Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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jueves, 15 de noviembre de 2018

¿Por qué leer a Leonardo Castellani en un colegio?



¿POR QUÉ LEER A LEONARDO CASTELLANI EN FASTA?

Dijo alguna vez el beato Federico Ozanam: “No tenemos dos vidas, una para buscar la verdad y otra para practicarla”.  De modo análogo digamos ahora: no tenemos dos vidas, una para conocer que tal autor es un maestro, y otra para leerlo. Hay que leerlo ya, en esta vida, no en la vida siguiente (donde ya no hay libros). Con mayor razón al enterarnos que el autor, testigo y maestro que nos ocupa ahora, el Padre Leonardo Castellani, escribió tanta cantidad, con tanta calidad y sobre tantos diversos temas, con el único afán de extender el Reino de Dios entre los habitantes de este suelo, y entre los ciudadanos de la Iglesia.

Les quiero proponer a continuación algunos motivos que, a mi criterio, debemos considerar para responder a la pregunta del título de este artículo. Por cierto se imaginarán que deben ser muchos y variados, por lo cual seleccioné siete, que es un número bien redondo en la tradición cristiana.

La primera razón que se nos ocurre para leer al P. Castellani en FASTA es que con sus escritos, partiendo desde su amor a Cristo y su Iglesia (o sea, a nosotros), buscó sin descanso propagar la Fe cristiana y católica en las inteligencias, para desde allí iluminar los corazones con la luz verdadera, mejor aún, encenderlos con el fuego de lo alto. Porque realmente leer a Castellani nos ilumina con las mejores luces, y nos hace arder con el mejor fuego. Leerlo nos desborda con ideas auténticas, luminosas, trascendentes, que nos dejan, como me dijo un joven hace pocos días refiriéndose a estas jornadas de TyM, “con sed de más”. Y, por ende, con ganas de evangelizar mejor. Siendo que FASTA ha elegido deliberadamente la pastoral de las inteligencias, no hace falta dar más vueltas para decir porqué debemos leer a Castellani en la Ciudad Miliciana. Sus enseñanzas son enteramente oportunas, saludables y abundantes en orden a la Nueva Evangelización.

Agreguemos que su testimonio siempre lo formuló según nuestra forma criolla de expresarnos, incluso convirtiendo nuestros modismos y costumbres en algo universal, es decir, católico, es decir, apto para cualquiera en cualquier parte y en cualquier tiempo. Encontramos entonces el segundo motivo que se nos ocurre resaltar para decir por qué hay que leer a Castellani en FASTA: su fidelidad a nuestras tradiciones, su facilidad para hablar “en criollo”. Así lo remarcó una vez el P. Fosbery: “A Castellani no se le ocurre nada que no venga de abajo, como expresión de su tierra bien amada, a la que conoce y ama desde su niñez; o de arriba, como manifestación del misterio de Dios, al que sirve desde su fe. Encontrar las cosas con Dios y encontrar las cosas desde Dios. He allí su ocurrencia. Y esto dicho con la originalidad de una expresión que quiebra todas las reglas de la preceptiva literaria, por dos razones: una, porque habla con el lenguaje propio de la cultura criolla; otra, porque incorpora una fina ironía, que le permite adentrarse con su juicio hasta tocar la entraña misma de las cosas” [1].

Aparece en las palabras de nuestro Fundador el tercer motivo por el cual debiéramos nosotros leer a Castellani: el uso filoso y docente que hace de la ironía, de un humor tan de nuestra tierra que —a diferencia del humor chestertoniano que nos hace esbozar una sonrisa cómplice con alguna aparición inesperada— nos hace estallar en risa franca —y también cómplice— cuando brota impulsiva e imparable. Y de modo recurrente. En efecto, Castellani sería fino, como dice el P. Fosbery, pero no precisamente sutil con sus ocurrencias. Eran verdaderos rebencazos, pero dados con amor, con alegría, sin disimulos, como esos golpes en la espalda que dan los amigos, y que dejaban sin respuesta a su ocasional destinatario, es decir, dirigidos por caridad, no para herir sino para sanar, para enmendar. En suma, para que el otro se despierte. O más bien, para despertarnos a nosotros. Ese humor castellaniano, del que nunca se dirá bastante, contrastaba con su sobria personalidad, según nos enteramos por quienes tuvieron la gracia de conocerlo personalmente. Por ello uno va preguntándose, a medida que avanza en la lectura de sus escritos, ¿con qué humorada se saldrá ahora el Padre? Aunque eso sería quedarse en la superficie. Porque el humor era uno de sus recursos, pero no el único (sus neologismos eran otro, por ejemplo), aunque sí el que se podía encontrar en todos los demás: en la poesía, la fábula, el cuento, la novela, el teatro, el ensayo, la exégesis, la filosofía, la teología, y sigue la lista. Demos un ejemplo. Cuando escribía acerca de las relaciones entre inteligencia, virtud y gobierno —grandísimo tema moral—, decía que “no se puede responder útilmente sin hacer una cantidad de distinciones, o sea, sin filosofar”. Y para explicarlo tomó por el lado del “ser tonto”, valiéndose de una comedia de Tirso de Molina [2], detallando que “hay que empezar por explicar qué se entiende por tonto (…) todos somos tontos en algún grado o minuto (…) Si damos a «tonto» el significado de cortedad de ingenio, es decir, pocos alcances naturales, mente poco amueblada, de reducido campo lumínico, salen inmediatamente las siguientes caracterológicas: tonto = ignorante; simple = tonto que se sabe tonto; necio = tonto que no se sabe tonto; fatuo= tonto que no se sabe tonto y quiere gobernar encima (o hacer-que-gobierna a otros). Esta última variedad es la tremenda, mientras las dos primeras no son malas, y hasta con ciertas condiciones fueron amadas por Cristo, el cual dijo «Alábote, Padre del cielo, que escondiste este saber a los sabios y lo descubriste a los simplezuelos». Ha habido santos simples, como san Simeón el Simple, san Pedro Claver, san Sansón el Loco, el Cura de Ars, san José de Cupertino, y los regocijantes Fray Junípero y Fray Gil, compañeros de san Francisco, y patronos de todos los giles cristianos del universo” [3].
 En FASTA somos proclives al buen humor, a la alegría, y a la fina ironía (algunos tendrían que mejorar lo de “fina”), y Castellani es maestro en eso también.

Queremos mencionar un cuarto punto a tener en cuenta. Su carácter profético y sin filtros —que llevó a Octavio Sequeiros a designarlo como “el profeta incómodo”— se percibe nítidamente en su amor a la Patria, y por razón de los dolores que le causaban sus males. Probablemente fue él quien mejor supo leer la historia patria y el ser argentino desde la fe. Eso al menos hasta que apareció nuestro P. Fosbery (y no pretendo ser obsecuente con esto, ya que como bípedo me resulta incómodo arrastrarme). En verdad, todo fiel creyente que ama su Patria tiene en Castellani su arquetipo, quiero decir, el modelo de creyente patriota y de lector lúcido de la historia. Hace un año en este mismo lugar, cuando reflexionábamos sobre Gilbert Keith Chesterton, hacíamos el inevitable paralelismo que se da comúnmente entre el gran apologista inglés y nuestro gran apologista criollo, con la ventaja que tenía Castellani de haber leído a Chesterton (a quien rotulaba como “el rey del sentido común”). Haciendo un imaginario camino inverso, con Chesterton reflexionando sobre Castellani, y aprovechando un momento en que el genial inglés despotricaba contra el ruidoso e infértil amor a su nación que profesaban en su tiempo los “patrioteros”, podríamos vislumbrar entre líneas a Castellani: “¿Por qué no hay un patriotismo noble, central, intelectual, un patriotismo de la cabeza y el corazón, y no simplemente de los puños y las botas? (…) Recalamos en cosas frívolas y burdas para nuestro patriotismo por una simple razón: somos el único pueblo del mundo al que no se le enseña en la infancia su propia literatura y su propia historia” [4]. En síntesis, descontamos que el amor a la Patria en FASTA es amor prioritario, como primer amor al prójimo. Y encontramos en nuestro maestro un guía firme y seguro, de alguien que ama a su Patria porque la conoció desde “sus entrañas”, como leímos recién en el P. Fosbery.

El problema es que Castellani, a nuestro modesto entender, es una suerte de botín de guerra entre los patriotas verdaderos, creyentes o no, y los patriotas desesperanzados (“patrioteros”), que no ven nada bien y ven todo mal (menos a ellos mismos). Por tanto encontramos en esto el quinto motivo —que tal vez suene polémico a algunos— para leer a Castellani “a toda furia” (como el mismo decía que leía a santo Tomás, casi a escondidas en el seminario jesuita, donde la formación era más bien suareciana). Esto es, para “sustraerlo” de quienes profesan un amor sin esperanza a la Patria, como si Castellani fuera sólo de ellos, tal vez por el carácter polemista del gran sacerdote. Se trata entonces, según veo, de rescatar en FASTA a Castellani y su obra para la Patria. O digamos mejor que Castellani es de y para todos, no sólo para quienes ven todo mal. Y esto que digo de la Patria aplica también a la Iglesia (pues muchos de esos eternos quejosos ven todo mal también en la Iglesia).

Se nos ocurre un sexto motivo más para leer a Castellani en FASTA. Cuando no escribía sobre las cosas que se le ocurrían por obra de su propio genio, gustaba comentar los escritos perennes de los más grandes autores: Aristóteles, san Agustín, santo Tomás…, pero a la vez expresaba que “los libros duran más que los hombres, pero no son, propiamente hablando, eternos. Arrebatados por la corriente ineluctable del tiempo, que en nuestros días parece precipitarse más vertiginosamente, los libros también pasan. Aunque cuando son grandes, no pasan nunca del todo” [5]. Ciertamente él no veía sus libros entre esas grandes obras a los que hacía referencia, pero ¡cómo se preocupó para que esas grandes obras de la historia sean conocidas y leídas, habiendo sido leídas primero por él!  El padre Alberto Ezcurra comentaba que en cierta oportunidad, cuando aún era seminarista, vio en una misa al célebre padre Castellani, y luego de pedirle su bendición le pidió un consejo, a lo cual el gran sacerdote se limitó a responderle: “No hay tiempo, lea los clásicos” [6].  Nosotros creemos que algunos libros suyos (no podemos decir todos, para no caer en Castellanilatría), perfectamente pueden quedar como obras clásicas, porque sus enseñanzas —de base doctrinal consistente— son de alcance universal o, al menos, enteramente saludables para Hispanoamérica (donde se entroniza cada bodrio…), o mínimamente en Argentina, donde pocos lo recuerdan, incluso donde se lo ningunea desde la “policía cultural oficial”, gramsciana y laicista, abulonada en la educación y la crítica literaria, que nos repite ad nauseam lo que debemos leer y aplaudir, so pena de ser tildados de jurásicos, retrógrados, y de toda sarta de insultos que a nosotros en realidad nos suenan a distinciones, siendo que vienen de ellos. Consideremos como parámetro que Argentina tiene muchos y muy buenos maestros, y todos ellos lo tienen unánimemente a Castellani como su maestro. El Padre Leonardo es en verdad maestro de maestros. He aquí otra razón para leer a nuestro autor en FASTA: si todos aquellos de quienes gustosamente leemos sus obras lo tienen como el más destacado de sus referentes ¿cómo no lo vamos a tener nosotros por tal?

Como séptimo y último motivo para leer al P. Castellani —y a mi criterio el principal—, es que él, agudo filósofo y profundo teólogo, brilló por su tarea exegética. Acá algunos fruncen el ceño, pero esto es porque se detienen en que a veces Castellani proponía como posibilidad, cuando no había definición dogmática, opiniones algo arriesgadas o, como decía ese gran exégeta que es el P. Barriola, “algo extravagantes”. Sin embargo nosotros hacemos referencia a su ortodoxia a prueba de balas (es decir, con sólida base en la Tradición y en el Magisterio), cuando nos enseña acerca de las Escrituras. Sobre todo por ese don que le venía de lo alto unido a su talento natural, para aplicar el Evangelio a su realidad —a la de su tiempo—, lo que es perfectamente extensible a nuestro aquí y hoy (y por eso hablamos de su carácter profético). Leer el Evangelio en particular y la Sagrada Escritura en general explicada por Castellani es motivo de crecimiento en la fe, a la vez que de regocijo literario. Por ejemplo, yo leí por primera vez en Castellani comentando la Navidad de Jesucristo, y no lo vi escrito en  ningún otro, algo tan elemental y profundo como esto: “Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacernos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enternece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es el misterio. El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aunque hubiese nacido en el Palatino [7], en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante Él, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y verdad; ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los misterios de la Fe. Bueno es que los niños se enternezcan ante las pajas del pesebre y la mula y el buey, que los poetas canten (…) y que los predicadores derramen lágrimas sobre la pobreza del Verbo Encarnado; pero los adultos han de hacerse capaces de la grandeza del misterio y han de espantarse no tanto de que Dios sea un niño pobre, sino simplemente de que sea un Niño” [8].
Leer la Escritura según la Iglesia y su Magisterio es deber primario en FASTA. Y Castellani es un destacado maestro en este fundamental asunto. Si  a esto lo coronamos con todo lo que nos viene regalando nuestro Fundador últimamente en cuanto a conocimiento e interpretación católica de la Sagrada Escritura, tenemos para divertirnos  y para aprender por el resto de nuestra vida.

Sin embargo, con todo lo ya dicho, conviene remarcar que Castellani no se pavoneaba por sus escritos y, no obstante su sencillez y aprecio más bien moderado por su obra, sabía que lo suyo hacía bien, o al menos era lo que pretendía. Él, que obviamente se sabía escritor, no buscaba ni el reconocimiento ni la fama, sólo quería poner por escrito la riqueza de su inteligencia empapada hasta la raíz por la fe —y que le pagaran lo que le correspondía para poder vivir, porque no comía vidrio—. Y para eso tal vez tenía que poner su dedo en medio del ojo de algunos a quienes se los suele tener por maestros: “vamos a ver a quién le toca hoy recibir palos”, decía en sus conferencias. Y así caían bajo sus mandoblazos literarios repletos de filosofía y teología bien integradas, las más reconocidas figuras agigantadas por el intelectualismo modernista, sino directamente por la plebe o el snobismo periodístico y farandulero: desde Voltaire hasta Kant, de James Joyce a Víctor Hugo, de Borges a Bioy Casares. En efecto, no dudaba en dejar al desnudo sus huecos intelectuales, descubriendo sus pobrezas (no las literarias, sino en todo lo que se refiera la Verdad que es Dios), todo lo cual lo resumió en su magistral “credo de los incrédulos”:

Creo en la Nada Todoproductora, d’onde salieron el cielo y la tierra.
Y en el Homo Sapiens, su único Rey y Señor,
que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de la Santa Materia,
bregó bajo el negror de la Edad Media.
Fue inquisicionado, muerto, achicharrado,
cayó en la miseria,
inventó la Ciencia,
y ha llegado a la Era de la Democracia y la Inteligencia.
Y, desde allí, va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el Libre Pensamiento,
la Civilización de la Máquina,
la Confraternidad Humana,
la Inexistencia del pecado,
el Progreso Inevitable,
la Putrefacción de la Carne
y la Vida Confortable. Amén.

Y vamos cerrando, ayudado por otro. En una entrevista muy reciente al reconocido escritor y crítico literario español Juan Manuel de Prada, quien “resucitó” en España la obra de Leonardo Castellani, se le preguntó: “¿Qué le dice Castellani a los católicos del mundo secularizado de hoy?” A lo que el citado respondió —y creo yo es una síntesis perfecta de lo que venimos a proponer acá— lo siguiente:

Les hubiera llamado católicos «mistongos», católicos blanditos, fofos, que pretenden servir a dos amos. Habría sido bastante áspero, pero también divertido. Hubiera sido un látigo extraordinario para nuestras conciencias, y nos hubiera hecho muy bien. Pero creo que lo importante de un escritor al final son sus libros, y en eso creo que Castellani nos ha dejado libros maravillosos que tenemos que leerlos.

¡A tus órdenes!
Mil. Lic. Juan Carlos Bilyk


[1] L. Castellani; Camperas, del prefacio, ediciones Vórtice, 1992
[2] “¿Es mejor un rey tonto que un rey malo?”
[3] L. Castellani; Las ideas de mi tío el cura, ediciones Excalibur, 1984, págs. 25-26
[4] G. K. Chesterton; La cosa y otros artículos de fe; Espuela de Plata, 2010, págs. 126-127
[5] L. Castellani, San Agustín y nosotros, ediciones Jauja, 2000, pág. 32
[6] Alberto Ezcurra; la espiritualidad del laico;  Kyrios ediciones, 1994, pág. 75
[7] Palacio del emperador
[8] L. Castellani; El Evangelio de Jesucristo; editorial Vórtice; 1997

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