Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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lunes, 6 de julio de 2020

Otra vez con el milenarismo de Castellani

Fragmento de la entrada "AINDA SOBRE O INCONVENIENTE LIVRO 'O FIM DOS TEMPOS E SETE AUTORES MODERNOS', DO PE. ALFREDO SÁENZ, SJ" de Carlos Nougué.

c) E o que dizer da inclusão do Padre Leonardo Castellani, que fora um dos alvos do decreto do Santo Ofício (da década de 1940) assinado por Pio XII segundo o qual “o sistema do milenarismo mitigado não pode ser ensinado sem perigo [para as almas]”? Pois é exatamente este sistema o que o Padre Castellani sustenta no texto incluso no livro do Padre Sáenz, que chega a dizer que a doutrina milenarista de Castellani não cai sob a interdição do referido decreto... Tanto cai, que Mons. Juan Straubinger, grande tradutor da Bíblia e companheiro de milenarismo de Castellani, deixou de sustentar esta doutrina assim que saiu o decreto (como se pode ler em nota à sua mesma tradução da Bíblia). É verdade que o prefaciador do livro lançado pelo CDB, Leonardo Penitente, diz ali mesmo que o milenarismo mitigado é um erro e que a obra por ele prefaciada deve ser lida com cautela. Muito bem. Mas haveria que acrescentar que deve ser lida com cautela por teólogos – e simplesmente não deve ser lida pelo público em geral, que não tem armas para defender-se intelectualmente diante de um autor brilhante mas defensor de algo interditado como o é o Padre Castellani. Mas é o que eu já disse no outro texto: infelizmente, multidão de importantes bispos, padres, juristas, etc., hispânicos tem em Castellani uma referência, mesmo quando sustenta algo, repita-se, interditado, e despreza assim o magistério da Igreja. 

[El texto del P. Sáenz se puede leer aquí.] Recordemos que el P. Castellani se refirió a esta acusación numerosas veces, quizá donde más se explayó fue en su comentario a la obra del R.P. Florentino Alcañiz S.J., La Iglesia Patrística y la Parusía.

En cuanto a que el milenarismo mitigado o espiritual "no puede enseñarse con seguridad", he aquí una explicación de sus alcances. Y sobre el espinoso tema del milenarismo puede ser útil consultar lo que sobre el mismo escribió Francisco Canals Vidal, por ejemplo aquí o aquí.

El libro en cuestión del R.P. Alfredo Sáenz S.J. en portugués, se puede adquirir aquí.


lunes, 22 de junio de 2020

Nueva edición de CAMPERAS



LEONARDO CASTELLANI
CAMPERAS
BICHOS Y PERSONAS

incluye Vocabulario

V Ó R T I C E  -  J A U J A
264 páginas  |  16 x 23 cm.  |  $ 700



Reseña

Se considera como 1ª edición de Camperas la publicación suelta de 27 de las fábulas que lo integran en las revistas Ichtys y El Salvador. De tal manera, la 2ª edición, de 1931, es en realidad la primera en volumen unitario e incluyó el Prólogo de Hugo Wast. La 3ª edición es sólo una reducida antología de la segunda, y la única que no lleva el Proemio del autor, que fue reemplazado por un corto prefacio sin firma. La 4ª edición, lo mismo que la tercera y la quinta, no lleva el Prólogo de Hugo Wast, pero está enriquecida con 18 nuevas fábulas repartidas en tres secciones (la XII, la XIII y la XIV). La 5ª edición ofrece como novedad una nueva sección (la XV). La 6ª edición repite el texto de la anterior. La 7ª edición no ofrece la sección XVI de la quinta, pero vuelve a contener el Prólogo de Hugo Wast, mantiene el Proemio del autor con el título de Introducción y presenta 9 fábulas inéditas en la sección XVI. La 8ª edición es de 1976. La 9ª, de 1980. La 10ª, de 1984. La 11ª edición, de 1992, contiene el texto que el mismo autor deseó como definitivo de su obra, el de la segunda edición, más lo agregado en las ediciones sucesivas; se agregó un Prefacio de Fr. Aníbal E. Fosbery y, como anexo, un vocabulario, preparado por Mabel Radis, con la mayoría de los términos, seres y objetos allí mencionados, como así también los vocablos de uso poco frecuente en el lenguaje actual. La 12ª edición repitió la anterior, más los siguientes cambios: el Vocabulario fue ampliado por Juan Luis Gallardo, y para dicha tarea se utilizó además el Vocabulario y Refranero Criollo de Tito Saubidet; se incorporaron, además de las ilustraciones de la anterior edición, una selección de los dibujos realizados para la 4ª y la 7ª edición; y repitió la ilustración de tapa de la 3ª edición, de Juan Font. La 13ª edición conservó el texto completo y el Prólogo de Hugo Wast, sin el Vocabulario; agregó una Fabula docet de Daniel Teobaldi, a modo de nota preliminar, y nuevas ilustraciones que reemplazaron a las anteriores. Ésta, la 14ª edición, mantiene el texto completo de las últimas ediciones, con un único Prólogo, el de Hugo Wast; recupera de la 13ª ed. el Vocabulario y dibujos escogidos de Juan Font y de Loti, e incorpora nuevas ilustraciones realizadas por Javier Silveyra e Inés María Anzoátegui.

jueves, 11 de junio de 2020

Libertad y realidad



De una carta de lectores en el diario La Prensa del 9 de junio de 2020:


El filósofo y escritor Padre Castellani decía que la libertad tiene una limitación, que es la realidad. "Puedo yo estar en la cima de una roca diciendo que ese lago tiene agua, pero por más que lo afirme, si no la tiene y me zambullo obviamente me voy a desnucar".­

[http://www.laprensa.com.ar/489818-Los-grados-de-libertad.note.aspx?fbclid=IwAR0jpY7-LqQEe_5CZ8QfhyPkhrFXMDyiSzdcMrrah6WPQ1fV2u9d-I8DD08]

lunes, 13 de abril de 2020

Castellani una vez más en el suplemento Cultura de La Prensa


Lunes, 13 de abril de 2020




El P. Leonardo Castellani dedicó buena parte de su vida al estudio del Apocalipsis, empeño que puso por escrito en tres libros y en numerosos artículos y ensayos, además de en incontables sermones y conferencias. También en eso fue un hijo díscolo de una Iglesia que, con afán de modernizarse, tomó la senda opuesta, y se fue haciendo cada vez más mundana y naturalista, reacia a predicar sobre las postrimerías y el fin de los tiempos.

Cristo ¿vuelve o no vuelve? es un buen compendio de la exegética castellaniana. El libro, según la edición que publicó Vórtice en 2004, está dividido en tres partes. La primera –escrita a mediados del siglo XX- repasa los elementos centrales del Apocalipsis, barajando las opiniones de los exegetas más eminentes y proponiendo soluciones propias. En la segunda se recopilan una serie de artículos varios bajo el título de “Ensayos religiosos”. En la tercera y última, el padre Castellani revisa cuatro de las más importantes apariciones marianas a la luz de la visión profética de San Juan.

A Castellani (1899-1981) le interesaba en principio advertir sobre la realidad dogmática de la Segunda Venida, o Parusía. “Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de nuestra fe”, son las palabras que abren la obra. “El Universo –proseguía- no es un proceso natural, como piensan los evolucionistas o naturalistas, sino que es un poema gigantesco, un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace; que se llaman teológicamente Creación Redención y Parusía”.

Antes del regreso de Jesucristo “en gloria y majestad” deben ocurrir otras cosas, que Castellani menciona e interpreta siguiendo observaciones de teólogos o autores seculares (Bossuet, Lacunza, Donoso Cortés, Benson, Hugo Wast, Eyzaguirre, Straubinger). La Gran Tribulación; el Misterio de Iniquidad, que “es el odio a Dios y la adoración del hombre”; el retiro del Obstáculo (o Katejón); la adulteración de la religión verdadera, convertida en Gran Ramera; la manifestación del Anticristo, el Hijo de Perdición, que “será a la vez una corporación y una persona individual que la encarnará y gobernará”, el azote de las Siete Plagas.

Estas “fulgurantes visiones del Apocalipsis” con su despliegue “de sangre, fuego y ruinas” siempre han desconcertado a los escépticos. Castellani ponía especial énfasis en refutar a esos positivistas del siglo XIX, como Ernest Renan, que dudaban de la verosimilitud de un poder como el que San Juan atribuye al Anticristo.

En réplica al “apóstata bretón”, recordaba la devastación que habían dejado las dos guerras mundiales, la capacidad destructiva de la bomba atómica y la “concentración rápida del poder económico-político (totalitarismo capitalista) en pocas manos y la formación de grandes grupos internacionales, precursores de un Imperio Universal Anticristiano, o Primera Bestia”. Repetía la idea en la segunda parte del libro. “Se está produciendo visiblemente en el mundo lo que se podría llamar la herramienta del Anticristo –señalaba-. (…) La desviada Ciencia Moderna, que nos da ‘prodigios y portentos mendaces’ por los milagros que le pedimos, es uno de los elementos de esa Nueva Religión que vemos formándose frente nuestro, que tiene aspecto exterior como el cordero y en su boca palabras de blasfemia”.

Sin perder de vista el tema central, Cristo ¿vuelve o no vuelve? ofrece también una vía de ingreso a la singular inteligencia del sacerdote, y a su obra extraordinaria, escrita siempre con ese “humor aguerrido” y “estilo despeinado” del que habló Juan Luis Gallardo. Casi no hay página que no incluya una observación original, una síntesis imprevista, un comentario agudo, una salida tan chusca como brillante. A la vez periodista, teólogo y profeta, Castellani podía referirse aquí a judíos y masones, liberales y marxistas, fariseos y revolucionarios con una libertad que en este tiempo, dominado por la corrección política y la intolerancia de los tolerantes, sería por completo imposible. Hoy no habría lugar en el mundo (o en la Iglesia) para un Castellani.

Por eso leerlo es, siempre, un bálsamo y un tónico. Sobre todo en estos días de pandemia, pánico teledirigido, encierro obligatorio y persistentes llamados a constituir el tantas veces anticipado “gobierno mundial”. El padre lo vio hace más de medio siglo y lo expresó con palabras memorables, que merecen meditarse. “La unión de las naciones en grandes grupos, primero, y después, en un solo Imperio mundial, sueño potente y gran movimiento del mundo de hoy, no puede hacerse…sino por Cristo o contra Cristo. Lo que sólo puede hacer Dios –y que hará al final, según creemos, conforme está prometido- el mundo moderno febrilmente intenta construirlo sin Dios; apostatando de Cristo, abominando del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad y oprimiendo férreamente incluso la naturaleza humana, con la supresión pretendida de la familia y de las patrias. (…) Mas, nosotros defenderemos hasta el final esos parcelamientos naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna no de vencer sino de no ser vencidos. (…) Es decir, sabiendo que si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad. Y entonces el acabamiento es prenda de resurrección”.

miércoles, 8 de abril de 2020

Apocalipsis Castellani

Se está produciendo una mini-serie documental sobre la interpretación del Apocalipsis según el Padre Leonardo Castellani.

https://www.youtube.com/channel/UC9bMg1Eq0PCxopIBabcTlMQ/

Necesita suscriptores al canal para poder seguir adelante. Es un minuto nomás.


ACTUALIZACIÓN: Tráiler de la miniserie.




lunes, 6 de abril de 2020

Los insensatos de Castellani y los expertos



Juan Manuel de PradaEL ÁNGULO OSCURO

Insensatos y expertos

En ausencia de los auténticos sabios, surgen los llamados «expertos», sabihondines de saldo




En estos minutos de la basura de la modernidad se hace más estragadora aún la subversión de las humanas jerarquías sobre la que se asienta su tiranía. En un orden político sano, gobiernan hombres prudentes que se dejan aconsejar por los sabios. Leonardo Castellani decía que sabia es la persona que abarca «todas las ciencias armadas en sabiduría», convirtiéndolas en habitus vital. Los sabios son gente muy rara (en el doble sentido de «escasa» y de «preciosa») que «ven todo el mundo a través de su ciencia, la hallan en todas partes, se hallan en ella, y están haciendo allí continuos descubrimientos, en luna de miel o noviazgo perpetuo». Esta especie rara de los sabios no puede, sin embargo, sobrevivir en democracia (o sólo puede hacerlo en sus márgenes, viviendo de incógnito), que por envidia de la verdad organizó una turbamulta de «saberes» (añicos de sabiduría) que reparte generosamente entre sus adeptos, a modo de ladillas en putiferio o caramelos en cabalgata, mediante la expedición de títulos universitarios. Y así, en ausencia de los auténticos sabios, surgen los llamados «expertos», sabihondines de saldo que se las dan de peritos en tal o cual materia, aunque las más de las veces no sean más que charlatanes que, sin embargo, sugestionan a las masas, pues son los sacerdotes de la Ciencia, que es la religión de nuestra época.

La tragedia se completa porque estos «expertos» asesoran a gobernantes que ya no son hombres prudentes, sino «insensatos» en el sentido terrible que el mismo Castellani daba a la palabra en su sublime clasificación de los tontos: 1) Tonto a secas; esto es, ignorante. 2) Simple; esto es, tonto que se sabe tonto. 3) Necio; esto es, tonto que no se sabe tonto. 4) Fatuo; esto es, tonto que no se sabe tonto y además quiere hacerse el listo. Y 5) Insensato; esto es, tonto que no se sabe tonto y encima quiere gobernar a los demás. Esta colusión del insensato y el experto en contra del pueblo es demoledora, porque entretanto el pueblo se ha convertido en masa cretinizada que se traga con gula las ocurrencias del experto, como si fuesen croquetas o pedos de monja. Así está ocurriendo durante esta plaga, en la que el experto oficial del reino (o republiquita coronada… y vírica) dictaminó que en España no se producirían más allá de uno o dos casos, o animó a los españoles a asistir a manifestaciones globalistas que eran un cocedero coronavírico. Y ahí sigue el tío, sin recortarse siquiera las cejas, soltando ocurrencias (ahora infectado él mismo) que la masa croquetea y pedorrea tan ricamente.

Estos «expertos» nos aseguran, sin tener ni repajolera idea, que el virus no puede haber sido mutado en un laboratorio, aunque se sepa con certeza que en Wuhan llevaban años manipulando virus; o un día desdeñan las mascarillas como si fuesen embozos carnavaleros y al día siguiente nos exigen que nos las pongamos hasta para mear; o bien nos dicen que el virus no se transmite por el aire, para al cabo de una semana insinuar lo contrario. Y toda esta facundia veleidosa (que no es sino la ruminatio schizofrenica de unos farsantes que, a fuerza de improvisar, se hacen la picha un lío) guía la labor de los gobernantes insensatos, que así convierten las naciones que dirigen (hasta el barranco) en bólidos pilotados por chimpancés. Y las masas cretinizadas, entretanto, van disfrutando con cada acelerón o volantazo como si estuviesen montadas en el «gusano loco», aunque en cada viraje se queden unos miles de cadáveres en la cuneta. ¡Pero, chico, la tranquilidad que brinda saber que la crisis está científicamente gestionada!

Recordemos lo que dijo un Sabio odiado por insensatos y expertos: «Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».

martes, 10 de marzo de 2020

A propósito de "La otra Argentina", Ens recuerda a Aníbal D'Angelo Rodríguez

miércoles, 26 de febrero de 2020

El facho, la zurda y las medias tintas





Hace 5 años, a fines de febrero de 2015, murió Aníbal D'Angelo Rodríguez.

Si digo que era mi suegro, estoy hablando de mí, y eso no tiene ninguna importancia.

Pero si digo que fue mi amigo, estoy hablando de él. Porque solamente un tipo grande -con grandeza de grande hombre- tiene a los menos a su altura.

En ese entonces, apareció en esta bitácora un obituario sencillo pero sentido.




Ahora, en medio del recuerdo y el memorial de estos días, vino a parar a mis ojos por casualidad (¿de veras existe?) una nota de Página 12 de hace unos 10 años. Allí, un tal Juan Forn se hacía el gracioso a costa de las gracias de Aníbal.

Y sin querer le hacía un tremendo homenaje.

Qué se le puede hacer: hasta un reloj que no funciona tiene razón dos veces al día.




Con todo y eso, los remito, mis queridos, a la nota de marras, que ya desde el título destila cierta reverencia, tuerta y coja, como le pasa a la izquierda cuando con los dientes apretados no tiene más remedio que reconocer que el humor tiene más de una mano.

Pero como era un tipo de buen humor por inteligente, y en nada era resabiado, a Aníbal le habría divertido que este homenaje que ofrezco hoy esté a cargo de Página 12, claro que sí.




La nota aquella se llamó Facho con chispa y aquí les queda, vale la pena, al final de las cuentas.


En la gráfica de esta entrada, van momentos en la vida de este buen hombre que fue Aníbal, que hizo cosas grandes, silenciosas y duraderas.

Como un libro en el que trabajó hace casi 20 años y que Vórtice y Jauja tuvieron la buena idea de editar en 2019. Son los 90 ensayos del P. Leonardo Castellani en la revista Dinámica Social entre 1951 y 1964. El volumen se llama La otra Argentina y el Prólogo y las notas son de Aníbal D'Angelo.




Las verdaderas guerras son siempre guerras de religión, sostenía Chesterton, otro humorista.

Y como la guerra sigue, y como hay batallas de pensamiento y palabra que dar, Aníbal y su humor nos son necesarios.

Me gustaría desearle que descanse en paz, como se usa decir.

Pero me tienta decir solamente que esté en paz, pero que no descanse, porque todavía falta y él hace falta.




Enlaces a esta entrada

jueves, 13 de febrero de 2020

La Otra Argentina

Es la edición, largamente esperada, de todos los ensayos publicados por el padre Castellani en la revista Dinámica Social entre los años 1951 y 1964, la mayoría inéditos, acompañada de un prólogo, actualizaciones y notas de Aníbal D'Ángelo Rodríguez. En esta voluminosa obra se encuentra el itinerario espiritual, intelectual y aun literario sobre nuestra patria, su historia y su destino.


Datos del libro


viernes, 24 de enero de 2020

Castellani en Página 12

 

Página/12, 2 de marzo de 2019.

Paradojas de un ultramontano

Por Flavio Zalazar


No hace mucho, el portal digital de noticias Agencia Paco Urondo publicó Cinco tesis sobre poesía, conferencia de Raúl Gustavo Aguirre en la Biblioteca Argentina de la ciudad de Rosario en el año 1975 y editada un año después en la revista El lagrimal trifurca. Otro, con ideas propias sobre la creación literaria fue Leonardo Castellani, aunque las suyas alumbraron un sector diferente de la biblioteca.

El lector atento de literatura argentina relaciona a este jesuita tuerto nacido en Reconquista, como cultor de relatos policiales criollos, de impronta deductiva, fiel al estilo de Chesterton, y poesía teológica de color local: Si muero miserablemente aquí/ hay una falla en su creación perfectamente vista/ por lo cual moriré en forma correcta./ O resistiré como un patí/ en el río del Rey de Reconquista ("Epigrama" de El libro de las oraciones). También deriva la relación con el celador que hacía boxear a los pibes huérfanos del cuento de Rodolfo Walsh -alumno suyo en claustros secundarios- o quien pidió por un antiguo discípulo del seminario a Jorge Rafael Videla, de nombre Haroldo Conti, otorgándole luego los santos óleos en las mazmorras de la dictadura.

Antiliberal, colaborador de las revistas Criterio y Cabildo durante años, candidato por la Alianza Libertadora Nacionalista -el hecho le valió la amonestación de la Orden- Castellani desarrolló su propia tesis sobre poesía, coetánea a la del poeta de Poesía Buenos Aires, perdida hoy en el tiempo, pero con valor más allá de lo anecdótico. Inmersa en Los papeles de Benjamín Benavidez del año 1954 y corregidos en 1978,  la propuesta toma a la poesía en un recorrido de tres mil años, correspondiente a mismos ciclos, análogo con el desarrollo de  formas y creencias sociales:

1- Milenio craso o carnal: donde ésta cantó de manera temporal y mundana el triunfo de Cristo
2- Milenio espiritual: ella acompaña el período Patrístico hacia la lectura significativa de la Sagrada Escritura
3- Milenio alegorista: el completo desarrollo manifiesto, desde la inteligencia literal a la simbólica. 

¿Constituyen estos juicios una suerte de vaguedades? Sí, como todo el que busca darle un orden lógico a lo indecible que vertebra el discurso poético. Una visión evolucionista del tema, que fue la de muchos de su generación: Jorge Luis Borges (lo aborda en Inquisiciones del año 1925, llegando a las conferencias desarrolladas en el teatro porteño Coliseo en 1977), Leopoldo Marechal (Cuaderno de navegación 1966), Carlos Mastronardi (Formas de la realidad nacional 1961), entre otros, entronizados por la crítica de larga data. No obstante, en los referidos preceptos del sacerdote asiste una verdad irrefutable, certeza que prevalece en nosotros desde el inicio de los tiempos: entender a la poesía como la otra forma de ascenso al conocimiento. La concepción más revolucionaria. 

 

lunes, 25 de noviembre de 2019

10 enseñanzas que nos dejó Castellani

Los otros días llamábamos la atención sobre una conferencia dictada por el Dr. Sebastián Randle en Maschwitz (aquí). Ahora, gracias a la generosidad del autor, contamos con el texto de la misma. Espereamos que aprovechen de la misma como lo hemos hecho nosotros.

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10 enseñanzas que nos dejó Castellani
Por supuesto que Castellani nos dejó muchísimas enseñanzas más allá de las 10 que caprichosamente elegí para exponer acá (entre otras, sobre las que me podría haber explayado también, notemos sus lecciones acerca de la superioridad de la narrativa sobre la ensayística, cómo la inteligencia es uno de los principales dones de Dios al hombre, hasta qué punto es importante la literatura anglosajona —y no sólo la católica—, sus provocadoras notas sobre las taras de la contrarreforma o sobre el celibato sacerdotal, por qué la obediencia no es la última ratio en materia moral y cómo a veces es obligatorio desobedecer, que el comunismo no es el peor de los males, y muchas muchísimas cosas más sobre psicología, sobre literatura, sobre política, sobre historia argentina, que no acabaría nunca si quisiera enumerarlas todas).
Vamos pues a las 10 que arbitrariamente elegí para ustedes.
1)  La primera es que desde que reina la modernidad en el mundo, los enemigos principales de la Iglesia, son los cristianos de letrerito, los clérigos ventajeros, los obispos brutos, los cardenales venales y si me apuran, más de un Papa. Por eso, él urge que se empiece la batalla contra la modernidad “limpiando la Iglesia”, no tanto misionar, hacer apologética, sino hacer que los cristianos se vuelvan más cristianos. Así, por ejemplo, en “El ruiseñor fusilado”:

Lo que llaman la “apostasía de las masas” (que no es de las masas solamente) no se cura con “propaganda fide”. Es un fenómeno profundo, canceroso.
A los que me preguntan a mí qué remedio hay, no les digo el remedio; a los que me preguntan la causa, no les digo la causa.
Solamente digo: ¿Podría haber apostasía del mundo, si no hubiese porquería en la Iglesia? Si la Iglesia fuera hermosa, atraería necesariamente y no repelería. Y sería hermosa si estuviese limpia. Esto no tiene vuelta de hoja.

Claro, él libró esa batalla durante toda su vida—y ligó palos que no te digo nada, comenzando con su inicua expulsión de la Compañía de Jesús y terminando por un ninguneo sistemático de su prédica, de su obra, de sus clases, de su inteligencia toda. Y entonces, a veces le da por formular todo esto en primera persona:

Les voy a decir una cosa que más valiera callarla—que son las que hay que decir. Todos los golpes mortíferos (o "letales", como dice Avelino Herrero Mayor) los he recibido dentro de casa. Ningún judío me hizo nunca ningún mal, ningún liberal me hizo nunca ningún mal, ningún masón me hizo ningún mal, ningún mormón, ningún radical del pueblo, ningún perduelis, ningún espiritista, ningún psicanalista, ningún vendepatria, ningún estafador, ningún politiquero, ningún cipayo, ningún nazi, ningún malvinero, ningún escruchante, ninguna señora gorda, ningún “hippie”, ningún loco, ningún poeta modernista, ningún loquitor de Radio, ningún mahometano, ningún comerciante, ningún economista me han hecho nunca ningún mal. Si alguno ha tirado a matarme, como si dijéramos, ha sido un hermano no-separado; uno de los de “la estirpe electa, la gente santa, el sacerdocio reyal”, que dice San Pedro. El portero del cielo está viejo y un poco fuera de la buena información, quizás.

2)  La segunda enseñanza es que la “abominación y gran despelote” dentro de la Iglesia, ciertamente no empezó con el Concilio Vaticano II ni a partir de las reformas litúrgicas de Pablo VI. Él identificó como principal problema de la Iglesia, mucho antes que el progresismo y, a osadas, antes del modernismo, al fariseísmo—un producto natural de lo que él dio en llamar la “exteriorización” de la religión católica.

El mayor mal que corroe y amenaza a la religión católica hoy día es la “exterioridad”—el mismo mal al que sucumbió la Sinagoga.
El punto de disensión entre el Catolicismo y el Protestantismo en su nacimiento fue la “exterioridad”. Los protestantes protestaron contra una Iglesia que se volvía imperialismo, contra una fe que se volvía ceremonias y obras de filantropía, contra una religión que se volvía exterioridad: y apelaron a la religión interior… El remedio contra eso no era la rebelión y la desobediencia, por cierto; y así el Protestantismo no remedió el mal sino que lo agravó.
Y un poco más adelante:

Dondequiera hay un exceso de “reglamentismo”, una proliferación de mandatos, reglas, costumbres, glosas, formalidades y trámites, no solamente hay peligro de olvidar el espíritu y el fin de la ley, sino señal clara de que ese espíritu ha claudicado.
3)  La tercera enseñanza de Castellani fue enseñarnos a identificar al fariseísmo en todas sus modalidades, en todos los tiempos—y en el nuestro advertir que este paradigma fariseos-cristianos de verdad es infinitamente más importante que el de progresistas versus tradicionalistas (que en todas partes se cuecen habas).

Es un problema de “vitalidad”. Es el problema que Agustín Cochon llamó de “socialización de una sociedad”: de absorción de lo personal por lo social, de lo característico por lo colectivo, de lo vivo por lo automático, del gesto por la máquina y la savia por la corteza.  
Él, por su parte, combatió a los fariseos de su tiempo con todas sus fuerzas y con toda su inteligencia y llegó a conocerlos a la perfección:

Todo fariseo es fanático pero no todo fanático es fariseo. ¿Qué es el fanatismo? El fanatismo consiste en poner arriba de todo a los valores religiosos -lo cual está bien- y después suprimir o despreciar todos los otros valores, lo cual está mal. Los valores religiosos son ciertamente los más altos de todos, son la cúspide de la pirámide de los valores, pero la pirámide no es pura cúspide; la cúspide tiene que estar sustentada por la falda. Si Ud. se sube a la cúspide y después retira la falda, se cae Ud. y la cúspide; y ésta deja de ser cúspide. El fanático es muy religioso o cree serlo; pero da en despreciar todo el resto, la ciencia, el arte, la nobleza e incluso las virtudes naturales, el talento, el genio, el espíritu de empresa. Su religión se desboca, como si dijéramos. Hay religiosos que son buenos religiosos (o lo creen) y desprecian a medio mundo; desprecian por ejemplo, a las otra Órdenes religiosas o a los casados, desprecian el Matrimonio. Son fanáticos.
Alguna vez los retrató con saña, a estos malditos fanáticos:

Cautelosos como gatos, fríos como culebras, reservados como crustáceos, incapaces de efusión cordial y de verdadera amistad, acomodaticios, hinchados de una ciencia egoísta, duros, incomprensivos, preocupados de su salud y de sus ventajas, calculadores, insensibles, poco humanos, gazmoños, enemigos de la grandeza, amargos, antipáticos, temerosos del hombre y de lo humano, racionalistas, ingenerosos, replegados sobre sí mismos, infecundos, desmadrados, estériles, gélidos, autómatas, censuradores del prójimo, entristecidos, retrancados, negativistas, prudentes al exceso, susceptibles, reptores, maestros helados que muestran al mundo una imagen repelente del Divino Maestro.
¿Y quién no ha conocido clérigos, por no decir monjas también, así? Ahora, él nunca se llamó a engaño: sabía que ese combate contra los fariseos lo haría seguir la suerte de Cristo, porque es un combate a muerte... ¿con quién? Pues, en primer lugar con los magnates eclesiásticos.

Un obispo estaba almorzando en el Jockey y predicando que el Cristianismo era la sumisión a las autoridades constituídas; y un chico que estaba al frente le preguntó: «¿Qué es eso que tiene Su Excelencia colgado al pecho?» Tenía un crucifijo de oro. «Es el fundador de nuestra Religión» «¿Y quién lo clavó en la cruz?» «Las autoridades constituídas».
En esto, nadie más cristiano que Castellani, y por eso también, entiende tan bien a Cristo:

[Jesucristo] vino a luchar contra todos los vicios, maldades y pecados; pero él personalmente luchó contra el fariseísmo. Lo tomó por su cuenta. Ver los santos evangelios.
Empezó a quebrantar el farisaico Sábado, a olvidarse de las cuartas o quintas abluciones, a tratar con los publicanos, perdonar a las prostitutas arrepentidas; a curar en día de fiesta, a decir que escuchasen a los maestros legales pero no los imitasen, a distinguir entre preceptos de Dios y preceptos de hombres de Dios, a poner la misericordia y la justicia por encima de las ceremonias, aun de las ceremonias de culto, y no del culto samaritano, sino del verdadero; empezó a describir en parábolas más hermosas que la aurora el hondo corazón vivo de la religiosidad, del reino de Dios que está dentro de nosotros, y es espíritu, verdad y vida. Lo contradijeron, por supuesto; lo denigraron, calumniaron, acusaron, tergiversaron, persiguieron, espiaron, reprendieron. Y entonces el sereno recitador y magnífico poeta se irguió, y vieron que era todo un hombre. Recusó las acusaciones, respondió a los reproches, confundió a los sofisticantes con cinglantes réplicas. Y haciéndose la polémica más viva cada vez, con unos enemigos que contra él lo podían todo, se agigantó el joven Rabbí magníficamente hasta el cuerpo-a-cuerpo, la imprecación y la fusta.
4)  Claro, la otra enseñanza que nos dejó Castellani es que nunca hemos de dejar de centrarnos en el hecho de que Cristo fue asesinado, cosa que hoy en día se escamotea tan a menudo.

Todas las biografías de Cristo que recuerdo (Luis Veuillot, Grandmaison, Ricciotti, Lebreton, Papini) construyen su vida sobre otra fórmula: Fue el Hijo de Dios, predicó el Reino de Dios, y confirmó su prédica con milagros y profecías. Sí, pero ¿y su muerte? Esta fórmula amputa su muerte, que fue el acto más importante de su vida.

Y claro, está muy bien contemplar la Cruz con devociones sensibles, gratitud (“a gran precio habéis sido salvados”) y amor. Pero una cosa es una cosa y otra, otra, como lo explica Santo Tomás:

Si el origen de un gozo es bueno, hay que alegrarse del efecto y de la causa... Mas si la causa es mala, hay que alegrarse del efecto, no de la causa... así como nos alegramos de la redención de Cristo, no obstante que su causa fue el deicidio de Judas y de los Judíos.

Y por no hacer esta clase de distinciones, ahora les da a los teólogos, a los cardenales y a los Papas por decir que a Cristo no lo mataron los judíos…

Estos días me leyeron un párrafo del Cardenal Bea acerca de los que mataron a Cristo; dice que no el pueblo judío, sino algunos funcionarios judíos mataron a Cristo; pero esos mismos no pueden llamarse “deicidas” porque no sabían que Cristo era Dios. Con todo respeto, podemos advertir que no sabían lo que era Cristo, pero debían saber; otra cosa sería hacer agravio a Cristo; o sea, pensar que todo un Dios se hizo hombre con el fin de revelarse a los hombres; y no fue capaz de probar que era Dios, ni siquiera a los que lo rodeaban y eran los jefes religiosos de la religión verdadera.
No: lo que siempre ha creído y enseñado la Iglesia es que los fariseos, y sus secuaces—una parte del pueblo judío—asesinaron al Mesías; y si ignoraron que lo era, esa fue “ignorancia culpable” y por tanto, el delito es imputable. “No saben lo que están haciendo”—dijo Cristo en la cruz. Sí, pero antes dijo: “Padre perdónalos”; y si se pide un perdón, hay un delito; y por cierto un delito enorme.
El Cardenal se queda con el “No saben lo que hacen”; y se deja el “Perdónalos” porque para él no hay nada que perdonar. Los judíos todavía no lo han crucificado.
Je.

5)  La quinta enseñanza que nos dejó Castellani, fue la de estar en todo tiempo atentos a la Parusía, que siempre estuviésemos expectantes ante la Segunda Venida de Cristo. Porque además, eso es lo que nos distingue de los herejes, esa es la nota distintiva de la vera ortodoxia. Una vez lo puso en verso y no le salió del todo mal…

Ojo al Cristo que es de cobre
Le conozco la receta
Hoy día al falso profeta
Que el mundo loa y acata—
Para hacerlo hablar en plata
Les enseñaré una treta.

Al que venga con grandezas
Terrenales discursiando
Y los venga emborrachando
Con un silbo de serpiente
Pegúntelén solamente
Si volverá Cristo—y cuándo.

Les dirán que Cristo es Dios
Y el Credo y la Letanía—
Hay un punto todavía
Que a un hereje lo resuelve—
Pregunten si Cristo vuelve—

“¡Qué va a volver! ¡Volvería!”
Y eso de su Segunda Venida, precedida claro está, por el fin del mundo, idea que, desde luego, especialmente aborrecen los progres.
Yo no he venido para predicar la proximidad del fin del mundo como hizo San Vicente Ferrer en el s. XIV, y se equivocó. Vengo solamente a traer a los males actuales la consolación del Hno. Bartfield, el cual en El Salvador pidió permiso para ir a la enfermería a visitar a un enfermo y le dijeron,
-Sí, pero no lo aflija más, dígale palabras de consuelo.
-Osté deja eso por cuenta mía- dijo el alemán.
Y en efecto, al llegar al moribundo le dijo:
-No hay que desafligirse ni tomar poca pena porque todo lo que está pasando no pasará, y cosas peores vendrán.
Telón. 
6)  La sexta enseñanza de Castellani consiste en que en todo tiempo y lugar, siempre hay que amar a la Patria, por enferma que esté, por mucho que parece que desaparece. Ahora, el amor a la Patria en Castellani, es un amor específico, no el típico del nacionalista chauvinista. Al contrario, uno diría, como cuando hizo una suerte de balance en oportunidad de aquel homenaje que le hicieron en el Champagnat, a sus 70 años:
Ustedes tendrán sus propias experiencias, pero mi propia experiencia es que la Patria me ha puesto al margen de sus movimientos, me ha hecho ciudadano de segundo orden, me ha cargado como escritor con la conspiración del silencio, me ha exonerado de mi trabajo cinco veces, y en algunos lapsos no me ha dejado ejercitar ninguno de los tres oficios que sé, o sea: sacerdote, profesor y escritor. Son oficios que estudié bien; y ha habido trancos en mi vida en que no podía ejercitar ninguno. Podría haberme agregado a la «emigración de los técnicos»; pero no lo hice. Me quedé aquí. Incluso lo juré.
Y hay más:
 Siempre se puede amar a la patria, por fea, sucia y enferma que ande; y así amó Cristo a su nación, que era "una cosa de Dios" literalmente, y por por propia culpa estaba por dejar de serlo; de modo que su amor era compasión; y así la obra de ese amor fue conminación y consejo, antes que fuera demasiado tarde: no le dijo requiebros sino amenazas, desde el borde abrupto que domina por el Norte la ciudad de Jerusalén. Y lloró sobre ella.
Y en otro lugar:
¿Cómo va a ser la Patria esta inmensa laguna en que andamos braceando con desesperación, nadando contra corriente y empantanándonos sin poder ir ni atrás ni adelante; esa casona derruída donde respiramos aire gastado, comemos pan duro, estamos inundados de mentiras y pamplinas, leemos o vemos cada día cosas que nos dan en rostro, ¡estamos vejados por el cretinismo ambiente y creciente, soportamos vergüenzas nacionales!
Pero luego, termina aclarándole a sus amigos que lo homenajean, pese a todo:
La Patria son ustedes. ¿Entonces la Patria real es muy chica? No lo sé, puede que sí, puede que no. Pero la Patria son ustedes.
Es que, siguiendo a Simone Weil, Castellani sabía cómo había que amar a la Patria y hay una única manera posible… y es al modo cristiano.
En el Evangelio no hay rastro alguno de que Cristo sintiera por Jerusalén y Judea otro amor que el que nace de la compasión. Nunca mostró por su país otro tipo de afecto. Sin embargo mostró compasión más de una vez. Al prever la destrucción que pronto se abatiría sobre su ciudad, lloró por ella. O le habló como a una persona: “Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise...”
7)  La séptima enseñanza que nos dejó Castellani fue su loco amor a la verdad. Digo “loco” porque es un amor apasionado, sin reservas, sin la posibilidad de negociaciones espúreas, sin límites. Y eso procede, me parece, de haberse enganchado con una gran verdad tradicional que el catolicismo moderno ha olvidado por completo.
San Agustín decía que el peor mal del hombre es el error. ¿No es el pecado el peor mal de la tierra para el cristiano? San Agustín decía esta cosa enorme, que es el error. Pero Cristo también lo dijo en cierto modo: porque Él no dijo “Yo soy la moral”—dijo: “Yo soy la Verdad.”
Y un poco más adelante:
El error es el peor mal del hombre: “Todo pecado es un error”, enseñó Sócrates; lo cual es exacto en cierto sentido, en el sentido que todo delito depende de algún modo y últimamente de un error. Así pudo decir San Agustín que error es el mayor mal del hombre; porque de todo error brotan numerosos pecados. Pongamos un ejemplo de la gravedad de este mal: la gente ordinariamente no lo ve: ve el mal del pecado; no ve el mal del error.
Ahora, cuando uno alcanza a ver una verdad (y, como decía Newman, “la verdad se esconde de quien no la busca”) tiene la obligación de aferrarse a ella como a una tabla de salvación y no hacer caso, nunca de quienes no te quieren dar la razón (que es lo que suele suceder, en estos descastados tiempos). Pero en esto, Castellani, era inflexible y supo decírselo a un cardenal, a un “magnate eclesiástico” como los llamaba él.
Todo el mundo sabe que tengo razón, incluso Vuestra Eminencia. Y todo el mundo sabe que nadie me la va a dar, incluso yo. 
8)  Castellani nos dejó una enseñanza muy de notar al explicarnos el paradigma de “lo paródico” esa sutil falsificación de todas las mejores cosas y que caracteriza tan perfectamente a la mediocridad argentina.
Lo Paródico es la imitación de lo Serio; cuanto más parecido a lo Serio sin serlo, es más eficaz en el arte de la comedia. No es lo mismo que lo Cómico, no es lo mismo que lo Falso, aunque participa de esas dos categorías.
Y en efecto, la Argentina parece ser un país en donde domina esta falsificación de todo, incluso de las cosas más encumbradas.
La vida religiosa no es para todos. Y así como uno se puede equivocar no entrando en religión como Dios lo llamaba, que es lo más frecuente, así también se puede equivocar al revés…
El dejar los bienes exteriores por alcanzar los interiores, o como reza la fórmula consagrada "los bienes terrenos por los divinos" y "todas las cosas por Dios", es aprobado por la Iglesia y es la más grande sapiencia: allí se verifica la parábola del tesoro escondido y de la perla sin precio. Pero el dejar las cosas nobles y bellas de la creación por nada, eso no es negocio: es fakirismo o estupidez. En ese sentido algunos conventos actuales le dan la razón, por lo menos en parte, a Nietzsche. En ellos, la pobreza desemboca en envilecimiento o suciedad, la obediencia en servilismo, la castidad en misoginia y dureza de corazón, la oración en aburrimiento, la abnegación en mutilación; y el "abandono de todas las cosas" hecho no en la caridad ni dentro de la contemplación, convierte a los hombres en bueyes, o en carneros o en plantas.
Y, claro, es muy difícil pegarle a lo paródico sin lastimar lo parodiado…
De ahí que lo paródico no se puede atacar directamente sin peligro de lastimar lo que está detrás de esa corteza o ese tejido adiposo. Hay que usar las emanaciones radiactivas del humorismo.
Cosa, a veces, muy difícil de hacer (y porque, más que nada, no todos tienen ese sentido del humor inteligentísimo del P. Castellani—pero de él nos podemos aprovechar, no vayan a creer.  Por eso, recomiendo que lean y relean su famoso artículo sobre “Lo Paródico” (que hallarán reproducido en las dos ediciones de "Seis ensayos y tres cartas": la primera, en el primer tomo de la Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino (Buenos Aires, 1973, Dictio, pp. 316-321); la segunda como libro independiente (Buenos Aires, 1978, Dictio, pp. 83-88). Aunque, claro, los casos de parodia que él menciona se han vuelto más… paródicos que nunca. Fíjense si quieren; el habla de
La parodia de la cultura, triunfante por ejemplo en el "suplemento" de "La Nación"…
Sí, bueno, ahora fue reemplazado por ADN que es infinitamente más pobre… Después habla de otra parodia, peor todavía:
La parodia de la filosofía en hombres de algún talento que cayeron en la tentación de la rana que quiso hacerse buey, y estallaron…
Seguramente está pensando en Quiles, Pita o quizás incluso en Mandrioni. Pero después aparecieron tipos infinitamente peores, Ari Paluch, Bucay y Stamateas. Luego habla de otra más…
La parodia de la política que es una especie de borrachera y un verdadero alcoholismo en el país…
Sí bueno, pero qué no daríamos por tener de presidente a un tipo como Frondizi...
…y no quiero hablar de lo paródico en religión.
No, padre, nosotros tampoco—aunque hay que decir que, unos meses después de escribir este artículo, en su Diario hace un inventario de los componentes del catolicismo argentino de aquellos años que dan ganas de llorar:
El partido democristiano, Monseñor de Andrea, el "apóstol", los "nuevos" obispados, los versos devotos, la "filosofía" de Mons. Franceschi, los sermones del P. Filippo, los libros de los salesianos, la predicación sin el Evangelio o con el Evangelio mutilado, el diario "El Pueblo" y la revista "Criterio", devoción al Papa fingida y basada sobre mentiras ("es un sabio, es un santo, es un gran hombre", etc., rifas y colectas, colectas y rifas, multiplicar colegios "religiosos" sin elevar en ellos la religión, los "pastores" despreciadores y aun perseguidores del doctor y del profeta, etcétera. 
Pero en su artículo, Castellani continúa, inflexible.
El "figurón", parodia del hombre prócer; el "pedagogo" parodia del maestro; el cura relumbroso y meterete, parodia del sacerdote docto.
El pretoriano (o sea "el gorila") parodia del honor militar; el demagogo, parodia del tribuno; el sabihondo, parodia del modesto estudioso; el politiquero, parodia del estadista; el macaneador, parodia del orador; el chiripitifláutico, parodia del poeta; el compadrito, parodia del coraje; el guarango, parodia del hombre libre… con la parodia de la "Constitución", la parodia del gobierno y la parodia de la revolución. ¿Y detrás? Y detrás la falta de moral pública y una manga de "vivos" y de mentirosos… y los bienes del país recogidos sigilosamente por el extranjero, por el que es "extranjero" en todas parte, el supercapitalismo internacional. Castigo de Dios a los pueblos que no aman bastante la verdad.
Todo eso se cifra en la frase que pronunció Clemenceau al visitar la Argentina, y que a medio siglo de distancia vibra todavía en la mente de muchos con más actualidad que nunca: "El drama de los argentinos es que tienen que tener Institutos Pasteur… y no tienen Pasteur." La solución que daba Sarmiento era que había que tomar un mal Pasteur, y ayudarlo a volverse Pasteur. "Hay que hacer las cosas aunque sea mal—decía el sanjuanino—después habrá tiempo para enderezarlas." Pero la fórmula degeneró por el camino de la mayor facilidad: ahora simplemente se inventa un Pasteur. Se inventa un Pasteur espantapájaros, y después se lo aplasta para que no estorbe a los Pasteur pichones.
Sí, claro, un país pasteurizado…
Por no hablar de sus universidades. Por entonces rugía el debate de la educación "laica o libre"
La Universidad Libre… es necesaria. Pero si se fabrica una "universidad católica" por el camino que ahora parece se ha tomado (y que opinamos nosotros de todos modos no va a resultar) la Iglesia se manchará en la Argentina con una Universidad paródica.
Ciertamente que sí, pero no sólo la UCA…
El tal camino falso consiste simplemente en hacer una gran fachada con adentro hombres que no son profesores universitarios, es decir, sabios (puesto que ser "católico", es decir, amigo del Obispo, lo suple todo) y encomendar su dirección a un hombre que no sólo no tiene adentro una Universidad, pero ni siquiera un universitario. Nadie da lo que no tiene.
Claro, después nos atacan por pesimistas, por no querer a nadies, por enfatizar siempre lo que está mal…
Dicen que uno "destruye"… ¡que Dios los escuche! Y no caen en la cuenta de que lo destruible y destruendo es una cosa roñosa; y que uno trata de destruirla desde lo que está detrás de ella, que es "lo Auténtico"—Auténtico modesto quizá, "como cuadra a nuestra tierra", pero al fin Auténtico.
9)  Otra enseñanza muy importante que nos dejó el cura, es que teníamos que aprender a pensar y hablar honestamente. Y nunca decir algo si antes uno no ha pasado por ahí, como esos que hablan de “confiar en la providencia” o de “aprovecharse de sus sufrimientos” a pobres cristianos que están en la mala, padeciendo un cáncer de huesos, por ejemplo, librando gratis cheques de este tipo. Esa “honestidad” tan particular en él, fue desarrollada durante largos años de una especie de ascesis, pensar y hablar francamente, y si no, callarse. Como él mismo dijo muchas veces,
No creía en nada que no hubiese pasado por él.
Y esa idea, junto con la de la “subjetividad” en Kierkegaard, va a dar frutos muy particulares. Nosotros podríamos aprender algo de eso, eso que San Pablo llama “parrehesía”. Como la que él despliega en carta al Nuncio, carta escrita más o menos cuando yo nacía, esto es, hace 65 años…
No pedimos a los Obispos que sean todo varones santos; les pedimos solamente que parezcan varones. No pedimos a los Curiales que tengan la santidad; les pedimos solamente que perciban y no persigan la santidad. No pedimos a los sacerdotes que crean en el Evangelio; les pedimos solamente que enseñen el Evangelio: todo el Evangelio.
Con usted, sin usted, o contra usted, nosotros trataremos de salvar a la Argentina; y si fracasamos, salvaremos nuestra alma, que es lo que en definitiva importa.
Disculpe que use mi lengua franca, que es la lengua de la región en que nacía… ahora que soy viejo vuelvo a la lengua de mi niñez.
Como ven ustedes, en esa honestidad que digo, se conjugaba una cierta franqueza, con un coraje notable, más una cierta candidez de niño. Eso nos enseñó él: a pensar, a hablar y a actuar honestamente. Y no sólo eso, a rezar honestamente, también. Como lo cuenta en su “Evangelio de Jesucristo”.
Recuerdo que una vez, hace mucho, me preguntó el entonces (y siempre) jesuita P. Benítez: "¿Vos creés que esa promesa de Cristo del ciento por uno se cumple en esta vida?". -Yo sí, le dije. -Yo no creo, me dijo—Se cumplirá si acaso en la otra vida.
La verdad es que esa promesa en mí no se ha cumplido hasta ahora; y le queda poco tiempo y ninguna probabilidad.
Esa es mi experiencia interna contra la cual no vale ningún razonamiento ni esfuerzo alguno de la "voluntad de creer". El "camino espiritual" emprendido con tanto entusiasmo hace 40 años ha terminado en el desierto, en el vacío, en la nada. La Santa Iglesia no me ha salvado, el sacerdocio me ha arruinado y ha sido para mí una trampa mortífera. El famoso celibato o castidad ha sido causa de una enfermedad crónica del hígado que es una tortura continuada de cuerpo y alma. El "camino de las virtudes" me ha llevado al resentimiento y al tedio, a la tristeza y la irritación continuas, a la imposibilidad de vivir y de morir. Mi oración no ha sido oída, y mi buena voluntad burlada continuamente. Todas las ilusiones han muerto.
¿El ciento por uno? El cero por uno.
 Digan si no hay honestidad en eso. O como cuando le escribe a un comunista:
Yo elegí el ideal cristiano. Hoy día comporta riesgos de muerte. Siempre los comportó.
"Y decidí ponerme de parte de los astros", es decir, de los Santos. Pobres santos de hoy, que ya no son astros; son estrellas perdidas en medio de la tempestad de las tinieblas, que vertió la Quinta Fiala; que van como pueden, dando mugidos y topetazos de toros ciegos, aletazos al sesgo de águilas en la tormenta.
Los santos antiguos, fueron lucientes y luminosos; algunas veces milagrosamente fuertes: Bernardo de Claraval, que escribe como un igual a todos los señores feudales de Europa, y los levanta en mesnadas que arroja contra el Turco; Ignacio de Loyola, que organiza batallones espirituales para luchar contra la Reforma; Teresa de Jesús, que recorre España fundando "palomarcitos de la Virgen", refugios de la penitencia y la contemplación, cenáculos de gozo doliente de la fe; Isidro Labrador, a quien un ángel le ara el campo cuando concurre a las manifestaciones peronistas; Vicente Ferrer, que hace temblar a los pecadores y corrige a media Europa con el anuncio del próximo Fin del Mundo, que después no se verificó; Francisco de Paula, que hace tiritar a Luis Onceno; Juana de Arco, que manda batallones, gana batallas y desafía llorando a la hoguera; Domingo de Guzmán, que inventó la que debajo de él solamente fue Santa Inquisición; el pobrecito de Asís, poeta llagado; Luis Gonzaga, tronchado lirio de caridad; Antonio de Padua, dotador de doncellas y milagrero jefe... La lista sería interminable.
Esos santos de antes ya no hacen fe en el mundo. Es que ya no hay más tampoco, visiblemente al menos. Son historias, son imágenes de yeso, y son biografías untuosas en latín. O son vistas en el cine, entre una "de cow-boys" y otra "de amores".
Delante de ellos, yo me quedo boquiabierto, pero no puedo hablar; no puedo hablar con ellos como con hermanos. Pasan sobre mí envueltos en sus armaduras, hopalandas o aureolas.
Si estoy triste no me consuelan, porque ellos no fueron tristes. Si estoy alegre no se congratulan, porque mi alegría de perro cansado no es el éxtasis de ellos. Ellos eran vigiles y madrugadores, y yo lo que quiero es dormir. Mis dificultades, ellos no las tuvieron ni las entienden. ¿Qué le diría yo si lo viera a mi padre San Ignacio de Loyola? Me callaría como un muerto. Lo mismo que delante de su sucesor Juan Bautista Jannssens. A Santa Teresa cuando una monja le iba con tentaciones sexuales, se le fruncía el entrecejo y decía: "Vaya a la madre Tal y Cual, porque yo de esas cosas nada entiendo". Así todos esos santos fuertes, no entenderían nada de mis impotencias; todos esos luminosos, de mis oscuridades. "¡Cantad al Señor, hermano!—me dirían—. ¡Exultad en el Señor Dios fuerte, tañed la lira y la cítara y dad saltos de alegría como el recental al ver la ubre; porque grande es el Señor y abundosa su misericordia! ¡Alegráos en el Señor siempre! ¡De nuevo os digo: alegraos!''.
Un cuerno.
Como ya he dicho, Castellani nos enseñó muchas, muchísimas cosas más que las diez que caprichosamente elegí poner aquí. Pero quizás una de las más importantes de todas fue enseñarnos que la batalla modernistas vs. Tradicionalistas, o de conservadores vs. progresistas, depende cosas más altas, depende de una espiritualidad, de un modo de concebir la religión toda. Por eso peleó con toda su alma contra toda suerte de pelagianismo, contra todo tipo de moralismo. Así, explica clarísimamente el papel de la preceptiva en nuestra vida religiosa:
La vida devota no es un conjunto de prácticas y reglas fastidiosas, que fraccionan la vida, pero son ineludibles; una lucha contra los deseos permitidos que es necesario trabar para vencerse; en fin, la ejecución de lo más molesto para salir victorioso de sí mismo (Y, sin confesarlo, ¡se saborea la victoria!). Pues bien, ¡no, no y no! Todo esto es estar en el abecé de la vida espiritual; es no haber comprendido el esplendor de Dios y del hombre. La verdadera piedad, el amor verdadero, es una vida: una vida transformada, una vida apacible, llena de confianza en Dios; una vida gozosa, porque es libre, una vida amante, porque se ha dado, una vida de maravillosa dilatación del alma… ¡una novedad de vida! Una de las cosas más sorprendentes del Cristianismo, para el que lo mirase como una mera regla moral, sin espiritualidad, es ver cuántas veces los reprobados por Dios son precisamente los que quieren multiplicar los preceptos, como los fariseos de austera y honorable apariencia; mientras en la Epístola a los Gálatas San Pablo lucha por quitar preceptos en vez de ponerlos, con gran escándalos del beaterío de su época.
Es esto un ejemplo notable para comprender que lo esencial, para el Evangelio, está en nuestra espiritualidad; es decir, en la disposición de nuestro corazón para con Dios. Lo que Él quiere, como todo padre, es vernos en un estado de espíritu amistoso y filial para con Él, y de ese estado de confianza y de amor hace depender, como lo dice Jesús, nuestra capacidad (que sólo de Él viene) para cumplir la parte preceptiva de nuestra conducta."
Y en esta misma línea, yo creo que su principal enseñanza fue que debíamos ser santos, pero esto entendido en términos muy precisos, como los que estampó en su “Ruiseñor Fusilado”:
Santo es el que habitualmente y en todas sus acciones consulta y sigue la voz del Espíritu de Dios que habita su conciencia.
Nada más (y nada menos).

Bella Vista, 25 de octubre de 2019.