Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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miércoles, 31 de octubre de 2012

Juan Manuel de Prada y Leonardo Castellani




ALBERTO ESTELLA 

Los intelectuales son con frecuencia cobardes. Entre ellos suele alzarse históricamente alguna voz en el desierto, clamando por una idea, criticando una costumbre social, exigiendo una actitud ética. Eso fue Unamuno, un intelectual comprometido, insobornable para los políticos, honrado en sus creencias. Si no fuera bastante con sus polémicas intervenciones orales, o sus pendencieros artículos de prensa, bastaría recordar "Contra esto y aquello", en que empieza defendiéndose de las críticas en Chile por un libro que reconoce "embestí sin compasión", y concluye previniendo a los lectores, que Dios les librara de chocar con un literato, un "ebanista de la prosa barnizada". Una actitud análoga adoptó el teólogo argentino Leonardo Castellani, al que Juan Manuel de Prada, que ayer dio una lección magistral en el ciclo unamuniano del Casino, llama el Chesterton de la lengua española. Sus polémicos escritos los editó el joven y laureado escritor zamorano (perdón por el tópico), bajo el expresivo título "Como sobrevivir intelectualmente al Siglo XXI". 


Como aprendiz aventajado de uno y otro, y mucha vida por delante para alcanzarlos, Juan Manuel de Prada no solo ha escrito novelas o ensayos, y dirige el excelente programa de Intereconomía "Lágrimas en la lluvia", sino que ha bregado intelectualmente en todos los medios, entre otras cosas, en defensa de sus convicciones, porque como dijo de si mismo Castellani, Prada es "contagiosamente católico", y yo añadiría que ejemplarmente íntegro.

Lea el artículo completo en la edición impresa de LA GACETA


viernes, 26 de octubre de 2012

"Dios es argentino, cuando no lo cansan demasiado"


Para el fin de semana, les dejamos otra joya del Whiskerer: la primera parte de la entrevista que le hiciera al Padre Castellani el periodista Rodolfo E. Braceli, para el semanario Siete Días en 1981.

Se puede leer bien del original, pero si es necesario, la transcripción de esta entrevista está disponible hace tiempo en la web de Stat Veritas.

El autor de la entrevista, Rodolfo Braceli [aquí en una foto junto al Padre], tiene su sitio web: http://rodolfobraceli.com.ar. Además, ha republicado la entrevista, junto con muchas otras realizadas a lo largo de su carrera, en el libro Caras, caritas y caretas: Biblia, calefón y golosinas surtidas: 50 personajes de la Argentina: Modelo para armar: Entrevistas periodísticas (dos ediciones, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1996).


Vida de Leonardo Castellani, "Peleó con todos, menos con Dios"


jueves, 25 de octubre de 2012

Reliquias castellanianas

Seguimos con los "tesoros" que el amigo Whiskerer ha querido compartir con todos nosotros.

A continuación el folleto de unas conferencias:

Folleto Conferencias: "La profecía y el fin de los tiempos"

Gracias a la desinteresada labor de Jack Tollers se puede descargar el texto de la desgrabación de dichas conferencias en Word o PDF.


lunes, 22 de octubre de 2012

"¿Lo más urgente?, conseguir la estabilidad política, reestructurar políticamente el país."


Gracias a la enorme gentileza de Whiskerer, compartimos a continuación el reportaje que le hiciera Alfredo Bettanín al Padre Leonardo Castellani para la revista Qué, propiedad de Rogelio Frigerio, año V, nº 193, 5 de agosto de 1958.

Alfredo Bettanín (1920-1974), autor de la ilustración también, fue pintor y dibujante, a cargo de la ilustración de diarios y revistas como Primera Plana. También fue escenógrafo, guionista y director de cine. Además de militante peronista. 

Comprovinciano y amigo del Padre (nacido en San Javier, Prov. de Santa Fe), Bettanín bautizaría a su hijo mayor (nacido en 1945) con el nombre de Leonardo en honor del sacerdote. Este Leonardo Bettanín, dirigente de Montoneros, grupo guerrillero al que también pertenecieron otros hijos del dibujante, murió, junto a su hermana Cristina, en un enfrentamiento con la policía santafesina en 1977 (o desapareció, según otras versiones, y luego fue fusilado de forma clandestina).

Reportaje a Castellani "¿Lo más urgente?, conseguir la estabilidad política, reestructurar polític...


jueves, 18 de octubre de 2012

Plagio



Por Descendencia de Ioreth (y alguna metida de mano whiskereniana)

Nos es lícito plagiar a Castellani
Como los alumnos remedan al maestro bueno en sus discusiones de fin de semana
Y por eso, de unos versos suyos sacamos estos versos nuestros.
Versos argentinos.
Versos a esta Dulcinea Argentina que ya se nos muestra sin afeites, en toda su decadencia, pero que seguimos queriendo.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La tortuga




No te rías, oh Dios fuerte, de mis esfuerzos frustrados, porque hay una voluntad tristemente terca que gime a Tí desde el fondo de mi impotencia.

Te voy a poner un ejemplo.

Una vez, oh Dios infinitamente grande que estás aquí presente, pesqué una tortuga en el río Salado y la llevé para casa. La tortuga quería escapar y volverse al río patrio, lo cual manifestó sacando una pata por un agujero de la bolsa en que venía y rasguñando la barriga del bayo, que se llevó muchos rebencazos acompañados del tratamiento de "mancarrón imbécil" por pegar cimbrones bruscos a la zurda como si lo espoleasen con nazarenas, siendo así que yo ni siquiera lo taloneaba. Y era la tortuga que quería escapar.

Le di por jaula un cajón de kerosén bocarriba. La tortuga se arrimó contra la pared, se levantó en dos patas, se fue de espaldas, estuvo manoteando un rato para incorporarse y después volvió con el mismo resultado a la tentativa de trepar las tablas. Yo me fui a dormir seguro. ¡Y al otro día, sin tener alas de pájaro ni patas de liebre, la tortuga se había escapado y estaba en el río! ¿Cómo hizo? Cómo hizo para escaparse lo sabes tú, Dios mío, yo no lo sé. Lo que yo sé es que aquí está en el suelo el rastro de las zampas torpes en la tierra húmeda de lluvia, el rastrito de las uñas chuecas que agarra derechito sin un solo sesgo la dirección del río.

Yo supongo que el animal testarudo intentó uno o dos centenares de veces trepar la pared de tablas. Que en una de esas afirmó en una irregularidad de la madera y se alzó unos centímetros. Que se cayó. Que volvió a afirmarse y a caerse una punta de veces. Y que en otra de esas, por otra casualidad, topó con las uñas otra cornisa más arriba, alcanzó con la cabeza el borde y después con una zampa y luego con la otra se izó torpemente, superó la barrera, se dejó caer al otro lado como un ladrillo, y agarró al galope la dirección del agua, oliéndola como un perro huele la querencia. Yo no sé. El caso es que milagro no ha sido y la tortuga ahora está en el río.

Por lo tanto Dios hombre que te hiciste carne siendo espiritual,
Yo te juro con todos los recursos de mi natura racional-animal,
Ya que patas de liebre no tengo y las alas quebradas me duelen tanto,
Yo te juro que yo me haré santo.
Que saldré algún día -no sé cómo- del cajón oprimente
En que doy vueltas en redondo y tropiezo continuamente
"Padre, propongo no hacerlo más", y mañana lo hago tranquilamente.
Pero setenta veces siete aunque tuviera que levantarme
Y aunque tuviera línea por línea milimétricamente que arrastrarme
Y yo sé que el diablo es fuerte, pero yo soy más terco y más cabezudo
Y yo sé que el diablo es diablo, pero la oración es mi escudo;
Y es malo, pero Tú sólo puedes sacar bien del mal
-Con tal que no me dejes nunca caer en pecado mortal-.
Yo te juro que saldré con tu gracia del cajón desesperadamente
Que andaré de las virtudes iluminativas el camino rampante
Y me hundiré en el río de la contemplación
Con una terca, de tortuga, tosca y humilde obstinación.

lunes, 15 de octubre de 2012

Oración a Santa Teresa





Yo trabajo, Teresa, y tú con este
trabajo mío, teje la victoria
piedra filosofal, Circe celeste
haz oro de mi escoria.

Si es verdad que Él nació, vistió mi veste
mortal, penó por ti, nos dio su gloria;
antes que acabe mi mortal historia
¡ay! hagamos por Él algo que cueste...

Teresa de Jesús ... hermana mía...
no merezco llamarme de Cepeda,
sé por lo menos mi adoptiva tía.

Y en ésta de la vida extraña rueda
sé tú la espola de la hilandería
y yo el gusano lánguido de seda ...

Y trabajemos mientras es de día
yo todo. . . casi todo lo que pueda
y todo lo demás, su señoría...


jueves, 11 de octubre de 2012

Miedo y cobardía


Debo decir algo sobre los malos soldados del Rey Cristo, es decir, los cristianos cobardes. 

Nada aborrece tanto a un Rey como la cobardía de sus soldados; si sus soldados son cobardes, el Rey está listo. 

No hacen honor al Rey Cristo los cristianos que tienen un especie de complejo de inferioridad de ser cristianos.

...

Para que Cristo sea realmente Rey, por lo menos en nosotros, hemos de vencer el miedo, la cobardía, la pusilanimidad; no ser ‘hombres para poco’, como decía Santa Teresa, y ¡pobre de aquél a quien ella se lo aplicaba! 

¿Y cómo podemos vencer al miedo? ¡El miedo es un gigante! 

‘¿Os olvidasteis que Yo estaba con vosotros?’.


Domingueras prédicas

"Cristo Rey" de Juan Ballester Peña


viernes, 5 de octubre de 2012

Los Castellani de Florencia: Michele Castellani




Tras un largo interregno, regresamos con la serie “Los Castellani de Florencia”, para comprender mejor, quizá, al Padre.

Iluminación del Specchio Umano,
obra de Domenico Lenzi, llamado "il Biadaiuolo"

Michele, hijo de Vanni, nieto de ser Lotto Castellani, nació probablemente en Florencia en la primera mitad del siglo XIV. Era hermano de Lotto di Vanni Castellani, también personaje histórico notorio.

En 1360 fue electo Prior del quartier de Santa Croce.

De su fortuna habla el hecho de que el 26/XI/1361 estuvo entre los diez ciudadanos florentinos que se obligaron a pagar personalmente la suma de 5000 florines de oro al obispo Andrea de Rímini, recaudador del Papa, para que éste levantara el interdicto y la excomunión que pesaban sobre Florencia.

El 2/VIII/1363 fue electo por un año como miembro de los Otto della Guerra —magistratura florentina encargada de dirigir los asuntos bélicos— y el 19/IX fue, con messer Pandolfo Malatesta, otro de los Otto —en ese tiempo con una condotta de Florencia—, designado Capitano della Gente di Guerra di Firenze.

Entre I y II/1365, fue Gonfalonier de Justicia, y el 26/IV fue embajador ante la Comuna de San Miniato.

El 7/X partió como Embajador a Siena para negociar con los emisarios del Papa, la Reina de Nápoles y de otras potencias, la expulsión de Italia de las Compañías de Ultramontanos, los gremios que protegían a los extranjeros.

En 1367 estuvo en la comitiva florentina que fue hasta Viterbo para agradecer al Papa su regreso a Italia.

En IX y X/1371, fue nuevamente Gonfalonier de Justicia.

En 1376 fue enviado a Avignon como embajador ante Gregorio XI y nuevamente al año siguiente para negociar la paz con la Iglesia y obtener el levantamiento del interdicto que pesaba nuevamente sobre Florencia.

En 1378 fue uno de los capitanes güelfos que se opuso al partido popular en Florencia y, como consecuencia de ello, el 20/VII, cuando éstos tomaron el poder, perdió todos sus cargos públicos.

La revuelta de los Ciompi (Florencia, 1378)
Durante la revuelta de los Ciompi —el gremio de los cardadores de lana—, su casa, ubicada en Lungarno, entre el Castello Altrafonte y el Ponte Vecchio, fue saqueda e incendiada.

En 1381 estuvo entre los 52 ciudadanos florentinos encargados de reformar el gobierno, junto a los priores de los barrios y las corporaciones.

En premio por su trabajo en esta “pacificación”, se le ofeció ser creado caballero, pero rehusándose pasó la dignidad a su hijo Vanni.

En plena actividad política lo encontró la muerte en 1383 a causa de la peste negra.

martes, 2 de octubre de 2012

El caballo con alas


Por Leonardo Castellani
Relato incluido en "Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas".

[Es —al parecer— una recreación o versión libre de un texto de Hilaire Belloc: "On a Winged Horse and the Exile who Rode him".]

La primera guerra extranjera que tuvo la Argentina fue una derrota —aunque los vivachos argentinos la han convertido en una "victoria contra la tiranía"; todos los días lo dicen por radio, y yo vivo en la calle que conmemora esa derrota-victoria (¡como para olvidarla!)—; la segunda guerra extranjera que tuvo fue una iniquidad y una estupidez. Después no tuvo más guerras extranjeras, por suerte. No cuento la "victoria paralítica" de Ituzaingó, porque aquélla no fue guerra.

Este país, que no ha dado nada hermoso al mundo, que está ahora ulcerado de ignominias, que traga ignominia y vergüenza como si fuera agua, que no reacciona por ganar dinerillos —que después se los quitan— al proceso de cretinización a que está sometida, me duele. Yo no tengo más remedio que haber nacido aquí y salir no puedo, sin contar que he hecho un voto a Dios de no salir; y la necesidad, la charlatanería y la sordidez son como un baño de ácido sulfúrico en mi piel.

Así que no tengo más remedio que aislarme. Yo no sé cuánto voy a vivir todavía, pero el médico dice "mucho"; según él, tengo malos nervios pero buenas arterias; de modo que mi vida va a ser mala pero larga. La peor enfermedad que existe es la vejez; pero es una enfermedad que todos desean.

Lo único que me sostiene es un encuentro que tuve en el año..., bueno, hace muchos años; si fijo fecha van a pretender que miento.

Estaba junto a una laguna en el sur de Buenos Aires. En las costas del Salado: una laguna cubierta de juncos y yuyales, que no sirve para pescar aunque hay muchos sábalos; que no sirve para cazar aunque hay patos; no sirve para navegar; y no sirve para plantar arroz.

Ni para verla sirve.

A mi lado estaba suelto mi caballo Monstruo. Relinchó.

Había al lado otro caballo blanco que un hombre vestido de tela sucia, botas finas y sombrero negro traía de la rienda.

Era un caballo como en mi vida he visto: parecía tener la fuerza de un frisón con la esbeltez de un árabe; tenía la crin casi hasta los cascos, los ojos enormes parecían un poco maliciosos; un gesto como de un hombre que ha visto cuanto hay que ver en el mundo y no se la pega nadie. Le hablé al animal, sin darme cuenta de lo que hacía.

—¡Oh flete! —le dije— aquí no hay nada, ¿qué andás buscando?

El flete hizo una sonrisa con el belfo. El hombre dijo:

—Entiende pero no habla. Hablo yo por él.

Era un petisón medio viejón, barba gris; me pareció haberlo visto en algún lado y más de una vez, pero más joven. Le dije:

—Discúlpeme si le hablo sin que nos hayan presentado, pero estamos en el mediolcampo; ¿usté no es por casualidad el que arregla los teléfonos en Buenos Aires?

Se rió y dijo:

—Otras cosas hay que arreglar primero.
—¿Y usté las va a arreglar?
—Mi caballo —dijo él—. Mi caballo vuela. Si acaso, las va a arreglar él. No sé si podrá.

Los criollos son medio bromistas y hay algunos locos.

—Me voy a presentar: yo soy escritor o algo así, y me llamo Pablo Venancio Borges.

El viejo rió en su barba:

—Yo acabo de decir una mentira, ahí en el boliche del Turco me preguntaron mi nombre y dije el primero que me vino. Pero esto que le dije de mi caballo no es mentira del todo, ¿eh, Rohanel?

El caballo estaba plantado con las delanteras abiertas, oliendo el aire; el mío pastaba.

—Aquí —continuó el viejo— al otro lao, sobre esa lomita del ombú, fue la batalla del Cainil contra los indios: Rosas los arrojó a la laguna, simplemente. Aquí me cortaron la quijada de un lanzazo, por eso llevo barba. También estuve con San Martín...

—¿Y con Juan de Garay? —le pregunté.

—Llegué tarde. Ya se habían repartido todos los terrenos —respondió muy serio.

—¿No se llamará usted Rodrigo de Triana, por un acaso? ¿Con Colón no anduvo?

—Aquellos españoles —continuó él— eran bravos y bastante rudos; pero no era mala gente. Lástima los echaron demasiado pronto.

—Y fue San Martín el que los echó —le retruqué.

—No crea, amigo. Mucho antes comenzó la cosa. Cuándo, no se lo podré decir. Pero ahora ya eso es agua pasada, como la famosa "Reconquista" contra los moros, que fue cosa grande. Yo conocí al Cid Campeador. También a San Fernando Rey, que era así como yo más o menos de alzada y bastante feo el pobre.

—¿Usted trabaja aquí, en el Reposo?

—Trabajé —dijo—. Tuve que salir a causa de la malevosía de un comisario. Anduve con los indios un tiempo.

—¿Y ahora?

—No tengo ni una tapera —dijo—. No trabajo más. Enseño a la gente a vivir bien. Y gano carreras.

—¿Enseña a la gente a vivir sin trabajar?

—Vendo cantares —rezongó—. El oficio más excelente que hay en el mundo es hacer cantares; y el segundo, es cantarlos, con tal que sean buenos. Y además, doy buen ejemplo. Jesucristo no hizo otra cosa.

Sin darme cuenta me había puesto a discutir con un loco, que era gracioso. Entonces sonó un tiro de escopeta y un verdadero nubarrón de patos se alzó sobre el lugar y la laguna se pobló de gritos. Solamente entonces me percaté del extremo silencio que nos había rodeado. Miré mi matungo, que ni siquiera había oído el tiro; el otro caballo había desaparecido.

—Dígame un cantar —le dije al hombre.

—Desde la madrugada ando haciendo uno; y todavía no tengo más que cinco versos...

—¡Uno antiguo!

—Aquí va:

"Almita, blanducha, loquincha
traslúcida, trépida, cálida
socia y sostén del cuerpo
¿adónde irás hora luego?
Desnudilla, tímida y pálida
terminóse ya tu juego".

—Éste lo hizo Martín Fierro —concluyó.

—No sea loco —le dije—. Eso lo hizo el emperador Adriano Elio cuando estaba por morir:

"Animula, vagula, blandula
hospes comesque corporis
¿quae nunc abilis in loca?
Pallídula, rígida, núdula ...
Nec ut soles dabis jocos".

Dicen que el último verso es flojo. Ninguno hasta hoy ha podido traducirlo bien; y los ingleses han hecho más de cien traducciones al inglés. Conozco uno de memoria, de Lord Byron nada menos:

"Ah! gentle fleeting wavering sprite
Friend and associate of this clay
To what unknown region borne
Will thou now wing thy distant flight?
No more, with wonted humour gay
But pallid, cheerless and forlorn... ".

—Eso lo hizo Adriano, español del Sur nacido en Itálica, o sea en Sevilla, el mayor emperador romano.

—Y bueno —dijo él—. Será.

—El mayor en cierto sentido. Tuvo los tres vicios paganos: fue orgulloso, cruel y libertino.

—Y bueno —dijo él.

—¿Me va'a decir que usted también anduvo con Elio Adriano?

—Mi caballo —dijo él, indicando a la derecha con la barbilla.

—¿Dónde anda, a esta hora?

—Ya volverá —dijo—. Vuelve solo. Bueno: el verso que andaba hoy haciendo dice así:

Salve, país del Plata y de la plata
Vanilocuo bastardo y botarate
Donde la carne y la gloria es barata
Mitre es un héroe, Mármol es un vate.
Salve, país donde la gloria en lata...

—Ese verso es flojo —le dije.

—Justamente —ripostó— por eso no pude seguir. ¿Qué consonante hay de plata?

—¡Mata! —le dije.

—Muy bien. ¿Mata verbo o mata sustancia?

—Los dos si a mano viene.

—Pero éste es mejor dejarlo para el final. Pienso decir al final que el ombú no es un árbol, es una mata; pero se cree árbol. Es el símbolo nacional de la Argentina. Es un yuyo megalómano —y miró al ombú de la lejanía—. Se cree árbol y es mata.

—Sabe mucho usted para ser tropero. Se ve que ha hecho de todo, hasta de mestrescuela, como todos nosotros. Pero ese cantar que está haciendo es contra la patria.

—¿Y de áhi? ¿Qué estaba haciendo usted, sentao en ese tronco cuando yo llegué? ¿No estaba maldiciendo la patria?

Me espantó, porque realmente no sé cómo lo pudo saber. El caballo estaba otra vez a su lado, y me miraba; y realmente tenía los ojos con malicia, un poco tristones.

—Yo maldigo lo que Ellos llaman "patria" —objeté— que está plagada de ignominia. Fíjese, me acaban de echar de mi cátedra y otro empleíto que tenía, y que cumplía. ¿No es una ignominia? Siete veces ya me han echado, que ellos llaman exonerado, y el primero que me echó fue el arzobispo de Buenos Aires; y eso, por un antojo.

—Bah —dijo él—, ésa no es una ignominia mayor. Más me han echao a mí; y del mundo me echarían si pudieran. Me han corrido de todas partes, de la Escuela, del Trabajo y de la Iglesia, como dijo el emperador ese que su merced antes mentó. Pero yo corro más que ellos. Gano todas las carreras. Diga que no juego por plata.

—¿Y usted cree que esto puede tener arreglo?

—Há'i tener —dijo con los ojos bajos, rayando el suelo con una bota— há'i tener. Tiene que ver usté qué buena es la gente de aquí en el fondo, cuando a uno lo entienden un poco. Malos deveras no debe haber más que uno cada cinco o cada diez. Pero bueno del todo, la broma es que no hay ninguno.

Yo recorro todo el país, al tranco nomás, sin apuro, con este caballo; que cuando él quiere y yo no quiero, vuela. En donde quiera encuentro alguno que quiera vivir bien, le enseño a bien vivir, a veces solamente haciéndole que sí con la cabeza.

Ése há'i ser el remedio. Cuando haya muchos que quieran vivir bien; claro que algunos van a tener que morir ...

—A mí me han muerto —musité—. Yo me doy por muerto.

—Mejor —dijo él—. Así le voy a poder prestar el caballo; que lo que es el suyo, no sirve. De no estar usted desesperao, no se habría sentao aquí; y de no sentarse aquí, no se hubiera encontrao conmigo.

El poderoso silencio nos había envuelto de nuevo: ni soplo de viento, ni una hoja. El tiempo estaba tapado de espesos nubarrones. El animal blanco olía soplando la tormenta. Yo no sabía qué decir. El viejo loco se me imponía.

—Pero ¿por qué? —balbucí—. Pero ¿cómo? ¿Y entonces?

Me había puesto en turbación como un fantasma, si era real o irreal el viejo, no lo sé, pero si no era real, yo estaba más loco que él; porque patentemente lo veía a la luz espesa de la tarde fulva leonada.

—Estos tiempos son demasiado para mí —concluí—, ¿por qué tuve que nacer en este tiempo?

Y lo miré; el viejo estaba montado en pelo y yo no lo había visto montar. Las riendas arrastraban por el suelo y él estaba agarrado a la larga cuna; la cual partida pareja en dos parecía en crenchas plumosas mismamente como dos alas. El viejo tardó en contestar:

—Yo estuve —dijo— con Policarpo obispo de Esmirna, que fue un escritor mediocre como vos... bien sabés, que ahora le dicen San Policarpo cada 26 de enero, porque hizo un milagro o dos después de morir, que en realidad lo mataron, pero mucho pior que a vos.

Cuando el obispo andaba por la calle, porque caballo no tenía y auto mucho menos, y veía venir un grupo de gente, y nianquesea un solo gente, salía disparando a los gritos diciendo: "¿Dios mío, en qué tiempo me has hecho nacer?". Y era obispo.

Yo no digo que no sean malos estos tiempos, pero todos los tiempos han sido malos; y si éstos son los piores, se aplica el refrán que dice: por lo más oscuro amanece; porque todos los tiempos están a igual distancia de Dios. Porque tenés que ganarte la vida haciendo copias a máquina con un solo dedo, ya te das por muerto y condenado, y porque no te dejan acabar un libro y otro libro que publicaste nadie le hizo caso, como si el mundo pudiera salvarse con libros, que ya hay demasiao dellos.

¿Y Jesucristo qué hizo? Mesas y arados y después cantares a su manera, a la manera de aquel tiempo. En este tiempo hay máquinas de hacer versos, dicen, así que Jesucristo se ahorra el trabajo; yo los hago a mano. Pero quería decirte esto: a vos en la escuela te enseñaron una punta de macanas acerca deste país, las creíste —y a mí me pasó lo mesmo— y al llegar a la madurez se te vino abajo el techo y hasta las paredes; así que ahora te das el lujo de hacerte el desesperao y el crucificao. No es para tanto.

—Me vas a decir seguro que el hombre puede vivir sin patria ...

—Patria provisoria tenemos ya basta los hombres solos. Solos hay que andar en este tiempo si uno quiere andar mejor. Cuesta al principio, pero se puede. Las langostas andan en mangas; pero el pájaro cantor, solo.

No has conocido tu vocación, querías sacar premios literarios y andar con el gaterío. Ahora ya sabés; y nunca es tarde. ¡Sé más feliz que yo! —y alzó la voz hasta un grito en el gran silencio.

Sin talonear, el caballo dio un brinco hacia la laguna. Di un grito, pero el caballo no se hundía.

Que me caiga muerto aquí mismo si miento, pero mismamente parecía que volaba. Se perdieron atrás del ombú, y yo mirando a ver si salían, en el cielo por un abra (o clarazón que le dicen) vi el lucero de la tarde.

Cuando les conté todo esto con precaución a dos vecinos, no tuve mayor éxito. Tengo que andar solo, porque la mayoría no creen; y los que creen, a lo mejor creen demasiado.


viernes, 28 de septiembre de 2012

Apokalipsis, conferencias




28 septiembre, 2012 | 

El Apokalipsis según Castellani

Os recomiendo el libro, recientemente republicado en español, que he leído hace poco y que hizo posible que dejara de estar obsesionado, que no preocupado, con la islamización. El libro explica versículo a versículo el libro de la Revelación. Es muy fácil de leer.
Por si no lo hacéis, os pido que al menos leáis esta serie de conferencias de Castellani sobre el Apocalipsis que Radio Cristiandad ha publicado:

[CONTINUAR LEYENDO]

jueves, 27 de septiembre de 2012

Castellani en la UCA: Crónica

Crónica de las Jornadas en Homenaje al Padre Castellani en la Pontificia Universidad Católica Argentina "Santa María de los Buenos Aires" (U.C.A.) aparecida en la revista institucional UCActualidad, año XII, nº  144 (Noviembre de 2011), p. 35.

El programa del evento lo publicamos aquí.

También apareció en este bloc de notas la ponencia del Dr. Sebastián Randle, "¿Quién era Leonardo Castellani? Aproximación a un personaje difícil."

Pinchar para ampliar o descargar aquí.


Borges y Castellani



Borges respetaba, por ejemplo, a Castellani y hablaba con afecto de él y con admiración. A lo Borges, pero lo hacía. Y en parte Castellani también lo trata con afecto y respeta su talento, aunque tenga cosas para decirle y se las diga. ¿Acaso eso hizo que no se separaran? Y más precisamente, ¿acaso se unieron por eso? 
En algún otro lugar, me ocupé de la relación de Borges con Chesterton. No fueron amigos, pero tal vez Borges vivió su admiración como si lo hubieran sido. Y estoy seguro de que Chesterton lo hubiera querido a Borges como quiso a Bernard Shaw, de quien lo separaban la política y cosas mayores. Como a Borges lo separaban de Marechal asuntos parejos a esos, política incluida. Y también de Chesterton, es verdad, como de Castellani, claro.

Cita de Eduardo B. M. Allegri en su nota "Política de mierda", sobre las relaciones entre Borges, Marechal y la política, que recomendamos y se puede encontrar en su bitácora (Es Cosa Mía).



Borges, Sábato y Castellani.
Detalle de una "famosa" fotografía
en un evento al que ya nos hemos referido
en varias oportunidades (I, II, III, IV, V).

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El verbo salvífico de Leonardo Castellani



Bajo el título Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI se acaba de publicar en España una selección de artículos escritospor Leonardo Castellani [1]. La edición, el prólogo y las notas sonde Juan Manuel de Prada.

¿Qué significa sobrevivir intelectualmente? ¿Qué es lo amenazado? ¿Cuáles son las amenazas? ¿Es este conjunto de artículos de Leonardo Castellani (Santa Fe, Argentina, 1899-1981) un manual de supervivencia? ¿Para quién? Supervivencia, ¿en qué territorio hostil?

Juan Manuel de Prada es contundente en su apasionada introducción: «En esta antología el lector descubrirá que nada humano le era ajeno a Castellani, precisamente porque nada humano hay que no cobre sentido expuesto a la luz divina; y descubrirá también en su lectura algo adictivo, que impulsará su inteligencia por caminos nunca antes transitados, robusteciéndola frente al chillido aturdidor de los ineptos, que en estos albores del siglo XXI se pavonean triunfantes. Que Leonardo Castellani sea desvelado hoy al lector español por Libros Libres demuestra, sin embargo, que el triunfo de los ineptos no es definitivo; y, por cada lector que este libro alcance, ese triunfo será más inseguro. Ojalá pronto las obras de Castellani, a despecho de los repartidores de las bulas que manejan el cotarro cultural, sean conocidas por el público español; será un síntoma de que aún no todo estará perdido.»

¿Quiénes son los ineptos que chillan y aturden? ¿Qué es eso que aún no está del todo perdido? Las respuestas a estas dos preguntas se muestran nítidas, sin fisuras, dentro de esta antología: no estaría perdida, del todo, la verdad católica, y la completa regeneración individual y social que promete ese verbo; que sería el verbo: la única verdad, la única esperanza para el ser humano y para la humanidad entera. Esa verdad habría sido revelada por Dios en los Evangelios, óptimamente racionalizada por Santo Tomás de Aquino, entendida en su pureza por Leonardo Castellani y recibida, con gozo, con fervorosa convicción, por Juan Manuel de Prada: «Después de leer a Castellani, tenemos la impresión de ser más inteligentes; y, desde luego, la impresión no es un mero espejismo, pues su verbo ya habita en nosotros».

Los ineptos que aturden con sus chillidos serían, supongo, aquellos que dejan que otros verbos habiten en ellos: verbos que, por no ser el católico -tal y como lo entendió Leonardo Castellani- estarían fuera de la Verdad -con mayúscula-, enturbiándola, molestándola, ensuciándola y, lo que es peor, aturdiendo a los que sí quieren oírla y sí quieren ser regenerados en ella.

Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. ¿Cómo? ¿Con las ideas de Leonardo Castellani que Juan Manuel de Prada ha seleccionado en esta antología? Eso parece. Y las ideas básicas que permitirían esa supervivencia se muestran claras, desafiantes, honestas -no lo dudo- y sin demasiadas anfibologías, a pesar de la gran variedad y complejidad de los temas tratados, agrupados por el editor en seis grupos: política, España (con su guerra civil), el canon occidental (Joyce, H. G. Wells y Nietzsche, entre otros), la ortodoxia cristiana (de la cual quedaría excluido Teilhard de Chardin, tras ser descalificado previamente como científico y como persona), la educación (en un artículo Castellani reclama que la teología se introduzca en la universidad y que, a la vez, la universidad se introduzca en la teología) y un último grupo de artículos agrupados bajo el título «Digamos la verdad»; ahí encontramos un cuento sobre la imprenta; artefacto éste que, como objeto, es magistralmente descrito por Castellani, para luego demonizarlo en boca de Carlos V.

En el Tratado Teológico-Político Spinoza afirmó que el Estado, por su propia seguridad, por su propia supervivencia, debe garantizar la libertad de pensamiento y de expresión de pensamiento. Más allá de su inquietante estatalismo esta idea sigue siendo un bonito desafío: a la mente, al corazón, a la capacidad de ambos de expandirse, de cobijar. De amar si se quiere. Las ideas de Castellani exigen un enorme esfuerzo de tolerancia, de generoso «cobijo» mental y cordial; precisamente porque no son tolerantes: porque no respetan ese paradigma de la democracia que, al menos en teoría -y, seamos justos, algo más que en la teoría-, estaría basado en la libertad de pensamiento y de sentimiento, en la libertad de culto y de no culto, y, sobre todo, en el respeto, absoluto, irrenunciable, a ese ser inefable, frágil, que es el humano. Todos los seres humanos.

Pero para Leonardo Castellani la democracia es, en realidad, demogresca: una especie de desviación política inspirada en el libro de «un renegado neurótico»: Rousseau. Se trataría, la democracia, de un sistema corrupto «porque yace en un error de fondo». ¿Cuál? La respuesta la encontramos en un artículo sobre Nietzsche: los hombres inferiores se han puesto por encima de los hombres que, por naturaleza, son superiores. ¿Qué régimen político, según Castellani, sí estaría a favor de la naturaleza? Las monarquías cristianas. En ellas se habría producido una especie de equilibrio biológico: «El mandatario supremo venía al trono con la naturalidad de la fruta al árbol a su tiempo. Los hubo de todas clases, desde el santo al malvado; pero raramente el incompetente. [...] Esta fue la sociedad que, malgrado pecados y crímenes, hizo las catedrales y las epopeyas, tanto las escritas como las tácitas; la que hizo las Cruzadas y la Conquista, después de haber hecho la Reconquista. No es añoranza inútil. No es tampoco idealización. Ahí están sus frutos». Quizás habría podido haber considerado Castellani, como creyente en la omnipotencia y bondad divinas, que Dios fuera capaz de participar también en la intrincada red de psiquismos que vibran en una democracia -en una «demogresca»- y que un gobernante electo por soberanía popular lo fuera también por soberanía celestial.

Pero lo menos soportable de la democracia para Castellani fue, probablemente, que permitiera, que consagrara, la -para cualquiera- aturdidora pugna entre los verbos; que quieren serlo todo en el todo del hombre. Pugna: guerras de verbos -de mundos en definitiva- que quieren el todo de la mente y el todo del corazón del hombre; cuyo cuerpo -más frágil, más sensible, que cualquier palabra, aunque sea poética- puede terminar abandonado, despreciado, entre el barro y la sangre. Las opiniones de Castellani sobre la guerra civil española que se han recogido en esta antología son muy desagradables. Pero hay que leerlas, sin prejuicios, abriéndonos a la posibilidad de que nos hagan reconsiderar nuestra mirada; siempre dogmática, cuidado, como aseguró Popper. El caso es que aquella sangre fue «reclamada ante Dios por una gran pirámide de pecados previos contra el pobre, de pecados contra el hermano, de pecados contra el débil, de pecados contra Dios. [...] Y no me parece imposible que en esa mole de pecados que ahora se lava en sangre estuviesen también representados algunos de los que ahora más vociferan: ¡Guerra santa, guerra santa, guerra santa!» Castellani afirma estar a favor de Franco, de su golpe de estado, porque los problemas «no se atajan con gobernantes cortos y caducos que sean excelentes personas privadas, incapaces de matar una mosca. El buen gobernante, que no es igual que el gobernante bueno, debe ser capaz de matar a un hombre, solía decir mi tío». Hay además, para Castellani, un modo «teológico» de ver la guerra civil española: Cristo «Dos veces por lo menos, al principio y al fin de su heroica campaña, hizo manifestación de violencia, no se detuvo ante las vías de hecho».

Si ni Cristo amó siempre, ¿cómo exigir a Castellani, su servidor, que lo haga? Amar y respetar son palabras que se confunden. La falta de respeto por las personas -por algunas, al menos- que muestra Castellani llega a extremos alarmantes, tristes, en un artículo que dedica a Ramón Pérez de Ayala después de haber leído su novela A.M.D.G., o La vida en los colegios de los jesuítas. Castellani escribe cosas así: «¡Qué cochinadas tiene que leer uno en esta vida!»; «¡Qué ignominia de hombre! ¡Cómo se puede ser criminal con la pluma... y obtener honores con ello!»; «Este es un villanazo con alma de Judas». El final de ese inelegante artículo tiene, sin embargo, cierto olor a genialidad y mucha gracia (de la humana me refiero): «Yo ya no soy jesuíta, no tengo cuarto a partir con ellos, no me pagan por defenderlos, más bien me deben plata y aun creo que si me escrudiñaran psicoanalíticamente los retorcidos recovecos de mi pobre subconsciencia, no aseguraré que no se halle por allí un deseo vago de que a los jesuítas -a algunos por lo menos- les encajen un soberano garrotazo en el occipucio. Caritativamente. Para que sean más veraces. Y más honrados.»

El manual de supervivencia intelectual que ha editado Juan Manuel de Prada -«deslumbrado», como él mismo asegura en el prólogo- contiene textos escritos con virtuosismo, con momentos de genialidad, valientes, respetables por tanto; pero no respetuosos. No obstante esa falta de respeto, Castellani parece que fue intelectualmente honesto; si por honestidad intelectual entendemos la expresión del pensamiento sin atención a los beneficios o perjuicios -materiales, sociales, etc.- que esa expresión puede propiciar. La paradoja es que las ideas de Castellani pueden publicarse y leerse en España gracias a la libertad -sí, libertad- imperante en esta aturdidora «demogresca»: a que se ha creado, con mucho esfuerzo, un espacio social gigantesco, casi prodigioso, para que se muestren todos los verbos: todos Verdad con mayúscula desde dentro: todos falsos si se miran desde otro «dentro».

Todos esos verbos quieren ser una prisión para la mente: todos quieren ser un «Matrix» -Juan Manuel de Prada, en su prólogo, hace varias referencias, aunque no explícitas, a la filosófica película de los hermanos Wachowsky-. Y todos, desde su ceguera, desde su ansiedad, desde su miedo, confunden la libertad con la abolición definitiva de los obstáculos que impiden el despliegue infinito de su algoritmo lógico. El gran malo de Matrix -Smith- al ser preguntado por Neo qué es lo que quiere, responde: todo. Lo dice, sorprendentemente, con ojos de miedo. Creo que es el miedo lo que explica el título elegido para esta antología: Como sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. Pero creo también que ese miedo es de buena fe. Como todos los miedos. Como todos los verbos; que componen, juntos, un fabuloso arco iris. C

[1] Leonardo Castellani: Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI, Libros Libres, Madrid, 2008.

FUENTE: Cuadernos Hispanoamericanos, nº 707 (Madrid: Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, mayo de 2009). http://www.cervantesvirtual.com/descargaPdf/cuadernos-hispanoamericanos-42/











martes, 25 de septiembre de 2012

Requiem


Manresa, 26 de septiembre de 1947.

Un día me enterrarán ...
¡Qué tranquilos que estarán!
Y yo más tranquilo
montado en un refucilo
más allá de Aldebarán
y ellos aquí ¿qué dirán?

Pues nunca me han conocido
dirán las mismas tonteras
con que en vida me han herido
y otras de muchas maneras
y yo estaré en el Reino del Olvido
libre de todas mis canseras.

O mejor no dirán nada
¿para qué quieres que digan?
a tu alma cauterizada
¿qué hay, que los de la manada
la maldigan o bendigan?

"El hombre que hacía daño
ya no existe -es decir, yo
el ermitaño
ingente silencio extraño
desapareció".

"Lo atropelló un camión
¿por qué entró en la ciudad?
salió de la soledad
a buscar la ración
en vez de hacer oración
a la suma deidad.
La verdad
es que era un animal sin corazón
un ente sin razón
hijo de la casualidad...".

Yo llevaré mi secreto
a entregarlo a Dios intacto
mi vida como un soneto
de pie forzado completo
habré trabajado exacto.

Y mi alma que el dolor
purificó de vileza
irá ensoñada de amor
irreal, como una flor
sin pies y pura cabeza,

Me sacudiré mis penas
de haber vivido con santos
topos unos y otros hienas.
"¡Ay - Jesús!" a manos llenas
Mas "Toma - hijo", no tantos.

Y mi enorme soledad
hallará su compañía ...
Oh días, marchad, marchad ...
Sólo hacer una bondad
o una mitad cada día.

Pongo en papel celofán
mi corazón con sigilo
mañana me enterrarán
¡Qué tranquilos que estarán!
Y yo estaré más tranquilo.



viernes, 21 de septiembre de 2012

Otra respuesta




Respuesta de un editor de Castellani

por Alejandro Bilyk
20 | 09 | 2012

        No hay modo de evitar la gran porqueriza en que a veces se convierte la apretada avenida de internet.
        Por ejemplo, ahora tengo que dar respuesta a las acusaciones que algunos comentaristas lanzaron en el blog Castellaniana, pues lo hicieron públicamente, y aunque todavía no sé si caen cerca o me dan de lleno, o aunque de ningún modo se dirijan a mí (difícil, ya que fui uno de los últimos editores de Castellani en la Argentina), es munición roñosa que salpica para todos lados. Lo peor es que, aunque debo hacerlo, ni siquiera sé a quién le voy a responder.
        Los que me conocen saben lo que pienso respecto del anonimato. Un “seudónimo” es aceptable, y hasta agradable, pues mediante su utilización más o menos periódica alguien agrega otra cosa de sí, un rastro a modo de figura. Como “Militis Militorum”. O, en grado superior, un “heterónimo”, que ya es un otro yo, una especie de personaje que uno construye sobre sí mismo, elaborando casi una segunda personalidad, de manera continuada. Como “Jack Tollers” quizás. En ninguno de ambos casos, seudónimo y heterónimo, el objetivo último del portador es ocultarse. No para siempre, ni del todo, ni de todos, ni de muchos. Por eso, bien llevados, son un distintivo adecuado, útil y benéfico. El anonimato es, por lo general, todo lo contrario.
        Ahora bien, ¿de qué voy a hablar, de plata o de Castellani? Por cómo se dieron las cosas, y para que los juicios oscuros no se extiendan (tópico argentino), vamos a tener que empezar hablando de plata. Una macana, pues debo hacer anotaciones personales, cosa que no me gusta. Pero conozco a muchos de los involucrados en estas acusaciones, aprendí de sus aciertos y de sus errores, y vi y oí cómo se los monstruifica con ligereza. Así que lo haré no sólo por mí, y lo haré lo más rápido posible. Al fin de cuentas, no pueden un par de fantasmas entrar pisoteando todo y empezar un tiroteo de injurias para ver a quién le aciertan.
        A lo largo de una década y media edité algunos de los títulos de Castellani, según contrato firmado en 1989 con Irene Caminos, su primera heredera, a quien pagué lo que correspondía y del modo establecido. En lo económico, la “ganancia” por la venta de las ediciones fue lenta, y en varias ocasiones, y al final en su conjunto, casi se asoció con la pérdida. Sólo para que sirva de ejemplo: 1500 ejemplares de “El Evangelio de Jesucristo” tardaron ocho años en agotarse (muchos se donaron, no todos los que se vendieron se cobraron, etc.). El propósito era mantener en existencia, o sea reeditar contínuamente, los títulos más conocidos, antes de pretender los inéditos. Sólo en dos casos lo logré, y aún conservo ejemplares. Cometí una enorme cantidad de errores, pero si hubo algún “perjuicio”, no pasó de mí. Hablando en plata, se entiende. En lo espiritual y moral, todo fue ganancia. Aprendí, entre otras cosas, que al tratar con alguien como Castellani, los números y los dineros no deben estar en segundo lugar, sino en último lugar. Pero hace ya mucho que abandoné las cuentas de los primeros años, cuando hacía sumas y restas hasta con la bombilla. Aclaro que no me siento especial en nada: muchos otros hicieron cosas parecidas (y mejores) y penaron parecido (y más).
        No es lugar para hablar de las peripecias de un editor, o de cierta clase de editores, así que alcanza con una breve información: para obtener verdadera “ganancia” habría que editar 3.000 ejemplares de un libro y venderlos (cobrarlos) en un plazo máximo de dos años; agotada esa edición, hay que dejar pasar un tiempo prudencial (conveniente) y reeditar al menos una cantidad menor, si es que no se puede una igual. Y así seguir –reedición, pausa, reedición–, estirando un poco las pausas. No olvidemos el objetivo: mantener siempre en existencia la obra de un autor. Eso, por supuesto, no con un solo título, sino con diez a la vez, en el mismo año. No olvidemos la estrategia comercial: obtener verdadera ganancia. Escucho... De acuerdo, bajemos un cambio: 2.000 ejemplares, no 3,000; y 5 títulos en un año, no 10. Pero cada año, cinco más, como mínimo, y en las mismas condiciones. Se necesita un capital, ¿no? Espero quede claro que este iter ya no es para nosotros, desde hace muchas décadas. Y aun el “proyecto comercial” que sí nos resulta posible (bastante menor, claro), no es para gente que sepa demasiado de balances, proyecciones financieras, etc. Es más bien para gente que de eso sepa poco y nada. Lo óptimo: gente antidepresiva y sorda. Tal vez algunos supongan que un editor lo primero que hace es adquirir un teclado mágico: primer botón, libro armado; segundo botón, libro impreso; tercero, libro distribuido; cuarto, libro vendido; quinto, libro cobrado; sexto, peso pagado (deudas, cuotas, derechos); séptimo, peso ahorrado; octavo, peso invertido. Entre el primero y el último, o sea entre el libro anterior y el libro siguiente, un movimiento velocísimo, casi etéreo, ¡zazám!, y una pila de rupias para el editor...
        Quien no conoce, mejor que pregunte, o que haga silencio, o que practique el oficio. Y que lo practique acá. Hay mucha leyenda en torno a los editores argentinos, mucho sainete. Hablo en especial de los “nuestros”. Delirios y torpezas nunca faltan, no lo voy a negar, ni me excluyo. Pero, ¿quién conoce algún autor “nuestro”, algún editor “nuestro”, o incluso algún librero “nuestro” que se haya enriquecido? Vean, cada uno se rompe el lomo con lo que elige y le toca. Atendiendo demandas, dando clases, cerrando balances, arreglando autos, lo que sea. Yo llevo más de veinte años dedicando la mayor parte de mis días a esta editorial, y a veces temo que empiecen a aparecerme números de página en el culo. Parece que algunos miran a “nuestras” editoriales, las que quedaron, y ven a Emecé o a Planeta. Para comparar con justicia deben viajar al pasado y buscar, por caso, la editorial Itinerarium, de Antonio Vallejo, o la editorial Difusión, de Luchía Puig, que llegó a ser la más grande de las católicas de Hispanomérica. Recién asomaba Castellani y ya la gente leía a León Bloy. Prevalecían los narradores más prolíficos, como Manuel Gálvez y, sobre todo, Hugo Wast, cuyos libros contaban varias ediciones y se publicaban por decenas de miles de ejemplares. Eran muy otras épocas. Ahora vuelvan al presente y miren el entorno. En principio, aquéllas, mejores y realmente grandes, ya no están.
        Estimados, se perdieron demasiadas cosas por el camino.
        Y no hizo falta mucho andar. Lugones, Marechal, Anzoátegui, Castellani (sigan ustedes), y los que los editaban, y los que los vendían en sus librerías, sin osar ponerle cerca un libro contradictorio, ¿cuál de ellos fue el ricachón? La idea de editar a Castellani se me cruzó en una época distinta, finales de los 80, siglo pasado, en el mismo momento en que se me ocurrió ser editor. Época algo adormecida, digamos, porque hacía rato que no se publicaban sus obras: poco menos de diez años entre el último título de Dictio y el primero de Vórtice. Baches en el continuum. Y Dictio, por medio de la cual conocimos la mayoría de sus obras, tampoco está. ¡Cómo afanó ése!, me dijo un tipo después de bajarse del taxi. “Ése” no llegó a escucharlo. Se iba caminando despacito rumbo a otra librería, con los dobladillos rotos y una bolsa de nylon agujereada por libros. Caramba, ¡cómo se equivocó! Puede ser, puede ser. Mejor no quiera saber.
        A la fecha, algo ha mejorado, quizás fruto de la pujanza de los herederos de Militis, que en lo esencial todos lo somos y, gracias a Dios, cada vez son más. Ojalá me hubiera tocado empezar ahora. No sólo porque Castellani parece estar “en alza”, como corresponde, sino porque se habría encontrado con un editor más experimentado, como lo merece, aunque igual de exitoso. En aquel entonces, para poder editarlo, empecé por pagar. Bastante. Era joven, soltero, obstinado. Había que “destrabar” los derechos, así que: crédito, pumba. Pagué antes, pagué durante, pagué después. Pero tuve un buen amigo, se puso a mi lado... Ni se me ocurrió pretender algo más que publicar algunas de sus obras. Se quejaban de que nadie ponía plata para editarlo, pero cuando conseguí la plata y lo hice, se quejaron de que intentara recuperar al menos una parte antes de seguir pagando. Pero ché, dejen que me saque de encima algunas cuotas del crédito. Nunca llegué a ver el “negocio”. No lo había. Qué sé yo, llegué demasiado temprano.
        Cuando al tiempo apareció, en tierra mendocina, el Instituto Padre Leonardo Castellani, una vez que dejé atrás el resquemor (me la vengo bancando a duras penas ¿y ahora vienen éstos a publicar los inéditos del cura?), al fin me entusiasmé con el objetivo: sostener y difundir la obra de Castellani entre varios, mantenerla siempre publicada y vigente. Era una idea apropiada: una estructura orgánica simple y amical que oficiaría de heredera y custodia, en la que todos los interesados podrían participar de algún modo. Y que saldría a rescatar su biblioteca, sus manuscritos, para ponerlos al servicio de todos, en forma seria y ordenada. Era una idea buena, y sigue siéndolo. Y sigo sin entender por qué no se mantuvo. Pero nunca me llegó una invitación para participar de la “compra” de los derechos sucesorios, sino para aportar a las ediciones de Jauja, cuya ganancia se destinaría a la constitución del Instituto, y a más ediciones. Habré prestado poca atención. Ni sabía que ciertas cosas se podían “comprar”. ¿Se compra una herencia intelectual y espiritual? Y si se funda un instituto para que sea depositario de una herencia, ¿cómo y por qué puede desaparecer el depositario sin que desaparezca la herencia? No sé, qué sé yo, estaba naciendo mi tercer hijo, llegué tarde y medio dormido.
        Desde que me acerqué a Castellani como editor, a cada paso me encontré con dificultades, acusaciones, disputas, murmuraciones, reclamos: una suerte de estigma retroactivo que caía sobre cualquiera que se le arrimara demasiado. Recibí piñas que ni siquiera eran para mí. Y, salvo mis amigos, no noté especial entusiasmo. Pero me engañaba. Cuando presenté mi primera edición, el Apokalypsis, libro en el que me empeciné, me reconfortó encontrar un gran salón universitario lleno a reventar. Se vendieron veinte ejemplares. Había que remar mucho todavía, y más lejos. Pasado el tiempo suficiente me acostumbré. Bueno, es un decir, pues por lo que se ve y se lee, ese estigma sigue vigente.
        ¿Vulnerar derechos? ¿Falta de pago de “regalías”? ¿De qué hablan?... La “victoria” de los demás fue igual que la mía. Cuidado con lo que dicen. Diciendo eso demuestran que saben poco y nada. No golpeen con palos de sombra. Traten al menos de no ser indecorosos, hablando en público y dando a entender que estuvieron espiando por la ventana. Pregunto: ¿qué “otras personas” tienen derechos sobre las obras de Castellani? Hasta donde sé, sólo uno más y sólo una obra, y le pertenece con toda “licitud”. Otra: a la fecha, ¿quién le debe “regalías” a quién? Por mi parte, nones. Me dolió rescindir los derechos que había obtenido a un alto precio, en todo sentido. Me convencieron de que fue legal; no me convencieron de que fue justo. Pero ya no me quejo. Y no recordaría ni diría nada, de haber más libros de Castellani y menos decidores de macanas.
        Pero pero, la gran siete, ¿de qué hablamos, de plata o de Castellani?
        Porque, con todo, desde que me acerqué a él como lector y discípulo enano, me encontré también con mucha buena gente que compartía la misma veneración y el mismo agradecimiento, y que buscaba a su lado lo único que a él lo desvelaba: abrir el seso. Si nada más que sus manuscritos o mecanografías hubieran llegado a unos pocos argentinos y sobrevivido al tiempo, a modo de incunables en un pasamanos, entonces sería entendible que alguno, cualquiera, se considerara el lector inaugural o el editor primicia y denostara el escaso reconocimiento que Castellani tuvo entre sus compatriotas. Digan lo que digan, no fue eso lo que ocurrió. Lo cierto es esto: en su país natal se llevaron a cabo homenajes, conferencias, jornadas, celebraciones; se le dedicaron innumerables artículos y ensayos, además de una biografía que es como un edificio construido en forma laboriosa e inteligente (y malamente editada). Por supuesto, y sobre todo, se hicieron continuas ediciones y reediciones de sus obras. No en la cantidad necesaria para permitirle, ni a él ni a nadie, una fastuosa vida clandestina, pero sí la requerida para que su obra siguiera un rumbo tranquilo y viviente, como pedía él para las cosas del Reino de Dios. Muchos argentinos, merced a esa dedicación discipular, lo siguieron conociendo, queriendo, leyendo y releyendo a lo largo de varias generaciones, hecho que puede atestiguar hasta el último descubridor y el alumno más conspicuo, si recuerdan sus pininos como meros lectores.
        Es menester este reconocimiento, no justamente lo contrario, para establecer un ánimo y una lengua común, e incluso para poder ofrecer al recién llegado una correcta bienvenida. En vez de censurar imaginarios intereses torcidos o calificar de manera injusta e impiadosa la tarea de los demás, deberían valorarse debidamente los esfuerzos precursores, el agradecimiento, la admiración y, en fin, el amor sincero que muchos habitantes del reino de Dulcinea le han tributado siempre al padre Castellani, al tratar por todos los medios, tanto ayer como hoy, de que los demás lo conozcan. Es un afecto espiritual, casi visceral, de mutua correspondencia. Por las mismas razones, el blog Castellaniana merece nuestro mayor respeto.
        “Ese amor a las cosas del país fue uno de los nervios centrales de su obra, de su empeño, de su concepción de la santidad” (Sebastián Randle). “Parece cierto, para mí al menos, que la Argentina es mejor porque existe Castellani” (Eduardo Allegri). “Castellani dice que lo que tiene que haber entre cristianos es amistad, no tanto frías relaciones institucionales [...] Tal vez sean épocas duras, de intemperie, pero por eso mismo toda institución que merezca este nombre tiene que estar vivificada por la caridad, por la verdadera amistad” (Jorge Ferro).
        Pobre Cura Loco. Su visión universal no se apartó de su amor nativo, no lo desalojó; al contrario, lo fortaleció. Con ojo de vidrio y todo, logró traspasar la opaca materialidad de nuestra vida. Hosco y retobado como era, se esforzó en enseñarnos a tener ojos mejores. No por nada quería “escribir buenos libros y regalárselos a la República Argentina”... Es duro recordarlo, por estos días y en este lugar, donde hace ya varios años que no se edita nada suyo. Quizás exista la ilusión de que Castellani cambie el mundo, o un país. Vamos. Puede sin duda cambiar el mundo de muchos; y, con el debido tesón, hasta es capaz de cambiar ese pequeño país que es una familia. Pero cualquier otra cosa le pertenece a Cristo, a quien él adoró y predicó. ¿Qué más le podemos  pedir, aparte de su talento genial para ayudarnos a mirar al Señor, a la realidad, a los demás?
        ¿Libros “colgados” o “clonados”? Es un error y la negación de un derecho. Pero la ausencia de la mayoría de sus obras, y el desembarco de ediciones españolas en cuentagotas y a precios hiperbóreos, conduce necesariamente al caudal informático; y, a la vez, deriva en este goteo de fotocopias de lujo. Lo cual es, de algún modo, un signo de salud, como una boqueada de pez fuera del agua. No lo apruebo, lo explico. Pero se remedia fácilmente. Por ejemplo, convocando argentinos que quieran correr el riesgo de editar nuevamente a Castellani (conozco algunos). Por ejemplo, haciendo ediciones digitales de algunas de sus obras, incluso ofreciendo gratuitamente aquellas de más difícil éxito “comercial”, o de más necesaria lectura masiva. Por ejemplo, volviendo a intentar lo del Instituto, ¿por qué no? Lo que se pueda y se quiera. Lo que importa es que nos orientemos a pensar en estas cosas y de una vez por todas dejemos atrás el conventillo.
        Hay un derecho primero en el que nos debemos concentrar: que los argentinos puedan leer a Castellani. Es un derecho que es un deber. Forma parte de su otro testamento, sin sede judicial. Sobre éste cabalgan todos los demás. Que el potro vaya después hacia donde lo lleve el viento de Dios y las regalías a quien corresponda. Ojalá esta trifulca nos ayude a encontrar un mejor camino, para que las cosas vuelvan a su quicio. Lo ideal sería ponerlo a disposición de todos, jerarquizar ganancias, soportar pérdidas, restaurar bienes comunes, darle un destino adecuado, practicar entera justicia, cumpliendo toda cláusula y sin transgredir ninguna. Como es natural, sólo los argentinos somos capaces de amar del mismo modo ese tesoro concreto del alma que es nuestra patria.
        Por mi parte, si no lo edité más, fue porque a partir de un mal día ya no me dejaron hacerlo. Y punto. Nadie me debe nada y nada le debo a nadie. Hablando de plata, se entiende. Y no sé de ningún autor, ni heredero, ni editor, ni librero, de los “nuestros”, que haya recibido en su casa un carro tintineante de monedas, ni siquiera una carretilla de albañil cargada de pagarés. ¿Alguien conoce alguno? Más claro: lo nuestro, aquí, no es negocio; es una tarea de ganancia escueta y ajena al calendario regular, en la que sólo se sobrevive con perseverancia. Así de sencillo. Qué tanta historia. En otro país será otra cosa, me alegro, que aproveche. La satisfacción, el orgullo, el placer del deber cumplido, ocupan otra habitación en esta tierra.
        Castellani es docente de amores altos y ciertos: leerlo y promover que otros lo lean es una buena idea y una buena tarea. Y es razón suficiente para que nadie en ningún lugar pretenda poseerlo. Lo cual no hace mella en ninguna ley. Que siga el derecho, nadie se opone, pero que siga derecho. Sin duda, la mayoría de nosotros entiende que, en medio de esta desolación, es necesario hacer otro tipo de cosas y este tipo de cosas hacerlas de otro modo.
        “Ay del pueblo que no acepta los maestros que Dios les manda”. Ay de nosotros, que tal vez nos merecemos poco... Pero, miren ustedes cómo es la vida, el propio Castellani insistía en que nos merecemos más.
        Yo sigo estando de acuerdo con él, por esas cosas del amor primero.