Obedezca el que obedece
y será bueno el que manda.
Con gran sorpresa mía, que no la sabía poeta, la Chuncha volvió la cabeza, y contestó de contrapunto esta estrofa:
Mande bien el que está arriba
si de Dios quiere hacer caso,
si de Dios es como el brazo
no haga a Dios aborrecible,
pues si manda lo imposible,
reventó la yegua el lazo.


Como se ve, cita como de memoria el texto del poema y cita desprolijo. Pero el sentido no se mueve, porque obedecer es estar sujeto a otro, en cualquier caso. Más todavía: la respuesta en verso de la yegua va directo al punto en controversia, refutándolo, que sería esa relación como causal entre la calidad del mando según sea la calidad de la obediencia, cosa, como digo, medio intragable salvo (y no estoy seguro de que salga del todo bien...) que se le hagan todos los secundumquides que a uno se le pudieren ocurrir. Podrá decirse, por ejemplo, que el consejo está circunstanciado y que de ese modo confirma la doctrina más exigente, porque se trata allí de que, en el caso de que sea lícito obedecer, mejor le vale al súbdito (que está sujeto a otro) no tentarse con la soberbia y más específicamente la vanagloria de retobarse, porque de ese modo pone al mandamás en situación de apretar las clavijas, para someter a quien debe someterse, y así, el sometido sufre el doble... por su culpa.

Podría ser. Lo voy a pensar, de todos modos, porque ni a mí me convence del todo, aunque su razón le asiste al comento ése.

En Cristo y los fariseos, a propósito de otra cosa (más bien religiosa), Castellani vuelve a tratar el asunto con mayores pormenores y desarrollos, en un capítulo que se llama Sobre la obediencia. Una cosa es la prosa, por cierto, y otra la lírica, aunque según se ve, ruedan ambos textos a lo mismo. 

...


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lunes, 30 de julio de 2012

"Totum diem in Dei laudibus sacrisque colloquiis ducentres"


La gran conversación. Newman/Castellani

  • › Autor: Sebastián Randle
  • › Editorial: Vórtice
  • › Lugar: Buenos Aires
  • › Año: 2005
  • › ISBN: 987-9222-23-7
 
 

Índice

Es una larga conversación, de cabo a rabo. No tiene índice, salvo al final, uno temático y otro onomástico, para ayudar un poco al lector minucioso.
 
 

Reseña

Randle no pudo evitar, trasegados los años, las lecturas y las charlas, poner frente a frente a estos dos enormes amigos distantes para pasar horas y eones conversando sobre... sobre todo, desde el Paraíso a la Parusía, pasando por la patria temporal del hombre y todo amor digno de ser dado a conocer.
(en preparación la versión digital)
 

Disponibilidad

    Datos Técnicos

    128 pgs. | 14 x 20 cm.

    Otras obras del autor

    jueves, 29 de septiembre de 2011

    infoCaótica: Luteranos y antiluteranos

    infoCaótica: Luteranos y antiluteranos: El primer grito de Lutero: "¡al interior del alma”!" hubiese sido respondido por pocos, si no se hubiese acompañado a otro mucho más popula...

    viernes, 27 de mayo de 2011

    Digresión sobre la Obediencia

    (fragmentos), de El Ruiseñor Fusilado.

    La "santa obediencia" es una gran virtud. Pertenece al género de las virtudes morales, que se discute si en el cristiano son infusas o no son infusas; y a la especie de la virtud de la "Religión"; al cuarto mandamiento, Primera Tabla; deberes para con Dios, y no para con el prójimo: los padres representan a Dios.
    ...
    No hay que confundir la obediencia con la paciencia. Tener que hacer cosas absurdas por fuerza, no es obediencia sino paciencia. Y si se acaba la paciencia (porque la paciencia se acaba, algunas veces depende incluso de las fuerzas físicas), surge una singular especie de "desobediente".

    De la santa obediencia (del poder de hacerse obedecer) se puede abusar, como de cualquier otra cosa. Si no existieran hoy día abusos, no solamente históricos (como nos consta), sino también teóricos de la santa obediencia, no nos meteríamos en este espinoso tema.

    "¡Calla, calla, tapa, tapa!" Hay tiempos de callar y tiempos de hablar. O somos o no somos teólogos... periodistas.

    Es conocida y famosa en la literatura ascética la Carta de la Obediencia, de San Ignacio de Loyola. Es una especie de tratadito apologético de esta virtud a los Estudiantes Jesuitas de Coimbra, impregnada de una vehemente exhortación. Escrita por Luis de Polanco, género retórico, sin errores teológicos, por supuesto, pero sin la teología completa de esta virtud; la cual no era su fin, desde luego. No es un escrito "científico", sino oratorio, exhortatorio.

    Con ejemplos, ponderaciones y discursos trata de la excelencia de esta virtud, a la cual llama "ciega"; y da medios para practicarla. No está aquí la decantada frase perinde ac cadaver, aunque sí la comparación con el bastón de hombre viejo, de tanta menta. Dice que la obediencia es una virtud que trae consigo a las otras, las imprime y las conserva; que el que la posee a la perfección está en estado de perfección evangélica; qu se apoya en la virtud teologal de la fe y se le parece. Todo esto es verdad incontestable.

    Mas la "carta" no define el fin específico de la virtud de la obediencia, su esencia filosófica, ni su dependencia de las otras virtudes. Apunta si de paso, sin explicación nada, sus topes extremos, que son el absurdo y el pecado; vale decir: no se puede obedecer en lo que es ilícito; y no puede haber "obediencia de entendimiento" delante de algo manifiestamente falso.

    Notemos de paso que la expresión "obediencia de entendimiento" es metafórica y no exacta. La obediencia es una virtud de la voluntad y su sujeto no puede ser el entendimiento. "Obediencia de entendimiento" sólo puede significar obediencia en la que (por justas razones o sin ellas) se suspende el ejercicio del entendimiento. En suma, la voluntad puede hacernos cerrar los ojos; pero no puede hacer que veamos árboles azules o ranas con pelos, a ojos vistas.

    No es necesaria ni es posible esta carta (mediocre y tosca en su teología, pero correcta en puridad) para explicar los abusos actuales de la santa obediencia, a que nos referimos arriba: basta para ello la pícara condición humana, y el apetito de mandar, tan fuerte en el hombre como los otros apetitos; y aún más fuerte a veces en los que han renunciado (mal) a otros apetitos -en virtud de la "ley de compensación". Hay casos en que la perra de la lujuria, echada por la puerta, vuelve sigilosamente por la ventana...

    El abuso no procede de aquí, como estiman Chesterfield, Huxley y otros muchos; pero es posible que el abuso una vez existente haya encontrado punto de apoyo en la unilateralidad del documento, en su incompletitud teológica, su exageración encomiástica y sus ejemplos simplistas, que si no son tomados cum mica salis, pueden hacer concluir erróneamente. Es sabido que toda práctica (viciosa o no) tiende siempre a hacerse su teoría o a tomarla prestada en cualquier parte.

    La práctica viciosa con respecto a la obediencia religiosa se podría resumir en estas proposiciones teóricas-falsas:

    - La obediencia es la principal de las virtudes.
    - La obediencia suple a las otras virtudes.
    - La obediencia suple, por ende, a la conciencia; se puede abandonar la propia conciencia (y es fácil, cómodo y seguro) en manos ajenas.


    Esto es falso y llevaría a una monstruosidad; a la obstrucción de la espontaneidad vital del hombre y, por tanto, de toda moral; y a la substitución, por lo jurídico y lo mecánico, de la vida interior, propia de cristianismo. Cristo liberó la conciencia humana del yugo insoportable de la religión exterior y formalista del fariseo; nos liberó de "la Ley", como repite hasta el cansancio San Pablo.

    Santo Tomás advierte (y es obvio) que el hombre está obligado a consultar su conducta con su propia razón; pues no será por la conciencia de otro que será juzgado por Dios, sino por la propia. Abandonar y suprimir el ejercicio de la propia razón en cuanto a lo más importante de la vida, la propia conducta moral, sería una mutilación y un crimen -lo mismo que sacarse los ojos-, si es que fuera posible físicamente extirpar la propia conciencia del todo.

    No dice esto la "carta" ciertamente; pero no se puede negar que sus expresiones místicas y ponderativas tiran hacia allá y dan asa a la interpretación que Pascal, Chesterfield y Huxley le dan, de donde salió la vulgar calumnia contra los jesuitas, de "suprimir la personalidad humana". Demasiadamente preocupado por reducir al súbdito que obedece a poco, Polanco olvida al superior que manda demasiado.

    Pero mandar demasiado existió mucho antes que esta carta: siempre. Es una acariciada tendencia de la condición humana, la voluntad de poderío. Hay tres tipos de esos hombres que los españoles llaman mandamás: el inepto, el prepotente y el perverso.

    Hay hombres que abusan de la autoridad, por lo mismo que tienen poca, como esos hombres sexualmente débiles que son extremadamente salaces. Teniendo pocos dones de mando, pocas luces o poco prestigio o poca energía y constancia, en suma, poca aptitud nativa, y estando (indebidamente, por cierto) en puesto de autoridad, para mantenerla no tienen más remedio que exagerarla, haciendo alcaldadas, como dicen; y levantando mucho la voz en el Ordeno y mando. ¡El sargentón! El temor de no ser obedecidos o la semiconciencia de no merecer el mando, los hace mandones. Son más ridículos que temibles: el "comisario de campaña" puebla los sainetes argentinos.

    El segundo tipo es más de temer, el prepotente. Ha sido ganado por el deleite de imponer su voluntad, que es un deleite como cualquier otro, y aún mayor que otros. Hay religiosos que por el hecho de haberse encerrado y haber renunciado a la mujer, se estiman ya libre del todo del mundo y sus pasiones: algunos de ellos caen en las pasiones espirituales, que son más peligrosas que las carnales -sobre todo cuando no han purgado a fondo (por la noche obscura) la raíz de las carnales. A algunos, las renuncias que han hecho les han dejado en el fondo una cicatriz, y a veces una verdadera úlcera de ressentiment; que busca sigilosamente "compensaciones"; y las halla. El poder corrompe siempre a aquel que lo desea; este hombre convierte a su prójimo en instrumento, y, por tanto, deja de ser su hermano. La angurria del mando, la sensualidad del poder, es una pasión tan peligrosa y más grave que la otra sensualidad; pero vaya usted a contar esto a uno de estos mandamases cuando ya se ha encaprichado y ha comenzado a endiosarse. El gusto de meterse en la vida y la persona del prójimo, de ser juez de sus actos y aun pensamientos, de cortarlo a la propia medida, de recoger la gloria del trabajo y del valer ajeno, de sentársele encima a uno que vale más que nosotros, se vuelve una pasión devoradora, que fácilmente se ciega y se ignora a sí misma, disfrazándose. Este mandamás todo lo hacer por Dios, por la Iglesia y por la Orden...

    "Los Calzados (de aquel tiempo) -escribe San Juan de la Cruz- están tocados del vicio de la ambición, mas todo lo que hacen lo coloran de religión y celo del servicio divino: de manera que son incorregibles."


    De esta pasión nacen los manejos por mantenerse en el poder, el ocultar fracasos, la simulación, el compadrazgo y el rasque con los otros sarnosos, las camarillas, la animosidad a los que pueden oponerse o simplemente ven claro; los informes falsos, la intriga, la mentira y la venganza; destrúyese como consecuencia inevitable la fraternidad y después toda caridad, incluso la simple convivencia.

    La pasión del mando conduce a la perversidad: el tercer tipo de hombre que abusa de la autoridad es el perverso, el que destruye para tener la sensación de que él es dueño, de que él es más, es decir, en el fondo, de que es Dios: porque es el vicio capital de la soberbia lo que está aquí en el fondo. El gran caractólogo Klagues, en su penetrante estudio acerca de la perversidad, caracteriza al perverso como una "voluntad pura", un querer por querer, una monstruosa adjudicación del prójimo al propio capricho, solamente por ser capricho mío:

    La maté porque era mía...
    Y si ella renaciera
    Otra vez la mataría...


    Eso se ha visto; y no sólo por desgracia en el pobre gitano de la copla; esa ebriedad de la voluntad propia que únicamente se nutre ya de sí misma, que llega hasta la voluptuosidad de destruir, lo cual es perversidad; por la sencilla razón de que el destruir algo es el supremo acto de dominio. Los asesinatos repetidos y sin motivo alguno de los perversos clásicos, de un Jack-the-Ripper y un Bela Kiss -para no hablar de un Tiberio-, tienen en el fondo esta pasión llevada a la locura; pero existe mucho más frecuente el tipo "negativo", el funcionario destructor, que odia a todo lo que sobresale y siente un sordo rencor a la vida -"dolor del bien ajeno", como definen a la envidia. Es sabido que la ley del tirano es abatir toda cabeza que sobresalga. Haec lex tiranni est: onme excelsum in regno cadat.

    "La envidia es la roña de los claustros" -dijo Unamuno-; mas cuando la envidia existe en los claustros, sobre todo esa envida general del "lebenracher" -que dice el alemán-, es mucho peor que una roña. Afortunadamente no existe, sino por excepción, según creemos.

    Bastan estas ligeras indicaciones acerca de los tres tipos de "mandamás", el sargentón, el prepotente y el tirano, para comprender lo que vuelve a la "santa obediencia" una cosa non sancta, y la destrona de su categoría de virtud y de perfección humana, convirtiéndola en un "instrumento", que puede llegar a ser instrumento de muerte.

    La pobre Carta de la Obediencia, como dijimos, no puede haber sido causa de esta desviación tan grande, carece de toda proporción con ella; sería un absurdo manifiesto creerlo. Mas bien, es plausible que haya sido ella misma un efecto del entronizamiento en Occidente del "hombre prometeico" sobre el "hombre yoanno" -que diría Schubert-, que suelen marcarlo como visible en este mismo tiempo, en el Renacimiento; es decir, el entronizamiento de la acción sobre la contemplación, del derecho sorbe la caridad, de lo exterior sobre lo interior en la cristiandad; la devoración de lo psicológico y lo personal, por lo jurídico, lo legal y lo automático -la "juricidad" eclesiástica, los códigos, reglamentaciones y edictos excesivos substituyendo a las relaciones flexibles y humanas de la amistad; la burocracia impersonal e impasible en el gobierno de la Iglesia. "No os llamaré siervos, sino amigos" -dijo Cristo.

    Sea ello como fuere, la cuestión es que la obediencia es una virtud moral, que sólo puede permanecer virtud en el ámbito de la caridad y en acuerdo con la prudencia. La virtud cardinal de la prudencia regula todas las otras; la virtud teologal de la caridad las inicia y las corona. Sin esto no hay virtud verdadera, sino simulacros de virtudes; las virtudes no-donantes que odió Nietzsche.

    No sería virtud alguna obedecer a un loco, evidentemente: como no lo es dejarse guiar por un ciego. Ponemos el caso extremo para que se vea lo que queremos decir. Si el loco tiene el poder y puede castigarme, me someteré para evitar mayores males, si acaso, pero eso no es virtud de obediencia. Es el caso que dice el hijo de Martín Fierro:

    Dice creo San Francisco,
    O quizá fie Samcho Panza,
    Esta notable alabanza:
    Que un superior bueno es ángel,
    Pero un malo es semejante
    A un loco con una lanza.


    Prudencia es la recta regulación de lo por hacer; es la percepción de medios y fines. Si un medio no es pato para un fin, ni la autoridad del superior ni la "obediencia" (o sumisión) del súbdito cambiarán la naturaleza de las cosas, a la cual respeta siempre la prudencia. La obediencia versa siempre acerca de medios, no de fines. Entonces es el caso de manifestar su error al superior (cuando hay verdadera convivencia) o bien substituir el medio indicado por el medio apto, lo cual se llama interpretar la voluntad del supeior..., lo cual supone a su vez que el superior fue sincero.
    ...
    Y éste es el otro caso en que no funciona más la obediencia, ni puede ser virtud, cuando no existe el ámbito y la atmósfera de la caridad, por lo menos en su grado mínimo. Rota la convivencia, luego no se puede hablar de obediencia.

    Obedecer a un enemigo sería locura; porque un enemigo tira a destruirme. Sería suicidio. De modo que cuando surgen en un claustro oposiciones, animocidades personales y rencores -que pueden llegar al odio profundo-, hablar de obediencia o desobediencia es el cuento del tío. Lo peor para las víctimas de estas situaciones es que no surgen ellas de golpe, ni son claras al instante, sino que "devienen". Después de pasadas se ve claro; pero mientras devienen, la perplejidad de conciencia es una gran tortura, sobre todo para una conciencia delicada -porque la Iglesia tiene el poder de obligar "en conciencia", poder tanto más fuerte cuanto más fe y amor tiene el obligado. La tortura de la perplejidad de conciencia -the divided soul de los psicólogos-, es una de las peores que existen, dice Juan de la Cruz. ...

    En resumen, esto es teología elemental, y aun puro buen sentido: la virtud de la obediencia no puede existir sino dentro de la caridad y junto a la prudencia. La caridad es el núcleo central del cristianismo -amar a Dios y amar al prójimo- y debe iniciar, acompañar y coronar todas las virtudes. Lo malo en el fariseísmo -que es substracción de la caridad- es que conserva las formas y las palabras de ella. "Extreme todos los recursos y finuras de la caridad, y después impóngale el precepto" -oímos decir una vez. El precepto era imposible e inhumano; pero se extremaron todos los recursos y finuras de la caridad: después se aplastó al tipo por "desobediente". Esto es una cosa muy seria dentro de la Iglesia; es peor que un crimen. Es el pecado contra el Espíritu Santo.