Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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martes, 21 de noviembre de 2023

Reseña de la miniserie "El Apocalipsis de San Juan" y del capítulo "Las 7 Trompetas"

EL APOCALIPSIS DE SAN JUAN. LAS 7 TROMPETAS



Por FLAVIO MATEOS

La Argentina es el país de Iberoamérica que ha tenido la rara fortuna de ver surgir en su tierra la mayor cantidad de escritores y hermeneutas dedicados a exponer, en diversas obras, tanto de ficción como de ensayo, los tiempos finales, apocalípticos y parusíacos. Así pues los numerosos escritos de autores como Padre Castellani, Hugo Wast, Alberto Ezcurra Medrano, Juan Luis Gallardo, Federico Mihura Seeber, Padre Miguel Ángel Fuentes y Javier Anzoátegui, sientan un valioso precedente, que ahora se continúa con la obra de Simón Delacre, esta vez en la forma audiovisual y a partir, en este caso, de la obra de Castellani. A los apuntados se pueden sumar Víctor Delhez, magnífico artista belga que desarrolló su carrera en Argentina y realizó, además de una ilustración de los Evangelios, la versión en grabados del Apocalipsis. También la versión argentina que dio el P. Castellani con su traducción de “Señor del Mundo” de R. H. Benson. Y por si fuera poco, la traducción y comentarios, dentro de su obra integral de la Biblia, de Mons. Juan Straubinger, también en la Argentina.

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martes, 24 de enero de 2023

Chesterton


Con perdón de la palabra

[https://www.laprensa.com.ar/525032-Chesterton.note.aspx]

Que yo sepa, el único argentino que vio personalmente a Gilbert K. Chesterton fue el Padre Leonardo Castellani. Ello ocurrió cuando el sacerdote subía por la escalinata central de la Basílica de San Pedro y alguien lo señaló diciendo aproximadamente: "Ese que va ahí es el escritor más importante del pensamiento católico actual''.­

Delante de Castellani ascendía la escalinata un hombre inmenso, de revuelta melena blanca y bigote hirsuto que iba del brazo de una mujer pequeña, que resultaría ser su esposa .­

Y quien informaba a Castellani no se equivocaba pues, casi con seguridad. Gilbert ha sido el más destacado hombre de letras del pensamiento católico contemporáneo.­

No analizaré aquí su obra literaria, pues hacerlo requeriría contar­

con un espacio muy superior al de una escueta nota periodística. Me reduciré a destacar las formidables aventuras del Padre Brown y su eterno rival, el ladrón francés Flambeau. Aunque, desde luego, la obra de Chesterton incluya materias mucho más serias.­

Chesterton amaba su país, Inglaterra, particularmente bajo sus facetas más populares. Sus personajes suelen ser gente del pueblo inglés, amigos de los refranes y bebedores de cerveza. Como Chesterton. Sublima los paisajes británicos, describiendo atardeceres rojizos, bosques sombríos, estrechas callejuelas.­

Y se lo puede considerar el Emperador de la Paradoja.­

Era amigo y enemigo de Bernard Shaw. Amigo porque mantenía con él una relación cordial. Enemigo porque las ideas de uno y otro discrepaban totalmente.­

Un par de anécdotas para cerrar esta nota. Cuando inició su viaje de luna de miel compró un revólver, por si tenía que defender el honor de su mujer.

Segunda anécdota: Chesterton era muy despistado y frecuentemente, se­ veía precisado a enviar un telegrama a su mujer diciendo: "Estoy en tal parte. ¿Dónde debería estar?''.

Lo más frecuente era que su mujer le respondiera por la misma vía: No te preocupes, regresa a casa.­

¡Qué no daría para conseguir que el pensamiento católico de nuestros días contara con una figura del calibre de don Gilbert!­


miércoles, 14 de diciembre de 2022

Una del Padre Castellani

Con perdón de la palabra

Una del Padre Castellani

El padre Leonardo Castellani fue una de las mejores cabezas con que contó la Argentina en el siglo XX. Teólogo, filósofo, poeta, novelista, ensayista, periodista, fabulista y alguna otra cosa que olvido, tuve el privilegio de conocerlo, atenderle algún asunto en el estudio jurídico que tuvimos con Santiago Estrada (h) y recibirlo para comer en casa un par de veces. Fue él, por otra parte, quien bautizó a mi hijo mayor, que también sería sacerdote.

Castellani actuaba con desenvoltura en público y era tímido en privado. Hasta que se sobreponía a su cortedad para transformarse en un contertulio interesantísimo. Fue en una de aquellas comidas cuando nos informó que algún Padre de la Iglesia había creído en la existencia de ángeles neutrales quienes, no habiéndose pronunciado durante la batalla entre San Miguel y Luzbel, tendrían una segunda oportunidad para hacerlo en el Juicio Final. Y que, hasta que llegue tal momento, serían seres que no pertenecen ni a este ni al otro mundo, manifestándose sus actividades en todos esos sucesos que carecen de explicación natural y que suelen atribuirse a duendes, hadas, elfos y geniecillos de diversa laya.

Supimos luego que dicha hipótesis finalmente había sido considerada heterodoxa por el Magisterio, ya que un espíritu puro -como son los ángeles- no estaría sujeto a dudas y sus decisiones no responderían a conclusiones obtenidas al final de un razonamiento discursivo.­

También contó la historia que sigue, ciertamente siniestra. Años antes (la comida después de la cual el padre hizo esta narración debió tener lugar entre mediados de 1961 y mediados del 63), sus servicios sacerdotales fueron requeridos para administrar el viático a un enfermo que estaba internado en cierto manicomio de Buenos Aires, supongo que el de Vieytes porque no creo que hubiera otro en la ciudad.

Mientras disponían lo necesario para que el enfermo recibiera al cura, éste se paseaba por un largo pasillo, llevando la hostia contra su pecho, oculta bajo la sotana. De arriba abajo recorría Castellani el pasillo, al que daban sucesivas puertas, cerradas todas.

Y ocurrió que, cada vez que pasaba frente a una de esas puertas -cerrada- el interno que estaba detrás de ella sufría un acceso de furia, golpeándose contra las paredes mientras gritaba como un enajenado: ¡Te conozco, pan maldito!­

Con relación al tema, nos comunicó asimismo que en Buenos Aires, según noticias que tenía, se realizaban misas negras. Cosa que por entonces no sólo nos horrorizó sino que nos pareció sorprendente, ya que cuesta creer que alguien, explícita y deliberadamente, rinda culto al demonio. Sin embargo, pasado el tiempo, uno vino a enterarse que eso no es tan raro, existiendo bandas de rock que interpretan piezas pródigas en invocaciones a Satanás, implícitas o explícitas.

De modo que no ha de extrañar que, en una ciudad tan moderna como Milán, que se alza en plena Comunidad Económica Europea, famosa por su teatro, la elegancia de sus tiendas y la calidad de sus automóviles, el arzobispo, no hace mucho, haya tenido que duplicar el número de exorcistas autorizados para actuar en casos de posesión diabólica, dado el aumento de los mismos en su diócesis.­

sábado, 31 de julio de 2021

Castellani y los curdos

 

CON PERDON DE LA PALABRA

Castellani y los curdos


Viudo, yo me volví a casar. Y tuve la fortuna de que me tocaran dos suegros estupendos. Me referiré aquí al primero de ellos, Carlos Ibarguren (h), que quizá haya sido mi mejor amigo y me enseñó muchas cosas. Por él me enteré del asunto que paso a tratar.­

Carlitos, así lo llamaba todo el mundo, fue un nacionalista destacado, tenía buena pluma y había escrito el libro De Monroe a la Buena Vecindad, referido a la política exterior norteamericana. Libro del cual la embajada yanqui compró dos ediciones para evitar su difusión.

 

Pues bien, Carlitos me explicó este asunto de Catos y Curdos que paso a tratar.­

Los Catos constituían la vertiente católica del nacionalismo argentino, formada en los Cursos de Cultura Católica, de señalada influencia en nuestro país. Los Curdos eran los viejos trompeadores nacionalistas, herederos de la Liga Patriótica de los hermanos Carlés. Aquella que había mantenido el orden en las celebraciones del Centenario, fusil en mano.

No se distinguían éstos por su piedad, pese a ser primariamente saludables.­

Me explicó Carlitos que uno de los muchos méritos del padre Leonardo Castellani SJ consistió en catequizar a los Curdos, quienes vieron en él un sacerdote capaz de entenderlos. A la vez que el cura recibió de ellos alguna influencia, como ser el gusto por las trasnochadas, por la  política y por el periodismo.

Cuando Castellani integró una lista de candidatos a diputado por la Alianza Libertadora Nacionalista, los Curdos confirmaron que el sacerdote hablaba su mismo idioma. Sin perjuicio de que esa candidatura la ocasionara un grave desencuentro con su orden.­

O sea que a Castellani se debe el bautismo de una fracción importante del nacionalismo argentino. ­

Ejemplo de ello es el caso de Nenucho Muñiz, caricaturista temible de los periódicos nacionalistas y religiosamente escéptico, que acudía provisto de un grabador a la iglesia del Tránsito para grabar los sermones dominicales de Castellani, reunidos más tarde en un tomo titulado Domingueras Prédicas. 

Tuve yo el honor de tratar bastante a Castellani, que bautizó a mi hijo mayor, hoy sacerdote. Logré que colaborara en el periódico De Este Tiempo que publicábamos con algunos amigos bajo la tutela de Franci Seeber. Y le escribí el prólogo de su libro Nueva Crítica Literaria, hablando en el acto en que éste fue presentado. También hablé en su presencia cuando se celebró un aniversario del combate de la Vuelta de Obligado en el desaparecido restaurant de la Estación Retiro.­

Alguna vez estuvo a cenar en casa. Oportunidad en que nos contó que antiguos padres de la Iglesia habían creído en la posible existencia de Angeles Neutrales, que no habían tomado parte en la batalla librada entre los ángeles fieles encabezados por Miguel y los ángeles rebeldes, seguidores de Luzbel.

Esos Angeles Neutrales serían los gnomos, elfos y duendes que vagan por el mundo a la espera de una segunda oportunidad para pronunciarse.

Claro, explicó el cura, que eso no es posible pues los ángeles, puro espíritu, tienen conocimiento directo de las cosas y no se valen del razonamiento para llegar a una conclusión, de modo que no dudan.

miércoles, 3 de febrero de 2021

Castellani como periodista (2ª parte)

 

Cultura
SEGUNDA PARTE DE LA CONFERENCIA RECUPERADA SOBRE LA RELACION DEL SACERDOTE-ESCRITOR CON LA PRENSA

Castellani como periodista (II)

El aterrizaje de Castellani en el periodismo tuvo un inesperado efecto apostólico, que también me explicó Carlitos Ibarguren, pues fue él quien, fino observador, lo advirtió en su momento, siendo asimismo partícipe del fenómeno.

Dividía Carlitos a los nacionalistas en dos grandes grupos: los "catos" y los "curdos". "Catos" eran los católicos, provenientes muchos de los Cursos de Cultura Católica, con buena formación doctrinal y firmes defensores del aspecto religioso incluido en el legado hispánico. Los "curdos", en cambio, eran los viejos muchachos, patriotas instintivos a quienes las cuestiones espirituales los habían tenido más o menos sin cuidado, provenientes de la milonga y proclives al castañazo y el exabrupto. Carlitos se preciaba de contarse entre ellos. 

No en vano, con malévola exageración, cierta publicación de izquierda, al informar sobre un acto político donde habló Carlitos y terminó en trifulca, dijo de él: "Harto de apalear mujeres y romper espejos en los cabarets se hizo fascista".

Pues bien, esos viejos muchachos, afines con los que décadas atrás habían militado en la "Liga Patriótica" de los Carlés, advirtieron un día con sorpresa que un cura era de los suyos. Y lo advirtieron a través de los escritos del Padre Castellani en las publicaciones nacionalistas que mencioné.

Descubrimiento éste que los impulsó, primero, a mirar al clero con mayor interés y, paulatinamente, hacia unas prácticas religiosas de las que habían estado lejos, pese a conocerlas por ser hijos de madres devotas. 

Ejemplo de ello es el caso de Eduardo Muñiz, Nenucho, temible dibujante en varias de las publicaciones nacionalistas que he mencionado. Nenucho era agnóstico y, como digo, poseedor de una cáustica agudeza, que se revelaba en sus caricaturas. Sin embargo, admirador de Castellani, terminó concurriendo los domingos a la iglesia del Tránsito, provisto de un grabador, a fin de registrar los comentarios al Evangelio que hacía el cura en su sermón. Comentarios que, conviene apuntarlo, dieron lugar a ese espléndido libro de éste que se llama, precisamente, El Evangelio de Jesucristo. Y a otros sucesivos que se siguen publicando bajo el título de Domingueras Prédicas.

-o-

Ruego me disculpen si me cito a mí mismo. Pero, como ya me ocupé de Castellani como periodista en un librito lleno de erratas que me publicó la editorial AZ, repetiré unos párrafos del mismo que estimo oportunos. Digo allí:

""Para calibrar adecuadamente las implicancias de su actuación periodística, en órganos de definido carácter ideológico, es necesario recordar que ésta tiene lugar a principios de la década del 40 y que la Segunda Guerra Mundial había dividido al planeta en general y a Buenos Aires en particular, determinando bandos ferozmente enfrentados: aliadófilos y germanófilos, nacionalistas y democráticos, fascistas y cipayos, dicotomías todas que encerraban una oposición inconciliable. Ello, naturalmente, informa la política de la época y le confiere áspera intemperancia: no está el horno para bollos. Y, apenas concluida la guerra, el advenimiento de Perón determinará que nadie baje la guardia, continuando los enfrentamientos con otros motivos inmediatos y parecidas causas mediatas.

"En este ambiente caldeado esgrime Castellani su pluma de periodista, asistida por luengos saberes teológicos, filosóficos, históricos, psicológicos, literarios. Y, si bien nuestro autor tratará con altura catedrática temas específicamente ligados con su formación académica, en otras oportunidades utilizará tal formación para opinar en cuestiones de picante actualidad. Si a ello se agrega el personalísimo sentido del humor que posee y su invariable costumbre de llamar a las cosas por su nombre, se comprenderá por qué sus artículos, leídos con avidez, levantan roncha".

Castellani era lo que luego se llamaría "un escritor comprometido". Pese a lo cual, nunca se definió a sí mismo como nacionalista, aunque nacionalistas hayan sido la gran mayoría de sus amigos. Y aunque llegara a ser candidato a diputado por la Alianza Libertadora Nacionalista, postulación que terminó de arruinar su relación con la Compañía de Jesús.

Dije que fue un "escritor comprometido" y que nunca se definió a sí mismo como nacionalista. Lo que pasó es que su verdadero compromiso fue con la verdad, tal como la veía en cada caso abordado por su aguerrida pluma.

-o-

Mis amigos y yo tuvimos un periódico que se llamó De Este Tiempo y que apareció en los años sesenta. Castellani escribía en él con bastante regularidad. Y, a propósito de sus colaboraciones, recuerdo que llegaban escritas a mano, con esa letra suya amplia, clarísima, casi escolar, que ponía de manifiesto su intención de ser entendido, a la vez que revelaba la falta de afectación de su carácter.

Dicen que sabía escribir a máquina, pero no lo hacía. De allí que mencionar "su aguerrida pluma", como acabo de hacer, no sea en realidad una metáfora.

Bueno ¿y qué decía la aguerrida pluma del propio Castellani sobre el periodismo y los periodistas? Un botón de muestra es el capítulo denominado "La Información", de su libro El nuevo gobierno de Sancho.

En pleno ejercicio del mando, instalado Sancho en la Sala de Sumas Examinaciones, se presenta un candidato a examinarse y Sancho pregunta:

-¿Quién es?

Le responde su colaborador Pedro Recio:

-Señor, es un aprovechado garzón destos reinos que acaba de acabar sus estudios.

-¿Pariente de los Garzones de Córdoba?

-No, señor, en modo alguno. Ni por pienso.

-¿Y qué estudios ha hecho?

-Estudios de periodista.

-¿Dónde?

-En todos los cafés, bares y bebederos públicos desta Insula.

-¿Qué leyó?

-Todos los libros de la Editorial Tor y la Editorial Claridad y además las obras completas de Vargas Vila, sin contar que tiene aprobado el bachillerato argentino (aclaro yo que la editorial Claridad es una editorial masónica y que Vargas Vila era un autor pornográfico).

-¿Qué demanda?

-Demanda de su Prominencia solamente el merecido diploma de Redactor de Primera Plana y, si fuera posible, el correspondiente puesto en el mejor diario de la Insula.

A continuación Sancho toma examen al candidato, del cual extraeré sólo algunas preguntas y respuestas.

-Señor Periodista ¿cómo se llaman las noticias del extranjero?

-Información.

-¿Y las noticias del país?

-Otras informaciones de carácter local.

-¿De qué hablará Chamberlain en su próximo discurso?

-De los fines de la guerra aliados.

-¿Y en el otro siguiente?

-De los fines aliados de la guerra.

-¿Y Hitler?

-Del Tratado de Versalles.

-¿Y Roosevelt?

-Del cariño que tiene a Sudamérica.

-¡Muy bien! Y dígame un poco ¿cómo son las incursiones nocturnas?

-Infructuosas.

-¿Y el fuego de artillería?

-Nutrido.

-¿Cómo se retiran las patrullas enemigas?

-En desorden

-¿Y nuestras tropas?

-Habiendo obtenido todos sus objetivos.

-¿Por qué peleamos nosotros?

-Por la justicia y el derecho.

-¿Quién tiene la culpa de la guerra?

-Los contrarios.

-¿Hacia dónde vamos con certeza?

-Hacia la victoria.

-La victoria ¿qué traerá?

-Un mundo mejor.

-Un mundo mejor ¿en qué consiste?

-En la fraternidad universal, por encima de todas razas y religiones.

Como ven, Castellani no era un devoto admirador de la sapiencia periodística en general, aunque respetaba y sentía afecto por algunos periodistas en particular. Escribió también sobre la prensa:

El diario de hoy es viejo y dice lo mismo que ayer.
Homero es nuevo como el sol.
El diario lo sé de memoria y por eso me pongo a leer
la última noticia en Platón.

Pues bien, pese a no considerar al periodismo un sacerdocio y pese a no guardar una actitud reverente ante la prensa, el cura ejerció el periodismo con denuedo, valiéndose de la prensa para servir a la patria y divulgar esforzadamente la verdad. Que no es poco mérito.

*Esta conferencia fue pronunciada el 14 de octubre de 2011 en la Universidad Católica Argentina.

 

lunes, 25 de enero de 2021

Castellani como periodista

 

ESTA CONFERENCIA RECUPERADA EXAMINA LA RELACION AMBIVALENTE QUE EL SACERDOTE-ESCRITOR MANTUVO CON LA PRENSA

Castellani como periodista (I)

jueves, 6 de diciembre de 2018

Vieja conferencia de Juan Luis Gallardo


RECUERDO Y VALORACIÓN DE LEONARDO CASTELLANI

Conferencia a pronunciar en la Exposición del Libro Católico el 14 de septiembre del 2006.


[Tomado de http://www.juanluisgallardo.info/Recuerdo%20y%20valoracion%20de%20Leonardo%20Castellani.html]

Estamos dentro del año en que se ha cumplido el vigésimo quinto aniversario del fallecimiento de Leonardo Castellani. Y un cuarto de siglo resulta un lapso adecuado para evocar su figura y valorar su obra, cosa que se me ha pedido hacer esta tarde. Tarea que acepté con gusto, pese a las dificultades que supone.

Pues, en efecto, no resulta fácil cumplir este cometido ante un público como el que conforman ustedes, conocedores de la trayectoria del cura hasta tornar petulante la pretensión de aportar algún dato que no conozcan ya o alguna opinión más o menos original a su respecto. Pretensión a la cual he renunciado de antemano pues, por considerarla fuera de mi alcance, lo que pienso hacer, sencillamente, es desgranar algunas evocaciones y formular ciertas opiniones que, muy posiblemente, les resulten familiares, por parecerse más a las de un admirador como cualquiera de ustedes que a las de un crítico aséptico y erudito.

Porque ocurre que el transcurso del tiempo y las mutaciones sufridas por el país y el mundo en estos veinticinco años, me han llevado a lamentar de manera muy especial la ausencia del pensamiento esclarecedor de Castellani, apto para guiar el nuestro a través de las complejas y cada vez más ingratas situaciones que nos presenta la actualidad. Y no creo equivocarme al presumir que a ustedes les ha de estar sucediendo algo parecido, emparejando nuestro estado de ánimo ante el recuerdo compartido.

No sé si será éste el efecto más notable que la ausencia de Castellani produce en nuestro espíritu. Pero es el primero que me viene a la cabeza. Pues el cura tenía la virtud de encarar problemas que no podíamos pasar por alto y que imponían tomar partido a su respecto pero que, a veces, resultaban difíciles de entender y, por ende, difíciles de encasillar. Entonces, aparecía el libro esperado o el artículo oportuno del cura presentando lúcida y honestamente el problema para, luego, formular con relación al mismo su juicio fundado y honesto.

Y esta capacidad suya, orientadora, resultaba un verdadero servicio a la inteligencia, que no puedo menos que añorar en momentos en que se nos ofrecen múltiples e intrincadas opciones en los planos más variados.

Días pasados, en el Instituto de Filosofía Práctica, oía al padre Biestro –eminente conocedor del tema– hablar sobre el padre Castellani. Y una de las cosas que dijo fue que había sido uno de los pocos espíritus universales con que contó la Argentina. Observación certera, por cierto, y que comparto hasta el punto de hacerla mía. Pero que, sin embargo, no se refiere al aspecto del cura que acabo de mencionar y que añoro. Pues, si bien es cierto que aprecio en toda su importancia ese espíritu universal que mencionaba Biestro, lo que estoy echando de menos es el enfoque argentino con que Castellani observaba los asuntos universales y nacionales.

Estoy echando de menos esa característica tan suya de mirar las cosas “desde la Argentina” y “desde lo argentino”. Y la estoy echando de menos justamente cuando, aparentemente, se registra un sarampión de nacionalismo estrecho, despojado en absoluto de ese afán de proyectarse hacia lo universal que caracterizó al buen nacionalismo de Carlos Ibarguren, de Hugo Wast o de Ignacio Braulio Anzoátegui.

Estoy echando de menos la capacidad de Castellani para enlazar el escándalo de la Coordinación de los Transportes con el pensamiento de Platón o la renovación de los contratos de la CHADE con la filosofía de Santo Tomás. Estoy echando de menos su inteligencia poderosa, su formación teológica, su información filosófica, sus conocimientos literarios aplicados a las celebraciones y los dramas que afectaban cotidianamente a sus compatriotas. Quienes, sin ese auxilio que nos prestaba, andamos bastante despistados. Hasta el punto que la reacción de un pueblo disconforme puede ser capitalizada hoy día por un señor, seguramente bien intencionado pero de alcances tan modestos como el ingeniero Blumberg.

***

En otra oportunidad, dentro de este mismo marco, ofrecido por la Exposición del Libro Católico, presentaba yo una reedición largamente demorada de “Su Majestad Dulcinea”, una novela de Castellani particularmente dramática y particularmente actual. De manera que, dada la coincidencia de escenarios, no quisiera repetir lo expresado entonces. Pero, pese a ello, reiteraré alguna cosa ya dicha, al menos para dar razón de mi presencia aquí esta tarde.

Y, con tal propósito, volveré a informar que tuve el privilegio de haberlo conocido y tratado al cura en virtud de circunstancias que paso a explicar. Lo vi de lejos, por primera vez, cuando, en calidad de simple feligrés porque tenía “suspendida la misa”, cumplía con el precepto dominical en la iglesia de Pirovano, mi pueblo, a fines de 1955. Ocurrió que había sido invitado por mi tío Ignacio Pirovano a pasar una temporada en su estancia Cume Co, en busca de la tranquilidad requerida para terminar de escribir, precisamente, “Su Majestad Dulcinea”.

Acababa yo de hacer la conscripción y a Castellani lo vi de lejos, en un rincón de la iglesia y con un aspecto bastante impresionante. No lo saludé pues, por una parte, a la fecha yo sabía poco de él y, por otra, papá escurrió el bulto pues su ortodoxia inflexible le llevaba a soslayar el trato con sacerdotes inmersos en conflictos disciplinarios.

La influencia de Franci Seeber y mi matrimonio con Mariquita Ibarguren, hija de Carlitos, me aproximaron a Castellani, ya que Franci era un entusiasta de su obra y Federico Ibarguren, tío de Mariquita, gran amigo del cura, que solía pasar algún tiempo en su campo durante el verano. Por tales motivos no sólo leí yo sus libros sino que, recién regularizada su situación canónica, fue él quien bautizó a mi hijo mayor, hoy también sacerdote. Por otra parte, establecida una excelente relación, fue a comer alguna vez a casa y, más tarde, lo tuvimos como cliente en el estudio jurídico que abrimos con Santiago Estrada. Y debo a su generosidad juicios muy favorables referidos a mis primeras novelas, alguno de los cuales apareció en el suplemento literario de “Clarín”.

Por estas u otras razones, en algún momento me pidieron que escribiera un estudio preliminar para la “Nueva Crítica Literaria” de Castellani, editada por Dictio en 1976. Acepté el encargo con una audacia que hoy me estremece. Y que quedó de manifiesto al meterme yo en honduras filosóficas, francamente superiores a mis conocimientos, que ahora, con la prudencia conferida por los años, hubiera soslayado cuidadosamente.

Cuando me propusieron dar esta charla recordé aquel prólogo. Y me suscitó curiosidad comprobar qué opinaba yo de Castellani hace treinta años. Pude comprobar así que, en esa época, no sólo era mayor mi audacia sino que, además, mi manera de escribir era más elaborada que actualmente. Pero observé a la vez que hoy podría suscribir los cuatro apartados en que dividí la valoración del cura formulada entonces. Tanto es así que los repetiré esta tarde, si bien fundados de manera diferente.

***

En primer lugar dije entonces que Castellani era un aristócrata del alma y del espíritu, formulando una distinción filosóficamente endeble entre aquélla y éste. Pero me quedo no obstante con el núcleo de esa afirmación y, a tres décadas de distancia, repito que Castellani era un aristócrata, en el correcto sentido del término.

Hablar de aristocracia no está de moda. Antes bien, decir de alguien que es un aristócrata podría llegar a resultar descalificatorio. Se trata sin embargo de un elogio, de un gran elogio, una vez aclarado qué es, verdaderamente, un aristócrata.

Cuando hablo de aristocracia no me remito al Gotha ni al Libro Azul de las Damas del Divino Rostro. Hablo de selección, de excelencia. Y el producto de una selección resulta por lo general de buena calidad. Aunque hoy día la tarea de seleccionar sea tenida como discriminatoria. Daré un ejemplo para que se vea la cosa con claridad.

Según cabe inferir de mi referencia al pueblo de Pirovano, yo me crié en el campo, quinientos kilómetros al sudoeste de Buenos Aires. Allí mi padre tuvo la originalidad de criar ovejas, pese a tratarse de tierras aptas para la agricultura y para invernar vacunos. Y, como criaba ovejas, dos veces por año llegaba a casa la “comparsa” de esquiladores para realizar su tarea. Conjunto de hombres sencillos, criollos casi todos, que cumplían duras jornadas. Al final de las cuales alguno de ellos, junto al fogón, empuñaba la guitarra para cantar una milonga o un estilo conservado por tradición oral. Y ese hombre, sencillo como dije, analfabeto a veces, que, no obstante, se destacaba entre sus compañeros por haber aprendido a rasguear en la guitarra y por haber tenido interés en aprender y recordar viejas melodías de la llanura argentina, era, sin duda, un aristócrata. Un hombre superior y diferente, que se destacaba de entre sus pares, tal como lo fue Leonardo Castellani. Aunque su apellido no figurara en la Guía Social.

***

Escribí en segundo término que el cura era un representante cabal del compromiso bien entendido. Señalando no obstante que me molestaba la tendencia imperante, entonces y ahora, a considerar “comprometidos” sólo a los comprometidos con la izquierda. Así, un escritor comprometido será, habitualmente, un escritor bolchevique. Circunstancia que no invalida la bondad del compromiso.

Porque comprometerse es algo bueno, aunque un escritor comprometido resulte sospechoso. Y, si no es con la izquierda ¿con qué ha de comprometerse un intelectual que no admita la medianía de una cómoda neutralidad? En mi prólogo lo decía: con la verdad y con la belleza.

Les pido me disculpen ofrecerles una conclusión quizá demasiado altisonante. Demasiado altisonante pero imposible de evitar pues, en efecto, el compromiso bien entendido de un intelectual no puede ser otro que con la verdad y con la belleza. Cosa que sostengo aunque hacerlo implique seguir formulando afirmaciones actualmente objetables. En efecto, acabo de defender la selección y la aristocracia, o sea la discriminación y el elitismo. Y, ahora, defiendo el compromiso con la verdad y la belleza, haciéndome quizá pasible de fundamentalismo. Mal andamos esta noche.

Y ocurre que el padre Castellani estaba realmente comprometido con la verdad y con la belleza. Compromiso patente en el primer caso y menos manifiesto en el segundo, según estimo.

El compromiso del cura con la verdad saltaba a la vista e, incluso, le jugaba en contra. Y le jugaba en contra porque su afán por hallar la verdad en cada dilema que abordaba, le llevaba a presentar con tal franqueza e imparcialidad las distintas soluciones posibles que, con frecuencia, las posturas distintas o contrarias a la suya podían aparecer como más atrayentes que ésta.

Por ejemplo, en el lamentable conflicto que lo enfrentó con su orden, Castellani, defendió apasionadamente su posición (demasiado apasionadamente, diría yo) pero, a la vez, no distorsionó la de sus ocasionales oponentes. Hasta el punto que, como dije, después de conocer los términos de la controversia a través del propio Castellani, uno se termina por preguntar si la razón no la tendrían quienes confrontaba con él.

En este aspecto, el cura batalló por convencer a sus lectores y oyentes que le asistía la razón pero, a la vez, es fácil de advertir que los argumentos que acumula están también encaminados a convencerse a sí mismo, dentro de esa insoslayable necesidad que lo aquejaba en el sentido de determinar quién tenía razón en el diferendo, o sea dónde se hallaba la verdad en litigio.

Si esto era así cuando estaba personalmente comprometido en un asunto, menor esfuerzo le significaría ser ecuánime al abordar cuestiones que lo afectaban de modo menos directo.

En cualquier caso, para respaldar lo que vengo diciendo en este aspecto, es oportuno recordar que, llegado el momento de precisar cuál era el cometido del nacionalismo argentino, Castellani fue categórico al señalar: el nacionalismo debe hacer verdad. Frase que mis amigos y yo hicimos imprimir en un cartel donde se publicitaba un periódico que escribíamos y que se llamaba De Este Tiempo.

En cuanto a su compromiso con la belleza, ejercerlo le supuso ciertas dificultades pues carecía de buen gusto. Cosa que se manifiesta en muchos pasajes de sus obras, desprolijos, despeinados, malsonantes. Y hasta en el aspecto con que solía andar. Lo cual no quita que la lectura de otros pasajes de sus obras nos proporcione un auténtico placer estético, cosa que ocurre con algunos de las Camperas, algunos de las Parábolas Cimarronas y varios de sus comentarios al Evangelio. Pero, sobre todo, la de Castellani es una toma de posición a favor de la belleza, atributo de Dios al fin de cuentas.

También escribí en aquel prólogo que el cura representaba debidamente el justo equilibrio entre las ideas y las cosas. ¿Y a qué me refería cuando escribí esto? Me refería a que, poseyendo una formidable capacidad especulativa, nunca se desentendió de las realidades cotidianas y concretas. Y, a la inversa, que su interés por estas realidades no supuso un obstáculo para ejercitar aquella capacidad. Sobre el particular apunté:

Un hombre como Leonardo Castellani está expuesto, gravemente expuesto, a exilarse de la realidad. Sus condiciones más notables, precisamente, le impulsan a ello. Intelectual, estudioso, leído y escribido, talentoso, sería natural se retrajera hacia un mundo interior ajeno al acontecer de todos los días, donde discurre el hombre común. Pero Castellani no sólo eludió ese riesgo sino que, por el contrario, miró con interés profundo la vida que pasaba frente a su ventana. Y no se redujo a observarla: participó de ella con calidez, con apasionamiento de protagonista. Así fueron amigos suyos hombres cuya única notoriedad es la que les reportó la mención de sus nombres –reales o embozados– en algunas obras de Castellani. Supo recordar las sentencias de entrecasa del peluquero habitual y valorar la sabiduría que encerraban. Tomó en cuenta las opiniones recogidas en el subterráneo y citó las quejas de la vecina de enfrente.

Escribí por último de Castellani que era la inteligencia de una Argentina posible. Porque el cura, pese a advertir con claridad y crudeza la situación en que se hallaba su país, siempre buscó obstinadamente alguna razón para justificar la esperanza. Una esperanza contra viento y marea, una esperanza desesperada –valga la paradoja– pero, a la vez, una esperanza que ofreciera algún atisbo de viabilidad.

La primera novela que publiqué se llamó Frida y pinto en ella a la Argentina sumida en una crisis terminal, a raíz de la cual el país es rematado en pública subasta. Pero sucede que ese remate tiene un final feliz, para hacer posible el cual concurren la aparición de un conductor providencial, la formulación de una convocatoria poética, el esfuerzo de un pueblo unido y el hallazgo de la mítica Ciudad de los Césares. Pues bien, uno de los primeros ejemplares de esa novela se lo mandé a Castellani, que me lo agradeció con una carta inolvidable (aunque desmesurada) que, en uno de sus párrafos, dice:
Hay muchas cosas admirables, mas la que me impresiona mayormente es que haya sabido llevar en medio de esa zarabanda de fantasías un hilo lógico y un final plausible, aunque imposible por ahora.
Y creo que ese por ahora refleja cabalmente la esperanza desesperada de Castellani, que acabo de mencionar. A la cual también me refiero en el prólogo que vengo citando cuando digo:
Castellani indagó la realidad argentina, desentrañó sus virtudes profundas y, con ese material, contribuyó a edificar una Argentina ideal, pero posible, que ofreció a la esperanza de sus compatriotas. Magnífica tarea, por cierto.

***

Carlitos Ibarguren, un hombre encantador, representante cabal de cierto tipo de argentino en vías de extinción, dividía a los nacionalistas en dos categorías, los catos y los curdos. Catos eran los integrantes de esa estupenda floración intelectual que fueron los Cursos de Cultura Católica. Curdos, en cambio, eran los viejos muchachos, trasnochadores y trompeadores, herederos intuitivos de los Carlés y la La Liga Patriótica. Y decía Carlitos –quien se consideraba curdo, en contraposición a su hermano Federico, Peco, al cual calificaba como cato– que uno de los méritos de Castellani había sido atraer a los curdos hacia la práctica del catolicismo. Atracción que habría tenido por causa la experiencia, para ellos sorprendente, de ver actuar en sus filas a un sacerdote combativo, patriota y sin pelos en la lengua (o en la pluma). Expresión típica de esta singular forma de apostolado fue el caso de Eduardo Muñiz, Nenucho, caricaturista temible “El Fortín” y “La Maroma”, escéptico en materia religiosa, pero que acudía puntualmente a la misa dominical que celebraba el cura en la iglesia del Tránsito a fin de grabar sus homilías.

Me ha parecido oportuno traer también a colación este aspecto de la personalidad de Castellani, que no cabe omitir en una noche de reconocimientos y evocaciones.

***

En 1996, la Secretaría de Cultura de la Nación, a través de la Dirección de Promoción del Libro, tuvo la buena idea de publicar un pequeño folleto titulado Homenaje al Padre Castellani en el XV Aniversario de su fallecimiento. Autor de ese folleto era el cardenal Antonio Quarracino.

Y me ha parecido oportuno traerlo a cuento por varias razones, a saber:

Primera: para añorar el hecho de que una repartición pública rindiera homenaje a Castellani, cosa que parece casi inimaginable en los tiempos que corren.

Segunda: para señalar que el funcionario a cargo de aquella repartición era Manuel Outeda Blanco, impulsor de la iniciativa y factotum de la Exposición del Libro Católico.

Tercero: para darme el gusto de mencionar aquí al autor del opúsculo, el cardenal Quarracino, a quien tanto se debe en lo que se refiere a reivindicar la figura del padre Castellani. Reivindicación que sintetiza el siguiente párrafo del trabajito:
A mí no me cabe la menor duda que siempre fue ortodoxo, cien por cien, y si me apuran un poco, diría que fue tan ortodoxo que en los últimos tiempos padecía de un conservadorismo discutible, de tan ortodoxo que era.

Dice también el cardenal que, en 1937, leyó un poema de Jerónimo del Rey, dedicado a la Virgen de Luján. El cual rastreó luego hasta encontrarlo y reproducirlo en el folleto que nos ocupa.

Y me parece a mí que las últimas dos décimas de aquel poema constituyen el mejor cierre para la presente evocación, vinculada con un aniversario de la muerte del padre Castellani. Dicen así esas estrofas.

Reina del Plata, Señora
del pobre criollo olvidado,
techo que nos ha quedado
contra esta lluvia invasora,
estrellita pa’ la hora
de la tormenta feroz
mirá que te vuelve a vos
mi alma que no desconfía
porque si sos madre mía
sos también Madre de Dios.

Madre de Dios, madre mía
y no quiero saber más
haceme morir en paz
con Dios y con vos María,
al filo de mi agonía
no recordés mis reveses
recordá, en vez, cuantas veces
y ya desde muy gauchito
yo te he rezado el bendito,
la Salve y los cinco dieces.

jueves, 21 de junio de 2018

Actualización Faja de Honor “P. Leonardo Castellani” 2018


30 de JUNIO de 2018
Cierra la recepción de libros editados durante el año 2017
24ª Entrega Faja de Honor
“Padre Leonardo Castellani” - 2018


El Comité Ejecutivo del Libro Católico, anunció que hasta el 30 de junio próximo se podrán presentar libros a fin de participar en el 24ª Entrega Faja de Honor que lleva su nombre, destinada a premiar obras publicadas durante el año 2017 en su primera edición.

Dicha Faja tiene, además, la finalidad de alentar a los autores argentinos cuyas obras merezcan tal aliciente y estimular a quienes continúen con su labor la línea vigorosamente sostenida por el padre Castellani a lo largo de toda su vida, al servicio de la Iglesia y de la Patria.

Deberán presentar cuatro ejemplares por cada título a participar, sin obligación, por parte de los organizadores, de devolver los ejemplares.

El jurado está integrado por el doctor Juan Luis Gallardo, el presbítero doctor José Ignacio Ferro Terrén y el doctor Horacio Sánchez de Loria.

Lugar de Presentación: Las obras deberán ser presentadas personalmente o remitidos por correo postal a nombre de: Faja de Honor “Padre Leonardo Castellani”, Tte. Gral. Juan Domingo Perón 1281, (1038) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el horario de lunes a viernes de 10 a 18 hs.

Informes: (011) 15-4-470-7734; info@librocatolico.com.ar; www.librocatolico.com.ar; @LibroCatolico; www.facebook.com/exposiciondellibro.catolico; y https://exposicionlibrocatolico.blogspot.com.ar.

BASES COMPLETAS EN: https://issuu.com/exlica/docs/bases_certamenes-2018

lunes, 2 de abril de 2018

Faja de Honor P. Castellani 2018

aica.org  |  Especial  |  Libros y Revistas

Homenaje al P. Castellani en el 37º aniversario de su muerte


Viernes 16 Mar 2018 | 11:50 am
Buenos Aires (AICA): El 15 de marzo se cumplieron 37 años de la muerte del escritor y pensador católico P. Leonardo Castellani. Con ese motivo, como lo hace todos los años, el Comité Ejecutivo del Libro Católico dio a conocer las bases del concurso en el que rinde homenaje a su memoria mediante la entrega de la Faja de Honor que lleva su nombre, destinada a premiar obras de primera edición publicadas en 2017. La Faja tiene, además, la finalidad de alentar a autores argentinos “cuyas obras merezcan tal aliciente y estimular a quienes continúen con su labor la línea sostenida por Castellani a lo largo de su vida, al servicio de la Iglesia y de la Patria”.
 
El 15 de marzo se cumplieron 37 años del fallecimiento del escritor y pensador católico padre Leonardo Castellani. Con ese motivo, y como lo hace todos los años, el Comité Ejecutivo del Libro Católico dio a conocer las bases del concurso en el que rinde homenaje a su memoria mediante la entrega de la Faja de Honor que lleva su nombre, destinada a premiar obras de primera edición publicadas durante el año 2017.

Dicha Faja tiene, además, la finalidad de “alentar a los autores argentinos cuyas obras merezcan tal aliciente y estimular a quienes continúen con su labor la línea sostenida por el padre Castellani a lo largo de su vida, al servicio de la Iglesia y de la Patria”, señala la convocatoria.

El jurado está integrado por el doctor Juan Luis Gallardo, el presbítero doctor José Ignacio Ferro Terrén y el doctor Horacio Sánchez de Loria.

Todas las distinciones se darán a conocer en la segunda semana del mes de septiembre del corriente año.

El ámbito para la elección de los trabajos que resulten premiados es amplio y no tiene limitaciones por materia ni forma de trabajos (ensayo, narrativa, teatro, poesía), deberán ser obras editadas en su primera edición y el contenido debe constituir un aporte a la cultura nacional, coincidente con los valores en que se funda la civilización cristiana.

El plazo de presentación vencerá el 30 de junio de 2018. Los autores podrán presentar directamente sus obras en el Hogar de la Empleada o enviarlas por correo a Tte. Gral. Juan Domingo Perón 1281, (1038) Buenos Aires, a nombre de: Faja de Honor “Padre Leonardo Castellani”.

Para conocer en detalle las bases del certamen, puede comunicarse al (011) 15.4470-7734 o escribir a info@librocatolico.com.ar.

Para más información, visitar www.librocatolico.com.ar, en http://exposicionlibrocatolico.blogspot.com.ar o en www.facebook.com/exposiciondellibro.catolico.+

martes, 22 de mayo de 2012

J. L. Gallardo: Palabras en la presentación de la 2ª eidición de "Su Majestad Dulcinea"



PRESENTACIÓN SEGUNDA EDICIÓN DE “SU MAJESTAD DULCINEA” 
EN XIII EXPOSICIÓN DEL LIBRO CATÓLICO - 6 DE SEPTIEMBRE DEL 2001 


 Apenas era yo un adolescente cuando vi, por primera vez, al Padre Leonardo Castellani. Fue en la parroquia de mi pueblo, Pirovano, durante una misa dominical, a la cual asistió el sacerdote como simple feligrés, ya que estaba suspendido por entonces y no podía celebrar.

Se hallaba pasando una temporada en la estancia “Cume Co”, invitado por mi tío Ignacio Pirovano. El cual me informaría, años después, que durante esa temporada Castellani había escrito allí “Su Majestad Dulcinea”. De lo cual dejé constancia en una biografía de mi bisabuelo Pirovano que publiqué más tarde.

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