Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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martes, 7 de agosto de 2012

Conti habla de Castellani



ERA NUESTRO ADELANTADO

Por Haroldo Conti
Se publicó como recuadro junto al reportaje que Guillermo Gutiérrez hizo al P. Castellani, con notas y selección de textos del mismo Gutiérrez, y que fue publicado como “Padre Castellani: Un oficio parecido al deshollinador”, en la revista Crisis, nº 37, Buenos Aires, Mayo de 1976, p. 43. Lamentablemente no hemos podido dar con la "famosa" fotografía.

Conocí al padre Castellani y en cierta forma conviví con él, pues de hecho vivíamos bajo un mismo techo, en el Seminario Metropolitano Conciliar de Villa Devoto, que en ese tiempo estaba en manos de los jesuitas. Yo era amigo, en realidad, del padre Hernán Benítez, que entonces editaba una revista llamada Solidaridad. Yo dibujaba las tapas de esa revista y recuerdo que me costaba una barbaridad pronunciar claramente la palabra. Por lo general decía solidariedad [sic].



Bueno, el caso es que como Benítez era muy compinche de Castellani a veces tenía oportunidad de verlo de cerca. Nada más que eso. En general Castellani era un lejano y legendario fantasma que transitaba por los pasillos penumbrosos del seminario provocando gestos y cuchicheos entre nosotros que lo admirábamos más bien de oídas. Concretamente yo, que en esa época vivía impresionado por Chesterton, había leído apenas Las nueve muertes del padre Metri. Después leí sin entender demasiado La crítica de Kant, en colaboración con Joseph Maréchal S.J., de quien se decía que era su continuador. Creo que lo que más me llegó fue su estilo, sobre todo en el rebate a Gar-Mar, porque por primera vez observé que se podía expresar cualquier cosa con un lenguaje argentino. Imagínense ustedes ver citar a Culacciati y al vigilante de la esquina en un trabajo sobre Kant e incluso encontrar en ese mismo trabajo frases como esta: “¡Hua’ tigre viejo grandote potí!”.



Los tres grandes en aquel tiempo eran para nosotros, pichones de cuervos, el padre Benítez que, como los magistas, era tan importante que no se notaba, y Leonardo Castellani, un gigante de ojos saltones que caminaba por los pasillos rumbo a sus grandezas bamboleándose como un barco, dentro de una sotana corta, con una mano encajada en la faja de jesuita y a veces un bonete francés y creo que con un par de botas que asomaban por debajo de la sotana. Su Crítica literaria en ediciones Penca de 1945 fueron [sic] mi primera reflexión seria sobre literatura, algún tiempo después. Traía un Prólogo justamente del padre Benítez con el rebuscado título, que aún recuerdo, de Palique preliminar. A Benítez le gustaba usar palabras del diccionario. Allí se hablaba de mis devociones de entonces: Chesterton, Hugo Wast, Paul Claudel. Entonces se me pasaron de largo Lugones, Ponferrada, Jacobella, Jorge Guillén y otras figuras más cercanas que Castellani trataba de introducir en nuestro reducido mundo que incluía, muy vagamente, presuponía tan solo, a la Argentina. En resumen, era nuestro adelantado, pero no nos dimos cuenta.


Viñeta aparecida en el reportaje que le hiciera esta misma revista en su número 39.


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