Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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viernes, 15 de marzo de 2019

Leonardo Castellani (†Buenos Aires 15/III/1981)


—Pero Ud. ¡ha hecho y pasado de cosas! Ud. ha vivido como dos vidas...

—Tres —sonrió el Cura—, por lo menos. Tengo una tercera vida secreta, que ni Ud. conoce ni nadie puede conocer, incomunicable, soledad absoluta. He vivido con gran rapidez. [...] He vivido en el aire. [...] Algún día lo contaré... Algún día o ningún día, no sé. Mis días están contados. Presiento que moriré pronto, lo cual no es nada extraño, por lo demás. ¿Cómo será mi muerte, Díos mío? Con tal que no me torturen... Pero en fin, Dios lo sabe.

Su Majestad Dulcinea

martes, 12 de marzo de 2019

Leído para Ud.: nueva edición de “Su Majestad Dulcinea” del P. Leonardo Castellani

“Dulcinea Argentina, nuestra Reina. Ella representa a la Reina del cielo a quien acabáis de invocar, representa a la Patria, representa a la Iglesia, y representa la Hermosura, que es uno de los nombres de Dios, por el cual nos batimos. Es una realidad, es una mujer real, que aunque intangible a todos, es de todos nosotros. Ella corre peligros mayores que los nuestros, ha hecho hazañas mayores que cualquiera, y sufre en su corazón la desolación y la ruina de este país en el cual nació como nosotros, peor que todos nosotros juntos. ¡Doblad todos la rodilla izquierda, no delante de una pobre mortal, sino delante de lo que ella divinamente representa!”.

Una nueva “patriada”, como decimos en mi país. Se trata de una nueva edición de la señera y profética novela del gran Padre Leonardo Castellani, “Su majestad Dulcinea”. Aquellos que conocen su trama y singular clarividencia sabrán recomendarla

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jueves, 6 de diciembre de 2018

Vieja conferencia de Juan Luis Gallardo


RECUERDO Y VALORACIÓN DE LEONARDO CASTELLANI

Conferencia a pronunciar en la Exposición del Libro Católico el 14 de septiembre del 2006.


[Tomado de http://www.juanluisgallardo.info/Recuerdo%20y%20valoracion%20de%20Leonardo%20Castellani.html]

Estamos dentro del año en que se ha cumplido el vigésimo quinto aniversario del fallecimiento de Leonardo Castellani. Y un cuarto de siglo resulta un lapso adecuado para evocar su figura y valorar su obra, cosa que se me ha pedido hacer esta tarde. Tarea que acepté con gusto, pese a las dificultades que supone.

Pues, en efecto, no resulta fácil cumplir este cometido ante un público como el que conforman ustedes, conocedores de la trayectoria del cura hasta tornar petulante la pretensión de aportar algún dato que no conozcan ya o alguna opinión más o menos original a su respecto. Pretensión a la cual he renunciado de antemano pues, por considerarla fuera de mi alcance, lo que pienso hacer, sencillamente, es desgranar algunas evocaciones y formular ciertas opiniones que, muy posiblemente, les resulten familiares, por parecerse más a las de un admirador como cualquiera de ustedes que a las de un crítico aséptico y erudito.

Porque ocurre que el transcurso del tiempo y las mutaciones sufridas por el país y el mundo en estos veinticinco años, me han llevado a lamentar de manera muy especial la ausencia del pensamiento esclarecedor de Castellani, apto para guiar el nuestro a través de las complejas y cada vez más ingratas situaciones que nos presenta la actualidad. Y no creo equivocarme al presumir que a ustedes les ha de estar sucediendo algo parecido, emparejando nuestro estado de ánimo ante el recuerdo compartido.

No sé si será éste el efecto más notable que la ausencia de Castellani produce en nuestro espíritu. Pero es el primero que me viene a la cabeza. Pues el cura tenía la virtud de encarar problemas que no podíamos pasar por alto y que imponían tomar partido a su respecto pero que, a veces, resultaban difíciles de entender y, por ende, difíciles de encasillar. Entonces, aparecía el libro esperado o el artículo oportuno del cura presentando lúcida y honestamente el problema para, luego, formular con relación al mismo su juicio fundado y honesto.

Y esta capacidad suya, orientadora, resultaba un verdadero servicio a la inteligencia, que no puedo menos que añorar en momentos en que se nos ofrecen múltiples e intrincadas opciones en los planos más variados.

Días pasados, en el Instituto de Filosofía Práctica, oía al padre Biestro –eminente conocedor del tema– hablar sobre el padre Castellani. Y una de las cosas que dijo fue que había sido uno de los pocos espíritus universales con que contó la Argentina. Observación certera, por cierto, y que comparto hasta el punto de hacerla mía. Pero que, sin embargo, no se refiere al aspecto del cura que acabo de mencionar y que añoro. Pues, si bien es cierto que aprecio en toda su importancia ese espíritu universal que mencionaba Biestro, lo que estoy echando de menos es el enfoque argentino con que Castellani observaba los asuntos universales y nacionales.

Estoy echando de menos esa característica tan suya de mirar las cosas “desde la Argentina” y “desde lo argentino”. Y la estoy echando de menos justamente cuando, aparentemente, se registra un sarampión de nacionalismo estrecho, despojado en absoluto de ese afán de proyectarse hacia lo universal que caracterizó al buen nacionalismo de Carlos Ibarguren, de Hugo Wast o de Ignacio Braulio Anzoátegui.

Estoy echando de menos la capacidad de Castellani para enlazar el escándalo de la Coordinación de los Transportes con el pensamiento de Platón o la renovación de los contratos de la CHADE con la filosofía de Santo Tomás. Estoy echando de menos su inteligencia poderosa, su formación teológica, su información filosófica, sus conocimientos literarios aplicados a las celebraciones y los dramas que afectaban cotidianamente a sus compatriotas. Quienes, sin ese auxilio que nos prestaba, andamos bastante despistados. Hasta el punto que la reacción de un pueblo disconforme puede ser capitalizada hoy día por un señor, seguramente bien intencionado pero de alcances tan modestos como el ingeniero Blumberg.

***

En otra oportunidad, dentro de este mismo marco, ofrecido por la Exposición del Libro Católico, presentaba yo una reedición largamente demorada de “Su Majestad Dulcinea”, una novela de Castellani particularmente dramática y particularmente actual. De manera que, dada la coincidencia de escenarios, no quisiera repetir lo expresado entonces. Pero, pese a ello, reiteraré alguna cosa ya dicha, al menos para dar razón de mi presencia aquí esta tarde.

Y, con tal propósito, volveré a informar que tuve el privilegio de haberlo conocido y tratado al cura en virtud de circunstancias que paso a explicar. Lo vi de lejos, por primera vez, cuando, en calidad de simple feligrés porque tenía “suspendida la misa”, cumplía con el precepto dominical en la iglesia de Pirovano, mi pueblo, a fines de 1955. Ocurrió que había sido invitado por mi tío Ignacio Pirovano a pasar una temporada en su estancia Cume Co, en busca de la tranquilidad requerida para terminar de escribir, precisamente, “Su Majestad Dulcinea”.

Acababa yo de hacer la conscripción y a Castellani lo vi de lejos, en un rincón de la iglesia y con un aspecto bastante impresionante. No lo saludé pues, por una parte, a la fecha yo sabía poco de él y, por otra, papá escurrió el bulto pues su ortodoxia inflexible le llevaba a soslayar el trato con sacerdotes inmersos en conflictos disciplinarios.

La influencia de Franci Seeber y mi matrimonio con Mariquita Ibarguren, hija de Carlitos, me aproximaron a Castellani, ya que Franci era un entusiasta de su obra y Federico Ibarguren, tío de Mariquita, gran amigo del cura, que solía pasar algún tiempo en su campo durante el verano. Por tales motivos no sólo leí yo sus libros sino que, recién regularizada su situación canónica, fue él quien bautizó a mi hijo mayor, hoy también sacerdote. Por otra parte, establecida una excelente relación, fue a comer alguna vez a casa y, más tarde, lo tuvimos como cliente en el estudio jurídico que abrimos con Santiago Estrada. Y debo a su generosidad juicios muy favorables referidos a mis primeras novelas, alguno de los cuales apareció en el suplemento literario de “Clarín”.

Por estas u otras razones, en algún momento me pidieron que escribiera un estudio preliminar para la “Nueva Crítica Literaria” de Castellani, editada por Dictio en 1976. Acepté el encargo con una audacia que hoy me estremece. Y que quedó de manifiesto al meterme yo en honduras filosóficas, francamente superiores a mis conocimientos, que ahora, con la prudencia conferida por los años, hubiera soslayado cuidadosamente.

Cuando me propusieron dar esta charla recordé aquel prólogo. Y me suscitó curiosidad comprobar qué opinaba yo de Castellani hace treinta años. Pude comprobar así que, en esa época, no sólo era mayor mi audacia sino que, además, mi manera de escribir era más elaborada que actualmente. Pero observé a la vez que hoy podría suscribir los cuatro apartados en que dividí la valoración del cura formulada entonces. Tanto es así que los repetiré esta tarde, si bien fundados de manera diferente.

***

En primer lugar dije entonces que Castellani era un aristócrata del alma y del espíritu, formulando una distinción filosóficamente endeble entre aquélla y éste. Pero me quedo no obstante con el núcleo de esa afirmación y, a tres décadas de distancia, repito que Castellani era un aristócrata, en el correcto sentido del término.

Hablar de aristocracia no está de moda. Antes bien, decir de alguien que es un aristócrata podría llegar a resultar descalificatorio. Se trata sin embargo de un elogio, de un gran elogio, una vez aclarado qué es, verdaderamente, un aristócrata.

Cuando hablo de aristocracia no me remito al Gotha ni al Libro Azul de las Damas del Divino Rostro. Hablo de selección, de excelencia. Y el producto de una selección resulta por lo general de buena calidad. Aunque hoy día la tarea de seleccionar sea tenida como discriminatoria. Daré un ejemplo para que se vea la cosa con claridad.

Según cabe inferir de mi referencia al pueblo de Pirovano, yo me crié en el campo, quinientos kilómetros al sudoeste de Buenos Aires. Allí mi padre tuvo la originalidad de criar ovejas, pese a tratarse de tierras aptas para la agricultura y para invernar vacunos. Y, como criaba ovejas, dos veces por año llegaba a casa la “comparsa” de esquiladores para realizar su tarea. Conjunto de hombres sencillos, criollos casi todos, que cumplían duras jornadas. Al final de las cuales alguno de ellos, junto al fogón, empuñaba la guitarra para cantar una milonga o un estilo conservado por tradición oral. Y ese hombre, sencillo como dije, analfabeto a veces, que, no obstante, se destacaba entre sus compañeros por haber aprendido a rasguear en la guitarra y por haber tenido interés en aprender y recordar viejas melodías de la llanura argentina, era, sin duda, un aristócrata. Un hombre superior y diferente, que se destacaba de entre sus pares, tal como lo fue Leonardo Castellani. Aunque su apellido no figurara en la Guía Social.

***

Escribí en segundo término que el cura era un representante cabal del compromiso bien entendido. Señalando no obstante que me molestaba la tendencia imperante, entonces y ahora, a considerar “comprometidos” sólo a los comprometidos con la izquierda. Así, un escritor comprometido será, habitualmente, un escritor bolchevique. Circunstancia que no invalida la bondad del compromiso.

Porque comprometerse es algo bueno, aunque un escritor comprometido resulte sospechoso. Y, si no es con la izquierda ¿con qué ha de comprometerse un intelectual que no admita la medianía de una cómoda neutralidad? En mi prólogo lo decía: con la verdad y con la belleza.

Les pido me disculpen ofrecerles una conclusión quizá demasiado altisonante. Demasiado altisonante pero imposible de evitar pues, en efecto, el compromiso bien entendido de un intelectual no puede ser otro que con la verdad y con la belleza. Cosa que sostengo aunque hacerlo implique seguir formulando afirmaciones actualmente objetables. En efecto, acabo de defender la selección y la aristocracia, o sea la discriminación y el elitismo. Y, ahora, defiendo el compromiso con la verdad y la belleza, haciéndome quizá pasible de fundamentalismo. Mal andamos esta noche.

Y ocurre que el padre Castellani estaba realmente comprometido con la verdad y con la belleza. Compromiso patente en el primer caso y menos manifiesto en el segundo, según estimo.

El compromiso del cura con la verdad saltaba a la vista e, incluso, le jugaba en contra. Y le jugaba en contra porque su afán por hallar la verdad en cada dilema que abordaba, le llevaba a presentar con tal franqueza e imparcialidad las distintas soluciones posibles que, con frecuencia, las posturas distintas o contrarias a la suya podían aparecer como más atrayentes que ésta.

Por ejemplo, en el lamentable conflicto que lo enfrentó con su orden, Castellani, defendió apasionadamente su posición (demasiado apasionadamente, diría yo) pero, a la vez, no distorsionó la de sus ocasionales oponentes. Hasta el punto que, como dije, después de conocer los términos de la controversia a través del propio Castellani, uno se termina por preguntar si la razón no la tendrían quienes confrontaba con él.

En este aspecto, el cura batalló por convencer a sus lectores y oyentes que le asistía la razón pero, a la vez, es fácil de advertir que los argumentos que acumula están también encaminados a convencerse a sí mismo, dentro de esa insoslayable necesidad que lo aquejaba en el sentido de determinar quién tenía razón en el diferendo, o sea dónde se hallaba la verdad en litigio.

Si esto era así cuando estaba personalmente comprometido en un asunto, menor esfuerzo le significaría ser ecuánime al abordar cuestiones que lo afectaban de modo menos directo.

En cualquier caso, para respaldar lo que vengo diciendo en este aspecto, es oportuno recordar que, llegado el momento de precisar cuál era el cometido del nacionalismo argentino, Castellani fue categórico al señalar: el nacionalismo debe hacer verdad. Frase que mis amigos y yo hicimos imprimir en un cartel donde se publicitaba un periódico que escribíamos y que se llamaba De Este Tiempo.

En cuanto a su compromiso con la belleza, ejercerlo le supuso ciertas dificultades pues carecía de buen gusto. Cosa que se manifiesta en muchos pasajes de sus obras, desprolijos, despeinados, malsonantes. Y hasta en el aspecto con que solía andar. Lo cual no quita que la lectura de otros pasajes de sus obras nos proporcione un auténtico placer estético, cosa que ocurre con algunos de las Camperas, algunos de las Parábolas Cimarronas y varios de sus comentarios al Evangelio. Pero, sobre todo, la de Castellani es una toma de posición a favor de la belleza, atributo de Dios al fin de cuentas.

También escribí en aquel prólogo que el cura representaba debidamente el justo equilibrio entre las ideas y las cosas. ¿Y a qué me refería cuando escribí esto? Me refería a que, poseyendo una formidable capacidad especulativa, nunca se desentendió de las realidades cotidianas y concretas. Y, a la inversa, que su interés por estas realidades no supuso un obstáculo para ejercitar aquella capacidad. Sobre el particular apunté:

Un hombre como Leonardo Castellani está expuesto, gravemente expuesto, a exilarse de la realidad. Sus condiciones más notables, precisamente, le impulsan a ello. Intelectual, estudioso, leído y escribido, talentoso, sería natural se retrajera hacia un mundo interior ajeno al acontecer de todos los días, donde discurre el hombre común. Pero Castellani no sólo eludió ese riesgo sino que, por el contrario, miró con interés profundo la vida que pasaba frente a su ventana. Y no se redujo a observarla: participó de ella con calidez, con apasionamiento de protagonista. Así fueron amigos suyos hombres cuya única notoriedad es la que les reportó la mención de sus nombres –reales o embozados– en algunas obras de Castellani. Supo recordar las sentencias de entrecasa del peluquero habitual y valorar la sabiduría que encerraban. Tomó en cuenta las opiniones recogidas en el subterráneo y citó las quejas de la vecina de enfrente.

Escribí por último de Castellani que era la inteligencia de una Argentina posible. Porque el cura, pese a advertir con claridad y crudeza la situación en que se hallaba su país, siempre buscó obstinadamente alguna razón para justificar la esperanza. Una esperanza contra viento y marea, una esperanza desesperada –valga la paradoja– pero, a la vez, una esperanza que ofreciera algún atisbo de viabilidad.

La primera novela que publiqué se llamó Frida y pinto en ella a la Argentina sumida en una crisis terminal, a raíz de la cual el país es rematado en pública subasta. Pero sucede que ese remate tiene un final feliz, para hacer posible el cual concurren la aparición de un conductor providencial, la formulación de una convocatoria poética, el esfuerzo de un pueblo unido y el hallazgo de la mítica Ciudad de los Césares. Pues bien, uno de los primeros ejemplares de esa novela se lo mandé a Castellani, que me lo agradeció con una carta inolvidable (aunque desmesurada) que, en uno de sus párrafos, dice:
Hay muchas cosas admirables, mas la que me impresiona mayormente es que haya sabido llevar en medio de esa zarabanda de fantasías un hilo lógico y un final plausible, aunque imposible por ahora.
Y creo que ese por ahora refleja cabalmente la esperanza desesperada de Castellani, que acabo de mencionar. A la cual también me refiero en el prólogo que vengo citando cuando digo:
Castellani indagó la realidad argentina, desentrañó sus virtudes profundas y, con ese material, contribuyó a edificar una Argentina ideal, pero posible, que ofreció a la esperanza de sus compatriotas. Magnífica tarea, por cierto.

***

Carlitos Ibarguren, un hombre encantador, representante cabal de cierto tipo de argentino en vías de extinción, dividía a los nacionalistas en dos categorías, los catos y los curdos. Catos eran los integrantes de esa estupenda floración intelectual que fueron los Cursos de Cultura Católica. Curdos, en cambio, eran los viejos muchachos, trasnochadores y trompeadores, herederos intuitivos de los Carlés y la La Liga Patriótica. Y decía Carlitos –quien se consideraba curdo, en contraposición a su hermano Federico, Peco, al cual calificaba como cato– que uno de los méritos de Castellani había sido atraer a los curdos hacia la práctica del catolicismo. Atracción que habría tenido por causa la experiencia, para ellos sorprendente, de ver actuar en sus filas a un sacerdote combativo, patriota y sin pelos en la lengua (o en la pluma). Expresión típica de esta singular forma de apostolado fue el caso de Eduardo Muñiz, Nenucho, caricaturista temible “El Fortín” y “La Maroma”, escéptico en materia religiosa, pero que acudía puntualmente a la misa dominical que celebraba el cura en la iglesia del Tránsito a fin de grabar sus homilías.

Me ha parecido oportuno traer también a colación este aspecto de la personalidad de Castellani, que no cabe omitir en una noche de reconocimientos y evocaciones.

***

En 1996, la Secretaría de Cultura de la Nación, a través de la Dirección de Promoción del Libro, tuvo la buena idea de publicar un pequeño folleto titulado Homenaje al Padre Castellani en el XV Aniversario de su fallecimiento. Autor de ese folleto era el cardenal Antonio Quarracino.

Y me ha parecido oportuno traerlo a cuento por varias razones, a saber:

Primera: para añorar el hecho de que una repartición pública rindiera homenaje a Castellani, cosa que parece casi inimaginable en los tiempos que corren.

Segunda: para señalar que el funcionario a cargo de aquella repartición era Manuel Outeda Blanco, impulsor de la iniciativa y factotum de la Exposición del Libro Católico.

Tercero: para darme el gusto de mencionar aquí al autor del opúsculo, el cardenal Quarracino, a quien tanto se debe en lo que se refiere a reivindicar la figura del padre Castellani. Reivindicación que sintetiza el siguiente párrafo del trabajito:
A mí no me cabe la menor duda que siempre fue ortodoxo, cien por cien, y si me apuran un poco, diría que fue tan ortodoxo que en los últimos tiempos padecía de un conservadorismo discutible, de tan ortodoxo que era.

Dice también el cardenal que, en 1937, leyó un poema de Jerónimo del Rey, dedicado a la Virgen de Luján. El cual rastreó luego hasta encontrarlo y reproducirlo en el folleto que nos ocupa.

Y me parece a mí que las últimas dos décimas de aquel poema constituyen el mejor cierre para la presente evocación, vinculada con un aniversario de la muerte del padre Castellani. Dicen así esas estrofas.

Reina del Plata, Señora
del pobre criollo olvidado,
techo que nos ha quedado
contra esta lluvia invasora,
estrellita pa’ la hora
de la tormenta feroz
mirá que te vuelve a vos
mi alma que no desconfía
porque si sos madre mía
sos también Madre de Dios.

Madre de Dios, madre mía
y no quiero saber más
haceme morir en paz
con Dios y con vos María,
al filo de mi agonía
no recordés mis reveses
recordá, en vez, cuantas veces
y ya desde muy gauchito
yo te he rezado el bendito,
la Salve y los cinco dieces.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Castellani: Ecce homo

por Sebastián Randle.

Voy a empezar con algo medio de cajón, por si alguno de ustedes todavía no se enteró: Castellani constituye uno de los dones más grandes que Dios le regaló a la Argentina: él es sencillamente, la inteligencia más lúcida, el sacerdote más fiel, el argentino más patriótico, el poeta más enamorado, el escritor más brillante que este país jamás pudo tener. El hecho de que eso no se reconozca públicamente, que algunos de ustedes ni siquiera sepan quién fue él, habla a las claras del estado de la Argentina actual: un país que no sabe reconocer a sus verdaderos próceres, a sus verdaderos “Padres” (y de ahí viene la palabra “patria”) está al borde de la disolución… como si dijéramos que ya ni merece llamarse país. Y si no se reconocen a los verdaderos próceres, tendremos muchas avenidas “Néstor Kirchner” y plazas “Raúl Alfonsín”.
Por eso, esta charla se inscribe en un esfuerzo por frenar un poco la decadencia de la Argentina.
Ahora, así como Castellani es un gigante, se pueden tocar infinidad de temas relacionados con él, o tratados por él. Pero hoy me detendré solamente en un aspecto de él. Hemos intitulado esta charla pensando en las palabras de Poncio Pilato, cuando, después que hubiese sido pospuesto a Barrabás, después de haberlo mandado a flagelar, presenta ante la plebe que esperaba fuera del pretorio, a un Cristo sucio, humillado, coronado de espinas, sanguinolento, vestido como un rey de pacotilla, diciendo “Ecce Homo”, que en latín quiere decir “He aquí el hombre”.
El Hijo del Hombre, todo un hombre, el hombre más humano que jamás haya pisado esta tierra y que, como dice San Pedro tiempo después, “pasó haciendo el bien”.
Pues bien, Castellani, sacerdote de Cristo e imitador de Cristo, también se destacó por su hombría. De modo que aquí querría yo destacar la virilidad de Castellani, su indiscutible masculinidad y si me apuran, su heterosexualidad. Con sólo computar su apariencia, por ejemplo, cuando apareció en Bs. As. ordenado de cura jesuita, allá por 1935, nos vamos dando cuenta de lo que quiero señalar: era un tipo fuera de lo común, alto, pintón, que se tenía derecho, con voz carrasposa, vistiendo una sotana sujetada por un cinturón de policía, con pipa y boina, signos todos de indudable masculinidad. 
Este será un tema menor, me dirán, pero a eso yo contestaría que en los tiempos que corren y con las cosas que están pasando en la Iglesia y que tenemos ante la vista, todo esto parecería cobrar más y más importancia.
Y aquí una anécdota: una vez, fuimos con mi mujer a visitar a mis hermanas carmelitas descalzas (son dos, y están en el Carmelo de Santa Fe), y nos preguntaron si los chicos nuestros iban a misa. Mi mujer, madre de trece hijos, en medio de una inmensa batalla por sacarlos buenos, contestó: “Miren, yo estoy deslomándome para que los varones sean varones y las mujeres, mujeres. Y con eso ya tengo bastante”. La cosa le salió bastante bien como que se casaron 10 de los 13 y ahora tenemos una punta de nietos…
Por supuesto, no negaré la importancia del precepto dominical, pero mi mujer tenía un punto: como le gustaba repetir a C.S. Lewis, no va lo más alto sin lo más bajo, y así, antes de ir a misa, es más importante que los nenes sean nenes y las nenas, nenas, no sé si me siguen.
Nosotros procedemos de una civilización, la gran civilización occidental y cristiana en la que este tipo de cosas eran tan de cajón que prácticamente ni se mencionaban y creo que es por eso que nos hemos demorado un tanto en reconocer este fenómeno de emputecimiento de la sociedad en todos sus niveles (a pesar de que Spengler lo había pronosticado clarísimamente en el último capítulo de su Decadencia de Occidente). Yo mismo he ido tomando conciencia lentamente de todo esto a lo largo de muchos años. Y nunca pensé que esta peste afectaría a tantos curas, obispos y hasta cardenales.
¿Esto? Sí, porque además de todo, resulta que existe una suerte de sinonimia entre la buena doctrina y la virilidad; tanto como que la mala doctrina parece inclinar a la gente a adoptar poses, gestos y tics de todo tipo que son, ¿qué diré yo?, edulcorados, amanerados (en los ’70 llamábamos “pasteleros” a los progres de entonces).
En su lamentablemente olvidada “Carta abierta a Jesucristo”, el gran Bruckberger supo formular esto mismo, me parece, con mayor precisión y referido a los curas de su tiempo, también allá por los años ‘70:
Las contorsiones intelectuales—que se manifiestan por otra parte en las miradas, las voces, los rostros y hasta en el andar y el comportamiento físico—a las que es necesario acomodarse constantemente para llegar a justificar esta doble actitud, la de servir al mundo pretendiendo seguir siéndote fiel, a Ti que no has querido rezar por este mundo, ésa sí es tarea ardua de la que se sale cada día más descoyuntado y como molido a golpes.
Es lo que les da a menudo a los curas esa apariencia tan particular que suscita alrededor de ellos tanta instintiva desconfianza. Hablo sobre todo de los curas de Europa occidental, y particularmente del mundo latino. Los Estados Unidos, por ejemplo, están menos contaminados por esta lepra. Los jóvenes sacerdotes con quienes yo vivía en Chicago tenían más bien aspecto de boxeadores. Es más tranquilizador. 
En efecto, y por eso, yo insistiría en esto de que en el verdadero cristianismo, en el de los apóstoles y el de los mártires por ejemplo, brilla una suerte de inconfundible virilidad, cosa que se ve en cómo encaran la vida interior, con ayunos y penitencias, cómo enfrentaban a las autoridades paganas, cómo le hablaban a los emperadores, como enfrentan la tortura y la muerte. Newman pone como ejemplo, entre centenares de otros, el caso de San Ignacio de Antioquía:
 Se cuenta que cuando compareció ante Trajano, este exclamó: “¿Quién eres, pobre diablo, que tanto te empeñas en transgredir nuestras leyes?”. “Ese no es ningún nombre”, contestó Ignacio, “para designar a Teóforo”. “¿Quién es Teóforo?” preguntó el emperador. “Aquel que lleva a Cristo en su pecho”. En palabras del Apóstol, ya citadas, tenía a Cristo dentro suyo, “la esperanza de la gloria” (Col. I:27).
Y es contraparte, claro está, de la femeneidad de las cristianas, eso que les hacía exclamar a los paganos respecto de Felicidad y Perpetua, por ejemplo: “¡Qué mujeres se encuentran entre los cristianos!”.
Ahora, en los terribles tiempos que nos tocan vivir, vemos cómo hay un inmenso esfuerzo por borrar las diferencias de sexo, sosteniendo que es una cuestión puramente cultural, negando la biología misma y llegando incluso a afectar el lenguaje para sus diabólicos propósitos. No creo necesario abundar en algo que todos tenemos ante la vista.
Pero en lo que sí podríamos abundar es en la heterosexualidad, en la virilidad de nuestros mayores. Ahora me da por pensar en el P. Alberto Ezcurra, por ejemplo, cuyo solo vozarrón bastaba para despejar cualquier duda sobre el particular.
¿Y bien? Castellani fue uno de ellos, uno de nuestros mayores de incontestable masculinidad, de una virilidad que se manifestaba clarísimamente también en su temperamento, en su carácter, en su humor y estilo literario y, sobre todo, en cómo llevaba su celibato.
Castellani reflexionó largamente sobre este asunto, en páginas que no tienen precio (por ejemplo en un capítulo de su novela Juan XXIII-XXIV) y no nos deja duda alguna que, si bien siempre le fue fiel a su celibato, fue una cosa que le costó y mucho (a Pancho Bosch le dijo una vez que se sentía “un solterón”). Porque igualmente, él, con característica franqueza, no nos dejó duda de que le gustaban las mujeres (como a cualquier hombre de bien), por mucho que eso no afectaba su notable castidad que es, como ha escrito Jorge Ferro no hace tanto, reflejo de la virilidad.
Eso Castellani lo entendía perfectamente:
Don Juan Tenorio… es un varón poco desarrollado; el doctor Marañón lo clasifica incluso entre los “feminoides”. Por eso entiende tan rápidamente a las mujeres en lo superficial; porque es amujerado. Para el hombre muy varonil, la mujer es un misterio profundo y respetable.  
Todo esto, su amor a las mujeres, su discreción cuando trata con ellas, su viril castidad, se manifiesta en muchas de sus poesías y en algunas de sus novelas donde puede expresarse más o menos crípticamente para no escandalizar a la “pseudopudibundez” de la sociedad porteña (la expresión es de Gálvez) de los años ’40 o ’50, digamos.
Por ejemplo, en el formidable capítulo VII de Su majestad Dulcinea (que se intitula “Yo me enamoré del aire”), hay un diálogo entre el cura loco que está manejando un avión (y que es un Castellani apenas disfrazado) y Edmundo, un converso suyo, acerca de Dulcinea, a la que habían ocultado en la mismísima Casa Rosada.
El cura mientras pilotea el avión, justifica la maniobra que habían hecho: 
 
-¿Qué mejor oculta una liebre que disfrazada de lebrel? Dulcita inventó el ardid, ella entró en la Casa Rosada antes que yo…
-Temeridad. Usté no debió consentirlo. Con su hermosura…
-Con raparse el pelo y deformarse la quijada, su hermosura… He aquí lo que vuelve loco Edmundo. La hermosura es apariencia. Yo me enamoré del aire… / Del aire de una mujer, / Como la mujer es aire, / En el aire me quedé…
-Usted se quedará en el aire si sigue manejando así… Es la cosa más sólida que existe, todo lo demás es apariencia. Usté diría que la Novena Sinfonía de Beethoven es aire.
-El amor es ciego—dijo el cura—. Mujeres quiere decir lío. / Quiere decir lío no ve. / Y enredos y cuentos del tío, / Lo menos de diez veces, nueve.
Los non-séquitur apenas si disfrazan lo que realmente están diciendo: están hablando de la belleza de la mujer y cómo eso enamora al hombre. No hay dudas, a Castellani le interesan las mujeres (y habría estado de acuerdo con Homero, que la belleza es la areté de la mujer) y habla mucho de ellas, poéticamente las más de la veces, como corresponde a todo varón bien plantado. Pero en prosa también: hay una muestra linda de lo que digo en “Un cuento de duendes” (de Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas). Allí Castellani recrea una conversación en un tren con una mujer en el que el protagonista le dedica el siguiente párrafo:
Señorita, usted no parece linda, pero tiene una belleza secreta que aparece sólo cuando usted se anima, se enoja o se entusiasma. Usted tiene labios raspados, cara colorada y pecosa, ojos chicos y es más bien petisa; pero cuando usted se conmueve, cuando se siente querida, o al menos atendida, brota un espíritu de adentro que la transfigura, se le cambia el rostro, parece un ángel lleno de dignidad y de gracia reprimida…
Digan si este texto no demuestra lo que digo: de Castellani digan lo que quieran, menos que era maricón…
Y en estos términos, yo creo que esta es una de las razones por la que interpreta perfectamente (como a osadas lo hace también Bruckberger) la relación amorosa entre María Magdalena y Nuestro Señor, tema manido y remanido, y que se ha intentado ensuciar una y otra vez, en novelas, ensayos y en el cine. Pero no se puede:
Quizá les cante algún día
Désa santa pecadora-
Tres mujeres mi alma adora y la primera fue ésa
y después Santa Teresa
y arriba Nuestra Señora.
Sobre María Magdalena, Castellani escribió y mucho (recomiendo en particular la “Parábola de los deudores” en Las Parábolas de Cristo), donde, entre otras cosas sostiene que la mujer sorprendida en adulterio es la mismísima Magdalena,
Una mujer apasionada, corajuda y altiva…; y Cristo aparece haciendo la hazaña típica del caballero, que es salvar a una mujer.
Y en El Evangelio de Jesucristo abunda sobre este particular.
Cristo se dio el lujo de salvar a una mujer, que es la hazaña por antonomasia del caballero; no sólo salvarle la vida, como San Jorge o Sir Galaad, sino restablecerla en su honor y restituirla perdonado y honorada a su casa, con un nuevo honor que solamente Él pudiera dar. En la caballería occidental, los dos hechos esenciales del caballero son combatir hasta la muerte por la justicia y salvar a una mujer: “defender a las mujeres / y no reñir sin motivo” que dice Calderón… Cristo hizo los dos; y siendo Él lo más alto que existe, su “dama” tuvo que ser lo más bajo que existe; porque sólo Dios puede levantar lo más bajo hasta la mayor altura; que es Él mismo.
Castellani hace una continua reflexión sobre el misterio de la mujer, y eso se refleja incluso en su muy particular sentido del humor. Allá por los ’40 tenía una columna en la revista Criterio que era muy divertida, y en una de sus entradas encontramos que escribe lo que sigue:
Un psicólogo ha observado que las niñas hablan antes que los niños. Y después también.
Hablando de psicología, Castellani hace más de setenta años atrás se dedicó a este asunto de la educación de los seminaristas y por supuesto que nadie le hizo caso, nunca. Pero del texto que les quiero citar, también se desprende que él tenía perfectamente en claro cuán importante es la faz emotiva y sentimental de los seminaristas, cosas del corazón, cosas a la que hay que dirigirse si se quiere sacar curas… ¿qué diré yo?... viriles, por lo menos.
La educación de los sentimientos es sumamente importante; y ¡oh Dios mío! Cómo está de ausente o descuidada en la escuela pública, empezando por el Seminario. Cuando fui profesor del Seminario quise dar 5 conferencias sobre la educación de los sentimientos (por lo mismo que yo me sentía un ineducado en ellos) y el Rector oyó la primera y no me dejó seguir; todavía conservo los papeles. Claro que es fácil querer reformar el mundo sin reformarse a sí mismo primero; pero en fin, las conclusiones de mis conferencias eran ciertas y conformes a la ciencia psicológica.
Eran siete conclusiones, que son aplicables a todo el mundo:
1.-           El seminarista necesita una fuerte educación intelectual; si es casa de estudios que se estudie.
2.-           El seminarista necesita educación artística: el arte es uno de los caminos más obvios de la “sublimación de los instintos”.
3.-           El seminarista necesita aprender a hablar en público: la oratoria es un arte, arte necesario al sacerdote.
4.-           El seminarista necesita teatro: para aprender oratoria y para expresar las emociones, que es la manera de educarlas.
5.-           El seminarista necesita vida familiar.
6.-           El seminarista necesita menos meditaciones y más liturgia, menos disciplina farisaica y más comunicación con el “staff” del seminario; menos piedad palabrera y sentimentaloide y más obras de misericordia corporales.
Es un buen programa de “educación de los sentimientos” (que no es educación sentimental) que se resume en definitiva en estos sencillos principios psicológicos:
1.- Para sentir bien, lo primero es pensar bien; los sentimientos son pasiones intelectualizadas.
2.- Las expresiones de las emociones es el medio natural de la catarsis de las emociones; si usted reprime demasiado la expresión de las emociones, los instintos se repliegan sobre sí mismos.
3.- La sublimación no se produce si los dos términos que han de unirse están demasiado lejos; por ejemplo, con pura devoción a la Virgen, y sin deportes, amor a la familia, amistad fraterna, poesía y trabajo, no formará usted la castidad, necesaria al sacerdote. Aparecerá Mazzolo; y si no se repara los de Mazzolo, no se destruye la imagen de Mazzolo, aparecerá otro Mazzolo. Nada lo impide: el amor al Ser Absoluto SOLO no impide a Mazzolo.
Y el amor al Ser Absoluto, el amor al Ser Absoluto, el amor al ser absoluto… necesita fundamentarse sobre otra cantidad de amores para ser simplemente posible; el amor al Ser Absoluto solo, es falsificado.
Las conferencias de Castellani serían sensacionales, pero, como acabamos de oír, el Rector de Devoto oyó la primera, “y no lo dejó seguir”. Es que Castellani, por ser como él era, y los demás curas por ser como eran… pues muy pronto se encontraron en guerra.
Ahora, él, como todo cristiano ortodoxo, no podía concebir la vida cristiana sino en términos de milicia, en términos militares, porque como dijo Job alguna vez, “milicia es la vida del hombre sobre la tierra”. En estos tiempos post Vaticano II, donde todo es paz, paz (y no hay paz), donde todo es diálogo, acompañamiento, ternura y no sé yo qué más, se ha olvidado esto que digo, y la mayoría de los cristianos han olvidado que la castidad sólo se consigue peleando (y, como decía San Felipe Neri, "en este combate los valientes huyen"). Han olvidado que el señorío sólo se obtiene con la cabeza fría y el corazón caliente, que la mansedumbre se conquista a fuerza de palos, que la misericordia exige hacerse violencia primero, y sobre todo, que el soldado es como el dios Jano, tiene dos caras: una, hacia afuera, que es una cara de pocos amigos, dispuesto como está el hombre cabal a matar en defensa de sus amores; pero la otra cara, la que mira hacia adentro, esconde la ternura que siente por los suyos, las cosas que ama y por las que pelea.
Así era Castellani. Él hablaba, predicaba y escribía en el mismo registro de un San Pablo, por ejemplo, cuyo lenguaje resuena hoy como una trompeta en un cuarto vacío. Como cuando se dirige a Timoteo, después de recomendarle que “milite la buena milicia”:
Por complacer al que lo alistó, ninguno que milita como soldado, se enreda en los negocios de la vida. 2 Timoteo 2:3-4
 Y es que nos hemos olvidado que para ser buenos cristianos, antes que nada tenemos que ser como buenos soldados, aguerridos, disciplinados, corajudos (y las mujeres también, que, como decía Santa Teresa, “debemos andar como varonas”).
Y hablando de Teresa la Grande, tal vez deberíamos recordar en los tiempos que corren aquella vieja copla de los de Ávila:
Todo buen avilés,
para la guerra, hábil es.
Y si para la guerra
hábil no es,
no es un buen avilés.  
 Castellani era, por así decirlo, un buen avilés. En una poesía de juventud, había escrito:
Los santos fueron varones, ellos supieron morir,
Hasta en las santas mujeres era un algo de varón,
Y eso es lo que no ha sabido ni podía concebir
Una nación donde es libre tener o no religión.
Y también sabía que la cobardía era una cosa muy, pero muy embromada. Fíjense si no, ahora que se ve todo tan, tan clarito, sobre todo después de las denuncias del ahora famoso Nuncio en Estados Unidos: un grupo de curas, obispos y cardenales afeminados se agrupan—la mafia lavanda— y se imponen a todo el resto de la jerarquía eclesiástica. Eso solo ha sido posible por la cobardía de la mayoría y eso, como tenemos a la vista, es gravísimo. Castellani había visto esto con toda claridad:
A Jesucristo no le gustan los cobardes [...]
La cobardía en un cristiano es un pecado serio, porque es señal de poca fe en Cristo ("cobardes y hombres de poca fe") que ha dado sus pruebas de que es un hombre "a quien el mar y los vientos obedecen"—dice el evangelio de hoy—, con lo cual, por lo tanto, el miedo no es cosa bonita; ni lícita siquiera. Julio César, en una ocasión parecida, no permitió a sus compañeros que se asustaran. "¿Qué teméis? Lleváis a César y a su buena estrella", les dijo.
Mucho más Jesucristo, creador de las estrellas.
Claro que Castellani no estaba postulando al fanfarrón porteño, al pendenciero que incluso puede incurrir en temeridad. No, él sabía perfectamente que
La virtud de la Valentía no supone no tener miedo; al revés; supone un supremo miedo al último y definitivo mal, y el miedo menor a los males de esta vida captados en su realidad real; de acuerdo a la palabra de Cristo: “No temáis tanto a los que pueden quitar la vida del cuerpo; temed más al que puede condenar cuerpo y alma para siempre”.
Eso está en Santo Tomás, el ordo timoris, esto de que hay que jerarquizar los temores, temiendo más lo que es más temible (el infierno, por ejemplo) y temiendo menos lo que es menos temible, (por ejemplo perder las ventajas y prerrogativas de una carrera eclesiástica).
Ahora, como sabe cualquiera que sepa algo de Castellani, a él sus superiores de la Compañía de Jesús, y luego todos los obispos argentinos (con la excepción quizás de uno solo), lo hicieron pelota, lo persiguieron de muy distintas maneras durante casi medio siglo. Y él pagó muy caro por enfrentar a estos, sus superiores.
Para eso sí que hay que tener coraje. Porque no hay peor astilla que la del propio palo:
Les voy a decir una cosa que más valiera callarla—que son las que hay que decir. Todos los golpes mortíferos… los he recibido dentro de casa. Ningún judío me hizo nunca ningún mal, ningún liberal me hizo nunca ningún mal, ningún masón me hizo ningún mal, ningún mormón, ningún radical del pueblo, ningún perduelis, ningún espiritista, ningún psicanalista, ningún vendepatria, ningún estafador, ningún politiquero, ningún cipayo, ningún nazi, ningún malvinero, ningún escruchante, ninguna señora gorda, ningún “hippie”, ningún loco, ningún poeta modernista, ningún loquitor de Radio, ningún mahometano, ningún comerciante, ningún economista me han hecho nunca ningún mal.
Si alguno ha tirado a matarme, como si dijéramos, ha sido un hermano no-separado; uno de los de “la estirpe electa, la gente santa, el sacerdocio reyal”, que dice San Pedro. El portero del cielo está viejo y un poco fuera de la buena información, quizás.
Tomá mate. Claro, se podría decir por otra parte, que él eligió a sus enemigos en la convicción de que había que empezar por limpiar la casa, antes de salir a convertir a los paganos, que había que empezar a “cristianar a los cristianos”, como él decía. Y así, comienza por los jesuitas de su tiempo:
Hay religiosos que tienen un gran miedo a las mujeres y ningún miedo a los cargos y dignidades; que se atufarían de estar a solas con una mujer, pero no temen manejar en el mayor secreto, escondiéndolos a todos, los recursos de la casa; que se confesarían de haber tocado con los dedos un cuerpo femenino pero que zambullen los brazos con gozo en negocios y traficaciones, que por lo demás, por justo juicio de Dios, casi siempre les salen mal.
Esto está sacado de sus por entonces famosas “Cartas Provinciales” que hizo circular entre los novicios y curas de la Compañía, creando un escándalo que no te digo nada. Por ejemplo, cuando se refiere al voto de castidad:
Oh Dios, ¿diré yo que soy casto? En verdad soy continente; pero yo no diré de mí mismo que soy casto. Y aunque jamás he conocido la mujer, por voluntad de Dios más bien que mía; yo no diré jamás que soy virgen.
Yo diré que soy un niño, llena la cabeza de juegos y de imágenes volanderas. Imágenes risueñas o terribles, todas pasajeras imágenes divinas. Y diré que soy un viejo, viendo detrás de esa forma de guitarra de las mujeres («las hinchaditas delante -y redonditas por todo», como dijo el poeta) un alma que está escondida, que sufre o va a sufrir. Y que se pierde. Un alma como la mía.
Oh Dios, yo te pido la castidad esencial, la castidad de los que se ríen de la castidad y dicen: «¿Qué es la castidad?»
Yo te pido la castidad de los corazones llenos, que aman de tal modo que no tienen tiempo para nada y se ríen y dicen: «¿A quién se le ocurre que yo engendre hijos?». ¿Y qué tengo que hacer yo con esa carne de hospital? ¿Por ventura para éso sólo creó Dios la hermosura? ¿Y qué derecho tengo yo a la delicia mayor y al tesoro mayor que existe, en este gran sanatorio lleno de pobres y doloridos? Yo soy pobre. Yo no quiero tener una cosa que no tuvo Jesucristo ni la Niña de la Maternidad Parthenogénica, que fueron pobres.
¿Diré yo que soy casto? Yo diré solamente que soy pobre.
Pero ¿renunciaré yo a la maternidad? ¡Ah! Yo no puedo renunciar a la maternidad, a la preñez pesada y deforme. No puedo renunciar al imperativo de maternidad que he concebido leyendo las vidas de los que murieron por otros. De los que en este mundo se hacen matar, que son siempre los mismos. La maternidad del padrazo Santa Teresa, del madrecito San Juan de la Cruz, del Paíguazú Roque González.
Yo no puedo renunciar a la maternidad que hay en mí, violenta y perentoria, semejante a los dolores de la mujer que espera.
Como ven, aquí Castellani ataca frontalmente a los jesuitas poseídos por el maniqueísmo, aquellos que despreciaban a la mujer, creyendo que con eso tributaban loas a su celibato. Pero, claro, él era demasiado varonil para no detectar las taras que había en eso, y por eso, tampoco se iba a privar del retrato de los fariseos contemporáneos, de los que distorsionan toda su vida moral a fuerza de observar con frialdad preceptos exteriores, en detrimento de la caridad.
¿Quién negará que existen de hecho esos tipos que el P. Lloberola llamaba con gracia «los solterones de la gloria de Dios»? V.R. los conoce:
Cautelosos como gatos, fríos como culebras, reservados como crustáceos, incapaces de efusión cordial y de verdadera amistad, acomodaticios, hinchados de una ciencia egoísta, duros, incomprensivos, preocupados de su salud y de sus ventajas, calculadores, insensibles, poco humanos, gazmoños, enemigos de la grandeza, amargos, antipáticos, temerosos del hombre y de lo humano, racionalistas, ingenerosos, replegados sobre sí mismos, infecundos, desmadrados, estériles, gélidos, autómatas, censuradores del prójimo, entristecidos, retrancados, negativistas, prudentes al exceso, susceptibles, reptores, maestros helados que muestran al mundo una imagen repelente del Divino Maestro...
Se podrá quizás impugnar a Castellani en términos de prudencia, por escribirle así al Provincial de la Compañía y luego… ¡publicar semejante carta! Pero de lo que no se lo puede acusar es de falta de masculinidad, de falta de virilidad, de falta de coraje. Y a fe mía, hubiésemos tenido más tipos como él, como Castellani, con ese expresarse lleno de parrhesía, o si sólo le hubiesen hecho un poquito de caso, nos habríamos ahorrado la catástrofe moral y espiritual de la Iglesia argentina que medio siglo después se despliega de modo patente ante nuestros ojos.
En medio del camino de mi vida, la Iglesia, a la cual había estado sirviendo bien o mal y amando —sí— tranquilamente, se me dio vuelta y me mostró una figura de hiena, altro que Madre; la cual figura se me aparece de nuevo cada día que hay viento norte.
Ecce homo, este hombre, por ejemplo, no tenía el menor temor de enfrentar a sus superiores y obispos y cardenales si a mano fuera. Y escribirles con característico humor, como lo hace con el arzobispo de Buenos Aires:
Todo el mundo sabe que tengo razón, incluso Vuestra Eminencia. Y todo el mundo sabe que nadie me la va a dar, incluso yo.
Y sabía, como hombre viril que era, indignarse si la ocasión así lo exigía:
El hombre que no puede indignarse no es hombre, ni tampoco mujer: es un cuitadillo. La recta indignación es el permanente motor del paladín: ella presta y aumenta las fuerzas. La Ira desordenada es uno de los pecados capitales; pero la Ira de suyo es una pasión natural, que como todas ellas puede ser buena o mala según sea o no gobernada por la razón. Me gustaría verlo a Illía iracundo algún día.
Y luego, es importante notar que Castellani vio con toda claridad que los enemigos de Cristo eran los fariseos y que él lo sabía perfectamente:
[Jesucristo] vino a luchar contra todos los vicios, maldades y pecados; pero él personalmente luchó contra el fariseísmo. Lo tomó por su cuenta. Ver los santos evangelios. Empezó a quebrantar el farisaico Sábado, a olvidarse de las cuartas o quintas abluciones, a tratar con los publicanos, perdonar a las prostitutas arrepentidas; a curar en día de fiesta, a decir que escuchasen a los maestros legales pero no los imitasen, a distinguir entre preceptos de Dios y preceptos de hombres de Dios, a poner la misericordia y la justicia por encima de las ceremonias, aun de las ceremonias de culto, y no del culto samaritano, sino del verdadero; empezó a describir en parábolas más hermosas que la aurora el hondo corazón vivo de la religiosidad, del reino de Dios que está dentro de nosotros, y es espíritu, verdad y vida.
Lo contradijeron, por supuesto; lo denigraron, calumniaron, acusaron, tergiversaron, persiguieron, espiaron, reprendieron. Y entonces el sereno recitador y magnífico poeta se irguió, y vieron que era todo un hombre. Recusó las acusaciones, respondió a los reproches, confundió a los sofisticantes con cinglantes réplicas. Y haciéndose la polémica más viva cada vez, con unos enemigos que contra él lo podían todo, se agigantó el joven Rabbí magníficamente hasta el cuerpo-a-cuerpo, la imprecación y la fusta.
En esto, Castellani siguió fielmente los pasos de su Señor; también él se enfrentó con los fariseos de su tiempo, los magnates eclesiásticos que reconocieron inmediatamente en la honestidad y franqueza de Castellani a un enemigo que había que suprimir. Y eso, claro está, eso metía miedo, como que tenían el poder para reducirlo a nada:
Yo le envidio a Jesucristo el coraje que tuvo para luchar contra los fariseos. Yo, excepto en un solo caso, cada vez que me topé con un fariseo grande, me he quedado alelado y yerto, como un estúpido; es decir, estupefacto.
Y en efecto, lo redujeron a casi nada. Después de dos años de torturas sin fin en un convento en Cataluña, del que finalmente se escapó, lo expulsaron de la Compañía, lo suspendieron “a divinis” (lo que equivalía de desfrailarlo) y esos castigos duraron casi 20 años. En carta a Federico Ibarguren, Castellani le contaba:
He aprendido en mi vida, bien, como el que más, tres oficios, sacerdote, profesor y escritor; y este país no me deja ejercitar ninguno; máxima humillación para un hombre de corazón, tener que mendigar pudiendo trabajar. Trabajo igual; y trabajando igual, al máximo de mis facultades, no gano para comer.
Las humillaciones que sufrió Castellani son incontables, había quedado reducido a la mendicidad. En un tiempo, se fue a vivir a Reconquista, a casa de su hermana, “Muñe”, que tampoco era rica, pero que por lo menos le proporcionaría techo y comida. El techo era el cuarto de herramientas, al fondo del rancho. Pues resulta que una tarde de verano, Castellani se paseaba por el jardincito que separaba el cuarto de herramientas del rancho de su hermana, cuando esta salió y le dijo algo como (cito de memoria):
“¿Y? Todo eso que estudiaste, todo eso que sabés… ¿de qué te sirve ahora?”
Yo sé de esto, porque Castellani lo registró en uno de sus famosos diarios. Y a continuación anotó: “No supe que contestar”.
Muerto de calor en el cuartito de herramientas con techo de chapa en el verano de Reconquista, ¡Dios mío!, su biblioteca desparramada, con diabetes, sin plata, sin oficio, insomne, objeto de calumnias de todo tipo (que desobediente, que había andado con mujeres, que era nazi), sin amigos que lo consolaran, con parientes que lo menospreciaban, sin futuro… Castellani era prácticamente un desecho de hombre. Nos recuerda la descripción que hizo el profeta Isaías en su famoso protoevangelio, contemplando desde lejos al Cristo en su pasión, al Ecce Homo:
He aquí que mi Siervo
está lleno de sabiduría,
será grande, excelso
y ensalzado sobremanera.
Pero muchos se pasmarán de él
—tan desfigurado está,
su aspecto ya no es de hombre…
No tiene apariencia ni belleza
Para atraer nuestras miradas,
ni aspecto para que nos agrade.
Es un hombre despreciado,
el desecho de los hombres.  (Is. 52:13-14; 53:2-3).
De manera que sí, se lo puede poner a Castellani al lado del Ecce Homo, Nuestro Señor Jesucristo exhibido como trofeo por Poncio Pilatos, traicionado por Judas, negado por Pedro, vestido de payaso, ensangrentado, escupido, objeto de cachetadas, objeto de befa, flagelado, coronado de espinas, relegado ante Barrabás, condenado a morir crucificado.
Castellani compartió buena parte de su suerte, como lo contó él mismo, muchas veces. Y ciertamente, a él también se le pude aplicar el título de Isaías: varón de dolores y que sabe lo que es padecer porque eso ciertamente fue y eso ciertamente le pasó.  
Quizás la versión más conmovedora de sus padecimientos estuviera en el capítulo IX de Su Majestad Dulcinea, intitulado “El enfermo”:
Una vez había escrito: "Dios está haciendo de mí una fábula viva". Pero una fábula tiene que ser clara. ¿Cómo podría ser un signo una cosa que nadie veía, y él mismo no comprendía? Dicen que hay hombres que son como signos de una época o de una sociedad o de un pueblo… Pero ¿qué puede significar una palabra que no se puede oír? ¡Famosa lección, una lección inaudible! ¿Y él? ¿No la oía él acaso? No del todo.
Un hombre solo no puede salvar a una sociedad de la ruina; pero un hombre solo puede volverse una señal de que una sociedad va a la ruina, pensó. ¿Cómo? Sufriendo primero la ruina que amenaza a todos. Que él era una ruina era evidente; pero ¿quién lo sabía? Él solo. Empezó a mirar como en un panorama la serie sucesiva de enormes destrucciones que había sido su vida; y que eran su secreto, pues nadie fuera de él podía saber "lo que hubiera podido ser", lo que él hubiera podido y querido hacer. Miraba y derramaba interiormente amargas lágrimas, se escandalizaba ante las destrucciones, se horripilaba, tenía frío y los pelos de punta ante los escombros. Ut quid perditio haec? Yo soy el Dios de la vida y no de la destrucción, dice la Escritura. Pero esta destrucción secreta y para el solo gusto de los ojos del Gran Destructor, parecía contradecir eso. Vio las destrucciones externas y las más grandes internas que había recibido pasivamente y contra su voluntad y consentimiento; y después lo más grave, la acción destructiva interiorizada en él y vuelta esa extraña voluntad de aniquilamiento que esta noche se le había develado claramente por primera vez, había irrumpido en él, y se había asentado tranquilamente en toda su alma inmortal. ¿Para qué desperdicio tal? Las ruinas de un castillo antiguo a la luz de la luna pueden producir poesía romántica; pero por ejemplo tomar la Gioconda y la Cena de Leonardo da Vinci, y a cuchilladas convertirlas en un montón de jirones, y después esconder los jirones, eso no dejaba saldo alguno, ni siquiera el de espantarse de la bestialidad del destructor... Esto que yo indico levemente no tiene casi nada que ver con la patética y lacrimosa contemplación con que el enfermo recorría la colección de ruinas que constituían su historia, de nadie fuera de él conocida.
Pero ahora, sí, cincuenta, sesenta años después, sí podemos conocer “la colección de ruinas que constituían su historia” (sobre todo porque yo las documenté minuciosamente en mi voluminosa biografía del cura). Sólo que con el beneficio de la retrospectiva también resplandece “la colección de libros, sermones y ejemplos” que nos dejó él, el Ecce Homo del que venimos hablando, un verdadero sacerdote de Cristo, crucificado con él, por cierto, pero ahora reinando con Él, no tengan ustedes la menor duda, e intercediendo por nosotros para que un día nos reunamos todos a celebrar la vida del sacerdote más santo, más lúcido, más valiente, más gracioso, más consolador que los argentinos jamás hayamos conocido.
Un don para la Argentina, de parte del Padre de las luces, en quien no hay sombra de mudanza, y del cual desciende todo don celeste.
Nada más.

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