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jueves, 15 de noviembre de 2018

¿Por qué leer a Leonardo Castellani en un colegio?



¿POR QUÉ LEER A LEONARDO CASTELLANI EN FASTA?

Dijo alguna vez el beato Federico Ozanam: “No tenemos dos vidas, una para buscar la verdad y otra para practicarla”.  De modo análogo digamos ahora: no tenemos dos vidas, una para conocer que tal autor es un maestro, y otra para leerlo. Hay que leerlo ya, en esta vida, no en la vida siguiente (donde ya no hay libros). Con mayor razón al enterarnos que el autor, testigo y maestro que nos ocupa ahora, el Padre Leonardo Castellani, escribió tanta cantidad, con tanta calidad y sobre tantos diversos temas, con el único afán de extender el Reino de Dios entre los habitantes de este suelo, y entre los ciudadanos de la Iglesia.

Les quiero proponer a continuación algunos motivos que, a mi criterio, debemos considerar para responder a la pregunta del título de este artículo. Por cierto se imaginarán que deben ser muchos y variados, por lo cual seleccioné siete, que es un número bien redondo en la tradición cristiana.

La primera razón que se nos ocurre para leer al P. Castellani en FASTA es que con sus escritos, partiendo desde su amor a Cristo y su Iglesia (o sea, a nosotros), buscó sin descanso propagar la Fe cristiana y católica en las inteligencias, para desde allí iluminar los corazones con la luz verdadera, mejor aún, encenderlos con el fuego de lo alto. Porque realmente leer a Castellani nos ilumina con las mejores luces, y nos hace arder con el mejor fuego. Leerlo nos desborda con ideas auténticas, luminosas, trascendentes, que nos dejan, como me dijo un joven hace pocos días refiriéndose a estas jornadas de TyM, “con sed de más”. Y, por ende, con ganas de evangelizar mejor. Siendo que FASTA ha elegido deliberadamente la pastoral de las inteligencias, no hace falta dar más vueltas para decir porqué debemos leer a Castellani en la Ciudad Miliciana. Sus enseñanzas son enteramente oportunas, saludables y abundantes en orden a la Nueva Evangelización.

Agreguemos que su testimonio siempre lo formuló según nuestra forma criolla de expresarnos, incluso convirtiendo nuestros modismos y costumbres en algo universal, es decir, católico, es decir, apto para cualquiera en cualquier parte y en cualquier tiempo. Encontramos entonces el segundo motivo que se nos ocurre resaltar para decir por qué hay que leer a Castellani en FASTA: su fidelidad a nuestras tradiciones, su facilidad para hablar “en criollo”. Así lo remarcó una vez el P. Fosbery: “A Castellani no se le ocurre nada que no venga de abajo, como expresión de su tierra bien amada, a la que conoce y ama desde su niñez; o de arriba, como manifestación del misterio de Dios, al que sirve desde su fe. Encontrar las cosas con Dios y encontrar las cosas desde Dios. He allí su ocurrencia. Y esto dicho con la originalidad de una expresión que quiebra todas las reglas de la preceptiva literaria, por dos razones: una, porque habla con el lenguaje propio de la cultura criolla; otra, porque incorpora una fina ironía, que le permite adentrarse con su juicio hasta tocar la entraña misma de las cosas” [1].

Aparece en las palabras de nuestro Fundador el tercer motivo por el cual debiéramos nosotros leer a Castellani: el uso filoso y docente que hace de la ironía, de un humor tan de nuestra tierra que —a diferencia del humor chestertoniano que nos hace esbozar una sonrisa cómplice con alguna aparición inesperada— nos hace estallar en risa franca —y también cómplice— cuando brota impulsiva e imparable. Y de modo recurrente. En efecto, Castellani sería fino, como dice el P. Fosbery, pero no precisamente sutil con sus ocurrencias. Eran verdaderos rebencazos, pero dados con amor, con alegría, sin disimulos, como esos golpes en la espalda que dan los amigos, y que dejaban sin respuesta a su ocasional destinatario, es decir, dirigidos por caridad, no para herir sino para sanar, para enmendar. En suma, para que el otro se despierte. O más bien, para despertarnos a nosotros. Ese humor castellaniano, del que nunca se dirá bastante, contrastaba con su sobria personalidad, según nos enteramos por quienes tuvieron la gracia de conocerlo personalmente. Por ello uno va preguntándose, a medida que avanza en la lectura de sus escritos, ¿con qué humorada se saldrá ahora el Padre? Aunque eso sería quedarse en la superficie. Porque el humor era uno de sus recursos, pero no el único (sus neologismos eran otro, por ejemplo), aunque sí el que se podía encontrar en todos los demás: en la poesía, la fábula, el cuento, la novela, el teatro, el ensayo, la exégesis, la filosofía, la teología, y sigue la lista. Demos un ejemplo. Cuando escribía acerca de las relaciones entre inteligencia, virtud y gobierno —grandísimo tema moral—, decía que “no se puede responder útilmente sin hacer una cantidad de distinciones, o sea, sin filosofar”. Y para explicarlo tomó por el lado del “ser tonto”, valiéndose de una comedia de Tirso de Molina [2], detallando que “hay que empezar por explicar qué se entiende por tonto (…) todos somos tontos en algún grado o minuto (…) Si damos a «tonto» el significado de cortedad de ingenio, es decir, pocos alcances naturales, mente poco amueblada, de reducido campo lumínico, salen inmediatamente las siguientes caracterológicas: tonto = ignorante; simple = tonto que se sabe tonto; necio = tonto que no se sabe tonto; fatuo= tonto que no se sabe tonto y quiere gobernar encima (o hacer-que-gobierna a otros). Esta última variedad es la tremenda, mientras las dos primeras no son malas, y hasta con ciertas condiciones fueron amadas por Cristo, el cual dijo «Alábote, Padre del cielo, que escondiste este saber a los sabios y lo descubriste a los simplezuelos». Ha habido santos simples, como san Simeón el Simple, san Pedro Claver, san Sansón el Loco, el Cura de Ars, san José de Cupertino, y los regocijantes Fray Junípero y Fray Gil, compañeros de san Francisco, y patronos de todos los giles cristianos del universo” [3].
 En FASTA somos proclives al buen humor, a la alegría, y a la fina ironía (algunos tendrían que mejorar lo de “fina”), y Castellani es maestro en eso también.

Queremos mencionar un cuarto punto a tener en cuenta. Su carácter profético y sin filtros —que llevó a Octavio Sequeiros a designarlo como “el profeta incómodo”— se percibe nítidamente en su amor a la Patria, y por razón de los dolores que le causaban sus males. Probablemente fue él quien mejor supo leer la historia patria y el ser argentino desde la fe. Eso al menos hasta que apareció nuestro P. Fosbery (y no pretendo ser obsecuente con esto, ya que como bípedo me resulta incómodo arrastrarme). En verdad, todo fiel creyente que ama su Patria tiene en Castellani su arquetipo, quiero decir, el modelo de creyente patriota y de lector lúcido de la historia. Hace un año en este mismo lugar, cuando reflexionábamos sobre Gilbert Keith Chesterton, hacíamos el inevitable paralelismo que se da comúnmente entre el gran apologista inglés y nuestro gran apologista criollo, con la ventaja que tenía Castellani de haber leído a Chesterton (a quien rotulaba como “el rey del sentido común”). Haciendo un imaginario camino inverso, con Chesterton reflexionando sobre Castellani, y aprovechando un momento en que el genial inglés despotricaba contra el ruidoso e infértil amor a su nación que profesaban en su tiempo los “patrioteros”, podríamos vislumbrar entre líneas a Castellani: “¿Por qué no hay un patriotismo noble, central, intelectual, un patriotismo de la cabeza y el corazón, y no simplemente de los puños y las botas? (…) Recalamos en cosas frívolas y burdas para nuestro patriotismo por una simple razón: somos el único pueblo del mundo al que no se le enseña en la infancia su propia literatura y su propia historia” [4]. En síntesis, descontamos que el amor a la Patria en FASTA es amor prioritario, como primer amor al prójimo. Y encontramos en nuestro maestro un guía firme y seguro, de alguien que ama a su Patria porque la conoció desde “sus entrañas”, como leímos recién en el P. Fosbery.

El problema es que Castellani, a nuestro modesto entender, es una suerte de botín de guerra entre los patriotas verdaderos, creyentes o no, y los patriotas desesperanzados (“patrioteros”), que no ven nada bien y ven todo mal (menos a ellos mismos). Por tanto encontramos en esto el quinto motivo —que tal vez suene polémico a algunos— para leer a Castellani “a toda furia” (como el mismo decía que leía a santo Tomás, casi a escondidas en el seminario jesuita, donde la formación era más bien suareciana). Esto es, para “sustraerlo” de quienes profesan un amor sin esperanza a la Patria, como si Castellani fuera sólo de ellos, tal vez por el carácter polemista del gran sacerdote. Se trata entonces, según veo, de rescatar en FASTA a Castellani y su obra para la Patria. O digamos mejor que Castellani es de y para todos, no sólo para quienes ven todo mal. Y esto que digo de la Patria aplica también a la Iglesia (pues muchos de esos eternos quejosos ven todo mal también en la Iglesia).

Se nos ocurre un sexto motivo más para leer a Castellani en FASTA. Cuando no escribía sobre las cosas que se le ocurrían por obra de su propio genio, gustaba comentar los escritos perennes de los más grandes autores: Aristóteles, san Agustín, santo Tomás…, pero a la vez expresaba que “los libros duran más que los hombres, pero no son, propiamente hablando, eternos. Arrebatados por la corriente ineluctable del tiempo, que en nuestros días parece precipitarse más vertiginosamente, los libros también pasan. Aunque cuando son grandes, no pasan nunca del todo” [5]. Ciertamente él no veía sus libros entre esas grandes obras a los que hacía referencia, pero ¡cómo se preocupó para que esas grandes obras de la historia sean conocidas y leídas, habiendo sido leídas primero por él!  El padre Alberto Ezcurra comentaba que en cierta oportunidad, cuando aún era seminarista, vio en una misa al célebre padre Castellani, y luego de pedirle su bendición le pidió un consejo, a lo cual el gran sacerdote se limitó a responderle: “No hay tiempo, lea los clásicos” [6].  Nosotros creemos que algunos libros suyos (no podemos decir todos, para no caer en Castellanilatría), perfectamente pueden quedar como obras clásicas, porque sus enseñanzas —de base doctrinal consistente— son de alcance universal o, al menos, enteramente saludables para Hispanoamérica (donde se entroniza cada bodrio…), o mínimamente en Argentina, donde pocos lo recuerdan, incluso donde se lo ningunea desde la “policía cultural oficial”, gramsciana y laicista, abulonada en la educación y la crítica literaria, que nos repite ad nauseam lo que debemos leer y aplaudir, so pena de ser tildados de jurásicos, retrógrados, y de toda sarta de insultos que a nosotros en realidad nos suenan a distinciones, siendo que vienen de ellos. Consideremos como parámetro que Argentina tiene muchos y muy buenos maestros, y todos ellos lo tienen unánimemente a Castellani como su maestro. El Padre Leonardo es en verdad maestro de maestros. He aquí otra razón para leer a nuestro autor en FASTA: si todos aquellos de quienes gustosamente leemos sus obras lo tienen como el más destacado de sus referentes ¿cómo no lo vamos a tener nosotros por tal?

Como séptimo y último motivo para leer al P. Castellani —y a mi criterio el principal—, es que él, agudo filósofo y profundo teólogo, brilló por su tarea exegética. Acá algunos fruncen el ceño, pero esto es porque se detienen en que a veces Castellani proponía como posibilidad, cuando no había definición dogmática, opiniones algo arriesgadas o, como decía ese gran exégeta que es el P. Barriola, “algo extravagantes”. Sin embargo nosotros hacemos referencia a su ortodoxia a prueba de balas (es decir, con sólida base en la Tradición y en el Magisterio), cuando nos enseña acerca de las Escrituras. Sobre todo por ese don que le venía de lo alto unido a su talento natural, para aplicar el Evangelio a su realidad —a la de su tiempo—, lo que es perfectamente extensible a nuestro aquí y hoy (y por eso hablamos de su carácter profético). Leer el Evangelio en particular y la Sagrada Escritura en general explicada por Castellani es motivo de crecimiento en la fe, a la vez que de regocijo literario. Por ejemplo, yo leí por primera vez en Castellani comentando la Navidad de Jesucristo, y no lo vi escrito en  ningún otro, algo tan elemental y profundo como esto: “Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacernos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enternece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es el misterio. El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aunque hubiese nacido en el Palatino [7], en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante Él, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y verdad; ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los misterios de la Fe. Bueno es que los niños se enternezcan ante las pajas del pesebre y la mula y el buey, que los poetas canten (…) y que los predicadores derramen lágrimas sobre la pobreza del Verbo Encarnado; pero los adultos han de hacerse capaces de la grandeza del misterio y han de espantarse no tanto de que Dios sea un niño pobre, sino simplemente de que sea un Niño” [8].
Leer la Escritura según la Iglesia y su Magisterio es deber primario en FASTA. Y Castellani es un destacado maestro en este fundamental asunto. Si  a esto lo coronamos con todo lo que nos viene regalando nuestro Fundador últimamente en cuanto a conocimiento e interpretación católica de la Sagrada Escritura, tenemos para divertirnos  y para aprender por el resto de nuestra vida.

Sin embargo, con todo lo ya dicho, conviene remarcar que Castellani no se pavoneaba por sus escritos y, no obstante su sencillez y aprecio más bien moderado por su obra, sabía que lo suyo hacía bien, o al menos era lo que pretendía. Él, que obviamente se sabía escritor, no buscaba ni el reconocimiento ni la fama, sólo quería poner por escrito la riqueza de su inteligencia empapada hasta la raíz por la fe —y que le pagaran lo que le correspondía para poder vivir, porque no comía vidrio—. Y para eso tal vez tenía que poner su dedo en medio del ojo de algunos a quienes se los suele tener por maestros: “vamos a ver a quién le toca hoy recibir palos”, decía en sus conferencias. Y así caían bajo sus mandoblazos literarios repletos de filosofía y teología bien integradas, las más reconocidas figuras agigantadas por el intelectualismo modernista, sino directamente por la plebe o el snobismo periodístico y farandulero: desde Voltaire hasta Kant, de James Joyce a Víctor Hugo, de Borges a Bioy Casares. En efecto, no dudaba en dejar al desnudo sus huecos intelectuales, descubriendo sus pobrezas (no las literarias, sino en todo lo que se refiera la Verdad que es Dios), todo lo cual lo resumió en su magistral “credo de los incrédulos”:

Creo en la Nada Todoproductora, d’onde salieron el cielo y la tierra.
Y en el Homo Sapiens, su único Rey y Señor,
que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de la Santa Materia,
bregó bajo el negror de la Edad Media.
Fue inquisicionado, muerto, achicharrado,
cayó en la miseria,
inventó la Ciencia,
y ha llegado a la Era de la Democracia y la Inteligencia.
Y, desde allí, va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el Libre Pensamiento,
la Civilización de la Máquina,
la Confraternidad Humana,
la Inexistencia del pecado,
el Progreso Inevitable,
la Putrefacción de la Carne
y la Vida Confortable. Amén.

Y vamos cerrando, ayudado por otro. En una entrevista muy reciente al reconocido escritor y crítico literario español Juan Manuel de Prada, quien “resucitó” en España la obra de Leonardo Castellani, se le preguntó: “¿Qué le dice Castellani a los católicos del mundo secularizado de hoy?” A lo que el citado respondió —y creo yo es una síntesis perfecta de lo que venimos a proponer acá— lo siguiente:

Les hubiera llamado católicos «mistongos», católicos blanditos, fofos, que pretenden servir a dos amos. Habría sido bastante áspero, pero también divertido. Hubiera sido un látigo extraordinario para nuestras conciencias, y nos hubiera hecho muy bien. Pero creo que lo importante de un escritor al final son sus libros, y en eso creo que Castellani nos ha dejado libros maravillosos que tenemos que leerlos.

¡A tus órdenes!
Mil. Lic. Juan Carlos Bilyk


[1] L. Castellani; Camperas, del prefacio, ediciones Vórtice, 1992
[2] “¿Es mejor un rey tonto que un rey malo?”
[3] L. Castellani; Las ideas de mi tío el cura, ediciones Excalibur, 1984, págs. 25-26
[4] G. K. Chesterton; La cosa y otros artículos de fe; Espuela de Plata, 2010, págs. 126-127
[5] L. Castellani, San Agustín y nosotros, ediciones Jauja, 2000, pág. 32
[6] Alberto Ezcurra; la espiritualidad del laico;  Kyrios ediciones, 1994, pág. 75
[7] Palacio del emperador
[8] L. Castellani; El Evangelio de Jesucristo; editorial Vórtice; 1997

viernes, 17 de agosto de 2012

Juan Marzal: Carlista, jesuita, literato y maestro


Juan Marzal Soler nació en Valencia el 5 de febrero de 1872. Estudió en el Colegio de San José que regenteaban en la clandestinidad losPadres Jesuitas. La Compañía de Jesús había sido expulsada del suelo español y su centenario colegio valenciano, secularizado. En 1870, el Provincial Jesuita de Aragón había enviado a un par de jesuitas, que vestidos de seglar y con apoyo del Marqués de Bellet y otros notables, fundaron en relativo secreto otro colegio.


Tocó al joven Juan Marzal estudiar en los años de la Tercera Guerra Carlista y, entre los católicos valencianos, no faltaban simpatías por la causa de Don Carlos. Se festejaban en forma más o menos secreta los éxitos de las armas legitimistas y, especialmente, se anhelaba la buena fortuna del príncipe Don Alfonso y de sus capitanes en el frente del Este, especialmente en el Maestrazgo y en Castellón, a pocos kilómetros de Valencia.

D. Alfonso y su esposa, Da. María de las Nieves en tiempos de la III Guerra Carlista
En 1890, Juan termina el Colegio y, poco después, el 11 de febrero de 1892, ingresa a la Compañía de Jesús en Veruela (Zaragoza). Cursa las Humanidades y un año de Filosofía allí en Veruela (1894-97).  Posteriormente, enseña en el Colegio del Salvador de Zaragoza (1897-1901). Empezó la Teología en el San Jerónimo de Murcia (1903-05) y la termina en Tortosa (1905-06). El 29 de julio de 1906 es ordenado sacerdote en Tortosa (Tarragona). Enseña Literatura en el Colegio de Zaragoza (1906-07). Hace la Tercera Probación en Manresa y es enviado a la Argentina, a donde llega en Julio de 1908. 

Aquí fue profesor en el Colegio del Salvador en Buenos Aires (1908-11). Sus últimos votos los toma el 2 de febrero de 1909 en esta ciudad. Estuvo, luego, un año en el Colegio San Ignacio de Santiago de Chile. Y, de allí, regresa a la Argentina pero ahora reside en la ciudad de Santa Fe.

El Colegio de la Inmaculada c. 1915, mientras se realizaban las ampliaciones del segundo piso.
En Santa Fe vive casi toda su vida en Santa Fe, siendo profesor de Literatura en el prestigiosísimo Colegio de la Inmaculada Concepción(1913-31). 

Todos los que fueron alumnos suyos coincidían en lo cautivantes que eran sus clases. Fundó allí la Academia Literaria, de la que era "presidente honorario perpetuo", y en la que era un verdadero honor ingresar. 

Fue maestro admirado y querido de Horacio Caillet Bois, Agustín Zapata Gollán, el P. Leonardo Castellani, Carlos María Aranguren, Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), Alfonso Durán, Francisco Magín Ferrer, entre otros muchos notables de la cultura argentina. 

Mucho quiso al taciturno adolescente Leonardo Castellani. Este, pasaba los recreos leyendo en la biblioteca del Colegio, donde abundaba la literatura tradicionalista y contrarrevolucionaria así como los clásicos del Siglo de Oro español. Marzal y otros profesores jesuitas de la "carlista" Provincia de Aragón guiaron al joven en sus lecturas de Gaspar Melchor de Jovellanos, Juan Donoso Cortés, Jaime Balmes, Ramón Nocedal y Romea, Manuel Tamayo y Baus, Adolfo Claravana, Pedro de Alarcón, Antonio Aparisi y Guijarro, Marcelino Menéndez y Pelayo, José María de Pereda, Juan Vázquez de Mella, el Padre José Francisco de Isla y, por supuesto, Santa Teresa de Jesús. No sólo a través de los volúmenes de sus obras, sino también de los periódicos y revistas que se recibían en abundancia -- publicaciones no sólo "serias" sino también "satíricas" (un género muy cultivado por los publicistas españoles tradicionalistas del cambio de siglo. Algunos conocidos y celebrados versos del Padre son adaptaciones de estas lecturas al ámbito local.)

 
 


Tanto cariño le tuvo Castellani (su biógrafo, Sebastián Randle, considera que el joven Leonardo quiso hacerse jesuita para imitar a su maestro), que muy probablemente los dichos de su "tío, el cura", que aparecen una y otra vez en la obra castellaniana, hayan sido efectivamente inspirados en consejos y reflexiones que Marzal hacía a este niño tan peculiar. La correspondencia con su condiscípulo Caillet-Bois, así parece darlo a entender.

El P. Marzal escribió, además, numerosos ensayos literarios, pero fundamentalmente obras de teatro, como “El crimen de hoy” (con el seudónimo Pedro de Arlanza, 1915), “Verdugo y víctima: Cuadros dramáticos” (también como Pedro de Arlanza, 1916), “La bandera argentina” (1917), “Noche de ánimas” (1918), “El caballero de Dios: San Ignacio de Loyola” (Bs. As., 1923), “Fe y patria: Teatro escolar” (1943), “Estampas de Navidad” (1945), entre otras. 

Su prestigio cruzaba los mares e incluso fue consultado con frecuencia por el poeta y dramaturgo español Juan Antonio Cavestany. Su nombre aparecía cada tanto y con orgullo en las Cartas y Noticias Edificantes de la Provincia de Aragón de la Compañía de Jesús. 

Entre 1925 y 1932, dirigió la revista del colegioLa Inmaculada, que alcanzó un altísimo nivel. 

En 1932 será trasladado a Mendoza, donde fue Superior de las Residencias (1932-34). Luego pasa a Buenos Aires, donde nuevamente y por varios años será Superior de las Residencias (1934-41). 

Ese año ‘41 regresó a Santa Fe, a su querido Colegio de la Inmaculada, siendo Director Espiritual de Alumnos hasta su muerte diez años después. 

Este devotísimo hijo de María, falleció en la Ciudad de Santa Fe el 15 de agosto de 1951, fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María. 

Salvador Cabedo dibujó un retrato del P. Marzal que se conserva en el patrimonio del Museo Provincial de Bellas Artes “Rosa Galisteo de Rodríguez” (Santa Fe). 

Algunos de sus versos fueron publicados en la antología de Veintiséis Poetas Argentinos: 1810-1920 (Buenos Aires: Editorial Universitaria, 1960). En 1964 se estrenó en Bilbao, “Desdén, afición y amor: Drama histórico”, obra póstuma del P. Marzal.






FUENTE: Carlismo Argentino, jueves 16 de agosto de 2012.

viernes, 3 de febrero de 2012

La defensa del football

UTILIDAD EDUCATIVA DEL DEPORTE

Wee Willie Winleie
Runs through the town
Up stairs and down stairs
In his night-gown...
Turling at the window
Crying at the lock
Are the weans in their beds
For it's now ten o'clock.



                Días pasados tuve una discusión con mi tío Cipriano—por causa de un catálogo de football y box que me traje de Harrods —sobre los deportes.
                — No, tío — le dije respetuosamente — . En eso no hacemos migas. El fútbol es una gran cosa.
                —Sí, para formar caballos.
                —No, tío. No me va a encontrar ningún caballo que juegue al fútbol. O por lo menos que juegue bien. No es broma, tío. El fútbol tiene más intríngulis de lo que algunos piensan.
                —¿Intríngulis quiere decir el tobillo amoratado de una coz que trajiste a casa el otro día?
                —Ese tobillo, tío, ya se lo he dicho, me lo hizo uno que no sabía jugar al fútbol. ¿Ustedes creen que jugar al fútbol es patear al rumbo? El que patea a otro, se le cobnfree-kiky pierde el team por causa de él, y los compañeros le gritan: "¡Mira, idiota, lo que nos pasa por no fijarte!". Y los contrarios gritan: "¡Muía amaestrada del circo Sarrasani!".
                —¡Mira que lindo modo de hablar aprenden en el fútbol! —dijo mi hermana mayor.
                —¡Mira vos, calíate, Chela, porque nadie te ha dado vela en este entierro!
                —Oy, Jesús, qué fino se va poniendo este chico —dijo Chela, muy remilgada.
                —¿Así se trata a su hermana, caballerito?—dijo mamá, severa.
                Una de las grandes desgracias que puede sucederle a un muchacho en este mundo es tener hermana, y la mayor de todas es tener hermanas mayores. Yo tengo dos, que quisiera mejor tener dos diviesos. Con los hermanos uno se puede arreglar lo más bien, sobre todo si son más chicos, como los míos. Pero las mujeres son enredonas y nadie las entiende. Criticonas que no hacen más que reírse de uno y no saben jugar a nada. Pellizcan espantosamente, y si uno les da el bife más insignificante, enseguida lloran y mamá les da la razón y me dice que no soy caballero y otras cosas bien duras. Finalmente, cuando tienen un año más que uno, se piensan que pueden mandarlo y gobernarlo como si uno fuera sirviente suyo.
                —Lo que a mí me displace en esos depogtes ingleses — salió Mile. Boguet, que es la institutriz de Chela—, es que echan a pegdeg las buenas manegas. Aprenden allí unas manegas de brutos... La esgrima, que es el depogte de Francia, es un depogte fino...
                —El hombre para ser hombre, tiene que ser un poco bruto —dije yo.
                —Eso se lo enseñan esos amigotes guarangos que este
mocito va sacando ahora —dijo Chela.
                —El hombre más hombre debe tener maneras—dijo serio mi padre —. Lo cortés no quita lo valiente.
                —Pero las maneras del hombre no son las de las mujeres — dije yo —. Lo que quiere Chela es que yo haga un papel comilfaut cuando vienen las Lassaga a tomar el té con ella, que vaya a sentarme en la sala a hablar de sonseras. ¡No las puedo ni ver! ¡Primero me voy al Colegio toda la tarde a estudiar Cosmografía, que es lo último que se puede decir! Y últimamente, en el fútbol no se aprenden guaranguerías. En el fútbol no hay que irritarse, y eso es ser sufrido; no hay que hacer trampas, y eso es ser leal; hay que someterse al refere, y eso es ser disciplinado; hay que jugar combinado, y eso es ser generoso. Y si no, free-fdk que te crió. ¿No son éstas maneras de hombre? El fútbol ha sido inventado por un pueblo de gentlemen *.
                —¿De qué?
                —De gentiles-hombres. Para jugar al fútbol hay que ser todo un hombre.
                —¿Tú me tienes a mí por un hombre?
                —Sí, querido tío.
                —Pues en mi tiempo no se jugaba al fútbol ni por pienso.
                Es de saber que en el tiempo de mi tío las cosas eran mejor que ahora. Pero mi parecer es que ya no estamos en el tiempo de mi tío, sino en el nuestro, y por lo tanto no hay más remedio que contentarnos con lo que tenemos. Así se lo dije, añadiendo que en mi opinión los porteños, en general, no perderíamos nada haciéndonos más varoniles, ya que no lo somos tanto ahora (según mi tío), como en el tiempo "en que los muchachos no usaban gomina". Era un argumento terrible, porque éste precisamente es uno de los tópicos favoritos de mi tío.
                —La virilidad del varón—retrucó éste—no se mide por aquí, sino por aquí (dándose un gran bife en la frente). El hombre vale por esto (otro bife) y no por los pies, en lo cual cualquier rocín gana.
                —¡Ah, entonces usted piensa que yo, porque juego al fútbol, no me distingo por también esto"—dije yo con otro bife en la frente.
                —Hijo, por de pronto, todo el tiempo que gastas en el fútbol, no estudias.
                —Y todo el tiempo que duermo, tampoco. Pero si juego un buen match el jueves, estudio mejor toda la semana.
                —Ya sabes, Manuel, que el médico le ha recomendado el ejercicio — dijo mamá.
                (Se me ensanchó el corazón. Mamá empezaba a ponerse de parte mía. ¡Oh, buena, dulce, discreta mamá, que sabe lo que es tener una discusión uno sólo contra toda una sobremesa!).
                —Moderadamente y como gimnasia recetada por el médico, como medio higiénico-terapéutico, pase. Pero esa fiebre futbolística que ha invadido a toda la juventud contemporánea... — empezó mi tío.
                —Perdón, tío; pero es que a toda la juventud contemporá¬nea se lo ha recetado el médico —dije.
                —Efectivamente. Los deportes yo los tengo por necesarios a las grandes ciudades modernas — dijo mi padre.
                (Mi padre también. ¡Magnífico!).
                —Cuando se juega tanto, tío, por alguna razón será—dije yo — .El entusiasmo del mundo moderno por los deportes no puede ser inmotivado.
                —Es artificial—dijo mi tío—, provocado por los diarios y los profesionales. Si se jugara tanto, como dice; pero se juega poco. Se mira y se habla mucho. Se habla sobre todo. ¡Qué disgusto me da oir hablar a los niños de ahora! ¡No tienen en la boca más que el gol y el chut y el arco, la patada, Firpo, Tesorieri! Nos vamos embruteciendo.
                —¿Y qué le gustaría más a usted, oir a dos muchachos de cuarto año como yo, decirse: "¿ Viste, che, el chut esquinado que tiró Giardino ayer, como un teorema ? ", o bien decirse: "¿ Viste la cinta de ayer, che, cuando la princesa sale del castillo a escondidas de sus padres para fugarse con el trovador?". Vamos a ver, ¿cuál le gustaría más?
                —Ninguno. Lo que me gustaría más sería que hablasen de cosas serias e instructivas.
                —Los muchachos no podemos hablar de cosas serias. No las sabemos. Las estamos aprendiendo. Nuestros padres y maestros hablan por nosotros de cosas serias y después nos las dan hechas en pequeñas dosis. El muchacho que reza, obedece, juega y estudia, ya ha cumplido. ¡No me venga a contar usted a mí que en su tiempo hablaban los muchachos de sociología!
                —Lo que yo censuro no es el juego en sí, es el entusiasmo exagerado de las turbas. Revela poquísimo ideal, poquísima elevación de miras, un materialismo craso, el culto animal de la fuerza...
                —El pueblo tiene que admirar alguna cosa, tío. Ay del pueblo sin entusiasmo. "We life of admiration, hope and love", dijo un poeta. (Para que vea si sé solamente jugar fútbol). "Ilfaut que les pauvres gens aient aussi son ideal", dijo otro. ¡Que vayan las masas a ver partidos atléticos para respirar aire puro y olvidar que son desdichadas, tío!
                —¿Y no pueden entusiasmarse por cosas un poco más elevadas que la fuerza bruta?
                —No. No están a su alcance. ¡Ah! ¿Entonces usted cree que lo que admiran las multitudes clamorosas en torno de los estadios, desde Pericles acá, es la fuerza bruta?
                —Pues, ¿qué admiran entonces? —La inteligencia y la belleza. —Anda.
                —Un partido de fútbol es una cosa bella. Un partido de football no lo ganan los pies, sino la inteligencia.
                —Sí, eso es, por medio de logaritmos.
                —Diga que usted nunca ha visto un partido de football bien jugado.
                —Lo he visto y me parece un espectáculo estúpido.
                —Pues es un hermoso espectáculo. Aire abierto, la cancha verde y el cielo azul maravilloso: ése es el limpio teatro, con el sol por candilejas y el viento por ventilador. Las camisetas rojas y azules que se esparcen por él como grandes flores, que se desparraman ordenadamente a tomar sus puestos como una bandada de... patos marruecos. (No se rían. ¿Ustedes no los han visto en la estancia, rojos y enfilados?). Hay un minuto de silencio profundo como el que precede a las batallas. En todos los rostros tenaces se lee la voluntad del esfuerzo. (¿Ustedes piensan que es poco educativo ese ejercicio de energía, esa voluntad de vencer, esa práctica del esfuerzo colectivo? ¿Usted cree que se necesita poca energía para continuar animosamente un partido que va 3 a 0? La energía es una virtud natural que se acrece por repetición de actos; y el saber querer con vigor, aunque sea ganar un partido, es muy buena cosa, tío). Pero he aquí que un silbido hiende el aire y la pelota da un brinco y tres jugadores se lanzan sobre ella como tres leones...
                —Y empieza una behetría de carreras, patadas, caídas y gritos, que dura hora y media de la más monótona y sonsa manera que del cerebro de un inglés esplenético pudo brotar. Excepto el caso en que la aridez se rompa con algún incidente divertido, como piernas rotas,
insultos, botellas tiradas por el público o trenzada de dos jugadores a puñete limpio. Si, lo he visto       — No hay tal aridez, tío. No hay tal confusión. De las botellas tiene la culpa la policía. Por encima de aquel conjunto de movimientos variadísimos, de las carreras precisas, de los saltos atrevidos, de los ataques y de las defensas, de los limpios esguinces (gambetas en italiano), de los golpes poderosos al balón derecho al blanco como una bomba dorada que en inglés se llaman chutes, hay una voluntad ordenadora, hay un jefe, tío, y hay una idea. Mejor dicho dos jefes en lucha entre sí, mayor belleza. Por eso un buen partido de fútbol tiene tanta unidad como un drama, con sus peripecias y su desenlace, y por eso oprime los pechos y arranca gritos. Así como en cada jugador hay una voluntad tensa hacia un fin, que preside el juego de los músculos elásticos (¡oh, el cuerpo humano es hermoso, es una maravillosa criatura de Dios, tío, más hermosa que una puesta de sol!), así también hay en el team una voluntad superior que unifica a los Once, que les ha repartido su puesto eficaz, que trabaja por medio de ellos y hace por ellos lo que por sí no podría hacer. Eso es gobernar, tío; ese es el placer, el arte, y el dolor de gobernar. ¡Las cosas que yo aprendí siendo capitán del team "Coscorrones"! El capitán tiene que ser el más disciplinado, el más animoso y el más sufrido de todos, porque su voluntad debe ser el sostén de las otras, que son como su prolongación. Manda a todos pero también tiene que someterse a todos, siervo de los siervos de Dios, como el Papa. "Ninguno manda bien sino el que sirve a todos", dijo otro poeta inglés.
Some beneath the further stars
Bear the greater burden:
Set to serve the lands they rule
(Save he serve no man may rule)
Serve and love the lands they rule,
Seeking praise nor guerdon...
                                                 KIPLING
                Mi tío ya iba de capa caída y me miraba sonriendo de mi elocuencia.
                Es que también yo me estaba sobrepujando a mí mismo.
                —El fútbol no consiste en la fuerza bruta, dije. Mire los que juegan mejor en el Colegio: Miglioli Juan, Pérez, Ferrer Pedro, Méndez Carlos, Noriega, yo mismo... ¿Soy un buey, yo? ¿No soy un tipo elegante, Chela?
                —Ja, ja—dijo mi tío—.Buenos estamos. ¿Qué le vamos a responder a este abogadillo impetuoso?
                —Nada, tío. Es inútil. Hay que embromarse. Lo tengo bien estudiado, he leído libros y oído a personas que entienden; y sobre todo lo he vivido y lo he visto...
                —Jugando despacio y con buenas maneras — dijo mi hermana—, dice la Madre Hortensia que el fútbol no es malo. Pero esos modos guarangos, muía y patadura, que querés que te diga, a mí no me gustan.
                —No seas pata, Chela — le dije — , esos modos representan una sanción social que vos no entendés. ¿No ves que esos apelativos son un medio de educación un poco rudo que usan entre sí los muchachos? "Los muchachos se educan unos a otros mucho más de lo que nosotros podríamos y osaríamos", dijo un gran educador inglés. ¿No ves vos que un muchacho inurbano o abusador, se va ganando poco a poco la fama de muía; y después viene una elección de team y ninguno lo quiere elegir? "Es un muía (dicen los dos capitanes), no sirve". Y el pobre se lleva un calor negro, y aprende... que pocas faltas quedan sin castigo en este mundo, aunque el castigo no sea siempre inmediato; que existe una sanción social para las faltas contra la sociedad, que consiste en la opinión de los otros; y que la fama es un bien precioso que todo hombre debe velar por conservar íntegro. Chela mía, ¿qué sabes vos de confituras si nunca has sido confitera?
                Y volviendo sobre mi tío, como Napoleón sobre Brunswick en la batalla de Jena, le di la última carga.
                —Tío, los que dicen que los espectáculos atléticos embrutecen son unos atrofiados. Las multitudes han tenido siempre espectáculos. ¡Ojalá que el football y aún el box -sí, el box-derrotaran para siempre al cine nervioso y afrentoso y se hicieran nuestros espectáculos nacionales! Los asirios, tío, admiraron a Asurbanipal el cazador de leones; los griegos a Milón el atleta en la palestra; los romanos a Galo el reciario en la arena; los bizantinos a Critias el cochero en el circo; la Edad Media a Ricardo Lionhearted en el torneo... ¿por qué no hemos de admirar nosotros a Tesorieri el arquero en elfied y a Firpo en el ring, cuando admiran ustedes los españoles a Belmonte el espada en el redondel?
                —¡Pasando por alto lo del Belmonte, a quien yo no admiro ni tampoco ningún español que se respete — gritó mi tío indignado—, conste que no es lo mismo admirar a Tesorieri que admirar a Firpo! ¡Oh, el box, no, el box, eso sí que no!
                —¿A que lo convenzo, tío, que el box sí?... Porque así como el Fútbol es la Disciplina, el Box, tío, es la Iniciativa...
                —¿A que no me convences?
                —¿Qué me da usted si le escribo una "Defensa del Box" con razones razonables y convincentes?
                —¿Qué quieres tú que te dé, si las razones me convencen!
                —¿Me compra ese par de guantes de box de trece pesos
que está ahí en el catálogo de Harrods?...

Tomado de: Leonardo Castellani, “La reforma de la enseñanza”, Vórtice, Buenos Aires, 1993, pp. 189-196. [Gentileza Luciano Gallardo.]