Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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miércoles, 7 de noviembre de 2018

Castellani: Ecce homo

por Sebastián Randle.

Voy a empezar con algo medio de cajón, por si alguno de ustedes todavía no se enteró: Castellani constituye uno de los dones más grandes que Dios le regaló a la Argentina: él es sencillamente, la inteligencia más lúcida, el sacerdote más fiel, el argentino más patriótico, el poeta más enamorado, el escritor más brillante que este país jamás pudo tener. El hecho de que eso no se reconozca públicamente, que algunos de ustedes ni siquiera sepan quién fue él, habla a las claras del estado de la Argentina actual: un país que no sabe reconocer a sus verdaderos próceres, a sus verdaderos “Padres” (y de ahí viene la palabra “patria”) está al borde de la disolución… como si dijéramos que ya ni merece llamarse país. Y si no se reconocen a los verdaderos próceres, tendremos muchas avenidas “Néstor Kirchner” y plazas “Raúl Alfonsín”.
Por eso, esta charla se inscribe en un esfuerzo por frenar un poco la decadencia de la Argentina.
Ahora, así como Castellani es un gigante, se pueden tocar infinidad de temas relacionados con él, o tratados por él. Pero hoy me detendré solamente en un aspecto de él. Hemos intitulado esta charla pensando en las palabras de Poncio Pilato, cuando, después que hubiese sido pospuesto a Barrabás, después de haberlo mandado a flagelar, presenta ante la plebe que esperaba fuera del pretorio, a un Cristo sucio, humillado, coronado de espinas, sanguinolento, vestido como un rey de pacotilla, diciendo “Ecce Homo”, que en latín quiere decir “He aquí el hombre”.
El Hijo del Hombre, todo un hombre, el hombre más humano que jamás haya pisado esta tierra y que, como dice San Pedro tiempo después, “pasó haciendo el bien”.
Pues bien, Castellani, sacerdote de Cristo e imitador de Cristo, también se destacó por su hombría. De modo que aquí querría yo destacar la virilidad de Castellani, su indiscutible masculinidad y si me apuran, su heterosexualidad. Con sólo computar su apariencia, por ejemplo, cuando apareció en Bs. As. ordenado de cura jesuita, allá por 1935, nos vamos dando cuenta de lo que quiero señalar: era un tipo fuera de lo común, alto, pintón, que se tenía derecho, con voz carrasposa, vistiendo una sotana sujetada por un cinturón de policía, con pipa y boina, signos todos de indudable masculinidad. 
Este será un tema menor, me dirán, pero a eso yo contestaría que en los tiempos que corren y con las cosas que están pasando en la Iglesia y que tenemos ante la vista, todo esto parecería cobrar más y más importancia.
Y aquí una anécdota: una vez, fuimos con mi mujer a visitar a mis hermanas carmelitas descalzas (son dos, y están en el Carmelo de Santa Fe), y nos preguntaron si los chicos nuestros iban a misa. Mi mujer, madre de trece hijos, en medio de una inmensa batalla por sacarlos buenos, contestó: “Miren, yo estoy deslomándome para que los varones sean varones y las mujeres, mujeres. Y con eso ya tengo bastante”. La cosa le salió bastante bien como que se casaron 10 de los 13 y ahora tenemos una punta de nietos…
Por supuesto, no negaré la importancia del precepto dominical, pero mi mujer tenía un punto: como le gustaba repetir a C.S. Lewis, no va lo más alto sin lo más bajo, y así, antes de ir a misa, es más importante que los nenes sean nenes y las nenas, nenas, no sé si me siguen.
Nosotros procedemos de una civilización, la gran civilización occidental y cristiana en la que este tipo de cosas eran tan de cajón que prácticamente ni se mencionaban y creo que es por eso que nos hemos demorado un tanto en reconocer este fenómeno de emputecimiento de la sociedad en todos sus niveles (a pesar de que Spengler lo había pronosticado clarísimamente en el último capítulo de su Decadencia de Occidente). Yo mismo he ido tomando conciencia lentamente de todo esto a lo largo de muchos años. Y nunca pensé que esta peste afectaría a tantos curas, obispos y hasta cardenales.
¿Esto? Sí, porque además de todo, resulta que existe una suerte de sinonimia entre la buena doctrina y la virilidad; tanto como que la mala doctrina parece inclinar a la gente a adoptar poses, gestos y tics de todo tipo que son, ¿qué diré yo?, edulcorados, amanerados (en los ’70 llamábamos “pasteleros” a los progres de entonces).
En su lamentablemente olvidada “Carta abierta a Jesucristo”, el gran Bruckberger supo formular esto mismo, me parece, con mayor precisión y referido a los curas de su tiempo, también allá por los años ‘70:
Las contorsiones intelectuales—que se manifiestan por otra parte en las miradas, las voces, los rostros y hasta en el andar y el comportamiento físico—a las que es necesario acomodarse constantemente para llegar a justificar esta doble actitud, la de servir al mundo pretendiendo seguir siéndote fiel, a Ti que no has querido rezar por este mundo, ésa sí es tarea ardua de la que se sale cada día más descoyuntado y como molido a golpes.
Es lo que les da a menudo a los curas esa apariencia tan particular que suscita alrededor de ellos tanta instintiva desconfianza. Hablo sobre todo de los curas de Europa occidental, y particularmente del mundo latino. Los Estados Unidos, por ejemplo, están menos contaminados por esta lepra. Los jóvenes sacerdotes con quienes yo vivía en Chicago tenían más bien aspecto de boxeadores. Es más tranquilizador. 
En efecto, y por eso, yo insistiría en esto de que en el verdadero cristianismo, en el de los apóstoles y el de los mártires por ejemplo, brilla una suerte de inconfundible virilidad, cosa que se ve en cómo encaran la vida interior, con ayunos y penitencias, cómo enfrentaban a las autoridades paganas, cómo le hablaban a los emperadores, como enfrentan la tortura y la muerte. Newman pone como ejemplo, entre centenares de otros, el caso de San Ignacio de Antioquía:
 Se cuenta que cuando compareció ante Trajano, este exclamó: “¿Quién eres, pobre diablo, que tanto te empeñas en transgredir nuestras leyes?”. “Ese no es ningún nombre”, contestó Ignacio, “para designar a Teóforo”. “¿Quién es Teóforo?” preguntó el emperador. “Aquel que lleva a Cristo en su pecho”. En palabras del Apóstol, ya citadas, tenía a Cristo dentro suyo, “la esperanza de la gloria” (Col. I:27).
Y es contraparte, claro está, de la femeneidad de las cristianas, eso que les hacía exclamar a los paganos respecto de Felicidad y Perpetua, por ejemplo: “¡Qué mujeres se encuentran entre los cristianos!”.
Ahora, en los terribles tiempos que nos tocan vivir, vemos cómo hay un inmenso esfuerzo por borrar las diferencias de sexo, sosteniendo que es una cuestión puramente cultural, negando la biología misma y llegando incluso a afectar el lenguaje para sus diabólicos propósitos. No creo necesario abundar en algo que todos tenemos ante la vista.
Pero en lo que sí podríamos abundar es en la heterosexualidad, en la virilidad de nuestros mayores. Ahora me da por pensar en el P. Alberto Ezcurra, por ejemplo, cuyo solo vozarrón bastaba para despejar cualquier duda sobre el particular.
¿Y bien? Castellani fue uno de ellos, uno de nuestros mayores de incontestable masculinidad, de una virilidad que se manifestaba clarísimamente también en su temperamento, en su carácter, en su humor y estilo literario y, sobre todo, en cómo llevaba su celibato.
Castellani reflexionó largamente sobre este asunto, en páginas que no tienen precio (por ejemplo en un capítulo de su novela Juan XXIII-XXIV) y no nos deja duda alguna que, si bien siempre le fue fiel a su celibato, fue una cosa que le costó y mucho (a Pancho Bosch le dijo una vez que se sentía “un solterón”). Porque igualmente, él, con característica franqueza, no nos dejó duda de que le gustaban las mujeres (como a cualquier hombre de bien), por mucho que eso no afectaba su notable castidad que es, como ha escrito Jorge Ferro no hace tanto, reflejo de la virilidad.
Eso Castellani lo entendía perfectamente:
Don Juan Tenorio… es un varón poco desarrollado; el doctor Marañón lo clasifica incluso entre los “feminoides”. Por eso entiende tan rápidamente a las mujeres en lo superficial; porque es amujerado. Para el hombre muy varonil, la mujer es un misterio profundo y respetable.  
Todo esto, su amor a las mujeres, su discreción cuando trata con ellas, su viril castidad, se manifiesta en muchas de sus poesías y en algunas de sus novelas donde puede expresarse más o menos crípticamente para no escandalizar a la “pseudopudibundez” de la sociedad porteña (la expresión es de Gálvez) de los años ’40 o ’50, digamos.
Por ejemplo, en el formidable capítulo VII de Su majestad Dulcinea (que se intitula “Yo me enamoré del aire”), hay un diálogo entre el cura loco que está manejando un avión (y que es un Castellani apenas disfrazado) y Edmundo, un converso suyo, acerca de Dulcinea, a la que habían ocultado en la mismísima Casa Rosada.
El cura mientras pilotea el avión, justifica la maniobra que habían hecho: 
 
-¿Qué mejor oculta una liebre que disfrazada de lebrel? Dulcita inventó el ardid, ella entró en la Casa Rosada antes que yo…
-Temeridad. Usté no debió consentirlo. Con su hermosura…
-Con raparse el pelo y deformarse la quijada, su hermosura… He aquí lo que vuelve loco Edmundo. La hermosura es apariencia. Yo me enamoré del aire… / Del aire de una mujer, / Como la mujer es aire, / En el aire me quedé…
-Usted se quedará en el aire si sigue manejando así… Es la cosa más sólida que existe, todo lo demás es apariencia. Usté diría que la Novena Sinfonía de Beethoven es aire.
-El amor es ciego—dijo el cura—. Mujeres quiere decir lío. / Quiere decir lío no ve. / Y enredos y cuentos del tío, / Lo menos de diez veces, nueve.
Los non-séquitur apenas si disfrazan lo que realmente están diciendo: están hablando de la belleza de la mujer y cómo eso enamora al hombre. No hay dudas, a Castellani le interesan las mujeres (y habría estado de acuerdo con Homero, que la belleza es la areté de la mujer) y habla mucho de ellas, poéticamente las más de la veces, como corresponde a todo varón bien plantado. Pero en prosa también: hay una muestra linda de lo que digo en “Un cuento de duendes” (de Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas). Allí Castellani recrea una conversación en un tren con una mujer en el que el protagonista le dedica el siguiente párrafo:
Señorita, usted no parece linda, pero tiene una belleza secreta que aparece sólo cuando usted se anima, se enoja o se entusiasma. Usted tiene labios raspados, cara colorada y pecosa, ojos chicos y es más bien petisa; pero cuando usted se conmueve, cuando se siente querida, o al menos atendida, brota un espíritu de adentro que la transfigura, se le cambia el rostro, parece un ángel lleno de dignidad y de gracia reprimida…
Digan si este texto no demuestra lo que digo: de Castellani digan lo que quieran, menos que era maricón…
Y en estos términos, yo creo que esta es una de las razones por la que interpreta perfectamente (como a osadas lo hace también Bruckberger) la relación amorosa entre María Magdalena y Nuestro Señor, tema manido y remanido, y que se ha intentado ensuciar una y otra vez, en novelas, ensayos y en el cine. Pero no se puede:
Quizá les cante algún día
Désa santa pecadora-
Tres mujeres mi alma adora y la primera fue ésa
y después Santa Teresa
y arriba Nuestra Señora.
Sobre María Magdalena, Castellani escribió y mucho (recomiendo en particular la “Parábola de los deudores” en Las Parábolas de Cristo), donde, entre otras cosas sostiene que la mujer sorprendida en adulterio es la mismísima Magdalena,
Una mujer apasionada, corajuda y altiva…; y Cristo aparece haciendo la hazaña típica del caballero, que es salvar a una mujer.
Y en El Evangelio de Jesucristo abunda sobre este particular.
Cristo se dio el lujo de salvar a una mujer, que es la hazaña por antonomasia del caballero; no sólo salvarle la vida, como San Jorge o Sir Galaad, sino restablecerla en su honor y restituirla perdonado y honorada a su casa, con un nuevo honor que solamente Él pudiera dar. En la caballería occidental, los dos hechos esenciales del caballero son combatir hasta la muerte por la justicia y salvar a una mujer: “defender a las mujeres / y no reñir sin motivo” que dice Calderón… Cristo hizo los dos; y siendo Él lo más alto que existe, su “dama” tuvo que ser lo más bajo que existe; porque sólo Dios puede levantar lo más bajo hasta la mayor altura; que es Él mismo.
Castellani hace una continua reflexión sobre el misterio de la mujer, y eso se refleja incluso en su muy particular sentido del humor. Allá por los ’40 tenía una columna en la revista Criterio que era muy divertida, y en una de sus entradas encontramos que escribe lo que sigue:
Un psicólogo ha observado que las niñas hablan antes que los niños. Y después también.
Hablando de psicología, Castellani hace más de setenta años atrás se dedicó a este asunto de la educación de los seminaristas y por supuesto que nadie le hizo caso, nunca. Pero del texto que les quiero citar, también se desprende que él tenía perfectamente en claro cuán importante es la faz emotiva y sentimental de los seminaristas, cosas del corazón, cosas a la que hay que dirigirse si se quiere sacar curas… ¿qué diré yo?... viriles, por lo menos.
La educación de los sentimientos es sumamente importante; y ¡oh Dios mío! Cómo está de ausente o descuidada en la escuela pública, empezando por el Seminario. Cuando fui profesor del Seminario quise dar 5 conferencias sobre la educación de los sentimientos (por lo mismo que yo me sentía un ineducado en ellos) y el Rector oyó la primera y no me dejó seguir; todavía conservo los papeles. Claro que es fácil querer reformar el mundo sin reformarse a sí mismo primero; pero en fin, las conclusiones de mis conferencias eran ciertas y conformes a la ciencia psicológica.
Eran siete conclusiones, que son aplicables a todo el mundo:
1.-           El seminarista necesita una fuerte educación intelectual; si es casa de estudios que se estudie.
2.-           El seminarista necesita educación artística: el arte es uno de los caminos más obvios de la “sublimación de los instintos”.
3.-           El seminarista necesita aprender a hablar en público: la oratoria es un arte, arte necesario al sacerdote.
4.-           El seminarista necesita teatro: para aprender oratoria y para expresar las emociones, que es la manera de educarlas.
5.-           El seminarista necesita vida familiar.
6.-           El seminarista necesita menos meditaciones y más liturgia, menos disciplina farisaica y más comunicación con el “staff” del seminario; menos piedad palabrera y sentimentaloide y más obras de misericordia corporales.
Es un buen programa de “educación de los sentimientos” (que no es educación sentimental) que se resume en definitiva en estos sencillos principios psicológicos:
1.- Para sentir bien, lo primero es pensar bien; los sentimientos son pasiones intelectualizadas.
2.- Las expresiones de las emociones es el medio natural de la catarsis de las emociones; si usted reprime demasiado la expresión de las emociones, los instintos se repliegan sobre sí mismos.
3.- La sublimación no se produce si los dos términos que han de unirse están demasiado lejos; por ejemplo, con pura devoción a la Virgen, y sin deportes, amor a la familia, amistad fraterna, poesía y trabajo, no formará usted la castidad, necesaria al sacerdote. Aparecerá Mazzolo; y si no se repara los de Mazzolo, no se destruye la imagen de Mazzolo, aparecerá otro Mazzolo. Nada lo impide: el amor al Ser Absoluto SOLO no impide a Mazzolo.
Y el amor al Ser Absoluto, el amor al Ser Absoluto, el amor al ser absoluto… necesita fundamentarse sobre otra cantidad de amores para ser simplemente posible; el amor al Ser Absoluto solo, es falsificado.
Las conferencias de Castellani serían sensacionales, pero, como acabamos de oír, el Rector de Devoto oyó la primera, “y no lo dejó seguir”. Es que Castellani, por ser como él era, y los demás curas por ser como eran… pues muy pronto se encontraron en guerra.
Ahora, él, como todo cristiano ortodoxo, no podía concebir la vida cristiana sino en términos de milicia, en términos militares, porque como dijo Job alguna vez, “milicia es la vida del hombre sobre la tierra”. En estos tiempos post Vaticano II, donde todo es paz, paz (y no hay paz), donde todo es diálogo, acompañamiento, ternura y no sé yo qué más, se ha olvidado esto que digo, y la mayoría de los cristianos han olvidado que la castidad sólo se consigue peleando (y, como decía San Felipe Neri, "en este combate los valientes huyen"). Han olvidado que el señorío sólo se obtiene con la cabeza fría y el corazón caliente, que la mansedumbre se conquista a fuerza de palos, que la misericordia exige hacerse violencia primero, y sobre todo, que el soldado es como el dios Jano, tiene dos caras: una, hacia afuera, que es una cara de pocos amigos, dispuesto como está el hombre cabal a matar en defensa de sus amores; pero la otra cara, la que mira hacia adentro, esconde la ternura que siente por los suyos, las cosas que ama y por las que pelea.
Así era Castellani. Él hablaba, predicaba y escribía en el mismo registro de un San Pablo, por ejemplo, cuyo lenguaje resuena hoy como una trompeta en un cuarto vacío. Como cuando se dirige a Timoteo, después de recomendarle que “milite la buena milicia”:
Por complacer al que lo alistó, ninguno que milita como soldado, se enreda en los negocios de la vida. 2 Timoteo 2:3-4
 Y es que nos hemos olvidado que para ser buenos cristianos, antes que nada tenemos que ser como buenos soldados, aguerridos, disciplinados, corajudos (y las mujeres también, que, como decía Santa Teresa, “debemos andar como varonas”).
Y hablando de Teresa la Grande, tal vez deberíamos recordar en los tiempos que corren aquella vieja copla de los de Ávila:
Todo buen avilés,
para la guerra, hábil es.
Y si para la guerra
hábil no es,
no es un buen avilés.  
 Castellani era, por así decirlo, un buen avilés. En una poesía de juventud, había escrito:
Los santos fueron varones, ellos supieron morir,
Hasta en las santas mujeres era un algo de varón,
Y eso es lo que no ha sabido ni podía concebir
Una nación donde es libre tener o no religión.
Y también sabía que la cobardía era una cosa muy, pero muy embromada. Fíjense si no, ahora que se ve todo tan, tan clarito, sobre todo después de las denuncias del ahora famoso Nuncio en Estados Unidos: un grupo de curas, obispos y cardenales afeminados se agrupan—la mafia lavanda— y se imponen a todo el resto de la jerarquía eclesiástica. Eso solo ha sido posible por la cobardía de la mayoría y eso, como tenemos a la vista, es gravísimo. Castellani había visto esto con toda claridad:
A Jesucristo no le gustan los cobardes [...]
La cobardía en un cristiano es un pecado serio, porque es señal de poca fe en Cristo ("cobardes y hombres de poca fe") que ha dado sus pruebas de que es un hombre "a quien el mar y los vientos obedecen"—dice el evangelio de hoy—, con lo cual, por lo tanto, el miedo no es cosa bonita; ni lícita siquiera. Julio César, en una ocasión parecida, no permitió a sus compañeros que se asustaran. "¿Qué teméis? Lleváis a César y a su buena estrella", les dijo.
Mucho más Jesucristo, creador de las estrellas.
Claro que Castellani no estaba postulando al fanfarrón porteño, al pendenciero que incluso puede incurrir en temeridad. No, él sabía perfectamente que
La virtud de la Valentía no supone no tener miedo; al revés; supone un supremo miedo al último y definitivo mal, y el miedo menor a los males de esta vida captados en su realidad real; de acuerdo a la palabra de Cristo: “No temáis tanto a los que pueden quitar la vida del cuerpo; temed más al que puede condenar cuerpo y alma para siempre”.
Eso está en Santo Tomás, el ordo timoris, esto de que hay que jerarquizar los temores, temiendo más lo que es más temible (el infierno, por ejemplo) y temiendo menos lo que es menos temible, (por ejemplo perder las ventajas y prerrogativas de una carrera eclesiástica).
Ahora, como sabe cualquiera que sepa algo de Castellani, a él sus superiores de la Compañía de Jesús, y luego todos los obispos argentinos (con la excepción quizás de uno solo), lo hicieron pelota, lo persiguieron de muy distintas maneras durante casi medio siglo. Y él pagó muy caro por enfrentar a estos, sus superiores.
Para eso sí que hay que tener coraje. Porque no hay peor astilla que la del propio palo:
Les voy a decir una cosa que más valiera callarla—que son las que hay que decir. Todos los golpes mortíferos… los he recibido dentro de casa. Ningún judío me hizo nunca ningún mal, ningún liberal me hizo nunca ningún mal, ningún masón me hizo ningún mal, ningún mormón, ningún radical del pueblo, ningún perduelis, ningún espiritista, ningún psicanalista, ningún vendepatria, ningún estafador, ningún politiquero, ningún cipayo, ningún nazi, ningún malvinero, ningún escruchante, ninguna señora gorda, ningún “hippie”, ningún loco, ningún poeta modernista, ningún loquitor de Radio, ningún mahometano, ningún comerciante, ningún economista me han hecho nunca ningún mal.
Si alguno ha tirado a matarme, como si dijéramos, ha sido un hermano no-separado; uno de los de “la estirpe electa, la gente santa, el sacerdocio reyal”, que dice San Pedro. El portero del cielo está viejo y un poco fuera de la buena información, quizás.
Tomá mate. Claro, se podría decir por otra parte, que él eligió a sus enemigos en la convicción de que había que empezar por limpiar la casa, antes de salir a convertir a los paganos, que había que empezar a “cristianar a los cristianos”, como él decía. Y así, comienza por los jesuitas de su tiempo:
Hay religiosos que tienen un gran miedo a las mujeres y ningún miedo a los cargos y dignidades; que se atufarían de estar a solas con una mujer, pero no temen manejar en el mayor secreto, escondiéndolos a todos, los recursos de la casa; que se confesarían de haber tocado con los dedos un cuerpo femenino pero que zambullen los brazos con gozo en negocios y traficaciones, que por lo demás, por justo juicio de Dios, casi siempre les salen mal.
Esto está sacado de sus por entonces famosas “Cartas Provinciales” que hizo circular entre los novicios y curas de la Compañía, creando un escándalo que no te digo nada. Por ejemplo, cuando se refiere al voto de castidad:
Oh Dios, ¿diré yo que soy casto? En verdad soy continente; pero yo no diré de mí mismo que soy casto. Y aunque jamás he conocido la mujer, por voluntad de Dios más bien que mía; yo no diré jamás que soy virgen.
Yo diré que soy un niño, llena la cabeza de juegos y de imágenes volanderas. Imágenes risueñas o terribles, todas pasajeras imágenes divinas. Y diré que soy un viejo, viendo detrás de esa forma de guitarra de las mujeres («las hinchaditas delante -y redonditas por todo», como dijo el poeta) un alma que está escondida, que sufre o va a sufrir. Y que se pierde. Un alma como la mía.
Oh Dios, yo te pido la castidad esencial, la castidad de los que se ríen de la castidad y dicen: «¿Qué es la castidad?»
Yo te pido la castidad de los corazones llenos, que aman de tal modo que no tienen tiempo para nada y se ríen y dicen: «¿A quién se le ocurre que yo engendre hijos?». ¿Y qué tengo que hacer yo con esa carne de hospital? ¿Por ventura para éso sólo creó Dios la hermosura? ¿Y qué derecho tengo yo a la delicia mayor y al tesoro mayor que existe, en este gran sanatorio lleno de pobres y doloridos? Yo soy pobre. Yo no quiero tener una cosa que no tuvo Jesucristo ni la Niña de la Maternidad Parthenogénica, que fueron pobres.
¿Diré yo que soy casto? Yo diré solamente que soy pobre.
Pero ¿renunciaré yo a la maternidad? ¡Ah! Yo no puedo renunciar a la maternidad, a la preñez pesada y deforme. No puedo renunciar al imperativo de maternidad que he concebido leyendo las vidas de los que murieron por otros. De los que en este mundo se hacen matar, que son siempre los mismos. La maternidad del padrazo Santa Teresa, del madrecito San Juan de la Cruz, del Paíguazú Roque González.
Yo no puedo renunciar a la maternidad que hay en mí, violenta y perentoria, semejante a los dolores de la mujer que espera.
Como ven, aquí Castellani ataca frontalmente a los jesuitas poseídos por el maniqueísmo, aquellos que despreciaban a la mujer, creyendo que con eso tributaban loas a su celibato. Pero, claro, él era demasiado varonil para no detectar las taras que había en eso, y por eso, tampoco se iba a privar del retrato de los fariseos contemporáneos, de los que distorsionan toda su vida moral a fuerza de observar con frialdad preceptos exteriores, en detrimento de la caridad.
¿Quién negará que existen de hecho esos tipos que el P. Lloberola llamaba con gracia «los solterones de la gloria de Dios»? V.R. los conoce:
Cautelosos como gatos, fríos como culebras, reservados como crustáceos, incapaces de efusión cordial y de verdadera amistad, acomodaticios, hinchados de una ciencia egoísta, duros, incomprensivos, preocupados de su salud y de sus ventajas, calculadores, insensibles, poco humanos, gazmoños, enemigos de la grandeza, amargos, antipáticos, temerosos del hombre y de lo humano, racionalistas, ingenerosos, replegados sobre sí mismos, infecundos, desmadrados, estériles, gélidos, autómatas, censuradores del prójimo, entristecidos, retrancados, negativistas, prudentes al exceso, susceptibles, reptores, maestros helados que muestran al mundo una imagen repelente del Divino Maestro...
Se podrá quizás impugnar a Castellani en términos de prudencia, por escribirle así al Provincial de la Compañía y luego… ¡publicar semejante carta! Pero de lo que no se lo puede acusar es de falta de masculinidad, de falta de virilidad, de falta de coraje. Y a fe mía, hubiésemos tenido más tipos como él, como Castellani, con ese expresarse lleno de parrhesía, o si sólo le hubiesen hecho un poquito de caso, nos habríamos ahorrado la catástrofe moral y espiritual de la Iglesia argentina que medio siglo después se despliega de modo patente ante nuestros ojos.
En medio del camino de mi vida, la Iglesia, a la cual había estado sirviendo bien o mal y amando —sí— tranquilamente, se me dio vuelta y me mostró una figura de hiena, altro que Madre; la cual figura se me aparece de nuevo cada día que hay viento norte.
Ecce homo, este hombre, por ejemplo, no tenía el menor temor de enfrentar a sus superiores y obispos y cardenales si a mano fuera. Y escribirles con característico humor, como lo hace con el arzobispo de Buenos Aires:
Todo el mundo sabe que tengo razón, incluso Vuestra Eminencia. Y todo el mundo sabe que nadie me la va a dar, incluso yo.
Y sabía, como hombre viril que era, indignarse si la ocasión así lo exigía:
El hombre que no puede indignarse no es hombre, ni tampoco mujer: es un cuitadillo. La recta indignación es el permanente motor del paladín: ella presta y aumenta las fuerzas. La Ira desordenada es uno de los pecados capitales; pero la Ira de suyo es una pasión natural, que como todas ellas puede ser buena o mala según sea o no gobernada por la razón. Me gustaría verlo a Illía iracundo algún día.
Y luego, es importante notar que Castellani vio con toda claridad que los enemigos de Cristo eran los fariseos y que él lo sabía perfectamente:
[Jesucristo] vino a luchar contra todos los vicios, maldades y pecados; pero él personalmente luchó contra el fariseísmo. Lo tomó por su cuenta. Ver los santos evangelios. Empezó a quebrantar el farisaico Sábado, a olvidarse de las cuartas o quintas abluciones, a tratar con los publicanos, perdonar a las prostitutas arrepentidas; a curar en día de fiesta, a decir que escuchasen a los maestros legales pero no los imitasen, a distinguir entre preceptos de Dios y preceptos de hombres de Dios, a poner la misericordia y la justicia por encima de las ceremonias, aun de las ceremonias de culto, y no del culto samaritano, sino del verdadero; empezó a describir en parábolas más hermosas que la aurora el hondo corazón vivo de la religiosidad, del reino de Dios que está dentro de nosotros, y es espíritu, verdad y vida.
Lo contradijeron, por supuesto; lo denigraron, calumniaron, acusaron, tergiversaron, persiguieron, espiaron, reprendieron. Y entonces el sereno recitador y magnífico poeta se irguió, y vieron que era todo un hombre. Recusó las acusaciones, respondió a los reproches, confundió a los sofisticantes con cinglantes réplicas. Y haciéndose la polémica más viva cada vez, con unos enemigos que contra él lo podían todo, se agigantó el joven Rabbí magníficamente hasta el cuerpo-a-cuerpo, la imprecación y la fusta.
En esto, Castellani siguió fielmente los pasos de su Señor; también él se enfrentó con los fariseos de su tiempo, los magnates eclesiásticos que reconocieron inmediatamente en la honestidad y franqueza de Castellani a un enemigo que había que suprimir. Y eso, claro está, eso metía miedo, como que tenían el poder para reducirlo a nada:
Yo le envidio a Jesucristo el coraje que tuvo para luchar contra los fariseos. Yo, excepto en un solo caso, cada vez que me topé con un fariseo grande, me he quedado alelado y yerto, como un estúpido; es decir, estupefacto.
Y en efecto, lo redujeron a casi nada. Después de dos años de torturas sin fin en un convento en Cataluña, del que finalmente se escapó, lo expulsaron de la Compañía, lo suspendieron “a divinis” (lo que equivalía de desfrailarlo) y esos castigos duraron casi 20 años. En carta a Federico Ibarguren, Castellani le contaba:
He aprendido en mi vida, bien, como el que más, tres oficios, sacerdote, profesor y escritor; y este país no me deja ejercitar ninguno; máxima humillación para un hombre de corazón, tener que mendigar pudiendo trabajar. Trabajo igual; y trabajando igual, al máximo de mis facultades, no gano para comer.
Las humillaciones que sufrió Castellani son incontables, había quedado reducido a la mendicidad. En un tiempo, se fue a vivir a Reconquista, a casa de su hermana, “Muñe”, que tampoco era rica, pero que por lo menos le proporcionaría techo y comida. El techo era el cuarto de herramientas, al fondo del rancho. Pues resulta que una tarde de verano, Castellani se paseaba por el jardincito que separaba el cuarto de herramientas del rancho de su hermana, cuando esta salió y le dijo algo como (cito de memoria):
“¿Y? Todo eso que estudiaste, todo eso que sabés… ¿de qué te sirve ahora?”
Yo sé de esto, porque Castellani lo registró en uno de sus famosos diarios. Y a continuación anotó: “No supe que contestar”.
Muerto de calor en el cuartito de herramientas con techo de chapa en el verano de Reconquista, ¡Dios mío!, su biblioteca desparramada, con diabetes, sin plata, sin oficio, insomne, objeto de calumnias de todo tipo (que desobediente, que había andado con mujeres, que era nazi), sin amigos que lo consolaran, con parientes que lo menospreciaban, sin futuro… Castellani era prácticamente un desecho de hombre. Nos recuerda la descripción que hizo el profeta Isaías en su famoso protoevangelio, contemplando desde lejos al Cristo en su pasión, al Ecce Homo:
He aquí que mi Siervo
está lleno de sabiduría,
será grande, excelso
y ensalzado sobremanera.
Pero muchos se pasmarán de él
—tan desfigurado está,
su aspecto ya no es de hombre…
No tiene apariencia ni belleza
Para atraer nuestras miradas,
ni aspecto para que nos agrade.
Es un hombre despreciado,
el desecho de los hombres.  (Is. 52:13-14; 53:2-3).
De manera que sí, se lo puede poner a Castellani al lado del Ecce Homo, Nuestro Señor Jesucristo exhibido como trofeo por Poncio Pilatos, traicionado por Judas, negado por Pedro, vestido de payaso, ensangrentado, escupido, objeto de cachetadas, objeto de befa, flagelado, coronado de espinas, relegado ante Barrabás, condenado a morir crucificado.
Castellani compartió buena parte de su suerte, como lo contó él mismo, muchas veces. Y ciertamente, a él también se le pude aplicar el título de Isaías: varón de dolores y que sabe lo que es padecer porque eso ciertamente fue y eso ciertamente le pasó.  
Quizás la versión más conmovedora de sus padecimientos estuviera en el capítulo IX de Su Majestad Dulcinea, intitulado “El enfermo”:
Una vez había escrito: "Dios está haciendo de mí una fábula viva". Pero una fábula tiene que ser clara. ¿Cómo podría ser un signo una cosa que nadie veía, y él mismo no comprendía? Dicen que hay hombres que son como signos de una época o de una sociedad o de un pueblo… Pero ¿qué puede significar una palabra que no se puede oír? ¡Famosa lección, una lección inaudible! ¿Y él? ¿No la oía él acaso? No del todo.
Un hombre solo no puede salvar a una sociedad de la ruina; pero un hombre solo puede volverse una señal de que una sociedad va a la ruina, pensó. ¿Cómo? Sufriendo primero la ruina que amenaza a todos. Que él era una ruina era evidente; pero ¿quién lo sabía? Él solo. Empezó a mirar como en un panorama la serie sucesiva de enormes destrucciones que había sido su vida; y que eran su secreto, pues nadie fuera de él podía saber "lo que hubiera podido ser", lo que él hubiera podido y querido hacer. Miraba y derramaba interiormente amargas lágrimas, se escandalizaba ante las destrucciones, se horripilaba, tenía frío y los pelos de punta ante los escombros. Ut quid perditio haec? Yo soy el Dios de la vida y no de la destrucción, dice la Escritura. Pero esta destrucción secreta y para el solo gusto de los ojos del Gran Destructor, parecía contradecir eso. Vio las destrucciones externas y las más grandes internas que había recibido pasivamente y contra su voluntad y consentimiento; y después lo más grave, la acción destructiva interiorizada en él y vuelta esa extraña voluntad de aniquilamiento que esta noche se le había develado claramente por primera vez, había irrumpido en él, y se había asentado tranquilamente en toda su alma inmortal. ¿Para qué desperdicio tal? Las ruinas de un castillo antiguo a la luz de la luna pueden producir poesía romántica; pero por ejemplo tomar la Gioconda y la Cena de Leonardo da Vinci, y a cuchilladas convertirlas en un montón de jirones, y después esconder los jirones, eso no dejaba saldo alguno, ni siquiera el de espantarse de la bestialidad del destructor... Esto que yo indico levemente no tiene casi nada que ver con la patética y lacrimosa contemplación con que el enfermo recorría la colección de ruinas que constituían su historia, de nadie fuera de él conocida.
Pero ahora, sí, cincuenta, sesenta años después, sí podemos conocer “la colección de ruinas que constituían su historia” (sobre todo porque yo las documenté minuciosamente en mi voluminosa biografía del cura). Sólo que con el beneficio de la retrospectiva también resplandece “la colección de libros, sermones y ejemplos” que nos dejó él, el Ecce Homo del que venimos hablando, un verdadero sacerdote de Cristo, crucificado con él, por cierto, pero ahora reinando con Él, no tengan ustedes la menor duda, e intercediendo por nosotros para que un día nos reunamos todos a celebrar la vida del sacerdote más santo, más lúcido, más valiente, más gracioso, más consolador que los argentinos jamás hayamos conocido.
Un don para la Argentina, de parte del Padre de las luces, en quien no hay sombra de mudanza, y del cual desciende todo don celeste.
Nada más.

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