Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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sábado, 30 de octubre de 2021

Nueva edición (revisada)

 May be an illustration of text that says 'Leonardo Castellani SAN AGUSTÍN YNOSOTROS VORTICE A JAUJA'

LEONARDO CASTELLANI
SAN AGUSTÍN
Y NOSOTROS

2ª edición revisada

V Ó R T I C E  -  J A U J A
272 páginas  |  16 x 23 cm.  |  $ 1200

Prólogo

I   El Punto de Partida: la “Subjetividad” en San Agustín
II   Las Confesiones
III   El Esquema Vivo del Agustinismo
IV   San Agustín y la Filosofía Existencial
V   La Destrucción de la Tradición
VI   La Verdad
VII   El Prejuicio Idealista y el Principio de la Sabiduría
VIII   La Prueba de la Existencia de Dios
IX   El Dolor: La Naturaleza del Mal
X   El Placer y la Vida Estética
XI   El Arte y Nosotros
XII   El Placer y el Ascetismo: los Falsos Éxtasis
XIII   Recetas y Problemas

Índice Temático y Onomástico

Esta obra es una digna celebración de San Agustín, pues Castellani no se limita a exponer sus ideas mediante un esquema seco, ni a levantar alabanzas a su genio gigantesco, sino a filosofar al modo del gran Obispo de Hipona y vincularlo a la tradición cristiana posterior, llegando incluso hasta Kierkegaard, para tratar los temas de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Estas páginas constituyen, además, una vuelta a los principios, pues en su desarrollo quedan explicados, con una claridad y humor inigualables, los puntos fundamentales de la Filosofía.

 

viernes, 19 de marzo de 2021

Leonardo Castellani, el gran escritor y profeta argentino ausente en el canon de nuestras letras

 

[https://www.infobae.com/cultura/2021/03/15/leonardo-castellani-el-gran-escritor-y-profeta-argentino-ausente-en-el-canon-de-nuestras-letras/]

Incansable en su prédica contra la decadencia nacional, este sacerdote jesuita rebelde, fallecido hace 40 años, dejó una prolífica obra ignorada por la historia oficial de la literatura argentina, por estar sembrada de incómodas verdades que muchos no quieren escuchar

autor

PorIciar Recalde

Leonardo Castellani, sacerdote, filósofo, teólogo, ensayista, novelista, periodista y polemista, murió hace 40 años, el 15 de marzo de 1981
Leonardo Castellani, sacerdote, filósofo, teólogo, ensayista, novelista, periodista y polemista, murió hace 40 años, el 15 de marzo de 1981

El 15 de marzo de 1981 partió hacia la inmortalidad el sacerdote Leonardo Castellani. Con él desaparecía uno de los más lúcidos pensadores católicos del siglo XX.

Este hombre, que sintió arder dentro de sí la misión providencial de hacer Verdad, “una verdad por la cual se pueda vivir y morir (...) una verdad viva y vital” (San Agustín y Nosotros), había nacido en San Jerónimo del Rey, luego ciudad de Reconquista, en la provincia de Santa Fe, el 16 de noviembre de 1899. Hijo del florentino Luis Héctor Castellani, fundador del diario El Independiente, asesinado por la policía en medio de las luchas electorales de 1906, cuando Castellani era aún un niño, y de Catalina Contepomi.

En una Argentina intelectualmente desarmada, donde los hombres vivían de prestado, pidiendo al extranjero ojos, oídos, conciencia y sensibilidad, Castellani comenzó a forjar en la levadura del talento un estilo único y hondamente argentino, que tempranamente fuera ponderado en su autenticidad por Hugo Wast en el prólogo a Camperas (1931) y ratificado por Hernán Benítez como “género propio” en el Estudio Preliminar a Crítica Literaria (1945).

Castellani fue uno de los principales forjadores del género policial argentino, reconocido exclusivamente por la voz solitaria de Rodolfo Walsh
Castellani fue uno de los principales forjadores del género policial argentino, reconocido exclusivamente por la voz solitaria de Rodolfo Walsh

Evitado esmeradamente al día de hoy por las historias de la literatura, fue sin embargo uno de los principales forjadores del género policial argentino, reconocido exclusivamente por la voz solitaria de Rodolfo Walsh. Legó una obra crítica inmensa: 48 libros publicados en vida en editoriales sumergidas en el olvido y cientos de artículos de acentos huracanados esparcidos en los múltiples periódicos en los que participó. En la huella de Miguel de Cervantes y José Hernández, sintetizó el dominio del idioma con una destreza tal que le permitió peregrinar por todos los géneros existentes sin perder un ápice la preocupación teológica que está en el corazón de todos y cada uno: poesía, novela, fábula, cuentos, teatro, ensayos políticos, filosóficos, pedagógicos, psicológicos, crítica literaria, exégesis. Como está en el corazón de todos y cada uno el amor y la defensa de la Patria, cuyos dramas comprendió y combatió como pocos hombres de su tiempo, con el todo admonitor y el acento rudo de los profetas.

En 1913 ingresó como pupilo en el colegio de “La Inmaculada” perteneciente a la Compañía de Jesús en Santa Fe, donde se recibió de bachiller en 1917. Un año después, pasó al Noviciado de los Jesuitas en Córdoba y en 1923 ingresó en el Seminario porteño de Villa Devoto. Entre 1924 y 1927 enseñó en el Colegio del Salvador y comenzó a publicar sus primeros cuentos y fábulas. En 1928 inició sus estudios de Teología y al año siguiente fue enviado a Roma a completarlos en la Universidad Gregoriana, donde se ordenó sacerdote. En 1932 se instaló en Francia por dos años y obtuvo el diploma de Estudios Superiores en Filosofía en la Sorbona.

Promediando la década infame, regresó al país donde continuó la labor docente que alternó con el ministerio sacerdotal, el periodismo y la publicación de sus primeros libros: Sentir la Argentina, (1938), La Reforma de la enseñanza y Martita Ofelia (1939), Conversación y crítica filosófica (1941), Las nueve muertes del Padre Metri y El nuevo gobierno de Sancho (1942),entre otros.

En 1945 integró la lista por la Alianza Libertadora Nacionalista como candidato a diputado nacional para las elecciones de febrero de 1946, acontecimiento que ofició de preludio de un largo y tortuoso suceder de desventuras con el Provincial de su Orden que se ahondaron tras la publicación de las cartas “Dic Ecclesiae”, en donde Castellani esbozó una serie de críticas a la Compañía de Jesús, en las que ya comenzaba a asomar el audaz polemista fustigador del fariseísmo. Se lo conminó, entonces, a abandonar la Orden voluntariamente, se rehusó y viajó a Europa con el objetivo infructuoso de exponer su caso. Fue confinado dos años en Manresa, de donde escapó en 1949 para regresar a la Argentina. Expulsado definitivamente de la Orden, se refugió temporalmente en la diócesis de Salta, donde subsistió como docente. Recién en 1952 le fueron devueltas sus cátedras en Buenos Aires, tres años después se lo rehabilitó para decir misa y en 1966 arregló su situación con la Iglesia, de la que jamás apostató y a la que sirvió en su fe hasta sus últimos días: “De modo que la primera parte deste protocolo consistiría en quejarme que la Iglesia me ha perseguido y la Patria me ha pospuesto y postergado; y de ahí concluir que hay un estrato de vitriolo en el fondo de la Iglesia y un gusano inmortal en el seno de la Patria. Pero después deso tendré que confesar que la Patria me ha dejado vivir- lo cual no es poco- y la Iglesia me ha enseñado la fe de Cristo” (Seis ensayos y tres cartas).

Castellani sobre los "partidos": “No había diferencia esencial alguna en los 'programas' (ni) en las 'doctrinas'. Lo cual no quiere decir no hubieran brutales diferencias en las codicias ('quítate tú que me pongo yo')"
Castellani sobre los "partidos": “No había diferencia esencial alguna en los 'programas' (ni) en las 'doctrinas'. Lo cual no quiere decir no hubieran brutales diferencias en las codicias ('quítate tú que me pongo yo')"

Los crímenes del Liberalismo

Castellani golpeó como puños premiosos contra las puertas del liberalismo como causa fundante de los males del país: “Lo más conducente entre nosotros para probar que el liberalismo es pecado, es examinar los efectos del liberalismo en la Argentina. Son tan feos que sólo pueden proceder de un pecado. ‘Por sus frutos los discerniréis’. He aquí los diez crímenes (…) El liberalismo exterminó al indio. El liberalismo arruinó la educación argentina. El liberalismo relajó la familia argentina. El liberalismo esterilizó la inteligencia argentina. El liberalismo nos infundió un ánimo abatido (…) un complejo de inferior. El liberalismo mutiló a la Nación de su territorio natural histórico. El liberalismo empequeñeció a la Iglesia argentina. El liberalismo creó gratis el problema judío. El liberalismo nos enfeudó al extranjero. El liberalismo rompió la concordia y creó la división espiritual de los argentinos que actualmente se encamina a una crisis dolorosa” (Sentencias y aforismos políticos).

La Argentina era en consecuencia “como un cigarro fumado a la vez por las dos puntas” (Jauja, 1969), cuya norma era la “propensión a entregarse del todo al extranjero” (La religión y la libertad, 1956). La riqueza producida por el sudor del trabajador argentino sangraba hacia afuera y encadenaba al país a ser una semicolonia económicamente raquítica y espiritualmente vencida: “La cuestión económica y la política exterior, es decir, los dos problemas polos de todo gobierno REAL (...) nos eran dados hechos desde fuera; y para que nos creyésemos Nación, nos dejaban divertirnos, afanarnos y matarnos con los triquitraques sórdidos de la ‘política interna’”. O sea, la farsa demoliberal que consistía “en el llamado JUEGO DE LOS PARTIDOS, instrumento artificial de una pseudodemocracia, que tiene poquísimo de política real (…) consiste simplemente, al final del proceso del régimen liberal, en que NO HAY PARTIDOS. No hay una cosa realmente partida -a no ser la concordia y el bien común de la Nación-, hay una sola cosa real (...) Los partidos liberales (…) tienden a convertirse en una clase de hombres homogéneos moral, intelectual y hasta caractéricamente, que se adjudican como prebenda la función de gobernar, y luchan continuamente (…) por el poder; en el cual, si las cosas marchan como deben, lo justo es que se vayan turnando”, y dice más: “no había diferencia esencial alguna en los «programas» (…) ni en las «doctrinas». Lo cual no quiere decir no hubieran brutales diferencias en las codicias («quítate tú que me pongo yo»), obcecadas diferencias en los ánimos («nosotros somos los buenos, nosotros ni más ni menos; los otros son unos potros, comparados con nosotros»)” (Seis Ensayos y Tres Cartas).

Leonardo Castellani fue un precursor de la novela policial argentina
Leonardo Castellani fue un precursor de la novela policial argentina

Así, los dirigentes del liberalismo “cayeron en la tentación que ahora llaman «progresismo»; o sea, de vender el alma al diablo y las riquezas del país a los Malditos, a cambio de un aparatoso progreso técnico, al cual pagamos escandalosamente caro y no conseguimos entero, pues todavía estamos subdes, según nos echan en cara” (Jauja, 1969). El fundamento de que una Nación rica y con sobradas condiciones de convertirse en potencia hubiese aceptado tan indigno vasallaje, o sea, la capitulación política y el expolio de la riqueza nacional, para Castellani estaba directamente ligado a la colonización espiritual del país: “Si caímos en redes de foráneos mercaderes, fue porque primero escuchamos silbos de foráneos masones, y el miasma sutil de la herejía había contaminado entre nosotros los intelectos. El Liberalismo antes de ser un mal sistema político y un mal método económico, es una mala teología, es una herejía, una cosa espiritual, que no se puede conjurar del todo sino en su propio centro, que es la región de la estratósfera donde combaten invisiblemente los espíritus” (Crítica Literaria). Por tanto: “La Argentina (…) No será del todo independiente mientras no sepa pensar sola” (La Reforma de la Enseñanza).

Palabras que parecen escritas hoy como azotes a la “idolatría” de lo políticamente correcto que viene imponiendo hace décadas una nueva “fe” donde prima el relativismo radical y la “libertad de opinión” por sobre la búsqueda de una verdad trascendente, cuyo corolario al decir de Castellani es el “chillar los ineptos hasta acallar al sabio” (El nuevo gobierno de Sancho). Pensamiento que postula que todas las opiniones valen lo mismo, que todo es discutible hasta el derecho sagrado a la vida sobre el que se asientan el resto de los derechos, junto al consignismo vacuo anudado a reclamos histéricos de más derechos sin ninguna obligación del pensamiento progresista cuyos valores son los valores elementales del liberalismo que bajo ropajes variados mantiene su esencia: globalismo y cosmopolitismo, ataque a la tradición, tecnocracia y economía de libre mercado, individualismo y hedonismo, destrucción de la persona humana, de la familia y de la comunidad, democracia como el dominio de las minorías sobre las mayorías. Guerra sin cuartel contra la nacionalidad en el suelo que lo único que produce para sus hijos es hambre, pobreza y dolor: “No son la Patria los que actualmente y desde hace mucho tiempo mangonean el país a su gusto o a gusto del diablo (…) No es la Patria la ideología liberal, la plutocracia mercantil ni el imperialismo extranjero; esas cosas no se pueden consagrar al Corazón de María. (…) ¡Cómo va a ser la Patria esta inmensa laguna en que andamos braceando con desesperación, nadando contra corriente y empantanándonos sin poder ir ni atrás ni adelante; esta casona derruida donde respiramos aire gastado, comemos pan duro, estamos inundados de mentiras y pamplinas, leemos o vemos cada días que nos dan en rostro, estamos vejados por el cretinismo ambiente y creciente, soportamos vergüenzas nacionales!” (Seis ensayos y tres cartas).

Leonardo Castellani (a la derecha en segundo plano)
Leonardo Castellani (a la derecha en segundo plano)

En defensa de la Tradición y la Cristiandad que reintegrasen a la Argentina su fisonomía católica e hispánica limpiándola de elementos extranjerizantes -“El eje permanente de la historia argentina es la pugna entre la tradición hispánica y el liberalismo foráneo, bajo cuyo signo nacimos a la ‘vida libre’”-, Castellani formuló la necesidad de restauración de un principio de autoridad y de un orden moral justo. El país debía entrar en “la etapa de la inteligencia”, como elemento unificador de la vida afectiva comunitaria. La Nación dependía de “muchos factores, algunos materiales como la geografía, la economía y la raza; otros formales como la religión, un ideal histórico común, y la lengua, que los une a todos”, que actúan como plataforma fundante de un ideal trascendente, elemento espiritual que hace posible la unidad nacional: “Una creencia común, que por trascendental cubra las diferencias contingentes individuales es el cemento indispensable de una sociedad que se concreta en un ideal nacional capaz de proponer una empresa conjunta con alcance universal” (Dinámica Social, 1951), porque “toda Nación para existir decentemente debe tener una misión en el mundo, una idea trascendental que realizar, llamada «el ideal nacional», porque así como el hombre no es fin de sí propio, tampoco las naciones” (Decíamos Ayer).

Es por eso que, a la par de la espera consoladora del único dogma del Credo aún no cumplido, el Venturus est, el regreso de Cristo a poner la justicia y el bien a la Tierra, llamó al despertar aunque más no sea de un puñado de argentinos dispuestos al sacrificio: “Y mientras ellos existan, aunque sea como generación sacrificada, la redención de la Argentina es posible” (Seis ensayos y tres cartas). Que así sea.

 

jueves, 15 de noviembre de 2018

¿Por qué leer a Leonardo Castellani en un colegio?



¿POR QUÉ LEER A LEONARDO CASTELLANI EN FASTA?

Dijo alguna vez el beato Federico Ozanam: “No tenemos dos vidas, una para buscar la verdad y otra para practicarla”.  De modo análogo digamos ahora: no tenemos dos vidas, una para conocer que tal autor es un maestro, y otra para leerlo. Hay que leerlo ya, en esta vida, no en la vida siguiente (donde ya no hay libros). Con mayor razón al enterarnos que el autor, testigo y maestro que nos ocupa ahora, el Padre Leonardo Castellani, escribió tanta cantidad, con tanta calidad y sobre tantos diversos temas, con el único afán de extender el Reino de Dios entre los habitantes de este suelo, y entre los ciudadanos de la Iglesia.

Les quiero proponer a continuación algunos motivos que, a mi criterio, debemos considerar para responder a la pregunta del título de este artículo. Por cierto se imaginarán que deben ser muchos y variados, por lo cual seleccioné siete, que es un número bien redondo en la tradición cristiana.

La primera razón que se nos ocurre para leer al P. Castellani en FASTA es que con sus escritos, partiendo desde su amor a Cristo y su Iglesia (o sea, a nosotros), buscó sin descanso propagar la Fe cristiana y católica en las inteligencias, para desde allí iluminar los corazones con la luz verdadera, mejor aún, encenderlos con el fuego de lo alto. Porque realmente leer a Castellani nos ilumina con las mejores luces, y nos hace arder con el mejor fuego. Leerlo nos desborda con ideas auténticas, luminosas, trascendentes, que nos dejan, como me dijo un joven hace pocos días refiriéndose a estas jornadas de TyM, “con sed de más”. Y, por ende, con ganas de evangelizar mejor. Siendo que FASTA ha elegido deliberadamente la pastoral de las inteligencias, no hace falta dar más vueltas para decir porqué debemos leer a Castellani en la Ciudad Miliciana. Sus enseñanzas son enteramente oportunas, saludables y abundantes en orden a la Nueva Evangelización.

Agreguemos que su testimonio siempre lo formuló según nuestra forma criolla de expresarnos, incluso convirtiendo nuestros modismos y costumbres en algo universal, es decir, católico, es decir, apto para cualquiera en cualquier parte y en cualquier tiempo. Encontramos entonces el segundo motivo que se nos ocurre resaltar para decir por qué hay que leer a Castellani en FASTA: su fidelidad a nuestras tradiciones, su facilidad para hablar “en criollo”. Así lo remarcó una vez el P. Fosbery: “A Castellani no se le ocurre nada que no venga de abajo, como expresión de su tierra bien amada, a la que conoce y ama desde su niñez; o de arriba, como manifestación del misterio de Dios, al que sirve desde su fe. Encontrar las cosas con Dios y encontrar las cosas desde Dios. He allí su ocurrencia. Y esto dicho con la originalidad de una expresión que quiebra todas las reglas de la preceptiva literaria, por dos razones: una, porque habla con el lenguaje propio de la cultura criolla; otra, porque incorpora una fina ironía, que le permite adentrarse con su juicio hasta tocar la entraña misma de las cosas” [1].

Aparece en las palabras de nuestro Fundador el tercer motivo por el cual debiéramos nosotros leer a Castellani: el uso filoso y docente que hace de la ironía, de un humor tan de nuestra tierra que —a diferencia del humor chestertoniano que nos hace esbozar una sonrisa cómplice con alguna aparición inesperada— nos hace estallar en risa franca —y también cómplice— cuando brota impulsiva e imparable. Y de modo recurrente. En efecto, Castellani sería fino, como dice el P. Fosbery, pero no precisamente sutil con sus ocurrencias. Eran verdaderos rebencazos, pero dados con amor, con alegría, sin disimulos, como esos golpes en la espalda que dan los amigos, y que dejaban sin respuesta a su ocasional destinatario, es decir, dirigidos por caridad, no para herir sino para sanar, para enmendar. En suma, para que el otro se despierte. O más bien, para despertarnos a nosotros. Ese humor castellaniano, del que nunca se dirá bastante, contrastaba con su sobria personalidad, según nos enteramos por quienes tuvieron la gracia de conocerlo personalmente. Por ello uno va preguntándose, a medida que avanza en la lectura de sus escritos, ¿con qué humorada se saldrá ahora el Padre? Aunque eso sería quedarse en la superficie. Porque el humor era uno de sus recursos, pero no el único (sus neologismos eran otro, por ejemplo), aunque sí el que se podía encontrar en todos los demás: en la poesía, la fábula, el cuento, la novela, el teatro, el ensayo, la exégesis, la filosofía, la teología, y sigue la lista. Demos un ejemplo. Cuando escribía acerca de las relaciones entre inteligencia, virtud y gobierno —grandísimo tema moral—, decía que “no se puede responder útilmente sin hacer una cantidad de distinciones, o sea, sin filosofar”. Y para explicarlo tomó por el lado del “ser tonto”, valiéndose de una comedia de Tirso de Molina [2], detallando que “hay que empezar por explicar qué se entiende por tonto (…) todos somos tontos en algún grado o minuto (…) Si damos a «tonto» el significado de cortedad de ingenio, es decir, pocos alcances naturales, mente poco amueblada, de reducido campo lumínico, salen inmediatamente las siguientes caracterológicas: tonto = ignorante; simple = tonto que se sabe tonto; necio = tonto que no se sabe tonto; fatuo= tonto que no se sabe tonto y quiere gobernar encima (o hacer-que-gobierna a otros). Esta última variedad es la tremenda, mientras las dos primeras no son malas, y hasta con ciertas condiciones fueron amadas por Cristo, el cual dijo «Alábote, Padre del cielo, que escondiste este saber a los sabios y lo descubriste a los simplezuelos». Ha habido santos simples, como san Simeón el Simple, san Pedro Claver, san Sansón el Loco, el Cura de Ars, san José de Cupertino, y los regocijantes Fray Junípero y Fray Gil, compañeros de san Francisco, y patronos de todos los giles cristianos del universo” [3].
 En FASTA somos proclives al buen humor, a la alegría, y a la fina ironía (algunos tendrían que mejorar lo de “fina”), y Castellani es maestro en eso también.

Queremos mencionar un cuarto punto a tener en cuenta. Su carácter profético y sin filtros —que llevó a Octavio Sequeiros a designarlo como “el profeta incómodo”— se percibe nítidamente en su amor a la Patria, y por razón de los dolores que le causaban sus males. Probablemente fue él quien mejor supo leer la historia patria y el ser argentino desde la fe. Eso al menos hasta que apareció nuestro P. Fosbery (y no pretendo ser obsecuente con esto, ya que como bípedo me resulta incómodo arrastrarme). En verdad, todo fiel creyente que ama su Patria tiene en Castellani su arquetipo, quiero decir, el modelo de creyente patriota y de lector lúcido de la historia. Hace un año en este mismo lugar, cuando reflexionábamos sobre Gilbert Keith Chesterton, hacíamos el inevitable paralelismo que se da comúnmente entre el gran apologista inglés y nuestro gran apologista criollo, con la ventaja que tenía Castellani de haber leído a Chesterton (a quien rotulaba como “el rey del sentido común”). Haciendo un imaginario camino inverso, con Chesterton reflexionando sobre Castellani, y aprovechando un momento en que el genial inglés despotricaba contra el ruidoso e infértil amor a su nación que profesaban en su tiempo los “patrioteros”, podríamos vislumbrar entre líneas a Castellani: “¿Por qué no hay un patriotismo noble, central, intelectual, un patriotismo de la cabeza y el corazón, y no simplemente de los puños y las botas? (…) Recalamos en cosas frívolas y burdas para nuestro patriotismo por una simple razón: somos el único pueblo del mundo al que no se le enseña en la infancia su propia literatura y su propia historia” [4]. En síntesis, descontamos que el amor a la Patria en FASTA es amor prioritario, como primer amor al prójimo. Y encontramos en nuestro maestro un guía firme y seguro, de alguien que ama a su Patria porque la conoció desde “sus entrañas”, como leímos recién en el P. Fosbery.

El problema es que Castellani, a nuestro modesto entender, es una suerte de botín de guerra entre los patriotas verdaderos, creyentes o no, y los patriotas desesperanzados (“patrioteros”), que no ven nada bien y ven todo mal (menos a ellos mismos). Por tanto encontramos en esto el quinto motivo —que tal vez suene polémico a algunos— para leer a Castellani “a toda furia” (como el mismo decía que leía a santo Tomás, casi a escondidas en el seminario jesuita, donde la formación era más bien suareciana). Esto es, para “sustraerlo” de quienes profesan un amor sin esperanza a la Patria, como si Castellani fuera sólo de ellos, tal vez por el carácter polemista del gran sacerdote. Se trata entonces, según veo, de rescatar en FASTA a Castellani y su obra para la Patria. O digamos mejor que Castellani es de y para todos, no sólo para quienes ven todo mal. Y esto que digo de la Patria aplica también a la Iglesia (pues muchos de esos eternos quejosos ven todo mal también en la Iglesia).

Se nos ocurre un sexto motivo más para leer a Castellani en FASTA. Cuando no escribía sobre las cosas que se le ocurrían por obra de su propio genio, gustaba comentar los escritos perennes de los más grandes autores: Aristóteles, san Agustín, santo Tomás…, pero a la vez expresaba que “los libros duran más que los hombres, pero no son, propiamente hablando, eternos. Arrebatados por la corriente ineluctable del tiempo, que en nuestros días parece precipitarse más vertiginosamente, los libros también pasan. Aunque cuando son grandes, no pasan nunca del todo” [5]. Ciertamente él no veía sus libros entre esas grandes obras a los que hacía referencia, pero ¡cómo se preocupó para que esas grandes obras de la historia sean conocidas y leídas, habiendo sido leídas primero por él!  El padre Alberto Ezcurra comentaba que en cierta oportunidad, cuando aún era seminarista, vio en una misa al célebre padre Castellani, y luego de pedirle su bendición le pidió un consejo, a lo cual el gran sacerdote se limitó a responderle: “No hay tiempo, lea los clásicos” [6].  Nosotros creemos que algunos libros suyos (no podemos decir todos, para no caer en Castellanilatría), perfectamente pueden quedar como obras clásicas, porque sus enseñanzas —de base doctrinal consistente— son de alcance universal o, al menos, enteramente saludables para Hispanoamérica (donde se entroniza cada bodrio…), o mínimamente en Argentina, donde pocos lo recuerdan, incluso donde se lo ningunea desde la “policía cultural oficial”, gramsciana y laicista, abulonada en la educación y la crítica literaria, que nos repite ad nauseam lo que debemos leer y aplaudir, so pena de ser tildados de jurásicos, retrógrados, y de toda sarta de insultos que a nosotros en realidad nos suenan a distinciones, siendo que vienen de ellos. Consideremos como parámetro que Argentina tiene muchos y muy buenos maestros, y todos ellos lo tienen unánimemente a Castellani como su maestro. El Padre Leonardo es en verdad maestro de maestros. He aquí otra razón para leer a nuestro autor en FASTA: si todos aquellos de quienes gustosamente leemos sus obras lo tienen como el más destacado de sus referentes ¿cómo no lo vamos a tener nosotros por tal?

Como séptimo y último motivo para leer al P. Castellani —y a mi criterio el principal—, es que él, agudo filósofo y profundo teólogo, brilló por su tarea exegética. Acá algunos fruncen el ceño, pero esto es porque se detienen en que a veces Castellani proponía como posibilidad, cuando no había definición dogmática, opiniones algo arriesgadas o, como decía ese gran exégeta que es el P. Barriola, “algo extravagantes”. Sin embargo nosotros hacemos referencia a su ortodoxia a prueba de balas (es decir, con sólida base en la Tradición y en el Magisterio), cuando nos enseña acerca de las Escrituras. Sobre todo por ese don que le venía de lo alto unido a su talento natural, para aplicar el Evangelio a su realidad —a la de su tiempo—, lo que es perfectamente extensible a nuestro aquí y hoy (y por eso hablamos de su carácter profético). Leer el Evangelio en particular y la Sagrada Escritura en general explicada por Castellani es motivo de crecimiento en la fe, a la vez que de regocijo literario. Por ejemplo, yo leí por primera vez en Castellani comentando la Navidad de Jesucristo, y no lo vi escrito en  ningún otro, algo tan elemental y profundo como esto: “Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacernos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enternece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es el misterio. El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aunque hubiese nacido en el Palatino [7], en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante Él, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y verdad; ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los misterios de la Fe. Bueno es que los niños se enternezcan ante las pajas del pesebre y la mula y el buey, que los poetas canten (…) y que los predicadores derramen lágrimas sobre la pobreza del Verbo Encarnado; pero los adultos han de hacerse capaces de la grandeza del misterio y han de espantarse no tanto de que Dios sea un niño pobre, sino simplemente de que sea un Niño” [8].
Leer la Escritura según la Iglesia y su Magisterio es deber primario en FASTA. Y Castellani es un destacado maestro en este fundamental asunto. Si  a esto lo coronamos con todo lo que nos viene regalando nuestro Fundador últimamente en cuanto a conocimiento e interpretación católica de la Sagrada Escritura, tenemos para divertirnos  y para aprender por el resto de nuestra vida.

Sin embargo, con todo lo ya dicho, conviene remarcar que Castellani no se pavoneaba por sus escritos y, no obstante su sencillez y aprecio más bien moderado por su obra, sabía que lo suyo hacía bien, o al menos era lo que pretendía. Él, que obviamente se sabía escritor, no buscaba ni el reconocimiento ni la fama, sólo quería poner por escrito la riqueza de su inteligencia empapada hasta la raíz por la fe —y que le pagaran lo que le correspondía para poder vivir, porque no comía vidrio—. Y para eso tal vez tenía que poner su dedo en medio del ojo de algunos a quienes se los suele tener por maestros: “vamos a ver a quién le toca hoy recibir palos”, decía en sus conferencias. Y así caían bajo sus mandoblazos literarios repletos de filosofía y teología bien integradas, las más reconocidas figuras agigantadas por el intelectualismo modernista, sino directamente por la plebe o el snobismo periodístico y farandulero: desde Voltaire hasta Kant, de James Joyce a Víctor Hugo, de Borges a Bioy Casares. En efecto, no dudaba en dejar al desnudo sus huecos intelectuales, descubriendo sus pobrezas (no las literarias, sino en todo lo que se refiera la Verdad que es Dios), todo lo cual lo resumió en su magistral “credo de los incrédulos”:

Creo en la Nada Todoproductora, d’onde salieron el cielo y la tierra.
Y en el Homo Sapiens, su único Rey y Señor,
que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de la Santa Materia,
bregó bajo el negror de la Edad Media.
Fue inquisicionado, muerto, achicharrado,
cayó en la miseria,
inventó la Ciencia,
y ha llegado a la Era de la Democracia y la Inteligencia.
Y, desde allí, va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el Libre Pensamiento,
la Civilización de la Máquina,
la Confraternidad Humana,
la Inexistencia del pecado,
el Progreso Inevitable,
la Putrefacción de la Carne
y la Vida Confortable. Amén.

Y vamos cerrando, ayudado por otro. En una entrevista muy reciente al reconocido escritor y crítico literario español Juan Manuel de Prada, quien “resucitó” en España la obra de Leonardo Castellani, se le preguntó: “¿Qué le dice Castellani a los católicos del mundo secularizado de hoy?” A lo que el citado respondió —y creo yo es una síntesis perfecta de lo que venimos a proponer acá— lo siguiente:

Les hubiera llamado católicos «mistongos», católicos blanditos, fofos, que pretenden servir a dos amos. Habría sido bastante áspero, pero también divertido. Hubiera sido un látigo extraordinario para nuestras conciencias, y nos hubiera hecho muy bien. Pero creo que lo importante de un escritor al final son sus libros, y en eso creo que Castellani nos ha dejado libros maravillosos que tenemos que leerlos.

¡A tus órdenes!
Mil. Lic. Juan Carlos Bilyk


[1] L. Castellani; Camperas, del prefacio, ediciones Vórtice, 1992
[2] “¿Es mejor un rey tonto que un rey malo?”
[3] L. Castellani; Las ideas de mi tío el cura, ediciones Excalibur, 1984, págs. 25-26
[4] G. K. Chesterton; La cosa y otros artículos de fe; Espuela de Plata, 2010, págs. 126-127
[5] L. Castellani, San Agustín y nosotros, ediciones Jauja, 2000, pág. 32
[6] Alberto Ezcurra; la espiritualidad del laico;  Kyrios ediciones, 1994, pág. 75
[7] Palacio del emperador
[8] L. Castellani; El Evangelio de Jesucristo; editorial Vórtice; 1997

lunes, 18 de febrero de 2013

Tradición

Tradición es ese mundo ideal de valores humanos que heredamos al nacer sin merecerlo... y sin agradecerlo.

San Agustín y nosotros

miércoles, 9 de mayo de 2012

Recetas y problemas



Y sembrar semillas siempre se puede, aunque no sea más que sembrar verdades

Claro que cuando hay sequía, eso importa sacrificio.

A veces se siembra con una especie de terquedad, con una especie de desesperación, se siembra con amargura, llorando, como dice la Biblia. 

Se tiene la impresión de estar malgastando las semillas, las fuerzas y la vid. 

Pero es la ley de la vida, no la tenemos más que para gastarla

Como les dije en la otra conferencia:

Todos los caminos de esta vida, por más vueltas que den, confluyen invisiblemente hacia una palabra terrible, pero ungida con las promesas divinas, que es sacrificio

Y el sacrificio es no solamente posible sino hasta gozoso cuando está inspirado por un verdadero Amor.

San Agustín y Nosotros

viernes, 23 de marzo de 2012

Profeta de desgracias

Es desagradable ser profeta de desgracias, y paga mucho más ser profeta de venturas; y yo pido a Dios me haga mal profeta de desgracias. Pero la destrucción de la tradición en Occidente es una cosa que está allí delante, y cerrar los ojos ante ella es como cerrar los ojos andando por la calle.

Abrir los ojos puede ser un remedio en todo caso, por aquello de que «La primera medicina es saber la enfermedad» (...) La Humanidad camina hacia la resolución del gran drama de la Historia, drama que tiene un protagonista y muchos antagonistas (...) La situación actual del mundo, eso que llaman la «crisis contemporánea», es la de una destrucción progresiva de la tradición occidental y de una defensa de ella.

San Agustín y nosotros

miércoles, 26 de octubre de 2011

El Chaco no es Viena

‎¿Cómo se conoce la verdad? Eso es el principio del filosofar. Nadie aprende filosofía si un problema vital no se le pone en forma abstracta; podrá aprenderla de memoria, pero eso no es filosofar. 

A algunos, que tienen una cabeza especial, todos los problemas vitales se le ponen desde niños en forma abstracta: Leibnitz cuenta en una de sus cartas que a los quince años pasó una tarde muy agitada paseando en el bosque de Viena, deliberando con toda el alma si retendría o no la materia prima y las formas sustanciales de la Escolástica. 

Pero yo no fui de esos niños abstractos. El Chaco no es Viena.

San Agustín y Nosotros 

Antiguo mapa jesuítico (1647) del territorio situado entre Asunción y Buenos Aires

viernes, 6 de mayo de 2011

Non lo sapevate un corno...



A propósito de ciertas discusiones que están teniendo lugar en la blogósfera en estos momentos, a cuenta de filias y fobias, subidas y bajadas de los altares, obediencias y desobediencias, falibilidades e infalibilidades, nos permitimos iluminar un poco el debate con el siguiente texto de Castellani.

"El Papa es infalible, pero no en todo. Cuando declara solemnemente las cosas de la Fe, cosa que hace pocas veces, por cierto. Pero pretender como hace muchísima gente aquí que todos los Papas o tal Papa particular son maravillas de inteligencia y de rectitud, hasta llegar a renunciar al propio sentido moral, cerrar los ojos ante un error y una iniquidad manifiesta, y dar como anticatólico, o poco católico, o no católico al que no puede cerrar los ojos así, al que no puede renunciar a su sentido moral, eso es inventar un nuevo dogma, eso es rendirse a una superstición, eso es morar en plena exterioridad. 
"Los romanos que son muy religiosos y veneran mucho al Papa, también son muy inteligentes, inventaron una anécdota sobre la infalibilidad que se la colgaron a Pío XI. Contaban que el Papa se dormía por la mañana porque trabajaba de noche; y que buscó un viejito del Asilo San Michele para que le hiciera de sereno y lo despertara por la mañana a las ocho. Así que el primer día el viejito abrió la puerta y dijo: 'Santísimo Padre, son las ocho y hay buen tiempo'. Y el Papa contesta 'Giá lo sapevo', y se levantó. Al otro día lo mismo:'Son las ocho y hay buen tiempo'. 'Giá lo sapevo'. El tercer día ocurrió que el viejito mismo se durmió, se levantó muy apurado y fue corriendo a despertar al Papa; y con el apuro y la costumbre le dijo la misma fórmula: 'Santísimo Padre, son las ocho y hay buen tiempo'. Y el Papa dijo: 'Giá lo sapevo'. Y entonces el viejo le dijo: '¡Non lo sapevate un corno: sono le dieci e piove a finimondo!'. 
"En otros tiempos, cuando el Papa se equivocaba, los santos de aquel tiempo le decían tranquilamente: 'Non lo sapevate un corno', y el Papa mismo rogaba que se lo dijeran. Había más caridad. Había comunión."

Leonardo Castellani, San Agustín y nosotros.