Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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sábado, 9 de octubre de 2021

¿Castellani inspración?

 

Juan XXIV, el sucesor del Papa Francisco


 

La prensa nos informa que hace algunos días el Papa Francisco respondió a la 

invitación que le hizo el obispo de Ragusa (Italia) a que visitara su diócesis en 

2025 de este modo: ““El Santo Padre sonrió y asintió con la cabeza, y con 

una broma respondió diciendo que en 2025 Juan XXIV hará esa visita”.

Los titulares y analistas se han dado desde ese día a especular acerca del sucesor 

en el que piensa Francisco o, al menos, en las características que debería tener. Y 

si espera que tome el nombre de Juan XXIV es porque lo supone comprometidísimo 

con el más que fracasado Concilio Vaticano II. Un buen análisis del hecho puede 

encontrarse en el artículo de Carlos Esteban.

Sin embargo, los argentinos no podemos dejar de señalar algunos hechos. No hay

 duda que el obispo de Raguso se animó a develar a la prensa el diálogo privado 

con Bergoglio porque este mismo le pidió que lo hiciera. Así se ha manejado siempre 

a lo largo de su pontificado en Buenos Aires y en Roma. ¿Qué quiso decir entonces? 

¿Solamente una broma sobre su sucesor al que ya eligió nombre? 

Podría haber algo más. El P. Leonardo Castellani, jesuita argentino expulsado de 

la Compañía, buen teólogo y mejor escritor, y al que Bergoglio conoce muy bien, 

escribió una novela en 1964 titulada Juan XXIII, Juan XXIV.Una fantasía (Theoría, 

Buenos Aires). En ella se narra que, cuando en 1963 murió el Cónclave elige a 

un papa argentino, un jesuita que ejercía su ministerio en el porteñísimo barrio 

de San Telmo, un teólogo excepcional, cuyo nombre era Ducadelia. Pío Ducadelia,

 al ser elegido papa, tomó el nombre de Juan XXIV.

El cura Pío Ducadelia es un sacerdote que ha tenido problemas con la jerarquía

 de la Compañía de Jesús por opiniones y actitudes juzgadas irreverentes. ¿Cómo 

llega Ducadelia al papado sin siquiera ser cardenal? En su fantasía anticipatoria, 

Castellani imagina una situación mundial caótica. Francia ha ganado una 

guerra contra la Unión Soviética, que desaparece, y los Estados Unidos han 

invadido América del Sur. Ducadelia se encuentra en Montevideo, pero el arzobispo 

de Buenos Aires lo va a buscar y le pide que lo acompañe a Roma, como asesor 

en el Concilio que ha de elegir al sucesor de Roncalli. Ducadelia es un gran

 teólogo. Y el Cónclave, debido a la situación excepcional del mundo y de la Iglesia,

 lo elige Papa. 

Juan XXIII, Juan XXIV. Una fantasía explica a lo largo de sus 342 páginas

 cómo la burocracia vaticana le hace la vida imposible al Papa y sabotea sus reformas. 

El libro narra las vicisitudes de ese papa para sobrevivir en Roma —conseguir 

mate, hacer comprensibles sus argentinismos, adaptar la picardía y algunos tics 

porteños que los romanos no entienden—. Al margen de estas tribulaciones 

cotidianas, Leonardo Castellani plantea la necesidad de una modernización y 

humanización de la Iglesia. Porque Ducadelia quiere reformar la institución partiendo

 de la acepción original de la palabra Iglesia, que significa asamblea, es decir, 

reunión de los fieles. Quiere vender los tesoros del Vaticano, quiere que los pastores

 sean austeros, quiere eliminar la pompa, los privilegios, las rigideces dogmáticas, 

quiere revalorizar la tarea de los laicos, clama contra el pecado eclesial, sale de

 noche a caminar por Roma y a compartir la vida de los pobres. Por todo ello le 

ponen palos en la rueda.

Parecería que Pío Ducadelia, Juan XXIV, es la anticipación de Francisco, o bien, 

que Francisco no hizo más que llevar a la práctica las reformas de la Iglesia que 

Castellani imaginó en su novela. Pero éste imaginó un final feliz y Pío Ducadelia 

era, además de excelente teólogo, una persona inteligente y hábil. Bergoglio es 

todo lo contrario. Y claro, el resultado es el desastre que tenemos ante nuestros ojos. 

Quizás el Papa Francisco, viendo el fracaso irremediable de su pontificado y 

sabiendo que su días están contados, espera que sea su sucesor que culmine

 la obra por él comenzada. Veremos. De lo que sí podemos estar seguro es

 que nunca más un argentino —y me atrevería a decir que tampoco un 

latinoamericano— será elegidos en un cónclave. El que se quemó con leche, 

ve una vaca y llora. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Nuevo libro sobre Castellani y la influencia de éste en el Papa Francisco

Ese jesuita olvidado que en los ’60 imaginó un Papa con olor a oveja

Leonardo Castellani, en una nueva obra del escritor olavarriense Juan Waldemar Wally.


Juan Waldemar Wally, reconocido filósofo y escritor radicado en Olavarría, dice estar preparado para la presentación en la próxima Feria del Libro de Mar del Plata de su última obra, nuevamente dedicada a rescatar del olvido a una figura de trascendencia histórica en la Argentina.

“Pensamiento histórico y político de Leonardo Castellani” (1899-1981) es el nuevo libro de Wally, que surgió de la editorial Los Pinos a fines del año pasado.


¿Quién fue Castellani? El autor cita la respuesta que a esta pregunta dio uno de los discípulos de Castellani en el seminario, el padre Héctor Mandrioni: “Fue la inteligencia más brillante que produjo la Iglesia Argentina y que en buena medida había sido desaprovechada por ella”.

Hacia mitad de los años ’30 y comienzos de los ’40, Castellani, jesuita como el hoy papa Francisco, era ya un prolífico escritor referente del catolicismo de orientación antiliberal. Su derrotero político en ese tiempo como algunos de sus escritos le provocaron los primeros conflictos con las autoridades de su orden. Esa relación siguió empeorando hasta que en octubre de 1949 fue expulsado como jesuita y suspendido a divinis en su ministerio sacerdotal.

Wally asegura que “Castellani, sufrió, como pocos, la “conspiración del silencio” de la que hablaba Raúl Scalabrini Ortiz”, y en la introducción del libro refleja cómo se rebeló contra los castigos y luchó en sus últimos años contra crueles enfermedades.

En su ensayo se concentra sobre su pensamiento histórico y político, aún cuando la obra de Castellani es extensa, incluyendo poesía, cuentos, novelas, ensayos, artículos periodísticos y comentarios de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino.

Es indudable que Jorge Bergoglio conoció a Castellani, tanto a su persona, como a su realidad y escritos. En 1971 le es ofrecido a Castellani el reingreso en la orden de los jesuitas pero ya la rechaza por razones de salud. Y será en 1973 cuando el padre Bergoglio asume, apenas cuatro años después de haber sido ordenado sacerdote, como el provincial de los jesuitas en la Argentina, cargo que desempeñará hasta 1979. En 1981 murió Castellani.

Tras que Bergoglio se convirtiera en el Papa Francisco, en marzo de 2013, y apenas unos meses después de ver el estilo “de cercanía” del nuevo pontífice, particulares publicaciones católicas repararon, sorprendidos, en cómo esos gestos, llamativos para la prensa internacional, coincidían con los imaginados por Castellani en su novela de anticipación “Juan XXIII (XXIV)” de 1964.

En efecto, en junio de 2013 el periodista Carmelo López Arias titula así un artículo: “Sorprendentes semejanzas entre una novela de Leonardo Castellani y la figura de Francisco”, para subtitular, en referencia a ese personaje literario concebido medio siglo atrás: “Papa argentino, va en metro, ‘huele a oveja’, acude a ‘las periferias’, censura el fariseísmo, crea un selecto grupo de cardenales… ¿y no es Francisco?”.

En el mismo artículo, se sugiere que en su trayectoria como Papa, Bergoglio coincide también en plasmar algunas ideas de Castellani, más allá de esas celebradas formas de la actuación pública.

El referido López-Arias arriesga esta comparación: “Castellani no fue peronista, pero sí uno de los autores de referencia del nacionalismo católico argentino… y Bergoglio se formó y colaboró en su juventud y como sacerdote con la derecha peronista, que bebe de la tradición intelectual del nacionalismo católico argentino aunque incorpore elementos ajenos a ella”.

Wally, respecto del pensar político de Catellani, expresa: “Está centrado en la crítica al liberalismo y las propuestas de superación de la crisis a la cual ha llevado a nuestro país. El liberalismo proclamaba la libertad, pero en realidad la destruyó. Lo que quería realmente era la libertad de comercio, es decir la libertad para el Gran Dinero o Capitalismo”. 



 

jueves, 30 de julio de 2015

Castellani llega al Osservatore Romano

Juan Manuel de Prada acaba de iniciar en el diario "L'Osservatore Romano" una colaboración en la que analizará algunas de las "fantasías papales" más famosas de la literatura. En su primer artículo ha evocado la figura de su admirado Leonardo Castellani y comentado su novela "Juan XXIII (XXIV)".

Para Juan Manuel de Prada ha sido un inmenso honor poder dar a conocer al gran escritor argentino a los lectores de "L'Osservatore Romano". Y agradece infinitamente a su director, Giovanni María Vian, la oportunidad que le ha brindado.

(De la página oficial de Juan Manuel de Prada en Facebook.)

UN PAPA ARGENTINO ANTES DE FRANCISCO

Juan Manuel de Prada


En 1964 Leonardo Castellani imaginó a Juan XXIV


L'Osservatore Romano, 29 de Julio de 2015.

Han sido muchas, casi infinitas (y con frecuencia dictadas por una evidente animosidad anticatólica), las intrigas novelescas ambientadas en el Vaticano que fantasean con Papas que nunca existieron, por lo común envueltos en rocambolescas peripecias o víctimas de turbios contubernios. Pero quisiéramos iniciar esta serie de artículos con Juan XXIII (XXIV), una novela catoliquísima, en muchos aspectos profética, salpimentada de un humor de estirpe cervantina, en la que el santafesino Leonardo Castellani (1899-1981) se atreve a imaginar… ¡a un argentino en la sede de Pedro, medio siglo antes de que la ocupase Francisco!

Castellani fue un escritor de insuperable expresividad, pensamiento profundo e irresistible desenfado. Tenía sensibilidad de gran poeta que le permitía mirar más adentro y clarividencia de gran profeta que le permitía mirar más allá; y, sobre estas raras dotes, tenía el precioso don divino de contemplar las cosas abarcadoramente, con capacidad para conocer a un tiempo lo natural y lo sobrenatural, con la mirada de águila clavada siempre en el horizonte escatológico, manantial desde el que se nutre la esperanza cristiana. Cultivó casi todos los géneros literarios –poesía y novela, relato y ensayo, crítica literaria y exégesis bíblica--; y todos los géneros los bautizó con su peculiarísimo estilo, a la vez polemista y apologético, en el que comparece el hombre sufriente que Castellani sin duda fue, pero también el hombre que, en medio de sus padecimientos, se ata en obediencia a Jesucristo, para preservar íntegra su libertad. Castellani, que había sido expulsado de la Compañía de Jesús y suspendido a divinis en 1949, sería plenamente restituido al ministerio sacerdotal en 1966; pero aquel episodio traumático marcaría muy hondamente su biografía, y también su obra, que empuña el látigo de un Bloy o un Belloc, y a la vez la varita mágica de un Chesterton.

De esa magia y ese látigo se nutre la novela que ahora comentamos, Juan XXIII (XXIV), una especie de purga del corazón o sublimación autobiográfica publicada originariamente en 1964. Se trata de una obra muy influida por otra fantasía papal muy célebre, el Adriano VII de Frederick Rolfe (1860-1913), más conocido literariamente como Barón Corvo. Como ocurría en aquella novela, el protagonista de Castellani, Pío Ducadelia, hijo de italianos, es un trasunto del propio autor: religioso “jeromiano” (pronto descubriremos que esta orden jeromiana es un trasunto de la Compañía de Jesús) a quien se ha prohibido celebrar misa, de repente es rehabilitado y enviado a Roma, como asesor del arzobispo de Buenos Aires. Se ha empezado a celebrar el Concilio Vaticano II, que en mitad de sus sesiones habrá de trasladarse al Palacio de Letrán, por complicaciones políticas que no tardan en desembocar en una cruenta “guerra ruso-europea”, en la que los soviéticos lanzan bombas atómicas sobre las principales capitales europeas, antes de perder ante una alianza de países europeos que restaurarán la monarquía en Italia y Francia. Sobre este trasfondo de incertidumbre y agitación bélica transcurren las deliberaciones de los padres conciliares, en las que Ducadelia participará en calidad de teólogo pontificio, después de haber deslumbrado al Papa Roncalli con sus propuestas de reforma para la Iglesia, que se centran en combatir –citamos textualmente-- “la burocracia impersonal en el manejo de los asuntos eclesiásticos”. Para lograr esta desburocratización, Ducadelia propone, por ejemplo, una “descentralización del gobierno eclesiástico, con nombramiento de Patriarcas, a la manera del siglo V”, así como la constitución de un “Consejo del Papa” formado por doce peritos, “cada uno en un ramo del gobierno”. También propone Ducadelia una “revisión y ajuste del celibato eclesiástico para hacerlo más riguroso y decente”; y aconseja al Papa, para evitar escándalos financieros, que “ni los obispos ni las órdenes religiosas puedan tener papeles de crédito de ninguna clase”, sino que “todos los bienes eclesiásticos se inviertan en bienes raíces, los cuales serán encomendados para su productividad a los Cartujos y a los Trapenses”.

Pero el Concilio tendrá que disolverse, ante el avance de los soviéticos, y el Papa tomar el camino del exilio, donde morirá, dejando encomendado que –ante la diáspora del colegio cardenalicio-- su sucesor sea elegido por tres únicos compromisarios. Ducadelia, por su parte, es apresado y conducido a Rusia, donde sufrirá pavorosas torturas; cuando por fin sea evacuado y regrese a Roma descubrirá, para su estupor, que ha sido elegido Papa. En una muestra de veneración filial a su predecesor, decide adoptar el nombre de Juan y repetir su numeral, alegando lo siguiente: “No hubo Juan XX. Y hubo un Juan XV que murió al mes de ser elegido, y no fue coronado canónicamente. Hubo un Juan XXIII durante el cisma de Aviñón, que no fue Pontífice legítimo. De modo que, numerando con rigor histórico, nuestro Venerable Antecesor fue Juan XXII. Y así todos los Juanes in retro, restando uno a cada numeral… hasta el XV”. De inmediato, el nuevo Juan XXIII (ó XXIV) declarará que el cometido primordial de su pontificado será “la batalla de la pureza interna” de la Iglesia y el combate contra lo que denomina el “elesiasticismo”, que en algún momento se describe así: “Son todos esos magnates carcamales que no quieren cambios en la Iglesia porque a ellos les va bien así; y a ellos les va bien porque carecen de tacto y de olfato para ver (de vista también, por supuesto) que se están quedando solos, que el mundo se retira en silencio de la Iglesia… Solos y solazándose con sus honores pueriles y sus comodidades… mujeriles. El eclesiasticismo es la peor herejía que existe hoy en la Iglesia”. Para combatir este “eclesiasticismo” y librar la batalla de la pureza interna Ducadelia reduce en dos tercios la burocracia vaticana, considerando que se trata de “una máquina y por tanto no tiene tacto”. “Es menester –añade-- dotar a esa máquina, que ya tiene un cerebro arriba, de un corazón en el centro y de papilas táctiles en los extremos, allí donde ella entra en contacto con el ser humano vivo; porque el sacerdote es, o debe ser, humano…”. En su búsqueda de sacerdotes con calidez humana, Ducadelia no tendrá empacho en castigar a los predicadores “fallutos” (hipócritas o falsarios, en español de Argentina) ni en rebajar los estipendios de la curia, lo cual le granjeará muchos descontentos y animadversiones.

También levantará gran tempestad de críticas su decisión de instalarse a vivir muy pobremente en un edificio próximo a Letrán, alegando que “el enorme palacio de Michelángelo y Bramante no es apto ya para el trabajo y el alojamiento, sino para el turismo”. Ducadelia considera que “Roma se está volviendo, de museo que fue, un enorme y lujoso cenicero”; y apostilla que no quiere “iglesias de turismo”, sino parroquias vivas y activas, por lo que manda edificarlas en los barrios nuevos de la Urbe, con el dinero logrado vendiendo algunas obras de arte. Afirma que “el verdadero tesoro de la Iglesia son los pobres”; y por ello mismo se esfuerza en vivir en pobreza, con apenas un dólar al día. Asimismo, promueve una purificación de las órdenes religiosas, que debe iniciarse por su rechazo de las comodidades materiales: “Prefiero a mil jeromianos auténticos, conformes a la mente de su fundador, que 40.000 mil falsificados… Cuando aparecieron los primeros jeromianos en el mundo, parecían siete leones; y ahora parecen innumerables ovejas”.

Tantas y tan sustanciales reformas no hacen sino aumentar el número de sus enemigos, que buscan constantemente el modo de perderlo, como los fariseos hacían con Jesús, tendiéndole trampas y haciendo las interpretaciones más retorcidas de sus palabras. Así, desde ciertos sectores de derecha se le acusa de “hacer confusión con su política filosemita”; mientras que, desde el otro extremo, la prensa americana lo acusa de “antisemita”, por su condena de las grandes corporaciones financieros. Y también los democristianos meapilas empiezan, por su parte, a quejarse de que el Papa “ni siquiera cita la Biblia en sus escritos, sino muy raramente, como tampoco a Santo Tomás y San Agustín: sus encíclicas parecen escritas por un filósofo del siglo XVIII…”; y rematan sus críticas tachándolo de “indevoto”. A la vez que el “eclesiasticismo” lo asedia, la plutocracia internacional planea atentar contra su vida; y no es de extrañar, pues Ducadelia no ha tenido empacho en destapar sus manejos, señalando el mal que corrompe a las democracias parlamentarias, que “con el cuento chino de la soberanía del pueblo” se han convertido en “una tapadera de la plutocracia, un caballo de Troya de la Finanza apátrida, un cobertor de sociedades secretas y una arena espléndida para el despertar hirviente del comunismo”. Para Ducadelia, el conflicto anticrístico final antes de la Parusía será entre ese comunismo al que fatalmente nos conduce una democracia corrompida y la Finanza apátrida, que en otro pasaje se nos describe así: “Es una sociedad nueva (o vieja, no lo sé) que dirige o concierta el movimiento anticristiano secreto en todo el mundo. Posee por doquier filiales y grande pecunia. (…) Su objetivo es destruir el cristianismo y crear un Estado Mundial ateo; con todos los medios posibles, incluso los más infames, sin restricción moral ninguna y en el mayor secreto. Los oí también llamarse oneworlders, o sea, “mundounistas”. No son masones ni judíos; se sirven de los masones, de los judíos, de los ateos, de los protestantes, de los católicos tontos, y de cuanto haya. (…) No reparan en medio alguno: el asesinato político, el robo en gran escala, la calumnia, la mentira (…). Parecen tener recursos inmensos, no sólo de dinero, mas también puestos políticos y mandos militares. Los domina un odio ilimitado a la Religión. No sé si practican el culto a Satanás, pero lo dudo; aquí todo es sobrio, escueto, moderno; nada de las antiguas mojigangas y grotesquerías de los francmasones”.

La intrépida denuncia de esta conspiración mundialista provocará que la prensa, que en un principio lo había alabado fervientemente, se revuelva contra el Papa: “Resulta curioso –escribe Castellani-- que todo aquello por lo que lo alabaron se convirtió al final en defecto: que así son los ánimos humanos, o bien la madurez senil de esta época. No tanto en el popolino, que siempre siguió venerándolo, cuanto en parte de los magnates eclesiásticos y la Prensa… Al principio todos los periodistas se hacían lengua de sus cosas (que eran siempre “noticia”) y se llenaban la boca llamándolo colega y cofrade, pero al fin se gastaron las novedades y cambió el viento periodístico, sobre todo cuando empezaron las medidas duras e impopulares”. Pero, aunque su prestigio ante el mundo decaiga, el Papa Ducadelia no cejará en su propósito quijotesco de purificar la Iglesia, escribiendo incansable encíclicas, viajando (a veces de incógnito) a los parajes más variopintos del atlas y atreviéndose, incluso, a enfrentarse a la secta mundialista en su propio cubículo o madriguera, con riesgo de su propia vida. Y es que Juan XXIII (XXIV), que no en vano se subtitula La resurrección de don Quijote, es una obra transida de los ideales caballerescos de defensa del débil y combate sin cuartel contra la hipocresía y el fariseísmo ambientales; y perfumada por un humor de la mejor estirpe cervantina. En un pasaje especialmente hilarante de la novela, un entrevistador empeñado en malquistarlo con la Compañía de Jesús pregunta a Ducadelia: “¿Pueden los jesuitas viajar en avión?”. A lo que Ducadelia responde con gracejo: “Solamente como pilotos”.

Sin duda alguna, la novela de Leonardo Castellani debió resultar chocante, incluso estrafalaria, cuando se publicó, allá a mediados de los años sesenta; pero su autor, poeta que sabía mirar más adentro y profeta que sabía mirar más allá de las apariencias, habría podido responder con aquel aforismo de Oscar Wilde: “La naturaleza imita al arte”. Aunque a veces tarde medio siglo en hacerlo.

Juan Manuel de Prada


miércoles, 15 de enero de 2014

Una novela del P. Castellani de difícil reseña


  • 29 DIC 2013

Lecturas LV: Una novela del P. Castellani de difícil reseña
Genial, con atisbos locoides, apasionante, profética...

Jerónimo del Rey (P. Leonardo Castellani): Juan XXIII (XXIV). Una fantasía. Librería Lectio, Córdoba (Argentina), 2013, 349 pgs.

El libro se escribió en 1964. Y es plenamente castellaniano: brillante, incluso genial, imposible, que atrapa enseguida al lector que tenga interés por cuestiones eclesiales y una cierta cultura pues al analfabeto cultural le será imposible entenderlo, con mucho fondo autobiográfico, crítico, amante de la institución, con atisbos que algunos podrían considerar progresistas y enorme fondo tradicional y profético. Ya me dirán si no es profético un Papa argentino y que renuncia al Pontificado. Y ya para rizar el rizo el Papa es él. Sacerdote abandonado, expulsado de la orden "jeromiana", la suya también empezaba por jota, y rescatado por Juan XXIII para reconducir un Concilio que se le iba de las manos. Para mí ha sido un gozo de lectura. Que me confirma más en la genialidad de este singular sacerdote argentino.

Es una novela y no os la voy a destripar. El lector que pueda hacerse con el libro, cosa que no será fácil pues está editado en Argentina y supongo que con escasa tirada, quedará asombrado de tanta imaginación y de tanto fondo real. Algunos personajes son identificables, otros, pura imaginación del autor. Que tenía mucha.

Y aquí concluyo la nota. Quien quiera saber más que intente hacerse con el libro. El mío no lo presto. Pero sí hago constar mi agradecimiento al queridísimo amigo que me lo regaló. 
¿Lo habrá leído el Papa Francisco?

[Aquí]

sábado, 7 de diciembre de 2013

Castellani en "La Nación"

 

Ya hubo antes un papa argentino

Por   | Para LA NACION

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Jorge Bergoglio no fue el primer papa argentino.

Cuando en 1963 murió Ángelo Roncalli, aquel amado Juan XXIII, el Cónclave eligió a un papa argentino, un jesuita que ejercía su ministerio en el porteñísimo barrio de San Telmo, un teólogo excepcional, cuyo nombre era Ducadelia. Pío Ducadelia, al ser elegido papa, tomó el nombre de Juan XXIV.

No. No estoy loco. Eso sucedió en un libro publicado en 1964. El escritor que profetizó un papa argentino era Leonardo Castellani y el libro, publicado por Ediciones Theoría, se titula Juan XXIII, Juan XXIV.Una fantasía. 

El cura Pío Ducadelia, personaje de Castellani que aparece en otros libros del autor, es un sacerdote que ha tenido problemas con la jerarquía de la Compañía de Jesús por opiniones y actitudes juzgadas irreverentes. ¿Cómo llega Ducadelia al papado sin siquiera ser cardenal? En su fantasía anticipatoria, Castellani imagina una situación mundial caótica. Francia ha ganado una guerra contra la Unión Soviética, que desaparece, y los Estados Unidos han invadido América del Sur. Ducadelia se encuentra en Montevideo, pero el arzobispo de Buenos Aires lo va a buscar y le pide que lo acompañe a Roma, como asesor en el Concilio que ha de elegir al sucesor de Roncalli. Ducadelia es un gran teólogo. Y el Cónclave, debido a la situación excepcional del mundo y de la Iglesia, lo elige Papa. En otro libro del jesuita Castellani, ese Ducadelia, durante su suspensión en la función sacerdotal y llevado por su afición por las novelas policiales -afición que compartía con su creador-, había abierto una agencia de detectives, en sociedad con un indio mataco y un abogado recién salido de la cárcel donde había estado preso y no como defensor. Castellani es uno de los grandes autores del policial argentino, género en el que Rodolfo Walsh lo consideraba "un maestro".

Juan XXIII, Juan XXIV. Una fantasía explica a lo largo de sus 342 páginas cómo la burocracia vaticana (Castellani dixit ) le hace la vida imposible al Papa y sabotea sus reformas. El libro narra las vicisitudes de ese papa para sobrevivir en Roma -conseguir mate, hacer comprensibles sus argentinismos, adaptar la picardía y algunos tics porteños que los romanos no entienden-. Al margen de estas tribulaciones cotidianas, el gran tema del libro de Leonardo Castellani es la modernización y humanización de la Iglesia. Porque Ducadelia quiere reformar la institución partiendo de la acepción original de la palabra Iglesia, que significa asamblea, es decir, reunión de los fieles. Quiere vender los tesoros del Vaticano, quiere que los pastores sean austeros, quiere eliminar la pompa, los privilegios, las rigideces dogmáticas, quiere revalorizar la tarea de los laicos, clama contra el pecado eclesial ("es una vergüenza que el cristianismo sea usado para legitimar malos gobiernos"), sale de noche a caminar por Roma y a compartir la vida de los pobres. Por todo ello le ponen palos en la rueda.

Juan XXIII, Juan XXIV. Una fantasía no es uno de los mejores libros de Castellani, pero muestra su inventiva profética y tiene fragmentos que revelan la belleza, el vigor y la curiosidad insaciable del mejor Castellani, un escritor cuya reivindicación está aún pendiente. El escritor Castellani pagó alto precio por su independencia: ajeno a todos los grupos y banderías, fue negado a derecha e izquierda. Durante el primer peronismo no pudo usarlo, porque durante su gobierno Castellani estuvo fuera del país, dedicado a aclarar sus desajustes con la Compañía. Castellani en sus libros y artículos usó un recurso, la ironía, que irremediablemente le granjeó antipatías. Nunca le faltaron lectores, pero como escritor terminó solo, o quizás peor aún, prisionero de grupos que lo monopolizan para justificar pensamientos reaccionarios. Castellani fue un reaccionario, sin duda (consideraba la democracia una farsa), pero también fue un gran escritor que se escapa por todos los costados de cualquier corsé y, por lo tanto, merece lecturas desprejuiciadas. Sin olvidar el acto con el que se despidió de los argentinos: el almuerzo de cuatro escritores con el dictador Videla, el 19 de mayo de 1976. En ese ágape, al que fueron invitados Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y el representante de la SADE Horacio Ratti, Castellani, que entonces tenía 77 años y moriría cuatro después, fue el único que cuestionó al dictador, al exigirle noticias de Haroldo Conti, escritor entonces detenido en algún lugar y que no sobrevivió.

A todo esto, cincuenta años después de la aventura literaria de Juan XXIII, Juan XXIV. Una fantasía , en Roma hay un papa argentino, jesuita como Castellani, hijo de italianos como Castellani, porteño viejo como Castellani (quien, aunque era del norte santafecino, terminó sus días en su austero departamento de Caseros y Defensa). Bergoglio es el hombre del año. Su ascenso al papado alteró la situación en el mundo y también el clima político en la Argentina. Marcó, por ejemplo, el ocaso de aquellos que no soportaron nunca a Bergoglio porque, al margen de lo religioso-ideológico, no admitían la mirada ética del arzobispo de Buenos Aires, por eso Francisco fue calumniado como delator...

El Papa está luchando a brazo partido para que los católicos, pero también los hombres y las mujeres todos, nos reencontremos con un valor que mucho escasea, la dignidad. Francisco, dice el diario Corriere della Sera, ha lanzado a la Iglesia a una aventura, la de abrir la Iglesia al mundo. Es un papa, dicen, que viene de lejos y mira lejos. Para nosotros, Francisco no viene de lejos. Leyendo al Ducadelia de Castellani, he pensado en el Adán Buenosayres , de Marechal, en el Remo Erdosain de Arlt, en el Horacio Oliveira de Cortázar. Seres de la imaginación que, sin embargo, alientan en esta ciudad de los Buenos Aires que nutrió a sus autores y les dio vida. Para nosotros Francisco (o su álter ego literario, Ducadelia) no viene de lejos, partió de nosotros, por eso lo sentimos cerca.

© LA NACION

miércoles, 26 de junio de 2013