Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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miércoles, 22 de enero de 2025

𝗩𝗲𝗿𝗱𝗮𝗴𝘂𝗲𝗿

 [Tomado del Facebook del autor.]

𝘔𝘰𝘴𝘴è𝘯 𝗝𝗮𝗰𝗶𝗻𝘁 𝗩𝗲𝗿𝗱𝗮𝗴𝘂𝗲𝗿 fue sacerdote y poeta. y unos de los emblemas de la poesía catalana, en la segunda mitad del siglo XIX.
el padre Castellani tenía gran aprecio por su figura y su obra, que ayudó a difundir en la Argentina. claro que estaba, digamos así, la empatía.
en uno de sus libros –𝙀𝙡 𝙧𝙪𝙞𝙨𝙚ñ𝙤𝙧 𝙛𝙪𝙨𝙞𝙡𝙖𝙙𝙤 / 𝙀𝙡 𝙢í𝙨𝙩𝙞𝙘𝙤– Castellani repasa (en 31 capítulos y una obra dramática) la vida de este hombre con el que se identificaba. es verdad que escribió buena parte de ese libro 'preso' en Manresa, donde conoció la obra de Verdaguer (quien también había estado 'preso' en La Gleva, un poco más al norte) y se enteró de las calamidades de su vida personal y eclesiástica.
ocurre que Castellani en Manresa estaba "castigado" por los jesuitas, y es entendible entonces que haya visto en un Verdaguer calumniado y maltratado, un hermano de infortunios. más de una vez el padre Castellani identificó las peripecias de su vida con las de los talentos y genios incomprendidos, perseguidos y maltratados injustamente por la Iglesia. y Jacinto Verdaguer fue uno de esos.
cuando Castellani publicó su obra, a principios de la década de 1950 y ya en la Argentina, todavía no se había producido una especie de ola de reivindicación de Jacinto Verdaguer en Cataluña y en España en general, que no llegó a ver.
respecto de Verdaguer, en el nombre 𝗖𝗮𝗻𝗶𝗴ó se juntan dos cosas:
1. el título de una de las obras mayores del poeta catalán que –además de recorrer geográficamente los Pirineos con su descripción en verso detallada–, refiere una "leyenda pirenaica", obra épico-lírica (de batallas y amor), ambientada en el siglo XI, en los comienzos de la Reconquista de aquellas regiones, en manos del Islam.
2. el nombre de un macizo montañoso de los Pirineos orientales y de su máxima altura, de unos 2.800 metros. Verdaguer caminó por allí y ascendió a varias de esas cadenas pirenaicas, también buscando inspiración y paisaje para su obra.
ahora bien.
en 2023, apareció 𝗖𝗮𝗻𝗶𝗴ó, 𝟭𝟴𝟴𝟯, un film que recorre aquellas aventuras y ascensiones montañeras de Verdaguer, quien, hay que decirlo, fue el primer español en pisar la cumbre del Aneto (3.404 metros), la máxima altura de los Pirineos, que está en Huesca, Aragón.
no vi todavía la película pero sí vi que hay una canción con versos del poema que aparece en la película y que dejo en 𝙢𝙖𝙧𝙚𝙣𝙤𝙨𝙩𝙧𝙪𝙢.
¿habrán puesto a la vista "todo" Verdaguer? ¿vida, grandezas, dolores y calamidades y triunfos? ¿será sólo el Verdaguer poeta y el montañero?
es que todavía no vi la película, por eso lo digo.
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martes, 8 de enero de 2019

Otra reedición feliz: "El ruiseñor fusilado"

Leonardo Castellani, El Ruiseñor Fusilado (Athanasius Editor), 156 pp., 15 x 20,5 cm.

Los sucesos de la vida de Verdaguer no son obscuros; son, en todo caso, confusos; pero es porque se ha volcado adrede confusión encima, en estos tiempos que vivimos de confusión. La vida del poeta sacerdote fue enteramente límpida: si de algo pecó, fue de ingenuidad. Su psicología es cristalina: fue un payés genial, un gran poeta de origen humilde, barrido por una tormenta social demasiado grande para sus fuerzas psicológicas; y en el fondo, una víctima del fariseismo. Por lo tanto, una especia de mártir y una especie de soldado que cae abrazado a su bandera. Sugestionable y terco, si se quiere; de una emotividad y sensibilidad extraordinaria --supuesto que sería injusto decir enfermiza--; pero, ¿hubiera podido ser gran poeta de otro modo?

Su obra literaria, y su vida misma, fue tronchada de golpe al llegar a su madurez, en medio de tormentos morales y materiales severísimos. La Providencia quizá depuró su alma y la llevó a la perfección por lo que se ha llamado su 'tragedia', o su 'eclipse'. Sin 'quizá'. Pero estos son arcanos divinos; y lo que le interesa al estudioso es el 'problema humano' de Verdaguer: al psicólogo, al moralista, al sociólogo, al teólogo.

Los 'sucesos' no son obscuros. En todo caso, lo que hay de obscuro es la raíz última de los sucesos, que allí sí hay tinieblas. El problema es hondo. Claro que no vamos a blasonar de resolverlo todo; pero se puede tratar de reflexionar sobre él con serenidad y franqueza. Es de justicia hacerlo.

viernes, 16 de junio de 2017

Sale la tan esperada segunda parte de la biografía



En esta segunda parte de la vida del P. Leonardo Castellani, el lector podrá acompañarlo en el largo calvario que le tocó en suerte después de su expulsión de la Compañía de Jesús (peripecia que se expuso con detalle en la primera parte de su biografía).

Con apenas 50 años de edad, Castellani es suspendido “a divinis”: no puede administrar sacramentos, ni predicar, ni enseñar, ni publicar libros, y es, prácticamente, reducido al estado laical. Pero como no hubo debido proceso previo a esta condena, tampoco hubo apelación posible. Y mucho menos término al castigo que, de hecho, duró casi veinte años. Randle examina minuciosamente todo esto y muestra cómo Dios –una vez más– se las arregló para sacar bienes de tanto mal: veremos cómo Castellani adoptó el estado de “ermitaño urbano”, consiguió casa y se puso a escribir los mejores libros de su vida. También comprobaremos cómo se santificó en perfecta pobreza y cómo se las ingenió para no volverse loco, cerrando en cambio el ciclo de su vida, después de haber combatido el buen combate, con una muerte tan santa cuanto conmovedora.


Más información en http://www.vorticelibros.com.ar/libro.php?id=144

miércoles, 20 de agosto de 2014

La pesadilla

La Iglesia actual no está inspirada por el Espíritu de Dios. Muchas cosas que pasan en la Iglesia de hoy, sería impiedad nefasta atribuirlas a Dios. Habría que renunciar al sentido moral y aun a la más tenue idea del Dios del Evangelio.

Conmigo la santa madre Iglesia no se ha portado como madre. Se ha portado de un modo inicuo, injusto, maligno, cruel e impecable. No se ha portado ni siquiera de un modo humano. He aquí una experiencia directa e irreductible, que no puedo eliminar ni interpretar al revés con ningún conato ni esfuerzo posible. Es una visión inmediata, como la de los ojos; más que la de los ojos. Visión mía propia, que no puedo comunicar a nadie. Pero yo la sé.

(Seguir leyendo...)

viernes, 19 de agosto de 2011

La pesadilla



«La Iglesia actual no está inspirada por el Espíritu de Dios. Muchas cosas que pasan en la Iglesia de hoy, sería impiedad nefasta atribuirlas a Dios. Habría que renunciar al sentido moral y aun a la más tenue idea del Dios del Evangelio.

«Conmigo la santa madre Iglesia no se ha portado como madre. Se ha portado de un modo inicuo, injusto, maligno, cruel e impecable. No se ha portado ni siquiera de un modo humano. He aquí una experiencia directa e irreductible, que no puedo eliminar ni interpretar al revés con ningún conato ni esfuerzo posible. Es una visión inmediata, como la de los ojos; más que la de los ojos. Visión mía propia, que no puedo comunicar a nadie. Pero yo la sé.

«Lo que me ha pasado no es algo que por accidente o excepción proceda de algún mandón eclesiástico desviado o malo. Procede directamente de la cabeza, es cosa de la “Jerarquía” y viene de lo más alto.

«Si la Iglesia ahora es así, siempre debe haber sido así; no veo solución de continuidad en ella. Entonces, Galileo, Giordano Bruno, Juana de Arco, Carranza… todos los que nos han enseñado a condenar como herejes y malos en las clases de Apologética…

«Mas si la Iglesia es un manantial de iniquidad desde su parte más alta; si es un simple organismo de ordenamiento humano y político, con esa condición de toda sociedad humana de odiar a la inteligencia; si no hay en ella el sentido de que no se puede promover el bien común condenando a un inocente; entonces, ¿qué queda de nuestra fe?...

«Pero Cristo es Dios, y Cristo fundó la Iglesia; hay bastante testimonio cierto de lo que Cristo hizo y dijo; hay evidencia del efecto moral sobrehumano de su doctrina en la historia; aquí en las mismas costumbres y gestas de este buen pueblo catalán, en las leyendas y las figuras esplendentes de sus santos, en la ley moral sublime vigente en el mismo lenguaje tosco del payés – si no siempre en sus actos…

«¿No estaremos sufriendo una corrupción nueva y misteriosa de la Iglesia? ¿No habrá dos iglesias, la de los ricos y la de los pobres? ¿No se habrá refugiado el Espíritu Santo en el pobrerío?

«¿Pero esto no es el error mismo de los protestantes, que niegan la Iglesia Visible, condenan su organización jerárquica, y encierran la Iglesia verdadera y las promesas de su Fundador en el secreto de los corazones, librando así la objetividad de la doctrina al capricho de la interpretación individual?

«¡Oh mi cabeza, mi cabeza!

«¿Cuál es el alcance exacto de las promesas explícitas de Cristo? Prometió que Pedro no erraría en la fe, ni por consiguiente sus sucesores; no prometió hacerlos íntegros e incólumes en su moral; es decir, no los hizo impecables. Prometió que Él estaría con la Iglesia hasta la consumación de los siglos; no durante la consumación de los siglos, en los cuales habrá, según está escrito, una inmensa apostasía. ¿No estaremos ya en los tiempos parusíacos? ¿No habrá volado la Iglesia al desierto? ¿No se habrá refugiado (por dos tiempos, un tiempo, y medio tiempo) en el corazón de hombres en soledad, que sin romper sus lazos con la jerarquía mundanizada, la soportan sobre sí como una carga de montañas y una presión de lagar; y son incluso perseguidos por ella?

«¿Qué hacer entonces? ¿Cómo conciliar el sentido moral interno con las órdenes inicuas e inhumanas de afuera?

«Acatar y no obedecer, como decía Alfonso el Sabio; aguantar la nota de rebelde y las sanciones más mortíferas; hacerse anatema por amor de sus hermanos; mirar de frente a una muerte desolada; antes de admitir en su interior la arrollante frase que está en la boca del vulgo: la Iglesia es una porquería.

«Yo soy la Iglesia también, al fin y al cabo; y está en mí no volverme una porquería…»

Ésta fue la pesadilla de Verdaguer; la que lo consumió, como se puede fácilmente colegir.

No está explícita en sus angustiosas cartas En defensa propia; pero las informa todas desde atrás, y asome en algunas frases fulgurantes; así como en esa veleidad que tuvo de predicar “la Iglesia de los pobres”; veleidad que Rusiñol hizo el eje de su drama, convirtiendo a Verdaguer en una vulgar cura socialista, teñido de un franciscanismo sentimental. Está sobre todo en los hechos de los últimos cinco años, en esa rotura definitiva de su lira esencialmente religiosa y devota, y en la consunción rápida de su salud y su vida. ¡Qué diferencia entre el retrato del rozagante joven presbítero, que está al principio del libro de Güell, y el retrato al lápiz del hombre maduro envejecido y devastado, del genial dibujante Casas, que está en el Museo Moderno de Barcelona!

Esta pesadilla no se disipó nunca del todo en el “poeta asesinado”; nunca surgió de su pluma el grito triunfal de la certidumbre. Su pluma simplemente se secó. Puesto antes al servicio de la Iglesia su iris de colores suaves —hasta rozar a veces la adulación su entusiasmo ingenuo—, después de los golpes recibidos, simplemente no pudo servir más. Se rompió.

Los asesinos de cuerpos son castigados por la ley; los asesinos de almas entristecen al Espíritu Santo, y su hecho no tiene perdón ni en ésta ni en la otra vida; aunque mueran “homenajeados” y luego les levanten estatuas.

La única solución teórica a la pesadilla de Verdaguer está en la parábola del trigo y la cizaña y en el dogma de la Parusía. Llegará un tiempo en el que el trigo y la cizaña, mezclados siempre en las eras humanas durante el curso de las edades, llegarán a la lucha suprema, la que no conoce piedad; y la cizaña crecida oprimirá al trigo de Dios de un modo insoportable, rodeándolo por todas partes como sin esperanza y sin respiro; tiempo en que la persecución, prometida a todo creyente, se hará interna a más de externa; y en que gemirá su carne a punto de aniquilarse.

Para ese tiempo se escribieron las últimas y más terribles —y más consoladoras— profecías.

El Ruiseñor Fusilado (Manresa, invierno de 1947 — Reconquista, verano de 1952).

Retrato de Jacinto Verdaguer joven
en el libro Vida íntima de Mossen Jacinto Verdaguer, Pbre. por Mossen Joan Güell, Pbre.
[Fuente: http://www.todocoleccion.net/]

Retrato de Jacinto Verdaguer, por Ramon Casas i Carbó
[Fuente: EpistemoWikia]



miércoles, 17 de agosto de 2011

España


Cuando volvimos de España hace dos años después de otros dos de inmoración (o inmuración) nos preguntaban:
-- ¿Qué tal la España, usted que ha visto la España?
Respondíamos:
-- No sabemos. No la hemos recorrido. Estábamos reclusos. Sólo podíamos verla a través del ojo de un cerrojo.
Pero, pensándolo bien, por el ojo de la cerradura es donde se ven las cosas secretas. [...]
Somos más curiosos que cualquier sirvienta: algo hemos debido ver -- además de la última palabra sobre el caso Verdaguer, que estamos pretendiendo dar aquí. [...]
El español es el hombre de la pasión, no el hombre de la acción o la inteligencia, según Madariaga: si una gran pasión unifica su latente anarquía (lo cual no es nada fácil), es trabajador, activo e inteligente como el que más. Pero las pasiones que suelen apoderarse del español, no es la pasión de la avaricia [...] Es más bien la pasión de la religión o del honor --o del honor de la religión-- [...]
Por falta de grandes pasiones colectivas, el español sería ahora (como lo es por cierto) haragán y fiestero, pasivo y fatalista, insubordinado, aislado del mundo y displicente de la técnicas y las ciencias experimentales. [...]
Un conocido nuestro, estando nosotros en Barcelona, quería presentarse al Congreso Suareciano que allí funcionaba, y exclamar solemnemente en una sesión plenaria: "¡Suárez es la causa de la decadencia española!"
Fue disuadido por suerte: porque la podía pasar muy mal. Era "tomista" furioso. Entonces escribió una larga Memoria, abarrotada de tecnicismos, en prueba de su desaforada tesis, cuya lectura le hubimos de soportar. [...]
Según nuestro amigo, Suárez habría llevado tras sí la "ciencia española", desviándola y esterilizándola. Impuesto por obligación, por puntillo de honra nacional, y por facilonería, Suárez influyó en todo el proceso intelectual español hasta nuestros días, positiva o negativamente: hasta en Balmes, hasta en Unamuno --aunque éstos no lo sepan--, hasta en Ortega. [...]
En cuanto a su metafísica, aunque se diga que no es sino "la de Santo Tomás puesta al día", es una metafísica cismática del tomismo, compuesta de injertos y ensambles, en que se dan la mano (o más exactamente, se tocan con los pies) Santo Tomás, Escoto, Occam y el mismo Suárez, lo que él llama moderni: palabra que ha dado origen al infundio de la "modernidad' de su metafísica. [...]
El catalán concluyó con malicia, acabada ya la lectura, que a Verdaguer lo aplazaron tres veces en teología, porque en el Seminario se enseñaba teología suarista. Nosotros le argüimos que lo aplazaron porque no estudiaba; que se dejase de macanas. Rebatió con humor que "si hubiesen enseñado a Santo Tomás, Verdaguer habría estudiado: era un joven estudioso y muy inteligente. Se hubiera entusiasmado por Santo Tomás: no hubiera podido menos. Pero Suárez, con su teología y filosofía sin coherencia íntima, sin "desemboque en la percepción", sin relación continua con lo concreto, no puede dar cohesión intelectual, gozo intelectual, contemplación: no puede entusiasmar a nadie y menos a un tipo genial. Aburre, deseca, hincha; forma conceptualistas, racionalistas y, a la postre, charlatanes. Desvía al intelecto de su natural sendero y lo empantana en clasificaciones y distinciones de palabras.
"Y lo que le pasó a Verdaguer le pasó a toda España" -- concluía. Suárez impuesto por obligación, propagado por su poderosa Orden y vulgarizado por el clero, tiñó de conceptualismo la mente española, y la hizo reacia a las ciencias positivas: y estéril en las especulativas. [...]
No se podía discutir con el dominico, porque tenía una verba incoercible. Nosotros no osaríamos pronunciar todo lo que nos dijo; y su tesis nos parece muy discutible y delicada: más aún, paradójica. Pero tampoco podríamos negarlo. [...]
Después de la lectura de su imposible Memoria, el tremendo dominico se destapó con una acre diatriba acerca de los estudios en el clero español; que no nos atreveríamos a transcribir aquí como la tenemos anotada en nuestro diario. [...]
"El cura español no aprecia el trabajo intelectual, y el ambiente en que él actúa, mucho menos. Al contrario, muchas veces. Los Obispos no son elegidos entre los más doctos e intelectuales (lo cual quiere decir simplemente "espirituales"), sino entre los mejores administradores y gerentes. ¡Como si la Iglesia fuese una compañía industrial o mercantil!
"No digo que no se necesite también para obispar bien buena dosis de talento práctico. Pero lo malo es que los 'practicones' sin excelencia intelectual suelen tomar en inquina a los 'doctores sacros'. Y, sin embargo, San Pablo enumera el carisma de Doctor junto al de Pastor; y antes que él, incluso. Un buen teólogo merece tanto respeto como un obispo, en ley paulina. ¿Se da eso hoy, por ventura? [...]
--Nosotros hemos sido batidos en sangre --dijo lentamente, mirando arriba; no hace mucho. El clero español ha rendido un tremendo tributo de sangre y el pueblo español más. Una parte de España se convirtió en Caín; o las dos, mejor dicho. Nos mataban a nosotros los sacerdotes como perros, este pueblo español que llamamos católico. Si yo le pudiera echar la culpa a Rusia, sería feliz; pero no puedo echarle la culpa a Rusia. De aquí, de abajo de esta tierra brotó todo, lo malo como lo bueno. Los que abatían con toda tranquilidad a sacerdotes y frailes, y los buscaban para eliminarlos, eran gentes de por aquí; gentes que después, al ser tomados prisioneros y fusilados, se confesaban muchas veces y morían en la fe. [...]
Hablaba trabajosamente y repetía frases.
--No sé si esa matanza, ese desborde innatural de crueldad en nuestro pueblo, lo hemos entendido aún. Sentir, ya lo sentimos. Pero no sé si lo hemos entendido. No sé, vamos.
Calló un rato y después dijo:
--Hay demasiados casos como el de Verdaguer en la Iglesia, casos en que la inteligencia es destrozada por la sociedad. Cuando es la sociedad religiosa, es pésimo síntoma.
A mí se me ocurrió de repente una pregunta extraordinaria:
--¿Cree usted que hay una relación entre el caso de Verdaguer y las matanzas de sacerdotes en Cataluña?
--Hay una relación directa --nos dijo.
El Ruiseñor Fusilado
Suárez, Verdaguer y la quema de iglesias...

viernes, 15 de julio de 2011

¿Porquería en la Iglesia?

Casa del Capítulo de la Abadía de Thornton
(Lincolnshire, Inglaterra)
FUENTE: Bloc de notas de Rod Collins.

¿Podría haber apostasía del mundo, sino hubiese porquería en la Iglesia? Si la Iglesia fuera hermosa, atraería necesariamente y no repelería. Y sería hermosa si estuviese limpia. Esto no tiene vuelta de hoja... si la Iglesia no atrae, no es atractiva, y si repele, es repelente. Antes no lo fue, ahora lo es. Esto es todo... Para detener la apostasía habría que curarle el mal aliento y para eso purificarle la sangre: es decir, suprimir la fealdad de su faz, y para eso contrarrestar la iniquidad de sus entrañas; porque mientras mane iniquidad, olerá mal y mientras huela mal rechazará a los hombres.” 
--El Ruiseñor fusilado.


viernes, 27 de mayo de 2011

Digresión sobre la Obediencia

(fragmentos), de El Ruiseñor Fusilado.

La "santa obediencia" es una gran virtud. Pertenece al género de las virtudes morales, que se discute si en el cristiano son infusas o no son infusas; y a la especie de la virtud de la "Religión"; al cuarto mandamiento, Primera Tabla; deberes para con Dios, y no para con el prójimo: los padres representan a Dios.
...
No hay que confundir la obediencia con la paciencia. Tener que hacer cosas absurdas por fuerza, no es obediencia sino paciencia. Y si se acaba la paciencia (porque la paciencia se acaba, algunas veces depende incluso de las fuerzas físicas), surge una singular especie de "desobediente".

De la santa obediencia (del poder de hacerse obedecer) se puede abusar, como de cualquier otra cosa. Si no existieran hoy día abusos, no solamente históricos (como nos consta), sino también teóricos de la santa obediencia, no nos meteríamos en este espinoso tema.

"¡Calla, calla, tapa, tapa!" Hay tiempos de callar y tiempos de hablar. O somos o no somos teólogos... periodistas.

Es conocida y famosa en la literatura ascética la Carta de la Obediencia, de San Ignacio de Loyola. Es una especie de tratadito apologético de esta virtud a los Estudiantes Jesuitas de Coimbra, impregnada de una vehemente exhortación. Escrita por Luis de Polanco, género retórico, sin errores teológicos, por supuesto, pero sin la teología completa de esta virtud; la cual no era su fin, desde luego. No es un escrito "científico", sino oratorio, exhortatorio.

Con ejemplos, ponderaciones y discursos trata de la excelencia de esta virtud, a la cual llama "ciega"; y da medios para practicarla. No está aquí la decantada frase perinde ac cadaver, aunque sí la comparación con el bastón de hombre viejo, de tanta menta. Dice que la obediencia es una virtud que trae consigo a las otras, las imprime y las conserva; que el que la posee a la perfección está en estado de perfección evangélica; qu se apoya en la virtud teologal de la fe y se le parece. Todo esto es verdad incontestable.

Mas la "carta" no define el fin específico de la virtud de la obediencia, su esencia filosófica, ni su dependencia de las otras virtudes. Apunta si de paso, sin explicación nada, sus topes extremos, que son el absurdo y el pecado; vale decir: no se puede obedecer en lo que es ilícito; y no puede haber "obediencia de entendimiento" delante de algo manifiestamente falso.

Notemos de paso que la expresión "obediencia de entendimiento" es metafórica y no exacta. La obediencia es una virtud de la voluntad y su sujeto no puede ser el entendimiento. "Obediencia de entendimiento" sólo puede significar obediencia en la que (por justas razones o sin ellas) se suspende el ejercicio del entendimiento. En suma, la voluntad puede hacernos cerrar los ojos; pero no puede hacer que veamos árboles azules o ranas con pelos, a ojos vistas.

No es necesaria ni es posible esta carta (mediocre y tosca en su teología, pero correcta en puridad) para explicar los abusos actuales de la santa obediencia, a que nos referimos arriba: basta para ello la pícara condición humana, y el apetito de mandar, tan fuerte en el hombre como los otros apetitos; y aún más fuerte a veces en los que han renunciado (mal) a otros apetitos -en virtud de la "ley de compensación". Hay casos en que la perra de la lujuria, echada por la puerta, vuelve sigilosamente por la ventana...

El abuso no procede de aquí, como estiman Chesterfield, Huxley y otros muchos; pero es posible que el abuso una vez existente haya encontrado punto de apoyo en la unilateralidad del documento, en su incompletitud teológica, su exageración encomiástica y sus ejemplos simplistas, que si no son tomados cum mica salis, pueden hacer concluir erróneamente. Es sabido que toda práctica (viciosa o no) tiende siempre a hacerse su teoría o a tomarla prestada en cualquier parte.

La práctica viciosa con respecto a la obediencia religiosa se podría resumir en estas proposiciones teóricas-falsas:

- La obediencia es la principal de las virtudes.
- La obediencia suple a las otras virtudes.
- La obediencia suple, por ende, a la conciencia; se puede abandonar la propia conciencia (y es fácil, cómodo y seguro) en manos ajenas.


Esto es falso y llevaría a una monstruosidad; a la obstrucción de la espontaneidad vital del hombre y, por tanto, de toda moral; y a la substitución, por lo jurídico y lo mecánico, de la vida interior, propia de cristianismo. Cristo liberó la conciencia humana del yugo insoportable de la religión exterior y formalista del fariseo; nos liberó de "la Ley", como repite hasta el cansancio San Pablo.

Santo Tomás advierte (y es obvio) que el hombre está obligado a consultar su conducta con su propia razón; pues no será por la conciencia de otro que será juzgado por Dios, sino por la propia. Abandonar y suprimir el ejercicio de la propia razón en cuanto a lo más importante de la vida, la propia conducta moral, sería una mutilación y un crimen -lo mismo que sacarse los ojos-, si es que fuera posible físicamente extirpar la propia conciencia del todo.

No dice esto la "carta" ciertamente; pero no se puede negar que sus expresiones místicas y ponderativas tiran hacia allá y dan asa a la interpretación que Pascal, Chesterfield y Huxley le dan, de donde salió la vulgar calumnia contra los jesuitas, de "suprimir la personalidad humana". Demasiadamente preocupado por reducir al súbdito que obedece a poco, Polanco olvida al superior que manda demasiado.

Pero mandar demasiado existió mucho antes que esta carta: siempre. Es una acariciada tendencia de la condición humana, la voluntad de poderío. Hay tres tipos de esos hombres que los españoles llaman mandamás: el inepto, el prepotente y el perverso.

Hay hombres que abusan de la autoridad, por lo mismo que tienen poca, como esos hombres sexualmente débiles que son extremadamente salaces. Teniendo pocos dones de mando, pocas luces o poco prestigio o poca energía y constancia, en suma, poca aptitud nativa, y estando (indebidamente, por cierto) en puesto de autoridad, para mantenerla no tienen más remedio que exagerarla, haciendo alcaldadas, como dicen; y levantando mucho la voz en el Ordeno y mando. ¡El sargentón! El temor de no ser obedecidos o la semiconciencia de no merecer el mando, los hace mandones. Son más ridículos que temibles: el "comisario de campaña" puebla los sainetes argentinos.

El segundo tipo es más de temer, el prepotente. Ha sido ganado por el deleite de imponer su voluntad, que es un deleite como cualquier otro, y aún mayor que otros. Hay religiosos que por el hecho de haberse encerrado y haber renunciado a la mujer, se estiman ya libre del todo del mundo y sus pasiones: algunos de ellos caen en las pasiones espirituales, que son más peligrosas que las carnales -sobre todo cuando no han purgado a fondo (por la noche obscura) la raíz de las carnales. A algunos, las renuncias que han hecho les han dejado en el fondo una cicatriz, y a veces una verdadera úlcera de ressentiment; que busca sigilosamente "compensaciones"; y las halla. El poder corrompe siempre a aquel que lo desea; este hombre convierte a su prójimo en instrumento, y, por tanto, deja de ser su hermano. La angurria del mando, la sensualidad del poder, es una pasión tan peligrosa y más grave que la otra sensualidad; pero vaya usted a contar esto a uno de estos mandamases cuando ya se ha encaprichado y ha comenzado a endiosarse. El gusto de meterse en la vida y la persona del prójimo, de ser juez de sus actos y aun pensamientos, de cortarlo a la propia medida, de recoger la gloria del trabajo y del valer ajeno, de sentársele encima a uno que vale más que nosotros, se vuelve una pasión devoradora, que fácilmente se ciega y se ignora a sí misma, disfrazándose. Este mandamás todo lo hacer por Dios, por la Iglesia y por la Orden...

"Los Calzados (de aquel tiempo) -escribe San Juan de la Cruz- están tocados del vicio de la ambición, mas todo lo que hacen lo coloran de religión y celo del servicio divino: de manera que son incorregibles."


De esta pasión nacen los manejos por mantenerse en el poder, el ocultar fracasos, la simulación, el compadrazgo y el rasque con los otros sarnosos, las camarillas, la animosidad a los que pueden oponerse o simplemente ven claro; los informes falsos, la intriga, la mentira y la venganza; destrúyese como consecuencia inevitable la fraternidad y después toda caridad, incluso la simple convivencia.

La pasión del mando conduce a la perversidad: el tercer tipo de hombre que abusa de la autoridad es el perverso, el que destruye para tener la sensación de que él es dueño, de que él es más, es decir, en el fondo, de que es Dios: porque es el vicio capital de la soberbia lo que está aquí en el fondo. El gran caractólogo Klagues, en su penetrante estudio acerca de la perversidad, caracteriza al perverso como una "voluntad pura", un querer por querer, una monstruosa adjudicación del prójimo al propio capricho, solamente por ser capricho mío:

La maté porque era mía...
Y si ella renaciera
Otra vez la mataría...


Eso se ha visto; y no sólo por desgracia en el pobre gitano de la copla; esa ebriedad de la voluntad propia que únicamente se nutre ya de sí misma, que llega hasta la voluptuosidad de destruir, lo cual es perversidad; por la sencilla razón de que el destruir algo es el supremo acto de dominio. Los asesinatos repetidos y sin motivo alguno de los perversos clásicos, de un Jack-the-Ripper y un Bela Kiss -para no hablar de un Tiberio-, tienen en el fondo esta pasión llevada a la locura; pero existe mucho más frecuente el tipo "negativo", el funcionario destructor, que odia a todo lo que sobresale y siente un sordo rencor a la vida -"dolor del bien ajeno", como definen a la envidia. Es sabido que la ley del tirano es abatir toda cabeza que sobresalga. Haec lex tiranni est: onme excelsum in regno cadat.

"La envidia es la roña de los claustros" -dijo Unamuno-; mas cuando la envidia existe en los claustros, sobre todo esa envida general del "lebenracher" -que dice el alemán-, es mucho peor que una roña. Afortunadamente no existe, sino por excepción, según creemos.

Bastan estas ligeras indicaciones acerca de los tres tipos de "mandamás", el sargentón, el prepotente y el tirano, para comprender lo que vuelve a la "santa obediencia" una cosa non sancta, y la destrona de su categoría de virtud y de perfección humana, convirtiéndola en un "instrumento", que puede llegar a ser instrumento de muerte.

La pobre Carta de la Obediencia, como dijimos, no puede haber sido causa de esta desviación tan grande, carece de toda proporción con ella; sería un absurdo manifiesto creerlo. Mas bien, es plausible que haya sido ella misma un efecto del entronizamiento en Occidente del "hombre prometeico" sobre el "hombre yoanno" -que diría Schubert-, que suelen marcarlo como visible en este mismo tiempo, en el Renacimiento; es decir, el entronizamiento de la acción sobre la contemplación, del derecho sorbe la caridad, de lo exterior sobre lo interior en la cristiandad; la devoración de lo psicológico y lo personal, por lo jurídico, lo legal y lo automático -la "juricidad" eclesiástica, los códigos, reglamentaciones y edictos excesivos substituyendo a las relaciones flexibles y humanas de la amistad; la burocracia impersonal e impasible en el gobierno de la Iglesia. "No os llamaré siervos, sino amigos" -dijo Cristo.

Sea ello como fuere, la cuestión es que la obediencia es una virtud moral, que sólo puede permanecer virtud en el ámbito de la caridad y en acuerdo con la prudencia. La virtud cardinal de la prudencia regula todas las otras; la virtud teologal de la caridad las inicia y las corona. Sin esto no hay virtud verdadera, sino simulacros de virtudes; las virtudes no-donantes que odió Nietzsche.

No sería virtud alguna obedecer a un loco, evidentemente: como no lo es dejarse guiar por un ciego. Ponemos el caso extremo para que se vea lo que queremos decir. Si el loco tiene el poder y puede castigarme, me someteré para evitar mayores males, si acaso, pero eso no es virtud de obediencia. Es el caso que dice el hijo de Martín Fierro:

Dice creo San Francisco,
O quizá fie Samcho Panza,
Esta notable alabanza:
Que un superior bueno es ángel,
Pero un malo es semejante
A un loco con una lanza.


Prudencia es la recta regulación de lo por hacer; es la percepción de medios y fines. Si un medio no es pato para un fin, ni la autoridad del superior ni la "obediencia" (o sumisión) del súbdito cambiarán la naturaleza de las cosas, a la cual respeta siempre la prudencia. La obediencia versa siempre acerca de medios, no de fines. Entonces es el caso de manifestar su error al superior (cuando hay verdadera convivencia) o bien substituir el medio indicado por el medio apto, lo cual se llama interpretar la voluntad del supeior..., lo cual supone a su vez que el superior fue sincero.
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Y éste es el otro caso en que no funciona más la obediencia, ni puede ser virtud, cuando no existe el ámbito y la atmósfera de la caridad, por lo menos en su grado mínimo. Rota la convivencia, luego no se puede hablar de obediencia.

Obedecer a un enemigo sería locura; porque un enemigo tira a destruirme. Sería suicidio. De modo que cuando surgen en un claustro oposiciones, animocidades personales y rencores -que pueden llegar al odio profundo-, hablar de obediencia o desobediencia es el cuento del tío. Lo peor para las víctimas de estas situaciones es que no surgen ellas de golpe, ni son claras al instante, sino que "devienen". Después de pasadas se ve claro; pero mientras devienen, la perplejidad de conciencia es una gran tortura, sobre todo para una conciencia delicada -porque la Iglesia tiene el poder de obligar "en conciencia", poder tanto más fuerte cuanto más fe y amor tiene el obligado. La tortura de la perplejidad de conciencia -the divided soul de los psicólogos-, es una de las peores que existen, dice Juan de la Cruz. ...

En resumen, esto es teología elemental, y aun puro buen sentido: la virtud de la obediencia no puede existir sino dentro de la caridad y junto a la prudencia. La caridad es el núcleo central del cristianismo -amar a Dios y amar al prójimo- y debe iniciar, acompañar y coronar todas las virtudes. Lo malo en el fariseísmo -que es substracción de la caridad- es que conserva las formas y las palabras de ella. "Extreme todos los recursos y finuras de la caridad, y después impóngale el precepto" -oímos decir una vez. El precepto era imposible e inhumano; pero se extremaron todos los recursos y finuras de la caridad: después se aplastó al tipo por "desobediente". Esto es una cosa muy seria dentro de la Iglesia; es peor que un crimen. Es el pecado contra el Espíritu Santo.