Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

Para comunicarse con nosotros, escribir a castellaniana1899ARROBAgmailPUNTOcom

Temas

Alcañiz Alianza Allegri Amistad Anquín Apokalypsis Aragón Aristocracia Armelin Arte Astrada Audouard Barcia Barletta Baudelaire Belén Belloc Benson Bettanin Billot Biográficas Bloc de notas Bloy Botana Caillet Calderón Bouchet Camperas Cardenal Newman Carlos Sáenz Cassano Castañeda Catecismo Catolicismo mistongo Chesterton Clase Dirigente Claudel Cobardía Conti Corpus Cuento Cultura Decíamos Delaney Delfina Bunge Delhez Democracia Demonio Dictio Disandro Domingueras Drama Duhalde Dulcinea Eguren Enseñanza Ernesto Palacio Ernesto Sábato Esjatología España Esperanza Espiritualidad Evangelio Fábulas Fabulas camperas Fantasma en coche Fariseísmo Federico Ibarguren Fermín Chávez Fernández de la Cigoña Fierro Filippo Francia Freud Gamallo Garabandal Gera Giusti Graffigna Guevara Hegel Hernández Arregui Homilías Horacio Ichtys Iglesia Argentina Igualdad Itinerarium Jauja Jorge Castellani Jorge Ferro Jorge Luis Borges Jousse Juan de la Cruz Juan Luis Gallardo Juan Manuel de Prada Juan Marzal Juan Sasturain Juan XXIII/XIV Juan XXIII/XXIV Judíos Kant Kirkegord Kösters La Hostería Volante Leopoldo Lugones Leopoldo Marechal Lewis Liberalismo Lingüística Literaria Magda Maritain Martita Max Scheler Metafísica Metri Meyer Mi Tío el Cura Mikael Milenismo Militis Mugica Muñoz Azpiri Norte Bravo Nuncio Obediencia Opinión Oraciones Ortega Peña Pablo Hernández País en Crisis Papa Papeles Parábolas Patriotismo Pepe Rosa Periodismo Pío de Pietralcina Pluma Poesía Policial Políticas Ponferrada Prada Profecía Prudencia Psicología Reconquista Reforma Reportaje Revolución Rosal Rosas Rougés Ruiseñor Ruppel Sabiduría Sacrificio Salta Salvat San Agustín Sánchez Sorondo Sancho Schoo Schopenahuer Sebastián Randle Sermones Suarecianismo Teología Teresa La Grande Tolkien Tomás de Aquino Tradición Trinidad Vallejo Vanini Venganza Verdad Verdera Vintila Horia Virgen de Luján Voluntarismo Vuelve o no Walsh

martes, 11 de septiembre de 2018

Nuevo libro de Jorge Ferro

Jorge Norberto Ferro

 

De Maestros y Batallas Culturales

(Buenos Aires: Vórtice, 2018)

 

Reseña

Sólo un maestro sabe ponderar y difundir a maestros que verdaderamente lo son. Jorge N. Ferro al fin se decidió a reunir en un volumen los escritos y conferencias con que obsequió a varias generaciones a lo largo de su dilatada carrera intelectual. Castellani, Marechal, Dolina, Pieper, Newman, Chesterton, Tolkien, Lewis, el Canciller Ayala, la poesía, la cultura, la educación, la belleza, la fantasía, son algunos de los nombres y temas incluidos en esta magnífica y esperada obra.

Indice

Introducción
Castellani
Castellani, a cien años de nacer
Castellani y la modernidad
Jonás, Rinaldini, Gallegani: tres nombres de Castellani en narradores argentinos
El Padre Castellani y el género policial
Newman
Esperanza
Angélica Guía
Memoria
Chesterton
Los locos de Chesterton
La reina del jardín: Chesterton y la mujer
A propósito de los detectives de Chesterton
En recuerdo de G. K. Chesterton
Los Inklings
La materia artúrica en la perspectiva de Tolkien y C. S. Lewis
La caída de Arturo: una deuda saldada
¿Vida eterna o vida larga?
El pañuelo de Bilbo
El catálogo de los ejércitos: un motivo tradicional en The Lord of the Rings
Leopoldo Marechal y J. R. R. Tolkien: curiosas coincidencias
Tolkien y Savater, ayer y hoy
Narnia: el viaje y el león
Magia y poder: ¿leyó Lewis a Somerset Maugham?
Angustia y gozo en C. S. Lewis
C. S. Lewis y su That Hideous Strenght: un epítome de su obra
Versos tolkienianos
Dolina
Alejandro Dolina: humor y nostalgia
Dolina, melancolía y esperanza
y Pieper
Josef Pieper, la belleza y la poesía
Medievalia
Acedia y eutrapelia en algunos textos medievales españoles
Amor, política e imperio en la Edad Media
Acerca de la prosa cronística del Canciller Ayala: un discurso para la transición
La batalla desastrada: la reiteración de un esquema narrativo en la cronística de Ayala
Las virtudes del gobernante en las cuatro crónicas que preceden a la obra del Canciller Ayala
Ayala y la aventura portuguesa de Juan I
Varia lección
La creatividad en la criatura: cauces y desmesuras
Educación y contemplación: breve antología apenas anotada
Los sufridos docentes
¿Cultura argentina?
¿No hay algo rescatable de la educación de la primera mitad de siglo?
El ocaso de los estudios literarios (a propósito de la desconstrucción)
La literatura infantil y los héroes
La parábola del sujeto
Vislumbres de Carlos A. Sáenz (1895-1976)
Navidad
El Niño de Belén
Señales



jueves, 21 de junio de 2018

Actualización Faja de Honor “P. Leonardo Castellani” 2018


30 de JUNIO de 2018
Cierra la recepción de libros editados durante el año 2017
24ª Entrega Faja de Honor
“Padre Leonardo Castellani” - 2018


El Comité Ejecutivo del Libro Católico, anunció que hasta el 30 de junio próximo se podrán presentar libros a fin de participar en el 24ª Entrega Faja de Honor que lleva su nombre, destinada a premiar obras publicadas durante el año 2017 en su primera edición.

Dicha Faja tiene, además, la finalidad de alentar a los autores argentinos cuyas obras merezcan tal aliciente y estimular a quienes continúen con su labor la línea vigorosamente sostenida por el padre Castellani a lo largo de toda su vida, al servicio de la Iglesia y de la Patria.

Deberán presentar cuatro ejemplares por cada título a participar, sin obligación, por parte de los organizadores, de devolver los ejemplares.

El jurado está integrado por el doctor Juan Luis Gallardo, el presbítero doctor José Ignacio Ferro Terrén y el doctor Horacio Sánchez de Loria.

Lugar de Presentación: Las obras deberán ser presentadas personalmente o remitidos por correo postal a nombre de: Faja de Honor “Padre Leonardo Castellani”, Tte. Gral. Juan Domingo Perón 1281, (1038) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el horario de lunes a viernes de 10 a 18 hs.

Informes: (011) 15-4-470-7734; info@librocatolico.com.ar; www.librocatolico.com.ar; @LibroCatolico; www.facebook.com/exposiciondellibro.catolico; y https://exposicionlibrocatolico.blogspot.com.ar.

BASES COMPLETAS EN: https://issuu.com/exlica/docs/bases_certamenes-2018

lunes, 18 de junio de 2018

Del profeta de la Argentina...

Es pozo casi sin fondo
Del humano la idiotez
Que llega a matar tal vez
Sin querer su padre a un hijo-
Hoy el mundo al crucifijo
Lo ha dao vuelta al revés.

sábado, 9 de junio de 2018

Reseña de "Los papeles..."

Leído para Ud.: “Los papeles de Leonardo Castellani”


De Castellani, ese profeta maldito que hemos tenido en la Argentina, ya se han publicado varias cosas en este sitio (sin ir más lejos, aquí podrán encontrar varias de sus obras).

Esta vez, gracias a un amigo -incansable recolector de frutos intelectuales- les traemos aquí una obra inédita: “Los papeles de Leonardo Castellani”, recién aparecida y de difusión gratuita (puede descargarse desde AQUÍ).

Vale la pena leerla. Venga pues el “Prólogo no indispensable” de una de sus estudiosas más importantes.
Que no te la cuenten…
P. Javier Olivera Ravasi





“Los papeles de Leonardo Castellani”
Prólogo no indispensable
Dra. Liliana Pinciroli de Caratti

La mayoría de los lectores se saltean los prólogos. Y los epílogos. Y es justo, ya que lo interesante es el “logos”: el quid, no sus alrededores.
El prólogo es un paratexto, es decir, un texto que rodea, como el caparazón a la perla, algo valioso en sí. Es un envoltorio que demora el acceso a la sustancia.
Pero hay prólogos y prólogos.
Están los del mismo autor: son prólogos autógrafos aclaratorios, o autobiográficos, o de defensa: “galeatos” (“con morrión” los llama Castellani), o simplemente introductorios, y muchas veces ndispensables para la comprensión del texto, en tanto lo enmarcan y justifican. Y ponen “en situación” al lector, que en este caso debe comportarse como el “amable lector” al que se pide entendimiento, tolerancia y complicidad.
Están los prólogos “alógrafos” o “de terceros”. Es decir, escritos por personas distintas del autor del libro a quien este ha solicitado su redacción.
Como lo exige la cortesía, suelen consistir en amables presentaciones de obras ajenas que aportan algún dato externo, una mirada crítica, una clave de interpretación. Es tanto la voz laudatoria que aconseja propagandísticamente su lectura, cuanto le da una autoridad en la materia que le da su aval y respaldo: garantiza su valor.
Algunas veces resultan superfluos, y su existencia ha marcado para siempre el desprestigio de sus congéneres. Otras veces demasiado extensos, un modo hábil de parasitar el propio libro en el ajeno…
Aquí el lector, interlocutor principal, ante cuyos ojos se exponen las tesis, se explayan las aclaraciones y se manifiestan las discrepancias sobre algún punto, participa como juez convocado por el afán persuasorio del prologuista.
Y entre todas las variedades de prólogos están los que han tomado vida propia y con ínfulas de texto-en-sí, han hecho casi olvidar que aparecieron como “dentorno” Son los que justifican su ascenso a la categoría de género literario y no pocas veces perexistieron aun a la obra que acompañaban. Son prólogos emancipados -aunque no absolutamente, como es obvio- que han alcanzado estatura de ensayo.
A más de los prólogos a sus propias obras, enjundiosos e insoslayables, Leonardo Castellani escribió prólogos a pedido -pues fue varias veces convocado a presentar obras ajenas- que resultan igualmente ineludibles. Fiel a su estilo, en más de una oportunidad, luego de realizar los elogios de rigor, se metió en tema y estableció un contrapunto con el autor en el que sus propias ideas prevalecieron para iluminar el asunto tratado en el libro. Entonces, más que una presentación, Castellani ha entablado en cada caso una conversación. Le dieron pie para expresarse: así, pues, lo hizo, dialógicamente, magisterialmente.
El responsable de esta recopilación de prólogos de Castellani a obras ajenas entendió que se los podía despegar del texto al que acompañaban para ser leídos por sí mismos, porque halló en ellos algo que trascendía la relación. Y ese algo es la universalidad que suele otorgar Castellani a sus reflexiones, aun cuando se refiera a un hecho puntual. Siempre pega el salto hacia los principios, hacia el deber ser, hacia el ideal, o como quiera llamárselo: siempre mira el meollo del asunto.
Con su pluma apurada -calamo cúrrente- escribe como debatiendo, como apuntando las ideas que se le caen a los labios – a los dedos- a propósito de.
Por eso es que cuando uno lee sus prólogos a terceros no siempre se entera acabadamente de qué tratará el libro al que saluda desde el umbral. Porque ni hace un análisis, ni una síntesis, ni una reseña.
Castellani, simplemente, acepta la incitación al canto, y entonces canta opinando porque ese es su modo de cantar.
Pero no se demora mezquinamente en los zaguanes: conduce al lector hasta la puerta y acompaña el ingreso al convite con la cortesía del anfitrión que recibe a los invitados. “Pase al banquete que lo espera detrás de estas cancelas” le dice.
La mesa está servida.

Dra. Liliana Pinciroli de Caratti
San Rafael, Mendoza, noviembre de 2017.

lunes, 4 de junio de 2018

Reseña de "Castellani maldito"

Castellani maldito


El padre Leonardo Castellani fue un genio singular, una inteligencia incisiva y lúcida que abarcó en la gama de sus intereses la política, la crítica literaria, la poesía, la filosofía, la teología y, hacia el final, la exégesis bíblica, volcada especialmente al estudio del Apocalipsis y otras revelaciones sobre las "ultimidades".


Ramiro Dillon

2 junio 2018


Castellani maldito resulta la segunda entrega de la biografía del padre Leonardo Castellani, que su autor Sebastián Randle iniciara con Castellani (Vórtice, Buenos Aires, 2003, 899 págs.) Este segundo volumen abarca la vida del padre desde su expulsión de la Compañía de Jesús el día 18 de octubre de 1949 hasta su muerte el día 15 de marzo de 1981.

El padre Leonardo Castellani fue un genio singular, una inteligencia incisiva y lúcida que abarcó en la gama de sus intereses la política, la crítica literaria, la poesía, la filosofía, la teología y, hacia el final, la exégesis bíblica, volcada especialmente al estudio del Apocalipsis y otras revelaciones sobre las «ultimidades». Pero a ese imponente abanico de gracia y cultura sumó Castellani la propia vida, signada por terribles avatares en su pulseada con la burocracia eclesiástica y un temperamento sensible y melancólico que revelan sus Diarios, en los cuales volcó impresiones e ideas asombrosas y riquísimas para sus futuros lectores.

Sebastián Randle hace en esta biografía una concatenación excelente entre los temas que aparecen en las «entradas» de sus diarios y las circunstancias de su vida particular, a lo que suma también las preocupaciones intelectuales que Castellani fue teniendo con el paso de los años. De esta manera, el libro es fruto de un enorme trabajo de reproducción de tópicos que acompañan la vida del cura. Claro que en esta segunda etapa de sus largos 81 años, Castellani no protagonizará las quijotescas aventuras de su pasado jesuita. Ahora lo encontramos recluido en un modesto departamento de la calle Caseros en Buenos Aires, haciendo vida de «ermitaño urbano». Pero la biografía muestra cómo al tiempo que Castellani encuentra relativa paz, su fecundidad literaria se expande hacia riquísimos campos, originales en la expresión y tradicionales en la doctrina. Y aunque el libro no lo analice suficientemente, hay algo místico en esta forma de vida que asumió Castellani y la intuición de un modo de santidad inédito, a tono con una modernidad inédita también en la contrariedad con que mina el camino existencial de cualquier hombre religioso. En Kierkegaard encontrará Castellani un verdadero compañero de ruta de este novedoso itinerario espiritual, cuya soledad tiene hoy la marca «sutil de los hermitaños, que conocen los colectivos, saben la hora de los trenes y hacen chistes en los cafés, eso lo inventó Kierkegaard –y es mi vocación», dirá. [El biógrafo nos aclara que Castellani (¿cuándo no?) gusta de tomarse sus propias licencias en el uso del castellano, como en este caso (hermitaños), cambiando palabras e inventando expresiones según las encuentre más exactas o simplemente mejor dichas.]

Por su parte, se encuentra Randle con el desafío de ir desbrozando el pensamiento castellaniano, lo que hace con acierto y claridad. En esto se notan en el biógrafo los años de relecturas y meditación de la extensa obra del padre. Además, es enormemente rescatable el trabajo de identificación y reunión de fuentes entre tantos artículos publicados al tiempo de editar Castellani sus distintos libros; lo que exhibe en el autor un paciente trabajo de investigación.

La Argentina navega (y prácticamente naufraga) en las aguas de su singular existencia histórica, al tiempo que el padre Castellani se preocupa cada vez menos por la política inmediata, aunque sin dejar de referirse saltadamente a ella en cualquier lugar de su obra. Llama la atención en este punto el conocimiento que Castellani siempre mantuvo de las personas públicas y movimientos sociales de su época. Nunca fue ajeno a las noticias ni dejó de lado este aspecto ordinario de la política. Aun sin intervenir casi, Castellani siempre quiso saber. Al mismo tiempo, la profundidad de sus impresiones sobre el nudo de lo religioso (que es el eje de su obra) es brillante. Como aquella entrada en el Diario que Randle destaca al final del capítulo XXXIX: «La religión debería ser para los pobres solamente consuelo y para los ricos, temor. Para predicar esa religión hay que ser muy pobre y tremendamente religioso».

Será este nudo de lo religioso en el pensamiento de Castellani una llave para entender sus gustos «modernos». Pues la modernidad en sí misma no quedará identificada con el error, verdadero enemigo de la religión, que la excede en el tiempo y en la multiplicidad de sus manifestaciones. En este mismo tópico puede comprenderse (aun sin compartirse) la indiferencia del cura ante los avances del progresismo litúrgico y consuetudinario en el seno de la Iglesia postconciliar.

Hasta aquí, en «cifra», diría Castellani, los aspectos relevantes de su biografía. Pero aprovechando que Randle no es amante de los elogios, haremos mínimas críticas. En primer lugar, la sintaxis que elige el autor es personal, ya lo advertimos en el primer tomo de la entrega. Puede que no guste, y no siempre resulta buena. Tiene la virtud de hacer ligera la lectura pero el defecto, entre otros, de hacer innecesariamente largo el libro. En segundo lugar, yendo a un aspecto más de fondo, advertimos que Randle hace paralelos históricos y teológicos en la vida del cura que son suyos, y no del biografiado; como se ve en las referencias al peronismo decadente de la década del cincuenta –para lo cual toma Randle fuentes a nuestro modo de ver confesamente liberales– o al problema de la nouvelle théologie –para lo cual toma Randle fuentes a nuestro modo de ver confesamente progresistas–. El marco autorreferencial opaca sin razón un trabajo de inmenso valor para los lectores de Castellani; tanto que, al final del grueso tomo, se vuelve un arma de apología pro vita sua del biógrafo que no tiene razón de ser excepto para él, que no es, a la postre, el verdadero protagonista.

¿Debemos detenernos en estos aspectos críticos? Ni por un segundo. Este Castellani maldito de Sebastián Randle es un libro valiosísimo y de enorme provecho. Celebramos su publicación que coronará, junto con el primer tomo, el espacio consagrado en nuestras bibliotecas a la magnífica obra del padre Leonardo Castellani.

Publicado en Razón Española, nº 207 (enero-febrero de 2018).

lunes, 14 de mayo de 2018

"Los Papeles de Leonardo Castellani"

Recientemente se ha publicado, en edición digital, el libro Los Papeles de Leonardo Castellani, enorme trabajo de compilación de Daniel González Céspedes, que agrupa los prólogos y epílogos del Padre Castellani a obras de terceros.

Lo recomendamos. Al que le pueda llegar a interesar, nos puede escribir a nuestro correo electrónico.


lunes, 7 de mayo de 2018

Reseña de J. M. de Prada a "Castellani Maldito"

Sebastián Randle, Castellani maldito (1949-1981)


Sebastián Randle, Castellani maldito (1949-1981), Buenos Aires, Vórtice, 2017, 708 págs.

Hace quince años Sebastián Randle publicaba la primera entrega de su benemérita biografía del gran escritor argentino Leonardo Castellani (1899-1981), que se extendía hasta su aciaga expulsión de la Compañía de Jesús, en 1949. En aquella obra, Randle nos ofrecía una muy vistosa y documentada zambullida en el Castellani juvenil, en sus muy viajados años de formación y en su ajetreada actividad intelectual, también en las peculiaridades de una psicología nada convencional (sin desdeñar la exploración de sus abismos neuróticos, incluso) y en las complejidades de un temperamento tan subyugador como difícil, en el que las vocaciones religiosa y literaria cuajaban una problemática amalgama. Randle lograba en aquel volumen, en fin, captar el genio de Castellani, haciéndonos partícipes de sus exaltaciones y padecimientos; y lograba elucidarnos el alma sublime, zarandeada siempre de conflictos y desmesuras, de una de las mayores glorias de la literatura católica en español.

Especialmente interesantes resultaban las páginas que entonces Randle dedicaba a explicar las desavenencias que afloraron entre el arriscado Castellani y sus superiores jesuitas (un hatajo de hombres mayoritariamente obtusos), que fatalmente derivarían en un espeluznante calvario para el escritor, con estación principal en Manresa. Aquel descensus ad inferos de Castellani lo acompañaba Randle de una profusa documentación de primera mano, en la que desempeñaban un papel protagonista los Diarios del maestro (que alguien debería publicar, pues parecen comparables en desgarro y sinceridad a los de Bloy), así como los borradores de la multitud de cartas que escribió en aquellos años; y todo este acervo documental lo acompañaba Randle de un estilo personalísimo, muy elegantemente irónico (a veces, incluso, muy sarcásticamente zumbón), que se atrevía a entrometerse en la atroz peripecia de su personaje mediante comentarios que en la mayoría de las ocasiones resultaban tan pertinentes como dilucidadores (del biografiado, pero también del propio autor). Todo escritor verdadero está hablando siempre de sí mismo, de sus inquietudes y anhelos, no importa cuál sea el asunto de su escritura; y, en este sentido, aquella biografía de Leonardo Castellani nos revelaba a Sebastián Randle, un escritor de voz muy personal y prosapia literaria muy definida (marcada por una recalcitrante anglofilia), con un sentido del humor nada convencional (a veces jocoso, a veces algo revirado) y una capacidad de empatía con la sustancia narrada fuera de lo común (lo cual no le impedía, sin embargo, distanciarse de su personaje cuando le resultaba en exceso irritante).

Tras la publicación de aquella primera entrega, Sebastián Randle anunció mil veces que nunca escribiría la segunda, alegando que la existencia del biografiado perdía variedad y vivacidad desde el momento de su expulsión de la Compañía (aunque imaginamos que en su designio influiría también el avispero de opiniones encontradas que la biografía despertó entre los «viudos» de Castellani, una fauna especialmente pelmaza y tiquismiquis). Pero, tras un intervalo de diez años, Randle reanudó finalmente su labor, «obligado ya saben ustedes por Quién» (según confesión propia), hasta brindarnos este jugosísimo tomo que ahora comentamos, que completa el periplo vital de Castellani, acompañándolo desde el sitio en que lo dejó (expulsado y suspendido a divinis, sin cátedra ni oficio) hasta la tumba. Si en la primera parte Randle hacía uso de los diarios de Castellani tardíamente (sólo a partir de una pintoresca intentona de ayuno que se alargó durante casi cuarenta días), para utilizarlos profusamente durante los accidentados episodios que precedieron a su expulsión, en esta segunda parte se convierten en su principal apoyo desde el principio, para sólo ceder el protagonismo a otras fuentes en las páginas finales, cuando un anciano y exhausto Castellani ha colgado definitivamente la péñola. Como nos confiesa en el «Colofón» de su magna obra, Randle ha corregido en los años transcurridos desde la escritura del primer tomo «la perspectiva de muchas cosas», ha cambiado de parecer «en toda clase de asuntos« y presume sin presunción de conocer más cabalmente a Castellani; incluso puede afirmar sin rebozo que, «a pesar del infinito respeto que me merece, a pesar de haber pasado tantas horas revisando su obra, conversando sobre sus cosas, meditando sobre sus ideas, repasando su vida, a pesar de conocerlo tanto… no es santo de mi devoción: hay en él (…) un dejo de malhumor, una especie de parquedad, un aire airado, un no sé qué de distancia que establece con quien le conoce, un humor inevitablemente astringente, un cierto hieratismo, una especie de soledad (…) que impiden más cercanía». Creo que esta falta de completa sintoníacon su biografiado tiene que ver con el temperamento artístico de Castellani, que a Randle no acaba de gustarle del todo, porque se alimenta (como el de Léon Bloy) de un fondo muy poco british de dolor jeremíaco, de desgarro sincero y a la vez teatral, de neurosis y aspaviento; un talante artístico que vuelve a probar que «cuando Dios entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Castellani nos prueba que, para que prenda la llama del arte, hay que abrazarse al dolor y fundirse con él: una vez consumado ese abrazo, el artista puede ser atrapado por una luz infernal que lo devore o aniquile (como le ha ocurrido a tantos artistas desesperados); o bien puede hallar una luz divina que lo rescate (como afortunadamente le ocurrió a nuestro Castellani).

Sospecho que esta condición arrebatadamente artística (arrebatadamente torturada) de Castellani es la que a Randle (más diurno y solar) no acaba de caerle simpática. Hay un pasaje en esta segunda entrega de su magna biografía muy revelador este sentido. Castellani hace suya una afirmación de Kierkegaard (o Kierkegord, como gustaba de escribir el maestro) que a Randle le disgusta: «La subjetividad es la verdad». Y, para justificarla (para que no parezca una profesión de fe relativista), Randle necesita echar mano de argumentaciones tomistas un tanto forzadas, sin darse cuenta de que en esa frase Castellani está confesando sucintamente lo que íntimamente es, lo que no podría nunca dejar de ser, que es una subjetividad apasionada (sin la cual no existe arte), tortuosamente injertada en la máquina jesuítica de formación del carácter: es de esta hibridación casi imposible de donde surge el grandioso escritor que Castellani es; y los jesuitas, pensando que habían triturado al artista entre los engranajes de su impasible máquina, no hicieron sino desgarrarlo y descoyuntarlo hasta el extremo, hasta lograr que de la crisálida brotase finalmente la mariposa (o la falena) del genio castellaniano. Y ese genio, para expresarse, necesita hacerlo a través del tamiz de su íntimo dolor; de ahí que todo lo que Castellani escribe termine girando siempre en derredor de la misma llaga, cuya sangre es el manantial de su inspiración. De modo que el calvario que tan vivamente y con trazos tan estremecedores se nos detalla en este libro es, a la postre, la crónica de la salvación de una vocación religiosa y literaria que logra sobrevivir a las llamas del infierno, para que la luz divina se derrame finalmente sobre sus quemaduras.

En otro pasaje del «Colofón», Randle nos confiesa que ha tomado la discutible decisión de “no hacer referencia a las cosas menos felices en la vida de Castellani (sobre todo durante los últimos años de su vida, viejo ya) de las que me anoticié por medio de sus Diarios”. Pero en este Castellani maldito echamos también en falta referencia a otras cosas que nos habrían ayudado a entender mejor al personaje. Randle no nos cuenta, por ejemplo, cuál fue la reacción de Castellani ante la muerte criminal de Alicia Eguren, a la que tanto amó (aunque no del modo que indignamente propaló Hernán Benítez); para entonces, ya había dejado de escribir sus Diarios, pero sin duda Castellani tuvo que conocer tan luctuoso hecho antes de su muerte y tuvo que causarle gran consternación. También hubiese sido deseable que la peripecia interior del biografiado se hubiese acompañado de referencias a la repercusión y recepción de su obra entre sus contemporáneos. Sabemos que la cultura oficial siempre trató de ningunear a Castellani, sabemos que desde ciertos sectores de la cultura católica se trató incluso de impedir que escribiera, pero no creemos que Castellani fuese un completo «ignorado» en los medios culturales y periodísticos. Si lo eligieron, junto a Sábato y Borges, para que representase a la literatura argentina en la célebre comida con Videla, debía de gozar de cierto reconocimiento, aunque sólo fuese en determinados círculos. En el borrador de una carta fechada en febrero de 1959 que Randle reproduce, Castellani afirma que «en cuanto a la polémica entre La Nación y la revista Qué de si soy “el primer escritor del país”, me inspira la respuesta de Verlaine a Rubén Darío: “La gloire? Merde!”». Que llegase a producirse esa polémica prueba que la obra de Castellani alguna repercusión estaba teniendo; y nos habría gustado conocerla, nos habría gustado saber dónde y con qué tono se reseñaban sus libros, qué escritores de cierto relieve lo alabaron o denigraron por escrito.

Aunque quizá la ausencia más notoria del volumen (que también era ausencia en la primera parte de la biografía) sea la escasa –casi nula– atención que Randle presta a la influencia que la tradición literaria española tiene en la obra de Castellani, a su profundo conocimiento de los clásicos españoles, a su identificación extrema con don Quijote. Si Castellani es, más allá de sus bondades literarias, un alma que nos prende y cautiva es precisamente porque es una de las más cabales encarnaciones quijotescas que nunca se hayan dado. El propio Castellani era muy consciente de ello: de ahí que constantemente esté glosando la obra cervantina (que llevó, incluso, a los títulos de sus obras); de ahí que no vacile en presentarse como un nuevo Quijote (como hace, por ejemplo, en su fantasía papal). No se trata de «desargentinizar» a Castellani para españolizarlo (como Randle afirma que pretenden hacer algunos viudos de Castellani), sino de subrayar el profundísimo amor que Castellani siempre tributó a la literatura española, a mi modesto juicio superior al que tributó a la literatura inglesa (que Randle, en cambio, subraya hasta extremos tal vez hiperbólicos).

Son ausencias que, sin embargo, no logran empañar la grandeza de este libro, que si por algo brilla es por su generosidad cordial. Pues si bien Castellani no es del todo santo de su devoción, Randle lo ama arrebatadamente, aunque no ame todos sus desafueros e intemperancias. Los años posteriores a la expulsión de la Compañía siempre nos habían resultado muy oscuros y desconcertantes; pues al hundimiento anímico de Castellani se sucede luego una batería de libros que se cuentan entre los más granados y especiosos de su genio, desde El ruiseñor fusilado a De Kierkegord a Santo Tomás de Aquino, pasando por El Evangelio de Jesucristo o El Apokalypsis de San Juan. En Castellani maldito, Randle nos explica a la perfección tanto las iniquidades que la Compañía se gastó con Castellani (e incluso las irregularidades de su proceso de expulsión, que Luis María de Ruschi explica en un apéndice lleno de incisivas consideraciones canónicas) como las estaciones por las que Castellani discurrió, hasta encontrar la paz (o la guerra) necesaria para escribir sus mejores obras. Randle, ayudado siempre de cartas y diarios, logra llevar al lector hasta el meollo mismo del dolor, hasta la fragua donde arden y crepitan las angustias y desazones de Castellani (también sus obsesiones y monomanías), de tal modo que uno llega a sentir y padecer con Castellani, incluso en el lugar de Castellani, hasta sentirse tan inteligente y atribulado como él. Es verdad que Castellani puede llegar a resultar un tanto reiterativo en sus intereses, un tanto egomaníaco en su lamentaciones, un tanto absorto en su nunca del todo resuelto conflicto personal; pero las páginas dedicadas a elucidar ese atormentado mundo interior nunca resultan tediosas, sino –por el contrario– amenas y muy perspicaces. Especial mención requieren los pasajes donde Randle nos presenta a los samaritanos que socorrieron a Castellani en tan desgarrador periplo, desde sus hadas madrinas (María Esther Borzani, Irene Caminos) a sus amigos siempre leales (Graffigna y Gamallo) y a veces incluso misteriosamente providenciales (como Von Grolman).

También resultan muy enriquecedoras las páginas que Randle dedica a la génesis y gestación de cada una de las obras que Castellani escribió durante estos años; así como al análisis de las mismas, que de nuevo consigue que el lector tenga la impresión de estar bogando en la corriente de los pensamientos de Castellani. Y el capítulo dedicado a la empresa titánica y modesta de la revista Jauja resulta especialmente atinado, porque en unas pocas páginas Randle consigue ofrecernos una visión panorámica de aquella aventura que ocupó las horas de un Castellani ya provecto. Y esto lo logra Randle porque, no cediendo a la idolatría del personaje, logra compenetrarse con él como sólo pueden hacerlo los biógrafos más delicados y agudos. Toda la lectura de Castellani maldito resulta enormemente placentera, salpimentada a cada poco de sagaces intuiciones y sabrosas reflexiones, hermoseada por el peculiar humor de Sebastián Randle (que no siempre es humor castellaniano, lo que permite que el libro sea más poliédrico), que no se recata de repartir mandobles a diestro y siniestro con gran desenvoltura. A veces, incluso, con excesiva desenvoltura, como hace con Bergoglio, a quien siempre que puede estoquea, descabella y apuntilla (se nos excusarán los símiles taurinos, que a Randle sin duda disgustarán), venga o no a cuento (y en general no viene). En un momento dado, el autor reprocha a Carmelo López-Arias que escribiera un artículo en el que se resaltaban las similitudes del papa Francisco y el papa ficticio que protagoniza la novela de Castellani Juan XXIII (XIV). Nosotros, que también hemos escrito sobre esa novela, sabemos que esos paralelismos misteriosos existen; y también, por haber leído algo a Castellani, sabemos que Bergoglio no le hubiese caído a Castellani tan gordo como Randle pretende. ¿Nos atreveremos a decir que a ratos le habría, incluso, encandilado?

Randle reconoce paladinamente –aunque le fastidia un poco– que Castellani nunca dedicó comentarios demasiado severos a Pablo VI, ni despotricó contra el Concilio Vaticano II, ni defendió a machamartillo la liturgia tradicional (nunca se le dieron bien las rúbricas al viejo maestro). También le fastidia un poco que Castellani no acabara nunca de execrar a Maritain, tal vez porque fue el maestro más querido de su juventud; y es que todo juicio de Castellani estaba siempre marcado por su autobiografía (de ahí, por ejemplo, que su animadversión a Teilhard de Chardin fuese tan contumaz). También reconoce Randle paladinamente que el progresismo vaticanosegundón sólo inquietó a Castellani en su justa medida, no porque no lo captase sino porque lo consideraba –con razón– un epifenómeno o corolario natural de otros males mayores, que son el liberalismo y el modernismo religioso (que durante décadas habían profesado muchos eclesiásticos sin que conservadores y conservaduros se llevasen las manos a la cabeza, como hicieron luego con el progresismo vaticanosegundón). Esos males mayores, en colusión con el fariseísmo que ha convertido en máquina a la Iglesia, son el molino de viento que Castellani combatía (aunque supiese que no iba a lograr en vida la victoria). A Randle le fastidia un poco (pero sólo un poco) que Castellani no mojase demasiado la pluma en la tinta acre del dicterio cuando se refiere a los zurdos; y también que no se preocupase demasiado de los avatares de la politiquilla diaria. Pero comprende que no era porque la visión de Castellani fuese obtusa, sino porque era visión de águila, preocupada por la supervivencia de la patria y de la religión.

Y también porque Castellani rompe todos los moldes y se sale de todas las casillas. Todo empeño por amoldarlo o encasillarlo –al estilo de lo que hacen los viudos de Castellani, ante los que a veces Randle muestra cierto «celo amargo»– es traición a su personalidad gigantesca, traición de gente mezquina que no entiende que las águilas piensan (y sueñan) en el cielo, que no conoce casillas ni moldes. Para amar a Castellani hay que abandonar prejuicios y prevenciones, exigencia que en los hombres de alma ruin es pedir lo imposible; pero este Sebastián Randle es hombre de alma ancha que, hasta cuando se tropieza con las facetas que menos le gustan de Castellani, le rinde reverencia. Tal vez no sea santo de su devoción, pero es el genio que lo ha ayudado a pensar durante todos estos años; y esa «significación» se nota en la escritura del libro, inspiradísima siempre y con sus raptos o ráfagas de genialidad. Y, puesto que Castellani está sin duda en el cielo, disfrutando de «la posesión de Dios por toda la eternidad» –como el viejo maestro declaró sin falsa modestia en sus postrimerías, según leemos en el emocionante final de este magnífico libro–, puede estar Sebastián Randle seguro de que Castellani tiene que estar intercediendo por él con la misma insistencia que en vida dedicó a denostar a los obtusos jesuitas que lo victimaron. Por los que, en cambio, no creo que interceda demasiado en el cielo; pues estamos seguros de que Castellani es también genio y figura después de la sepultura.

Juan Manuel de Prada


Consultar en editorial Vortice


lunes, 30 de abril de 2018

"Visión religiosa de la crisis": Siguen los ecos de Castellani en Francia


“Vision religieuse de la crise”: Leonardo Castellani, Le Verbe dans le sang. Entretien avec Érick Audouard. Propos recueillis par l’abbé Nicolas Télisson, FSSP.

Con este título, la revista de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (Distrito de Francia), Tu Es Petrus, dedica 9 páginas al Padre Leonardo Castellani, convirtiéndose en "la entrevista más larga jamás publicada en francés sobre Leonardo", como nos dice nuestro querido Erick Audouard.

Enhorabuena por esta difusión de la palabra castellaniana en el mundo franco parlante.
 


lunes, 23 de abril de 2018

Nueva edición de "Las 9 muertes del Padre Metri"

Notable antología de cuentos con una biblioteca digital

 

lunes, 16 de abril de 2018

Anne Brassié entrevista a Erick Audouard sobre L. Castellani

Emission du 13/03/2018 avec Erick Audouard – Leonardo Castellani


Anne Brassié reçoit Erick Audouard, qui s’est chargé de l’introduction, des textes choisis, de la traduction et de la notice biographique de Leonardo Castellani pour le recueil de textes de ce dernier “Le Verbe dans le sang” chez Pierre-Guillaume de Roux.





lunes, 2 de abril de 2018

Faja de Honor P. Castellani 2018

aica.org  |  Especial  |  Libros y Revistas

Homenaje al P. Castellani en el 37º aniversario de su muerte


Viernes 16 Mar 2018 | 11:50 am
Buenos Aires (AICA): El 15 de marzo se cumplieron 37 años de la muerte del escritor y pensador católico P. Leonardo Castellani. Con ese motivo, como lo hace todos los años, el Comité Ejecutivo del Libro Católico dio a conocer las bases del concurso en el que rinde homenaje a su memoria mediante la entrega de la Faja de Honor que lleva su nombre, destinada a premiar obras de primera edición publicadas en 2017. La Faja tiene, además, la finalidad de alentar a autores argentinos “cuyas obras merezcan tal aliciente y estimular a quienes continúen con su labor la línea sostenida por Castellani a lo largo de su vida, al servicio de la Iglesia y de la Patria”.
 
El 15 de marzo se cumplieron 37 años del fallecimiento del escritor y pensador católico padre Leonardo Castellani. Con ese motivo, y como lo hace todos los años, el Comité Ejecutivo del Libro Católico dio a conocer las bases del concurso en el que rinde homenaje a su memoria mediante la entrega de la Faja de Honor que lleva su nombre, destinada a premiar obras de primera edición publicadas durante el año 2017.

Dicha Faja tiene, además, la finalidad de “alentar a los autores argentinos cuyas obras merezcan tal aliciente y estimular a quienes continúen con su labor la línea sostenida por el padre Castellani a lo largo de su vida, al servicio de la Iglesia y de la Patria”, señala la convocatoria.

El jurado está integrado por el doctor Juan Luis Gallardo, el presbítero doctor José Ignacio Ferro Terrén y el doctor Horacio Sánchez de Loria.

Todas las distinciones se darán a conocer en la segunda semana del mes de septiembre del corriente año.

El ámbito para la elección de los trabajos que resulten premiados es amplio y no tiene limitaciones por materia ni forma de trabajos (ensayo, narrativa, teatro, poesía), deberán ser obras editadas en su primera edición y el contenido debe constituir un aporte a la cultura nacional, coincidente con los valores en que se funda la civilización cristiana.

El plazo de presentación vencerá el 30 de junio de 2018. Los autores podrán presentar directamente sus obras en el Hogar de la Empleada o enviarlas por correo a Tte. Gral. Juan Domingo Perón 1281, (1038) Buenos Aires, a nombre de: Faja de Honor “Padre Leonardo Castellani”.

Para conocer en detalle las bases del certamen, puede comunicarse al (011) 15.4470-7734 o escribir a info@librocatolico.com.ar.

Para más información, visitar www.librocatolico.com.ar, en http://exposicionlibrocatolico.blogspot.com.ar o en www.facebook.com/exposiciondellibro.catolico.+

lunes, 26 de marzo de 2018

Edición digital del "Catecismo para adultos"

FSSPX Actualidad

Padre Leonardo Castellani: Catecismo

Marzo 16, 2018
Padre Leonardo Castellani, Profeta de la Argentina (1899-1981).
El 15 de marzo de 1981 el Padre Castellani fue llamado a presentarse ante Dios. A modo de agradecido homenaje, comenzamos a reproducir una serie de textos de su autoría, recopilados en el libro "Catecismo para adultos", del año 1979.

Introducción

Yo di un Programa del Curso que tiene una serie de tesis, tesis que se deben probar. La Teología pretende ser una ciencia, una disciplina que prueba lo que afirma, que es la característica de las ciencias. Pero esa lista versa, sobre todo, sobre Jesucristo, la Trinidad y unos cuantos de los dogmas fundamentales como los novísimos. Es decir, una parte de la Teología, pero una parte fundamental sobre la cual las restantes tesis giran y dependen. De manera que voy a hacer un cursillo de Teología abreviado, porque toda la Teología no se puede enseñar aquí.
Los sacerdotes hacen cuatro años de Teología y antes tres de filosofía, encaminada a la Teología: Filosofía Escolástica, aunque sea una técnica que puede ser independiente y, antes aún, han estudiado cinco o seis años de latín. Porque toda la literatura de esta ciencia ‒o casi toda‒ está en latín. Así las obras fundamentales de los Santos Padres y también las obras modernas que deben estudiar los seminaristas. Los libros que hoy se publican en fran- cés o alemán son derivaciones de la Teología antigua y se supone que se sabe ésta. De modo que con toda esa enorme cantidad de estudio no crean que sabemos mucho; pero sabemos…
De modo que yo voy a hacer un cursillo de Teología nuclear, el nudo o la clave de la Teología que es Cristo, pero no voy a poder dar algunos tratados que se dan en los cuatro años de Teología, en que se estudian diez tratados. Por ejemplo, el tratado De Gratia Dei no lo voy a dar. Pero ese tratado presupone la existencia de Jesucristo y la impartición de la gracia por medio de Él en la Iglesia. Y así los Sacramentos también. Dependen de la autoridad de la Iglesia y la Iglesia depende de Jesucristo.
Cada año solíamos ver en el Seminario dos o tres tratados: p. ej., el tratado De Verbo Incarnato es el tratado sobre Jesucristo. De Deo uno et trino es el tratado sobre la Trinidad y De Ecclesia es el tratado que sigue. Pero insisto en que no puedo dar todos, sino abarcar lo fundamental. Hoy tengo que hacer una disertación preliminar, para que se tenga la base de lo que vamos a ver en el año.
Me decían que si era muy difícil la Teología, cuando me pedían que fundase una Facultad de Teología, y yo respondía que no podía ser. Ni yo solo ni aunque contase con otros diez profesores. Tendría que comenzarse por una Facultad de Filosofía. Y también estudiar antes latín. Me decían: “bueno…, entonces enseñe catecismo”. Y resulta que el catecismo es la Teología abreviada; es un resumen de la Teología, a veces para los niños chiquitos como el Catecismo Menor, o bien para la Segunda Enseñanza que es el Catecismo Mayor o de Perseverancia y otro para universitarios, que es el Catecismo más mayor todavía.
Entonces, hay Catecismos, como el que mandó publicar el Concilio de Trento por orden de Pío V, que es un catecismo grande, para los párrocos. Yo pensé que podría explicarles ese Catecismo, pero los salesianos que lo editaron hace unos 3 años, dicen que no queda un solo ejemplar. Pensé varias soluciones y no la encontré. Y me dijeron: ¿por qué no explica su Catecismo? Y resulta que mi Catecismo tiene muy poquito acerca de lo que tengo que decir. Sobre Jesucristo algo tiene, pero es muy poco para universitarios. Entonces decidí buscar mis cuadernos de Teología y sacar para el Curso todo lo que era acomodable. Y así fui preparando bastantes clases y completaré las restantes, que también son muchas.
Hay que decir lo que se presupone en las tesis de Teología. Se presupone, principalmente, la verdad divina de la Sagrada Escritura, porque las pruebas de las tesis teológicas comienzan por la prueba por la Escritura. Entonces se toman los versículos que prueban una tesis y así se tiene la prueba principal. Después viene la prueba por la Tradición, la de los Santos Padres de la Iglesia, sobre todo los más antiguos. Y después viene la confirmación por la razón. Muchas tesis son conformes a la razón, y se puede dar el argumento congruo o de congruidad. Congruo significa conveniente, lo que conviene. Es decir, se demuestra que lo que la tesis quiso probar es conforme a la razón humana y congruo o conveniente con el bien de la humanidad. De manera que se supone que la Escritura dice la verdad y no cualquier verdad, sino la verdad de la Revelación. Eso ya se supone en el primer curso de Teología, antes de entrar a la Teología propiamente dicha.
Hay un primer año ‒entero‒ en que se ve el tratado llamado “De Revelación”, en el cual se estudia la autoridad de la Sagrada Escritura. Y después se trata de Jesucristo como Mesías, es decir, Jesucristo como hombre (hombre Dios, desde luego) pero no se prueba, en esa etapa, que es Dios, sino simplemente el Mesías esperado por los Judíos, Esos son presupuestos de la Teología propiamente dicha. Se presupone que la Escritura dice la verdad divina y revelada. Ahora, ¿cómo sabemos eso? Lo sabemos porque Jesucristo lo dijo. El aceptó la creencia de los antiguos judíos de que los libros del Antiguo Testamento venían de Dios. Él hizo su predicación y sus discípulos escribieron sobre su predicación: hicieron crónicas sobre la vida de Jesucristo. ¿No hay un círculo vicioso en decir que la Escritura prueba que era Dios y que Jesucristo prueba que la Escritura es divina? No hay tal, porque Jesucristo probó por sus obras que El era Dios y luego en la Escritura se confirmó que Él lo era, sobre todo en las profecías que se cumplieron. Y de los profetas surge que Cristo era Dios, aunque eso del Verbo Encarnado, hasta que Jesucristo lo reveló, no se tenía muy en claro. Se sabía como entre brumas. Se tenían algunas sospechas. Pero hasta que Jesucristo dijo “Yo soy igual que el Padre”, “El Padre y Yo somos una misma cosa”, no se supo con toda claridad y eso, precisamente, es el fundamento de toda la religión cristiana.
De manera que si sabemos que la Escritura es divina por Jesucristo, si sabemos, hasta este punto, que Él era Dios o por lo menos un enviado de Dios que no podía mentir, por las obras que hizo.  Él lo dijo muchas veces: Operibus creditus (Creed a las obras) si no queréis creerme a mi.  Creed a las obras que el Padre está haciendo por medio mío.  Varias veces apeló a sus obras.  Vale decir, que su divinidad se prueba por su palabra y por sus obras, por todos los milagros que el Padre hizo por su intermedio, como resurrección de muertos, curación de enfermos, la caminata milagrosa, los panes milagrosos y todos los relatados en los Evangelios.
El milagro es el sello de Dios para revelar. Cristo tenía el sello de Dios acerca de su filiación divina, que es un misterio inmenso, que sin una prueba muy rigurosa no se puede creer. Es un gran misterio que, Dios se haya hecho hombre. También profecías que se cumplieron. La profecía es también una muestra del sello de Dios. Sólo Él puede conocer el futuro contingente, el que puede acontecer o no, el que depende del libre albedrío de los hombres. Ni el diablo ni los Ángeles pueden conocerlo. ¿Entonces, cómo sabemos que la Escritura dice verdad? Por Jesucristo. ¿Cómo sabemos que los Evangelios, que son la Escritura hecha por Jesucristo (dictada podríamos decir) son verdaderos? Hay que probar que lo que dicen los Evangelios es verdad, ya que las obras con las que Cristo probó su divinidad están contadas por los Evangelios. Si acudimos como prueba a las obras tenemos que probar, primero de todo, que los Evangelios son verdaderos. ¿Por qué son verdaderos los Evangelios? Son verdaderos porque son libros históricos. Después, sobre esos libros históricos los Apóstoles dijeron que eran libros inspirados por Dios.
Pero de momento, cuando nacieron, eran libros históricos, pero muy históricos, con una verdad histórica como no la tiene ningún otro libro. Ni Tácito, ni Suetonio, ni Tito Livio tienen tanto apoyo como la historicidad de los Evangelios, porque la historicidad de los Evangelios está garantizada por miles de testigos. Y sabemos que Tito Livio dijo verdad acerca de Roma porque escribió estando en medio de los romanos y podían desmentirlo, por lo menos en los sucesos más próximos. Nadie lo desmintió. Él se documentó con los viejos que conocían los sucesos antiguos y con las crónicas antiguas sin que nadie lo refutara.
De manera que tenemos a Tito Livio como un historiador verdadero. Los Evangelios están atestiguados por todos los habitantes de Palestina que oyeron a Cristo, en medio de los cuales los Apóstoles comenzaron después a recitar, a repetir los Evangelios y nadie los desmintió. Los primeros que los trataron de desmentir fueron los herejes que aparecieron en el Siglo II, cuando ya no había ningún Apóstol ni tampoco ningún contemporáneo de Jesucristo. Recién entonces, estos herejes comenzaron a negar el valor de los Evangelios. Y eso de negar el valor de los Evangelios es actualísimo, porque hoy tratan de hacerlo hasta vulgarmente, por parte de gente que no tiene ciencia ni autoridad para decir nada. Pero empezaron los racionalistas, sobre todo en Alemania y también en Francia un poco. Para ello los estudiaron y trataron de encontrar contradicciones entre un Evangelio y otro y contradicciones en un mismo Evangelio, o contradicciones con la razón, es decir, una cosa imposible contada por un evangelista.
Hicieron una obra inmensa de erudición de literatura exegética los llamados críticos o hipercríticos alemanes y apareció una verdadera escuela, que viene del protestantismo, naturalmente. Los Evangelios no fueron desmentidos cuando el desmentido valía. Ello era válido cuando vivían los Apóstoles y vivían los testigos coetáneos a Cristo. Entonces no se hizo ningún desmentido. Nadie, por mucho que odiara a Cristo, se atrevió a desmentirlo. Incluso no lo hicieron romanos como el filósofo Marco Aurelio, a quien no se le ocurrió decir que lo que contaban esos hombres era falso. Y esa es la razón que tenemos para creer en los Evangelios, que como vemos, son una verdad filosófica y no teológica. También lo es, por supuesto, pero que los Evangelios son libros históricos es una verdad filosófica y de ahí viene la necesidad de estudiar filosofía antes que teología, porque hay muchas verdades filosóficas que se apoyan en la naturaleza humana. De manera que para negar que las obras históricas acreditadas digan la verdad, hay que renegar de la naturaleza humana. Y eso se ha hecho también. Los escépticos niegan que se pueda saber algo con certeza. Escépticos los hubo desde antes de Cristo hasta nuestros días. Los Escépticos niegan todo. “La razón humana no puede saber nada”. Hay un libro que me regaló mi amigo Gamallo hace unos días, que se llama Que nada se sabe y es un libro antiguo, de un filósofo español del siglo XVI. No lo he podido leer todavía, pero se que no es un escéptico total, pero que niega las cosas de la ciencia de su tiempo. No sé si niega  la religión, supongo que no. En ese tiempo no existía el ataque a la religión. Que nada se sabe: eso es ser escéptico o agnóstico. Estos dicen que no se sabe nada acerca de Dios, aunque se puede saber de la ciencia humana. Pero los escépticos verdaderos, a donde tienen que ir a parar los agnósticos si se empeñan en probar su sistema, dicen que no se sabe nada, que no se puede probar nada de nada.
Aristóteles dice que con ellos hay que argüir con un palo. Y también San Agustín dio el argumento con que se puede rebatir a los escépticos o hacerlos callar por lo menos, que es éste: “No puedes dudar de que existes”. Eso lo dice San Agustín. En tiempo de Santo Tomás no había escépticos prácticamente, pero después aparecieron otros. San Agustín, anteriormente, tuvo que luchar con unos escépticos muy refinados que se llamaron académicos; pertenecientes a la segunda academia (la primera era la de Platón). Explayó San Agustín el argumento de Aristóteles de que nadie puede negar la propia existencia. Porque si la niega, al hablar la afirma. Si vives, piensas, y si piensas puedes saber cosas. Este argumento también lo usó Descartes; igualmente Kirkegord. A los escépticos hay que acorralarlos con un palo y ese palo es preguntarles si no saben que existen y si ellos contestan que no saben si existen o no, entonces se acabó, ahí viene el palo.
"El peor de los escépticos, que debemos sufrir aún ahora, fue Kant".
De manera que, como ven, la Teología debe buscar sus raíces en la misma naturaleza humana. El peor de los escépticos, que debemos sufrir aún ahora, fue Kant. Kant era un escéptico, porque ahondando en él se llega al escepticismo y él mismo partió de un escéptico que fue Hume. Pero lo sistematizó y lo utilizó de tal manera, que se hizo la cabeza de toda la filosofía alemana moderna. Todos admiten el raciocinio del “Tratado de la razón pura”, que en el fondo llega a escepticismo, porque Kant dice que nuestro entendimiento no puedo conocer las cosas sino que puede conocer solamente las apariencias, lo que él llamó fenómenos. Pero no puedo conocer los, “números” que son las cosas mismas. Así que negó la validez de todas las ciencias, menos de las matemáticas y de la física, porque ellas no se basan en las apariencias sensibles de las cosas. Toman la cantidad y trabajan con abstracciones de la cantidad, especialmente la física moderna, que está toda cimentada en las matemáticas. Todas sus demostraciones y deducciones son matemáticas. Esas cosas que cuentan los astrónomos de los astros y que nos parecen rarísimas a nosotros, a veces puede ser que sean simplemente teoremas o deducciones matemáticas revestidas de figuras, como decía Bergson. Este decía que muchos de los descubrimientos modernos no eran más que deducciones matemáticas revestidas de un disfraz colorido. Por ejemplo: que tal nebulosa está a dieciocho mil millones de años luz… y cosas así, que no tienen comprobación posible por los sentidos, son abstracciones matemáticas revestidas de color. En fin, esas dos ciencias, la física y la matemática, las admitía Kant como veraces, pero todo lo demás, no es veraz. La historia es apariencia, la filosofía es apariencia, la teología es apariencia, todo lo demás es apariencia.
Después de él surgen tres grandes filosofías escépticas en Alemania, que son las de Fichte, Schelling y Hegel. A los filósofos modernos los llamamos modernos, pero son derivados de Hegel casi todos. Algunos vuelven atrás y se basan en Kant y tenemos el neokantismo, como el de Nikolai Hartmann. Neofichteismo no hay. Retroceden y enseñan a Kant en otra forma, con otras palabras. Así creció la filosofía moderna que está impregnada de escepticismo. Hegel dice que el ser es lo mismo que el no ser. Sólo existe el devenir, que es el punto de partida de la filosofía. Es un escepticismo porque no hay nada seguro, todo evoluciona. El devenir significa lo que va viniendo. Lo que se hace no puede quedar fijo, siempre evoluciona. Todos los sistemas evolucionistas parten de la filosofía de Hegel. Y así todos los filósofos modernos. El otro día hice una lista de todos los filósofos modernos para un artículo que me pidieron en La Gaceta de Tucumán, sobre la actualidad de Sto. Tomás de Aquino. Yo nombré a casi todos los filósofos modernos que son todos discípulos y los existencialistas. Los Existencialistas son también discípulos de la Filosofía de Hegel culminando en Heidegger, en el cual se basa Sartre, quien escribió un libro grandísimo que se llama “El Ser y la Nada” haciendo una parodia de Martín Heidegger, que en el fondo es un libro de burla, pero parece que no. Él asimiló el lenguaje de Heidegger y compuso un libro que es una burla de él. Hay tres cosas en el libro ése que son contradictorias en sí mismas, como lo pongo en mi libro “De Kirkegord a Sto. Tomás” y de esas contradicciones ha hecho esquemas, teorías y todas esas cosas.
Los antiguos decían que con lo absurdo se puede probar todo. Los griegos habían inventado una cantidad de juegos filosóficos que consistían en poner un absurdo y sacar de él una conclusión disparatadísima. Para poner un absurdo hay que poner una cosa que lo sea sólo en apariencia. Hay una demostración matemática jocosa en la que se demuestra que 2 es igual a 3, con un razonamiento aparentemente riguroso, pero se ha puesto un concepto absurdo en dicha demostración. De modo que el devenir de Hegel continúa esparciendo el escepticismo en el mundo, por medio de sus epígonos o por él mismo, aunque hoy día no se estudia mucho porque es sumamente difícil y ha sido refutado. Pero los que asimilan a Hegel en parte o en todo, como estos franceses que hay ahora, estos dos filósofos franceses Luis Lavelle y Rene Lesenne hoy vigentes, que son hegelianos en el fondo.
Yo he tenido la paciencia de leerlos, no todos, porque cuando encontré el sofisma en ellos, los dejé. Son hegelianos modernos.
En el artículo que escribí para La Gaceta de Tucumán, puse una cosa atrevida, que a mí se me ocurrió estudiando a Kirkegord; es la siguiente: Kirkegord refutó a Hegel de mil maneras. Refutó toda su obra con la burla, con el raciocinio, con el sentido común, porque él había sido educado en Hegel y tenía que libertarse de él, de lo que tenía adentro. Hegel dijo de sí mismo que era seguidor de Aristóteles, un segundo Aristóteles. El historiador de la filosofía idealista, Fischer, dijo que en Hegel culminaba toda la filosofía y Hegel fue refutado por Kirkegord; no hay más filosofía, no va a haber más filosofía. Va a haber epígonos o seguidores. Habrá seguidores de Sto. Tomás por un lado y de Hegel por otro. Hegel está echado a un lado y Sto. Tomás permanece, pero no lo estudian, aunque ahora empiezan a estudiarlo más. De manera que escribí que no iba a haber más filosofía en el mundo, lo que disgustó mucho a una estudiante de filosofía y letras que escribió un artículo en La Gaceta contra mí, diciendo que yo no podía decir eso. Es claro que esto hay que entenderlo, se puede estudiar filosofía, se puede estudiar la historia de la filosofía e incluso se puede estudiar a Hegel y refutarlo, como hacía el profesor Adolfo Muñoz Alonso en su revista Crisis, que él dirigía, en la que continuamente está escribiendo sobre Hegel. Profesores de filosofía van a existir siempre. Filósofos es otra cosa. El profesor expone a un filósofo o lo resume. Por eso Kirkegord tenía tanto odio a los profesores de filosofía; tenía un odio mortal a la misma palabra profesor. Los profesores en Dinamarca enseñaban solamente a Hegel y Lutero. El primero en filosofía y el segundo en religión. Kirkegord absorbió todo eso y luego tuvo que liberarse y lo hizo escribiendo muchos libros que son pintorescos y hasta chuscos, pero está girando siempre sobre esos dos grandes enemigos, sobre esas dos grandes cargas que tiene el alma y que lo han oprimido.
En resumen:
He hablado de la extensión de la ciencia teológica, que es de una extensión enorme y por eso es difícil. La enseñan en 7 años en total, más 5 de latín enderezado a la filosofía, porque leen a Cicerón que era medio filósofo y a Virgilio que sabía mucho de filosofía. Por eso la Iglesia ha instituido esos estudios tan largos y tan difíciles, que ahora se están arruinando bastante. Porque se necesitan hombres muy doctos para enseñar esas cosas y se necesitan discípulos muy aplicados y capaces.
La base de lo expuesto es: ¿Por qué Jesucristo es Dios? Por la Escritura. ¿Por qué la Escritura es divina? Porque Cristo lo dijo. ¿Cómo tenía Cristo autoridad para decirlo? Porque Él con sus obras probó que era Dios, sin contar con la Escritura.
La Escritura viene después, o al mismo tiempo, a corroborar lo que Él decía. Él, lo que decía lo basaba en la Escritura antigua, de manera que no hay un círculo vicioso. No lo hemos oído a Él directamente, no hemos visto sus obras, somos los testigos vigésimos o centésimos de Él y los testigos directos no fueron más aventajados que nosotros, porque muchos no creyeron aun viendo sus obras e incluso los Apóstoles dudaron. “¡Dichosos los que vieron y creyeron!” Las Escrituras son veraces porque son libros históricos, los más históricos de todos, probablemente. De los 4 evangelistas, 3 murieron mártires y San Juan casi lo fue también, pero se salvó. Pascal, del que nos quedaron sus “Pensamientos” solamente, dijo: “Creo solamente en testigos que se dejan matar”. Y esta es una prueba de la autenticidad de los Evangelios. Si los primeros apóstoles hubieran dudado que los Evangelios eran verdad, no hubieran tenido fuerza para mantener su fe aún a costa de dejarse matar. Creían con toda seguridad que esa era la palabra de Dios. Después viene la confianza en la naturaleza humana porque los escépticos no tienen confianza en la naturaleza humana, San Agustín dice: Si existes, piensas y si piensas, puedes saber cosas. Este es el único argumento que hay. Por lo tanto, es necesario confiar en la naturaleza humana, tener naturaleza humana, cosa que los escépticos parece que no la tuvieran. De modo que hoy día hay una gran cantidad de herejías, como veremos en las clases, porque antes de cada tesis, en Teología, se habla de los adversarios, se expone la tesis y luego se refuta a aquellos. Así se manejaba Sto. Tomás.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Concurso de cuentos Leonardo Castellani

16-03-2018 / Cultura

Reconquista: más plazo para el concurso de cuentos Leonardo Castellani

La recepción de trabajos para la IV Certamen Nacional de Cuentos Premio Leonardo Castellani se extiende hasta el 2 de mayo de 2018. La premiación tendrá lugar el 13 de junio en el marco de la II Feria del Libro Gente del Agua.
Bases
IV edición del Certamen Nacional de Cuentos Premio Leonardo Castellani

Participantes:

a) argentinos nativos, mayores de 18 años residentes en el país.
b) extranjeros, mayores de 18 años, con cinco años de residencia.

Tema:

libre

Modalidad de entrega:

a) se podrá presentar 1(una) obra por autor, en hoja A4; extensión máxima cinco páginas; formato Times New Roman, tamaño 12, espaciado 1,5
b) por triplicado formato papel y firmado con seudónimo. Ver otras opciones en punto d)
c) por correo postal: un sobre grande en cuyo frente se escribirán los datos del certamen y al dorso el seudónimo. En el interior 3 (tres) copias del cuento y 1 (un) sobre más pequeño cerrado, con el seudónimo y en su interior 1 (un) CD con copia del cuento y los datos del autor: nombre y apellido, DNI, domicilio legal, teléfono, email; breve currículo
d) online: Podrá presentarse la obra online enviando el texto a concursar en archivo Word adjunto y otro (PLICA) donde constarán los datos requeridos y mencionados en el punto c) al referirse al contenido del sobre más pequeño cerrado. En asunto de deberá escribir: Certamen Premio Leonardo Castellani y el destinatario será: bibliotecareconquista@gmail.com

Recepción:

Fecha: las obras se recibirán en cualquiera de las dos modalidades desde el 1º de noviembre 2017 hasta el 2 de mayo de 2018 - aniversario de la muerte de Leonardo Castellani de lunes a viernes en los horarios de 9 a 12 y de 16 a 19 en:
biblioteca popular municipal Gral. Manuel Obligado (9 de julio 750) 3.560 – Reconquista.
Vía postal se tendrá en cuenta el sello fechador con archivos por triplicado y sobre con datos.
Vía online bibliotecareconquista@gmail.com, con archivo, PLICA y asunto correspondiente

Jurado:

Tres escritores de trayectoria en las letras argentinas. Su fallo es inapelable.

Premio:

Un premio de $ 5.000 (cinco mil pesos) y 5 (cinco) menciones, entregados en fecha a confirmar a los participantes.

Informes:

03482-425209; bibliotecareconquista@gmail.com

Importante: no pueden participar quienes hayan obtenido el 1er premio en ediciones anteriores.
 

lunes, 19 de marzo de 2018

El P. Castellani y el Papa Francisco

Click para ampliar

N.B.: Desde Castellaniana pedimos disculpas porque la exposición-debate ya tuvo lugar, pero lamentablemente nos informaron demasiado tarde. Esperamos que haya sido un éxito y no tendríamos ningún problema en publicar algún apunte, comentario o similar sobre el evento. Este sitio está a disposición de todos los interesados en la figura y la obra del Padre Castellani.


miércoles, 7 de marzo de 2018

Tradición o Revolución

[http://elmatinercarli.blogspot.com.ar/2018/01/tradicion-o-revolucion.html]

“No hay que engañarse: en el mundo actual no hay más que dos partidos. El uno, que se puede llamar la Revolución, tiende con fuerza gigantesca a la destrucción de todo el orden antiguo y heredado, para alzar sobre sus ruinas un nuevo mundo paradisíaco y una torre que llegue al cielo; y por cierto que no carece para esa construcción futura de fórmulas, arbitrios y esquemas mágicos; tiene todos los planos, que son de lo más delicioso del mundo. El otro, que se puede llamar la Tradición, tendiendo a seguir el consejo del Apokalipsis: “conserva todas las cosas que has recibido, aunque sean cosas humanas y perecederas”

Una religión y una moral de repuesto. CRISTO ¿vuelve o no vuelve?. Padre Leonardo Castellani