*Vórtice, Buenos Aires, 2003, 899 pp.
¡Vaya cura! ¡Vaya libro! Tras novecientas páginas de lectura, interrumpida con enfado y recuperada con ansia, enorme decepción. ¿Cómo se puede terminar esto? ¿Dónde hay más para conocer mejor a Castellani? ¿Qué pasó después?
Sebastián Randle no sabemos si es mejor historiador que escritor o lo contrario. Con un estilo moderno, desgarrado, argentinista hace a un tiempo literatura e historia y consigue un espléndido resultado. Cierto que el personaje se lo facilitó pues el también era, a la vez, historia, literatura, religión, personalidad y, más que nada, sobre todo, insoportabilidad. Porque el P. Castellani, hay que decirlo, era insoportable.
Los jesuitas argentinos de su tiempo eran buenecitos, tranquilitos, aborregaditos... Y aun así, quedaban bien. Estaban por encima de la media, eran apreciados y reconocidos, vivían felices en esa alta burguesía clerical, de respetos mutuos, alabanzas mutuas y satisfacciones mutuas. Hasta que les llegó el P. Castellani. Convencido de que para seguir a Jesús no había que ser buenecito, aborregadito y tranquilito. Y que tampoco se podía hacerlo desde la cómoda tranquilidad burguesa. Desde ese establishment de reconocimientos y alabanzas recíprocas. Pero, sobre todo, no se le podía seguir desde la tontunez. No que el tonto no pudiera alcanzar el reino de los cielos. Castellani siempre vivió en el mundo y conocía sobradamente a sus habitantes. Claro que en el corazón de Dios cabía el tonto. Vaya corazón más vacío si no cupieran en él. Lo que le sublevaba es que el tonto fuera el dirigente. Porque, qué triste porvenir el de los dirigidos. Llevados no a Dios sino a lo que el tonto, por ignorancia o comodidad, o por ambas cosas, creía que era Dios. O le interesaba decir que era Dios.
Fácilmente se comprende el conflicto que se creaba en la Compañía de Jesús cuando llegaba a ella un P. Castellani. Inteligencia privilegiada, pluma brillantísima, carácter difícil, inclinado a meterse en cualquier charco, que suscitaba entusiastas adhesiones foráneas y no pocas reticencias internas, de las que la envidia no era ajena en estas últimas.
En el libro que comentamos, muchas cuestiones están apenas apuntadas. Y a veces en no pocas páginas. Porque respecto a Castellani todas son pocas. Él desborda cuantas se le dediquen. Su influjo en la política y de la política en él, sus trabajos literarios que abarcan tantos temas, sus amigos, tantos, sus enemigos, tantos, su estilo, sus versos, su castellanidad... Randle sugiere a veces, explica otras... Y yo creo que enfada siempre. Porque el lector querría más. Yo le comprendo. Novecientas páginas. Ya la empresa editorialmente era locura. Y serían necesarias más. Muchas más. La culpa no la tiene el biógrafo. La tiene el biografiado.
Fue Castellani un jesuita atípico. O, tal vez, demasiado típico para lo que quizá fuera entonces una ya atipicidad jesuítica. Y ciertamente un golondrino en la provincia jesuítica argentina. Del libro quedan muy mal el provincial y asistente Travi y el general Janssens. Creemos que Castellani les superó ampliamente. A Travi porque le desbordaba en todo. Y al P. General porque nunca llegó a entenderle. No era fácil entender a Castellani y menos cuando las informaciones venían contaminadas por su persona de confianza, el P. Asistente, absolutamente desquiciado por las “desobediencias” y, sobre todo, por la personalidad de Castellani.
El relato de la salida de la Compañía de Jesús de Castellani se lee como una novela de intriga. Hasta la fuga del jesuita recluido en Manresa. Y aquí una leve apostilla a Randle. No eran tan malos sus superiores. Es que Castellani les desquiciaba. Y cuando alguien pierde el “quicio” sus decisiones pueden ser injustas y faltas de caridad.
Después de la lectura de la obra yo me atrevería a pedir a Sebastián Randle, después de felicitarle por tan espléndido libro, que nos ofreciera otro con lo que falta de éste. Aunque nos tememos que ello de nuevo rebasaría las novecientas páginas y nos haría reclamar un tercero y un cuarto con más precisiones. Que si están tan bien escritos como éste se leerán con sumo gusto y notable aprovechamiento.
Francisco José Fernández de la Cigoña