Conservando los restos
En el combate de resistencia
REVERENDO PADRE LEONARDO CASTELLANI
1981 – 15 de marzo – 2021
40º Aniversario de su muerte
Hace diez años Radio Cristiandad homenajeó al Padre Leonardo Castellani con un Especial dedicado a quien tanto le debemos.
En el siguiente enlace, publicado
cinco años más tarde, usted podrá escuchar el audio del mismo, dividido
en tres bloques, o puede leer el texto que lo acompaña:
https://radiocristiandad.org/2016/03/15/15-de-marzo-35-anos-de-la-muerte-del-padre-leonardo-castellani/
Como allí se dijo, sobre muchas cosas ha reflexionado y escrito el Padre Castellani; y de todas podemos meditar y aprender.
Para los que tuvieron la gracia de
conocerlo personalmente (o para los que gastaron entre sus manos sus
escritos), su sabiduría, su erudición, su espíritu profético, su humor…
han servido de mucho para comprender los últimos años de la historia
argentina y del mundo…, y les han ayudado a sobrevivir en medio de este
desorden y corrupción… sirviéndose incluso de esa misma Babel que es el
mundo postmoderno para ir ganándose la eterna bienaventuranza.
Hoy, que lo recordamos a 40 años de su muerte, recopilamos parte de sus enseñanzas y las aplicamos a lo que vivimos actualmente.
Nos encontramos en Cuaresma y cerca de
la Fiesta de la Anunciación a María Santísima y de la Encarnación del
Verbo Eterno en su seno purísimo.
El texto de la Ponencia del Padre Castellani en el Congreso Mariano de 1946 ayudará a la contemplación y meditación de estos misterios.
EL DESQUITE DE LA MUJER
La mujer se levantó sin ruido y se
inclinó sobre el nidal de sus hijos, de donde había surgido un gemido.
Los cuatro dormían sobre un montón de grama y en medio de animales. La
mujer se arrodilló al lado y apoyó sobre una roca su cabeza. No podía
dormir.
En el borde superior de la caverna, se
veía una estrella extraordinariamente grande. Los pinos de los
farallones susurraban suavemente, como el ruido de un río lejano.
La noche era templada y clara. La
mujer comenzó a llorar hilo a hilo sin ningún sollozo, por nada, por un
no sé qué, por la general inquietud y angustia indeterminada que sienten
las mujeres acerca de sus hijos y forma parte del instinto materno.
Ahí estaba el mayor, llamado Poseí-un-hombre-por-Dios: encogido, los puños cerrados, la cabeza replegada sobre el pecho, ensortijado y moreno, su inquietante tesoro.
El segundo, llamado Esto-es-mi-nuevo-paraíso,
estirado, rígido en su posición habitual, la boca levemente abierta,
cara al techo; los brazos derechos y envarados, inmóvil. La madre, que
ya sabía lo que era la muerte, se sobrecogió al verlo y lo tocó
levemente; el niño se movió y gimió.
Las mellizas dormían al lado,
descuajaringadas en posiciones inverosímiles, los graciosos y rechonchos
miembros como desparramados, las cabecitas amorosas juntas, a la vez
iguales y diferentes. La mujer sintió invadirla de nuevo la tierna y
absoluta maravilla ante esa cosa nueva y milagrosa, el niño. Tú-también-serás-madre y Mujer-y-hermana dormían profundamente al lado de los varones.
Miró más allá y vio a su hombre, Tierra-Roja,
medio envuelto en el pedazo de piel fulva manchada de sangre, tal como
había llegado rendido por la caza; y por primera vez en su vida le
pareció ver una especie de bestia, un animal de presa; sofocó
inmediatamente un primer movimiento levísimo de repugnancia. Recordó el
golpe con que el padre al llegar había arrojado por tierra al caprichoso
hijo mayor, el golpe que a ella le pareció tremendo. El golpe fue
moderado y merecido, porque le estaba pegando al otro; pero ella lo
recibió en pleno corazón, y ahí no fue moderado.
Sin dejar de llorar pronunció de nuevo
sus nombres, las palabras inventadas por ella, los cuatro disílabos
extraños que en el primer idioma tienen preñez y fuerza de frase: Kain’m, Abheil, Ajdah, Leizrha.
Eso, que estaba ahí amontonado era lo único absolutamente que le
quedaba en el mundo, esos cuatro seres vivos que rompiéndola por el
centro le habían enseñado el Miedo y el Dolor, la cara interior de la
Muerte.
De golpe la primera mujer fue visitada
por la majestad de la tristeza, una tristeza más inmensa que el día de
la condena, una tristeza de sudar sangre, mezcla de todas las pasiones:
una cólera sorda contra Dios, que iba a hacer sufrir y morir a sus
hijitos por una culpa de ella; una angustiosa ansiedad de todo lo que
irían a pasar en esta vida, un horror en la médula de los huesos, como
un cuchillo en un nervio, de que ellos podían también pecar y perderse.
Eva sintió
que su corazón desfallecía. Conoció que su deseo rencoroso de vengarse
de Dios, de que Él también sufriera y muriera, que fuera un niño
impotente sujeto a una mujer, era culpable.
Invocó a Dios contra su corazón
malvado, contra esas impulsiones malas que nacían ahora en él y eran en
su cabeza como una corona de espinas.
Se sintió pesada, fatigadísima sobre
la tierra, impotente a todo. Miró a sus hijos, y miró a los hijos de sus
hijos, y más allá a innumerables hijos nacideros de los hijos de sus
hijos, y de todos se sintió ser la madre. Sintió el dolor de todas las
madres: que toda mujer que había de concebir y dar a luz era ella misma,
que por eso se llamaba ahora Euah, sucio Manantial-Viviente, la primera y la última de todas las madres.
Y de su inmenso arrepentimiento nació
un amor colosal hacia todos sus hijos, una especie de viento arrollador y
solemne que iba a buscarlos hasta el fin de los siglos y trataba
desesperadamente de acariciarlos, de cubrirlos y de protegerlos. Pero
sintió que no podía nada; y el viento arrollador la empujó hacia atrás,
la arrojó sin que ella pudiera impedirlo a los días pasados, a los
tiempos sin horas de la amistad con Dios, al Paraíso.
Por primera vez después de siglos,
pensó en el Paraíso. Nunca pensaba en el Paraíso, cuya imagen indeleble
había de emponzoñar de nostalgia eternamente la sangre de sus hijos: el
recuerdo de su pérdida le producía náuseas de muerte. Pero ahora se vio
de golpe sobre el césped blando, debajo de los terebintos, a la orilla
de los ríos grandes como el mar, gozando del dominio danzante de su
cuerpo intacto, libando la miel primera de todas las cosas, tomando
posesión deslumbrada de la natura nueva y sumisa, los pies desnudos
sobre el terrible terciopelo dorado de los enormes felinos dominados por
la luz de los ojos del ser inteligente, sentada como en un trono sobre
las rodillas de su hombre.
Recordó sus largos coloquios con Adán
inocente, sus juegos de doncella arisca, de hermanita salvaje, el
diálogo primigenio y eterno en el cual se inventaron todas las lenguas, a
partir de los primeros gestos totales, cuando comprendieron el valor
inteligente de los sonidos y empezaron a jugar con ellos como dos niños
gozosos.
Pero su recuerdo más lancinante era el
de sus coloquios con Dios: el éxtasis del atardecer, la oceánica
invasión del dueño invisible, la pérdida del yo y la fusión perfecta con
la causa infinita de todo, esa pasividad vibrante surcada como por
relámpagos de deliciosas palabras en silencio, que venía cuando quería y
se iba cuando quería, como la brisa de la tarde, dejándola después por
un rato con la sensación de que nada existía y que la creación era una
sombra vana.
Justamente por allí empezó la tentación, por querer tener la disposición del éxtasis, “seréis como dioses”.
Eva se estremeció de horror y desdicha. Había codiciado lo que es
estrictamente divino, quiso ser dueña del embeleso total, tenerlo cuando
quisiera y sobre todo darlo, sí, ser capaz de comunicar cuando quisiera
el éxtasis boca a boca a otra criatura que por lo tanto tuviera que
adorarla; como la adorara allí mismo embriagadoramente aquella nueva
criatura fulgurante que ostentaba vagamente las vivísimas formas del
ofidio.
Eva se postró en el suelo, en un total
reconocimiento de su error, en una conciencia traspasadora de su
infatuación y su ignorancia. Ya era tarde. Pero ella sabía que la justa e
irrevocable sentencia estaba unida a una misteriosa misericordia, cuyo
signo eran esos mismos hijos que se le dieran en lugar del Paraíso, uno
de los cuales aplastaría un día a la poderosísima serpiente.
Miró de nuevo su doloroso paraíso. De la boca de Abel surgió de nuevo el gemido, sordo, articulado en las sílabas ma-ma,
el fonema misterioso que la penetraba, la palabra que ella nunca había
dicho a nadie. Un inmenso anhelo de decirlo a alguien surgió de su
soledad infinita.
Sintió el deseo absurdo de decírselo
al Dios lejano y perdido, pero decírselo en medio del éxtasis antiguo en
que su boca lo tocaba; decirlo y que Él lo tragara; el deseo de ser
hija chiquita de alguien, de esconder como Abel en un regazo su pequeñez
y su desolación infinita, de resignar por un momento la carga
insoportable de ser madre de todos los vivientes, responsable única de
toda la vida.
Todos aquellos que habían de ser sus
hijos, serían hijos bastardos de Dios al mismo tiempo, hijos de mala
madre, inficionados de más en más por la tara de su cuerpo maculado.
Tuvo un deseo inmenso de ser madre
otra vez, pero madre de un ser absolutamente puro, más intacto que ella
en su perdida virginidad paradisíaca; el deseo disparatado de ser madre
de Dios mismo, o por obra de Dios.
Y sintió con horror que ese deseo
imposible y casi sacrílego era más fuerte que ella, y que la arrastraba
vertiginosamente hacia la pasividad de otrora, hacia el estado antiguo,
en que se bañaba, en el seno de la Deidad, como en un mar aniquilante de
delicias.
Sintió que su cuerpo se levantaba en
el aire; o por mejor decir, no sintió mas su cuerpo, como si estuviese
por encima del mundo entero y al lado de aquella solitaria estrella, el
lucero de la tarde, Venus. ¡Tembló!
Entonces, en su exceso quiso, temblando, decir a Dios las dos sílabas ma-ma.
Gimió su alma, mareada como quien se siente trastabillar en un abismo.
Pero, en vez de decirle a Dios las no
acostumbradas sílabas, con un gran temblor de su cuerpo y sin saber lo
que decía, ¡lo llamó Hijo!