Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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martes, 24 de enero de 2023

Chesterton


Con perdón de la palabra

[https://www.laprensa.com.ar/525032-Chesterton.note.aspx]

Que yo sepa, el único argentino que vio personalmente a Gilbert K. Chesterton fue el Padre Leonardo Castellani. Ello ocurrió cuando el sacerdote subía por la escalinata central de la Basílica de San Pedro y alguien lo señaló diciendo aproximadamente: "Ese que va ahí es el escritor más importante del pensamiento católico actual''.­

Delante de Castellani ascendía la escalinata un hombre inmenso, de revuelta melena blanca y bigote hirsuto que iba del brazo de una mujer pequeña, que resultaría ser su esposa .­

Y quien informaba a Castellani no se equivocaba pues, casi con seguridad. Gilbert ha sido el más destacado hombre de letras del pensamiento católico contemporáneo.­

No analizaré aquí su obra literaria, pues hacerlo requeriría contar­

con un espacio muy superior al de una escueta nota periodística. Me reduciré a destacar las formidables aventuras del Padre Brown y su eterno rival, el ladrón francés Flambeau. Aunque, desde luego, la obra de Chesterton incluya materias mucho más serias.­

Chesterton amaba su país, Inglaterra, particularmente bajo sus facetas más populares. Sus personajes suelen ser gente del pueblo inglés, amigos de los refranes y bebedores de cerveza. Como Chesterton. Sublima los paisajes británicos, describiendo atardeceres rojizos, bosques sombríos, estrechas callejuelas.­

Y se lo puede considerar el Emperador de la Paradoja.­

Era amigo y enemigo de Bernard Shaw. Amigo porque mantenía con él una relación cordial. Enemigo porque las ideas de uno y otro discrepaban totalmente.­

Un par de anécdotas para cerrar esta nota. Cuando inició su viaje de luna de miel compró un revólver, por si tenía que defender el honor de su mujer.

Segunda anécdota: Chesterton era muy despistado y frecuentemente, se­ veía precisado a enviar un telegrama a su mujer diciendo: "Estoy en tal parte. ¿Dónde debería estar?''.

Lo más frecuente era que su mujer le respondiera por la misma vía: No te preocupes, regresa a casa.­

¡Qué no daría para conseguir que el pensamiento católico de nuestros días contara con una figura del calibre de don Gilbert!­


viernes, 9 de diciembre de 2022

Sobre dos curas detectives

Nos informan que está a la venta el nuevo libro Muerte, escándalo y dos curas: "Las nueve muertes del Padre Metri" del Padre Leonardo Castellani, y "El escándalo del Padre Brown" de Gilbert Keith Chesterton, con prólogo de la Lic. Liliana B. Pinciroli de Caratti.

Para consultas: claudio.clublibrocivico@gmail.com








 

jueves, 6 de octubre de 2022

CASTELLANI Y LEFEBVRE y otros escritos castellanianos


Ave María Purísima

Buenos días, le paso información sobre un libro que acabo de publicar, estoy seguro que será de su interés, esperando pueda difundirlo, desde ya muchas gracias

 

Un cordial saludo en Cristo y María

Flavio Mateos

 

CASTELLANI Y LEFEBVRE y otros escritos castellanianos

264 págs. En papel y Kindle.

https://www.amazon.com/-/es/Flavio-Mateos/dp/B0BD55T3CK/ref=sr_1_3?__mk_es_US=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&keywords=flavio+mateos&qid=1664794790&qu=eyJxc2MiOiIxLjk4IiwicXNhIjoiMC4wMCIsInFzcCI6IjAuMDAifQ%3D%3D&sr=8-3

 

CONTENIDO:

PRÓLOGO

CASTELLANI Y LEFEBVRE

En busca de Castellani. ¿De cuál?

Obediencia

Castellanianos y Lefebvristas

¿Dejamos ir a Lefebvre?

Milenarismo

León Bloy

El arreglo

“Sombras escuálidas”

Castellani, visionario

CASTELLANI Y LOS HETERODOXOS

CASTELLANI Y EL CINE

CASTELLANI Y LOS ESCRITORES

Honoré de Balzac

Dorothy Baker

Charles Baudelaire

Georges Bernanos

Jorge Luis Borges

Ray Bradbury

Horacio Caillet-Bois

Julio Camba

Arturo Capdevila

Gilbert K. Chesterton

Arthur C. Clarke

Paul Claudel

Julio Cortázar

Ruben Darío

Anatole France

Angélica Fuselli

Manuel Gálvez

Julien Green

Graham Greene

Frank Gruber

José Hernández

Rudyard Kipling

Leopoldo Lugones

Alejandro Manzoni

Leopoldo Marechal

Enrique Méndez Calzada

Ricardo Molinari

Manuel Mujica Lainez

Giovanni Papini

Charles Peguy

José María De Pereda

Benito Pérez Galdós

J. B. Priestley

Ricardo Rojas

Domingo Faustino Sarmiento

Dorothy Sayers

Bernard Shaw

Georges Simenon

Alfonsina Storni

Mark Twain

Hugo Wast

Tennesee Williams

P. G. Wodehouse

LA PASIÓN POR LA VERDAD

EL ÚLTIMO LUGAR

CASTELLANI Y LA ARGENTINA

 


martes, 10 de marzo de 2020

A propósito de "La otra Argentina", Ens recuerda a Aníbal D'Angelo Rodríguez

miércoles, 26 de febrero de 2020

El facho, la zurda y las medias tintas





Hace 5 años, a fines de febrero de 2015, murió Aníbal D'Angelo Rodríguez.

Si digo que era mi suegro, estoy hablando de mí, y eso no tiene ninguna importancia.

Pero si digo que fue mi amigo, estoy hablando de él. Porque solamente un tipo grande -con grandeza de grande hombre- tiene a los menos a su altura.

En ese entonces, apareció en esta bitácora un obituario sencillo pero sentido.




Ahora, en medio del recuerdo y el memorial de estos días, vino a parar a mis ojos por casualidad (¿de veras existe?) una nota de Página 12 de hace unos 10 años. Allí, un tal Juan Forn se hacía el gracioso a costa de las gracias de Aníbal.

Y sin querer le hacía un tremendo homenaje.

Qué se le puede hacer: hasta un reloj que no funciona tiene razón dos veces al día.




Con todo y eso, los remito, mis queridos, a la nota de marras, que ya desde el título destila cierta reverencia, tuerta y coja, como le pasa a la izquierda cuando con los dientes apretados no tiene más remedio que reconocer que el humor tiene más de una mano.

Pero como era un tipo de buen humor por inteligente, y en nada era resabiado, a Aníbal le habría divertido que este homenaje que ofrezco hoy esté a cargo de Página 12, claro que sí.




La nota aquella se llamó Facho con chispa y aquí les queda, vale la pena, al final de las cuentas.


En la gráfica de esta entrada, van momentos en la vida de este buen hombre que fue Aníbal, que hizo cosas grandes, silenciosas y duraderas.

Como un libro en el que trabajó hace casi 20 años y que Vórtice y Jauja tuvieron la buena idea de editar en 2019. Son los 90 ensayos del P. Leonardo Castellani en la revista Dinámica Social entre 1951 y 1964. El volumen se llama La otra Argentina y el Prólogo y las notas son de Aníbal D'Angelo.




Las verdaderas guerras son siempre guerras de religión, sostenía Chesterton, otro humorista.

Y como la guerra sigue, y como hay batallas de pensamiento y palabra que dar, Aníbal y su humor nos son necesarios.

Me gustaría desearle que descanse en paz, como se usa decir.

Pero me tienta decir solamente que esté en paz, pero que no descanse, porque todavía falta y él hace falta.




Enlaces a esta entrada

martes, 12 de marzo de 2019

Castellani recordado nuevamente en el diario La Prensa

El recuerdo de un pensador inclasificable

Se cumplió otro aniversario de la muerte del extraordinario padre Leonardo Castellani.

POR CARLOS BUKOVAC

Un 15 de marzo de 1981 fallecía el Padre Leonardo Castellani, para muchos, un verdadero genio intelectual y literario. Nació el mismo año que Borges, en la ciudad de Reconquista; no obstante, pese a su enorme talento, no tuvo la misma suerte que Jorge Luis en cuanto a su fama. Su obra es inmensa y de lo más variada. Hace algunos años, fue escrita una biografía suya de dos tomos por el Dr. Sebastián Randle, un fabuloso libro, pero sólo para fanáticos del jesuita santafesino. Valga entonces este artículo para acercar a los lectores a la figura de este gran argentino.

Como datos biográficos vale repasar que luego de su infancia en el norte santafesino, ingresó como pupilo en el colegio santafesino "La Inmaculada" de los Padres Jesuitas. Fue ordenado sacerdote en Roma en 1930, donde también logró el título de Doctor en Filosofía en la Universidad Gregoriana. En 1935 regresa a la Argentina, llevando a cabo una enorme actividad intelectual. 

Su dolorosa vida fue sobrellevada bajo el signo constante de la incomprensión. Nunca rehuyó la polémica, pero le hizo mucho daño la mediocridad que lo rodeaba. En 1946 se le pide que abandone la Compañía de Jesús, a lo que se niega. Al poco tiempo se le ordena que se recluya en Manresa, España, comenzando a quebrarse su salud. Acusado falsamente ante el Papa Pío XII, en 1949 es expulsado de la Compañía y se le impide todo ministerio sacerdotal. A partir de allí, quedaría en la miseria, logrando sobrevivir gracias a algunos pocos amigos y a su brillante labor como escritor y conferencista.

Luego de muchos años en los que a lo largo de sus libros describiría de variadas formas autorreferenciales su doloroso caso, en 1966 se arregló definitivamente su situación canónica absurda e injusta. Sus últimos años los pasaría más recluido que nunca en su departamento del barrio de Constitución, ámbito que describen con claridad Pablo Hernández y Rodolfo Braceli en sendos reportajes que le harían, un tiempito antes de su muerte.

En cuanto a su obra, se ha dicho que Castellani era inclasificable o, también, de género único. Su tema principal fue la teología (y dentro de ella la esjatología: "Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de fe"), pero también brilló como crítico literario, periodista, poeta, cuentista y novelista. Pero acaso lo que mejor lo defina sea su especial sentido del humor, sumamente irónico y capaz de mecharlo en cualquier tema del que estuviera escribiendo o disertando, inclusive el Fin de los Tiempos. Quizás sea ese uno de los aspectos que más lo emparentaba con el inglés Chesterton. Como muestra, basta un botón, permitiéndonos recomendar el fabuloso "Credo del incrédulo".

LA IDEOLOGIA

En relación a su filiación ideológica, también es absolutamente imposible de etiquetar. Dentro de la Iglesia, imposible catalogarlo como progresista. Su ortodoxia y su profundo amor por la Verdad descartan de plano esa posibilidad. Ahora bien, menos posible aún es identificarlo como conservador, seguramente por sus disputas con la jerarquía que lo llevaron a una de sus grandes luchas: su combate contra el fariseísmo católico. Son célebres sus quejas por un catolicismo amanerado o mistongo y sus cartas a sus superiores y obispos.

Vale citar una al Nuncio Apostólico de aquél entonces en la que le reclamaba: "No pedimos a S.E. que salve a la Nación Argentina, déjenosla nomás; le pedimos que cumpla el mínimum mínimo de su deber. No pedimos a los Obispos que sean todos varones santos; les pedimos solamente que parezcan varones. No pedimos a los Curiales que tengan la santidad; les pedimos que perciban y no persigan la santidad. No pedimos a lo sacerdotes que crean en el Evangelio; les pedimos solamente que enseñen el Evangelio: todo el Evangelio".

Por otra parte, en lo político, también es sumamente difícil ubicarlo. En efecto, mal puede afirmarse que haya sido de izquierda, recordando su ortodoxia. Es cierto, en el contexto de su expulsión, en el que se ganaba la vida dando conferencias, frecuentó a varios intelectuales de izquierda con los que entabló una cordial relación. Ejemplo de ello es el interesante Los zurdos y Castellani (Pablo Hernández). No obstante, a pesar de esa cordial relación, ninguno logró convencerlo de que apostatara. Al respecto, es célebre su respuesta a Leónidas Barletta: "Tengo fe en Cristo y en la Iglesia por El fundada, que creo indestructible".

Y bien, ¿era entonces Castellani de derecha? ¿Era el típico nacionalista católico? Es verdad, suele ser un autor especialmente leído por los nacionalistas. No obstante, luego del paso en falso de su candidatura a Diputando Nacional en 1946 por la Alianza Libertadora Nacionalista, su relación con ellos fue por demás de compleja debido a los tan conocidos vicios que los caracterizaron a lo largo de su vida política. Ahora bien, que no se sintiera cómodo entre los nacionalistas y que los criticara con su habitual sarcasmo, no significa que su labor intelectual no haya estado impregnada de un profundo patriotismo. Vinculado con lo anterior, el politólogo Marcelo Gullo se atreve a realizar un parangón entre la figura de Borges, como paradigma del intelectual "cipayo" y el Padre Castellani, como un pensador verdaderamente nacional.

EL CASO BORGES

Aquí es por demás de interesante dedicarle una mención especial a la relación con Borges. En su faceta de crítico literario, Castellani le dedicó unos cuantos conceptos, algunos elogiosos y otros, bastante ácidos, entre los que vale mencionar la "agorafobia" de la que lo acusaba y su calidad de "blasfemo tímido". Por otra parte, ambos, Castellani y Borges, compartieron junto a Ernesto Sábato y Horacio Ratti, el famoso almuerzo en la Casa Rosada con el presidente Videla. Lo cierto es que, luego del almuerzo, tanto Borges como Sábato destinaron elogiosos comentarios hacia Videla, en tanto que Castellani fue el único que se atrevió a interceder por el paradero de Haroldo Conti, ante el desesperado pedido de su pareja.

Para ir finalizando, vale destacar que no son pocos los que opinan que el Padre Castellani fue una especie de Profeta. En tal sentido, no está de más citarlo en el prólogo a uno de sus mejores libros (Su Majestad Dulcinea): "Hay que saber que el que escribe un libro de estos no escribe lo que quiere sino lo que le sale de la cabeza; la cual a veces parece como conectada con una voluntad imperiosa, que no es la propia."

Llegado este punto, si bien su obra es relativamente conocida, considerando lo enorme de su talento, podemos preguntarnos, al igual que Rodolfo Braceli: "¿Cómo es posible que Castellani continúe siendo casi desconocido en la Argentina?" Quizás en parte debido a la acción de quién le había comprado los derechos sobre su obra a la heredera, para vendérselos luego a un grupo de españoles, impidiendo que se editen aquí y costando una enormidad los editados en la Península.

Pero quizás también, citando a su biógrafo, por aquello de que nadie es profeta en su tierra; pareciera que los argentinos sufrimos de un mal por el cual sólo apreciamos algo argentino si antes resulta alabado por extranjeros (el Martín Fierro, el tango y el mismo Borges son ejemplo de ello).

Quizás, ahora que el lúcido y valiente español Juan Manuel de Prada anda aprovechando cuanta ocasión sea para difundir y alabar su obra, quizás, sea hora de que el Padre Castellani sea reconocido como lo que realmente fue, uno de los más grandes pensadores que ha dado la "Argentada Tierra".

jueves, 21 de febrero de 2019

Cartas de Leonardo Castellani a Donald A. Yates (revista Criterio)

Cartas de Leonardo Castellani a Donald A. Yates

 
Cartas de Leonardo Castellani a Donald A. Yates 
 
El reciente fallecimiento del Dr. Donald A. Yates, profesor emérito en Michigan State University (donde tuvo como maestro a Enrique Anderson Imbert, quien apadrinó su tesis doctoral titulada “The Argentine Detective Story”, 1960) y admirador y promotor de la literatura argentina, me llevó a revisar la correspondencia que mantuve con él durante más de treinta años. Fue una relación que se inició cuando a propósito de un ensayo que yo escribía sobre Cornell Woolrich él me hizo llegar una fotografía del recluido escritor norteamericano, la que ilustró la publicación.
Junto a James Irby, Yates fue uno de los primeros traductores al inglés de la obra de Jorge Luis Borges mediante la antología titulada Labyrinths (1962),que se ha convertido en un clásico para los anglosajones que quieran empezar a conocer la obra de nuestro máximo autor. Tras sucesivos viajes a Buenos Aires, Yates se relacionó con Borges, Rodolfo Walsh (de quien no sólo fue amigo y traductor sino también socio en una aventura editorial bilingüe y fallida), Adolfo Pérez Zelaschi, Marco Denevi, Adolfo Bioy Casares, Manuel Peyrou y Leonardo Castellani, entre otros. Tradujo obras de todos ellos como las novelas Rosaura a las diez, de Denevi, El estruendo de las rosas, de Manuel Peyrou, y Diario de la guerra del cerdo, de Bioy Casares, como asimismo numerosas narraciones breves que colocaba en los pulps norteamericanos.
En el examen del material que, durante tantos años, Donald me proveyó, di con cartas que el padre Leonardo Castellani le escribió a propósito de su actividad como escritor de relatos detectivescos o de misterio (Las muertes del padre Metro [1942], Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas [1944], El enigma del fantasma en coche [1958] y El crimen de Ducadelia [1959]). Habiendo recibido en su momento la autorización para disponer de esos documentos, veo ahora la oportunidad de hacerlo como evocación y homenaje a ambos hombres de letras.
Se trata de una serie de diez textos fechados entre 1959 y 1964. Relacionados con la literatura en general y con el subgénero policial en particular, hay también información personal que interesará a algún futuro biógrafo de aquel rebelde jesuita que dejó una obra descomunal que aún espera justicia.
De los relatos policiales escritos por Castellani, muy especialmente los que tienen como protagonista al padre Metri, se ha repetido que derivan de los de Gilbert Keith Chesterton, de su famoso eclesiástico y detective Padre Brown. Pero quienes examinen las piezas de nuestro escritor admitirán que la obra de Chesterton fue, en todo caso, inspiradora, y no modelo de imitación. Por de pronto, el padre Metri es un carácter esencialmente nuestro por lo que hace y, muy especialmente, por lo que dice: sus palabras revelan una tipología esencialmente vernácula, para no hablar de la prosa narrativa, tan distinta de la del escriba británico; la de Castellani es transgresora, extraña, distinta, sugeridora y plenamente eficaz.
El primer documento está fechado el 17 de agosto de 1959, y ya el párrafo inicial nos muestra a un Castellani audaz que se anima a tratar de escribir en inglés, lengua que no domina, lo que, al final, admite: “I’am not a good hand at writing or speaking English, though I can read it, even Shakespeare or Poe”. Inmediatamente se ufana de haber estado entre los iniciadores del género policial en la Argentina, junto a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares creadores de los paródicos Seis problemas para don Isidro Parodi, publicados en 1942, el mismo año en que apareció Las 9 muertes del Padre Metri; especifica, sin embargo, que ya en 1940 Abel Mateo había publicado Con la guadaña al hombro, y Adolfo Pérez Zelaschi algún cuento policial.
A la pregunta de Yates de si podía de alguna manera vincular la suerte del género policial en la Argentina con el surgimiento y la caída del régimen peronista, Castellani, sin ofrecer una respuesta clara a la cuestión, conjetura:“(…) Creo que la causa principal del auge del género entre nosotros se debe al influjo creciente de la literatura de lengua inglesa sobre los escritores argentinos…”.
Más adelante, y como otras veces, ignora la grandeza de la escritura borgesiana, y a la pregunta de quiénes han sido los principales cultivadores del género, dice: “J. L. Borges is reputed to have been the first and the best, although his production is exiguous; notwithstanding, I prefer Rudolph Walsh to him; perhaps I am blased (sic); Borges to me is too sophisticated, artificial and mischievous enough” .
En cuanto a sí mismo, enfatiza que no es un cultor del género y que, en realidad, él se dedica a la filosofía y a la teología. “Hice esos libros por diversión y por (I’m ashamed) ganar dinero; y no lo gané”. En consonancia con esta afirmación, en la carta fechada 13 de agosto de 1960, escribe: “Le envío hoy por correo simple un ejemplar de El Evangelio de Jesucristo, mi penúltimo libro, un libro religioso: EL PRIMER LIBRO RELIGIOSO DE LA LITERATURA ARGENTINA, believe it or not.
Mi intención o deseo es que Ud. lo ofreciera a algún editor católico estadounidense para su traducción –si le fuera a Ud. posible. Conozco un libro religioso uruguayo, Historia de María la Virgen Madre de Agustina Schroeder, editado en New York con mucho éxito. Y eso me ha tentado hoy.
Para mí si esto saliera sería una cosa de fairy land o fairy-dreams –en todos sentidos, incluso económico. Estoy desde hace años al borde de la miseria –sin caer en ella, sin embargo”.

Consciente de su estilo anómalo y de la complejidad de la materia, concluye: “El libro es un poco difícil de traducir, pero no imposible”.

El 23 de septiembre de 1959,tras informar que estuvo enfermo, le solicita novelas religiosas de Robert Hugh Benson (1871-1914) que él no pudo hallar en Londres cuando viajó en 1956: The Dawn of All, None Other God, A Winnowing y The Tragedy of the Queen, termina señalando que “Es un autor que no ha tenido mucha suerte. Su lectura nutrió mi religiosidad en mi adolescencia”. Tras recibir de Yates tres de las obras solicitadas, el 13 de diciembre, también de 1959, le comenta que, ahora, algunas de esas novelas le parecen “flojas, e incluso algo pueriles –o cándidas al menos; pero las leí en mi adolescencia (que fue tardía, y se prolongó mucho tiempo) aprendiendo en ellas a la vez inglés y religión”. La carta del 13 de septiembre de 1963 suma a lo bibliográfico cuestiones personales de interés: “Estimado Dr Yates: Me alegró mucho su envío del 10 Sept. con su carta en perfecto castellano: ha gastado Ud. como 200$ argentinos para que me llegara pronto. Justamente ese libro de A. A. Fair no lo tenía: debe ser el último. En cambio, el que le pedí You can die laughing lo he conseguido aquí en estos días por una casualidad. Lo que me dice, que le ha ido bien en mi país, me ha dado gran satisfacción. Dios sabe que estaba dispuesto a ayudarlo en todo cuanto pudiera; pero también Dios sabe que puedo poco. Soy un hombre “isolated” aunque no “lonely”. “Ermitaño urbano” me dicen aquí; o sea “urban hermit”.
Le enviaré una lista pequeña de libros que me convienen, ya que es Ud. tan generoso. Mis estudios se han dirigido hacia la exégesis de la Biblia, después de haber ejercido un tiempo de crítico literario y de periodista –lo cual significa ensayista, cuentista y versificador, si no poeta. Me acusan de haber dispersado mis facultades, pero no es verdad del todo pues siempre estudié exégesis. Hay tres libros míos en prensa, Comentario al Apokalipsis, Los misterios del Rosario y Leopoldo Lugones, que le enviaré cuando salgan a luz”.

Termina afirmando que los libros de Erle Stanley Gardner le hicieron “apreciar, admirar y amar a esa gran nación del Norte (…)”.
El 21 de febrero de 1964 comunica que acaba de terminar, “con mucha facilidad una larga novela JUAN XXIII, PAPA, que estoy ahora copiando a máquina. Tiene el mismo tema que la de Rolfe HADRIAN VI (sic); la cual no he leído, pero conozco el argumento por el breve resumen que trae la biografía del ‘Barón Corvo’, de A. J. A. Symons”. Unos meses después, el 19 de junio, ante la anunciada visita del profesor Yates a Buenos Aires, le solicita, precisamente, un ejemplar de la novela Hadrian the Seventh, del excéntrico Frederick William Rolfe.
La penúltima carta, fechada el 28 de abril de 1964, contiene alguna apreciación sobre su vínculo con el género inventado por Poe, y algunas resoluciones personales. Resulta también una muestra de su escritura arbitraria, de rara sintaxis. Una vez más, en el post scriptum expresa su admiración por A. A. Fair y Erle Stanley Gardner (1889-1970), ignorando que Gardner, el creador de Perry Mason, y A. A. Fair son la misma persona, que el último fue el pseudónimo ideado por Gardner para las historias más o menos cómicas protagonizadas por Bertha Cool y Donald Lam.

Muy apreciado Dr. Yates:
Recibí los dos libros de A. A. Fair, The bigger they come y Shills can’t cash chips que tuvo la bondad de enviarme. Dispénseme mi demora en agradecérselos. Son para mí un “regalo” en los dos sentidos de la palabra, meaning also NICETY or DELIGHT. Y me concedo leer un A. A. Fair como premio cuando he trabajado bien; y anoche leí uno de ellos por haber acabado de copiar mi novelón que tiene 340 páginas a máquina.
Sólo puedo agradecérselo enviándole mis dos últimos libros Lugones y Cuatro cuentos en verso, cuando aparezcan: el editor dice ‘pronto’; pero el ‘pronto’ de los editores es inseguro. Sólo puedo decirle que cuando aparezcan se los enviaré.
Creo no escribiré más novelas. He terminado mi trilogía cervantina, Sancho, Dulcinea y Quijote. Quizá no escriba más libros: no siento ahora ninguno más dentro de mí. O quizás escriba algún otro, at that si me sopla la Musa, como dicen los españoles. Mis obligaciones como sacerdote son muy ligeras, y me dejan plenty of time. Leo mucho, estudio lenguas y teología.
Espero se encuentre Ud. bien, en compañía de su esposa y los cuatro chicos; y así lo pido a Dios. Yo estoy mejor de salud: para mi edad, bien.
Soy suyo sinceramente.
L. Castellani
Caseros 796. Bs. As. 27-2500

P.S. –Creo que tengo ya todos los A. A. Fair y casi todos los de Stanley Gardner –que son muchos; y se pueden volver a leer, pasado un tiempo, los mejores.

Por la época en que Castellani escribía sus historias de crimen y misterio, otro clérigo, el Reverendo Ronald Knox (1888-1957), inglés, católico converso, repartía también su intelecto y su tiempo entre la escritura de obras detectivescas y la teología; lo hizo hasta que su obispo, refiriéndose a las novelas de intriga, le pidió que pusiera fin a esa actividad “indigna”. Castellani siempre ignoró las amonestaciones recibidas por su trabajo literario. En algún momento, no obstante, abandonó la escritura de textos de enigma para concentrarse en la tarea de detective del alma, buscando acaso el Gran Misterio que subyace bajo el misterio, como escribe William David Spencer en su Mysterium and Mystery (1992), aludiendo a la ficción criminal escrita por clérigos. El resultado de tal propósito aparece disperso en reveladoras páginas de su informe obra, intensa y plural.

jueves, 15 de noviembre de 2018

¿Por qué leer a Leonardo Castellani en un colegio?



¿POR QUÉ LEER A LEONARDO CASTELLANI EN FASTA?

Dijo alguna vez el beato Federico Ozanam: “No tenemos dos vidas, una para buscar la verdad y otra para practicarla”.  De modo análogo digamos ahora: no tenemos dos vidas, una para conocer que tal autor es un maestro, y otra para leerlo. Hay que leerlo ya, en esta vida, no en la vida siguiente (donde ya no hay libros). Con mayor razón al enterarnos que el autor, testigo y maestro que nos ocupa ahora, el Padre Leonardo Castellani, escribió tanta cantidad, con tanta calidad y sobre tantos diversos temas, con el único afán de extender el Reino de Dios entre los habitantes de este suelo, y entre los ciudadanos de la Iglesia.

Les quiero proponer a continuación algunos motivos que, a mi criterio, debemos considerar para responder a la pregunta del título de este artículo. Por cierto se imaginarán que deben ser muchos y variados, por lo cual seleccioné siete, que es un número bien redondo en la tradición cristiana.

La primera razón que se nos ocurre para leer al P. Castellani en FASTA es que con sus escritos, partiendo desde su amor a Cristo y su Iglesia (o sea, a nosotros), buscó sin descanso propagar la Fe cristiana y católica en las inteligencias, para desde allí iluminar los corazones con la luz verdadera, mejor aún, encenderlos con el fuego de lo alto. Porque realmente leer a Castellani nos ilumina con las mejores luces, y nos hace arder con el mejor fuego. Leerlo nos desborda con ideas auténticas, luminosas, trascendentes, que nos dejan, como me dijo un joven hace pocos días refiriéndose a estas jornadas de TyM, “con sed de más”. Y, por ende, con ganas de evangelizar mejor. Siendo que FASTA ha elegido deliberadamente la pastoral de las inteligencias, no hace falta dar más vueltas para decir porqué debemos leer a Castellani en la Ciudad Miliciana. Sus enseñanzas son enteramente oportunas, saludables y abundantes en orden a la Nueva Evangelización.

Agreguemos que su testimonio siempre lo formuló según nuestra forma criolla de expresarnos, incluso convirtiendo nuestros modismos y costumbres en algo universal, es decir, católico, es decir, apto para cualquiera en cualquier parte y en cualquier tiempo. Encontramos entonces el segundo motivo que se nos ocurre resaltar para decir por qué hay que leer a Castellani en FASTA: su fidelidad a nuestras tradiciones, su facilidad para hablar “en criollo”. Así lo remarcó una vez el P. Fosbery: “A Castellani no se le ocurre nada que no venga de abajo, como expresión de su tierra bien amada, a la que conoce y ama desde su niñez; o de arriba, como manifestación del misterio de Dios, al que sirve desde su fe. Encontrar las cosas con Dios y encontrar las cosas desde Dios. He allí su ocurrencia. Y esto dicho con la originalidad de una expresión que quiebra todas las reglas de la preceptiva literaria, por dos razones: una, porque habla con el lenguaje propio de la cultura criolla; otra, porque incorpora una fina ironía, que le permite adentrarse con su juicio hasta tocar la entraña misma de las cosas” [1].

Aparece en las palabras de nuestro Fundador el tercer motivo por el cual debiéramos nosotros leer a Castellani: el uso filoso y docente que hace de la ironía, de un humor tan de nuestra tierra que —a diferencia del humor chestertoniano que nos hace esbozar una sonrisa cómplice con alguna aparición inesperada— nos hace estallar en risa franca —y también cómplice— cuando brota impulsiva e imparable. Y de modo recurrente. En efecto, Castellani sería fino, como dice el P. Fosbery, pero no precisamente sutil con sus ocurrencias. Eran verdaderos rebencazos, pero dados con amor, con alegría, sin disimulos, como esos golpes en la espalda que dan los amigos, y que dejaban sin respuesta a su ocasional destinatario, es decir, dirigidos por caridad, no para herir sino para sanar, para enmendar. En suma, para que el otro se despierte. O más bien, para despertarnos a nosotros. Ese humor castellaniano, del que nunca se dirá bastante, contrastaba con su sobria personalidad, según nos enteramos por quienes tuvieron la gracia de conocerlo personalmente. Por ello uno va preguntándose, a medida que avanza en la lectura de sus escritos, ¿con qué humorada se saldrá ahora el Padre? Aunque eso sería quedarse en la superficie. Porque el humor era uno de sus recursos, pero no el único (sus neologismos eran otro, por ejemplo), aunque sí el que se podía encontrar en todos los demás: en la poesía, la fábula, el cuento, la novela, el teatro, el ensayo, la exégesis, la filosofía, la teología, y sigue la lista. Demos un ejemplo. Cuando escribía acerca de las relaciones entre inteligencia, virtud y gobierno —grandísimo tema moral—, decía que “no se puede responder útilmente sin hacer una cantidad de distinciones, o sea, sin filosofar”. Y para explicarlo tomó por el lado del “ser tonto”, valiéndose de una comedia de Tirso de Molina [2], detallando que “hay que empezar por explicar qué se entiende por tonto (…) todos somos tontos en algún grado o minuto (…) Si damos a «tonto» el significado de cortedad de ingenio, es decir, pocos alcances naturales, mente poco amueblada, de reducido campo lumínico, salen inmediatamente las siguientes caracterológicas: tonto = ignorante; simple = tonto que se sabe tonto; necio = tonto que no se sabe tonto; fatuo= tonto que no se sabe tonto y quiere gobernar encima (o hacer-que-gobierna a otros). Esta última variedad es la tremenda, mientras las dos primeras no son malas, y hasta con ciertas condiciones fueron amadas por Cristo, el cual dijo «Alábote, Padre del cielo, que escondiste este saber a los sabios y lo descubriste a los simplezuelos». Ha habido santos simples, como san Simeón el Simple, san Pedro Claver, san Sansón el Loco, el Cura de Ars, san José de Cupertino, y los regocijantes Fray Junípero y Fray Gil, compañeros de san Francisco, y patronos de todos los giles cristianos del universo” [3].
 En FASTA somos proclives al buen humor, a la alegría, y a la fina ironía (algunos tendrían que mejorar lo de “fina”), y Castellani es maestro en eso también.

Queremos mencionar un cuarto punto a tener en cuenta. Su carácter profético y sin filtros —que llevó a Octavio Sequeiros a designarlo como “el profeta incómodo”— se percibe nítidamente en su amor a la Patria, y por razón de los dolores que le causaban sus males. Probablemente fue él quien mejor supo leer la historia patria y el ser argentino desde la fe. Eso al menos hasta que apareció nuestro P. Fosbery (y no pretendo ser obsecuente con esto, ya que como bípedo me resulta incómodo arrastrarme). En verdad, todo fiel creyente que ama su Patria tiene en Castellani su arquetipo, quiero decir, el modelo de creyente patriota y de lector lúcido de la historia. Hace un año en este mismo lugar, cuando reflexionábamos sobre Gilbert Keith Chesterton, hacíamos el inevitable paralelismo que se da comúnmente entre el gran apologista inglés y nuestro gran apologista criollo, con la ventaja que tenía Castellani de haber leído a Chesterton (a quien rotulaba como “el rey del sentido común”). Haciendo un imaginario camino inverso, con Chesterton reflexionando sobre Castellani, y aprovechando un momento en que el genial inglés despotricaba contra el ruidoso e infértil amor a su nación que profesaban en su tiempo los “patrioteros”, podríamos vislumbrar entre líneas a Castellani: “¿Por qué no hay un patriotismo noble, central, intelectual, un patriotismo de la cabeza y el corazón, y no simplemente de los puños y las botas? (…) Recalamos en cosas frívolas y burdas para nuestro patriotismo por una simple razón: somos el único pueblo del mundo al que no se le enseña en la infancia su propia literatura y su propia historia” [4]. En síntesis, descontamos que el amor a la Patria en FASTA es amor prioritario, como primer amor al prójimo. Y encontramos en nuestro maestro un guía firme y seguro, de alguien que ama a su Patria porque la conoció desde “sus entrañas”, como leímos recién en el P. Fosbery.

El problema es que Castellani, a nuestro modesto entender, es una suerte de botín de guerra entre los patriotas verdaderos, creyentes o no, y los patriotas desesperanzados (“patrioteros”), que no ven nada bien y ven todo mal (menos a ellos mismos). Por tanto encontramos en esto el quinto motivo —que tal vez suene polémico a algunos— para leer a Castellani “a toda furia” (como el mismo decía que leía a santo Tomás, casi a escondidas en el seminario jesuita, donde la formación era más bien suareciana). Esto es, para “sustraerlo” de quienes profesan un amor sin esperanza a la Patria, como si Castellani fuera sólo de ellos, tal vez por el carácter polemista del gran sacerdote. Se trata entonces, según veo, de rescatar en FASTA a Castellani y su obra para la Patria. O digamos mejor que Castellani es de y para todos, no sólo para quienes ven todo mal. Y esto que digo de la Patria aplica también a la Iglesia (pues muchos de esos eternos quejosos ven todo mal también en la Iglesia).

Se nos ocurre un sexto motivo más para leer a Castellani en FASTA. Cuando no escribía sobre las cosas que se le ocurrían por obra de su propio genio, gustaba comentar los escritos perennes de los más grandes autores: Aristóteles, san Agustín, santo Tomás…, pero a la vez expresaba que “los libros duran más que los hombres, pero no son, propiamente hablando, eternos. Arrebatados por la corriente ineluctable del tiempo, que en nuestros días parece precipitarse más vertiginosamente, los libros también pasan. Aunque cuando son grandes, no pasan nunca del todo” [5]. Ciertamente él no veía sus libros entre esas grandes obras a los que hacía referencia, pero ¡cómo se preocupó para que esas grandes obras de la historia sean conocidas y leídas, habiendo sido leídas primero por él!  El padre Alberto Ezcurra comentaba que en cierta oportunidad, cuando aún era seminarista, vio en una misa al célebre padre Castellani, y luego de pedirle su bendición le pidió un consejo, a lo cual el gran sacerdote se limitó a responderle: “No hay tiempo, lea los clásicos” [6].  Nosotros creemos que algunos libros suyos (no podemos decir todos, para no caer en Castellanilatría), perfectamente pueden quedar como obras clásicas, porque sus enseñanzas —de base doctrinal consistente— son de alcance universal o, al menos, enteramente saludables para Hispanoamérica (donde se entroniza cada bodrio…), o mínimamente en Argentina, donde pocos lo recuerdan, incluso donde se lo ningunea desde la “policía cultural oficial”, gramsciana y laicista, abulonada en la educación y la crítica literaria, que nos repite ad nauseam lo que debemos leer y aplaudir, so pena de ser tildados de jurásicos, retrógrados, y de toda sarta de insultos que a nosotros en realidad nos suenan a distinciones, siendo que vienen de ellos. Consideremos como parámetro que Argentina tiene muchos y muy buenos maestros, y todos ellos lo tienen unánimemente a Castellani como su maestro. El Padre Leonardo es en verdad maestro de maestros. He aquí otra razón para leer a nuestro autor en FASTA: si todos aquellos de quienes gustosamente leemos sus obras lo tienen como el más destacado de sus referentes ¿cómo no lo vamos a tener nosotros por tal?

Como séptimo y último motivo para leer al P. Castellani —y a mi criterio el principal—, es que él, agudo filósofo y profundo teólogo, brilló por su tarea exegética. Acá algunos fruncen el ceño, pero esto es porque se detienen en que a veces Castellani proponía como posibilidad, cuando no había definición dogmática, opiniones algo arriesgadas o, como decía ese gran exégeta que es el P. Barriola, “algo extravagantes”. Sin embargo nosotros hacemos referencia a su ortodoxia a prueba de balas (es decir, con sólida base en la Tradición y en el Magisterio), cuando nos enseña acerca de las Escrituras. Sobre todo por ese don que le venía de lo alto unido a su talento natural, para aplicar el Evangelio a su realidad —a la de su tiempo—, lo que es perfectamente extensible a nuestro aquí y hoy (y por eso hablamos de su carácter profético). Leer el Evangelio en particular y la Sagrada Escritura en general explicada por Castellani es motivo de crecimiento en la fe, a la vez que de regocijo literario. Por ejemplo, yo leí por primera vez en Castellani comentando la Navidad de Jesucristo, y no lo vi escrito en  ningún otro, algo tan elemental y profundo como esto: “Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacernos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enternece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es el misterio. El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aunque hubiese nacido en el Palatino [7], en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante Él, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y verdad; ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los misterios de la Fe. Bueno es que los niños se enternezcan ante las pajas del pesebre y la mula y el buey, que los poetas canten (…) y que los predicadores derramen lágrimas sobre la pobreza del Verbo Encarnado; pero los adultos han de hacerse capaces de la grandeza del misterio y han de espantarse no tanto de que Dios sea un niño pobre, sino simplemente de que sea un Niño” [8].
Leer la Escritura según la Iglesia y su Magisterio es deber primario en FASTA. Y Castellani es un destacado maestro en este fundamental asunto. Si  a esto lo coronamos con todo lo que nos viene regalando nuestro Fundador últimamente en cuanto a conocimiento e interpretación católica de la Sagrada Escritura, tenemos para divertirnos  y para aprender por el resto de nuestra vida.

Sin embargo, con todo lo ya dicho, conviene remarcar que Castellani no se pavoneaba por sus escritos y, no obstante su sencillez y aprecio más bien moderado por su obra, sabía que lo suyo hacía bien, o al menos era lo que pretendía. Él, que obviamente se sabía escritor, no buscaba ni el reconocimiento ni la fama, sólo quería poner por escrito la riqueza de su inteligencia empapada hasta la raíz por la fe —y que le pagaran lo que le correspondía para poder vivir, porque no comía vidrio—. Y para eso tal vez tenía que poner su dedo en medio del ojo de algunos a quienes se los suele tener por maestros: “vamos a ver a quién le toca hoy recibir palos”, decía en sus conferencias. Y así caían bajo sus mandoblazos literarios repletos de filosofía y teología bien integradas, las más reconocidas figuras agigantadas por el intelectualismo modernista, sino directamente por la plebe o el snobismo periodístico y farandulero: desde Voltaire hasta Kant, de James Joyce a Víctor Hugo, de Borges a Bioy Casares. En efecto, no dudaba en dejar al desnudo sus huecos intelectuales, descubriendo sus pobrezas (no las literarias, sino en todo lo que se refiera la Verdad que es Dios), todo lo cual lo resumió en su magistral “credo de los incrédulos”:

Creo en la Nada Todoproductora, d’onde salieron el cielo y la tierra.
Y en el Homo Sapiens, su único Rey y Señor,
que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de la Santa Materia,
bregó bajo el negror de la Edad Media.
Fue inquisicionado, muerto, achicharrado,
cayó en la miseria,
inventó la Ciencia,
y ha llegado a la Era de la Democracia y la Inteligencia.
Y, desde allí, va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el Libre Pensamiento,
la Civilización de la Máquina,
la Confraternidad Humana,
la Inexistencia del pecado,
el Progreso Inevitable,
la Putrefacción de la Carne
y la Vida Confortable. Amén.

Y vamos cerrando, ayudado por otro. En una entrevista muy reciente al reconocido escritor y crítico literario español Juan Manuel de Prada, quien “resucitó” en España la obra de Leonardo Castellani, se le preguntó: “¿Qué le dice Castellani a los católicos del mundo secularizado de hoy?” A lo que el citado respondió —y creo yo es una síntesis perfecta de lo que venimos a proponer acá— lo siguiente:

Les hubiera llamado católicos «mistongos», católicos blanditos, fofos, que pretenden servir a dos amos. Habría sido bastante áspero, pero también divertido. Hubiera sido un látigo extraordinario para nuestras conciencias, y nos hubiera hecho muy bien. Pero creo que lo importante de un escritor al final son sus libros, y en eso creo que Castellani nos ha dejado libros maravillosos que tenemos que leerlos.

¡A tus órdenes!
Mil. Lic. Juan Carlos Bilyk


[1] L. Castellani; Camperas, del prefacio, ediciones Vórtice, 1992
[2] “¿Es mejor un rey tonto que un rey malo?”
[3] L. Castellani; Las ideas de mi tío el cura, ediciones Excalibur, 1984, págs. 25-26
[4] G. K. Chesterton; La cosa y otros artículos de fe; Espuela de Plata, 2010, págs. 126-127
[5] L. Castellani, San Agustín y nosotros, ediciones Jauja, 2000, pág. 32
[6] Alberto Ezcurra; la espiritualidad del laico;  Kyrios ediciones, 1994, pág. 75
[7] Palacio del emperador
[8] L. Castellani; El Evangelio de Jesucristo; editorial Vórtice; 1997